Cada día mueren miles de personas a lo largo y ancho del globo terráqueo. Son decenas, centenas las familias que tienen que atravesar por la experiencia de pérdida de un ser querido, lo que representa más que un trago amargo de los que muchos no consiguen salir ilesos. El cáncer es una de las principales causas de muerte a nivel mundial. Cada año fallecen aproximadamente 8,2 millones de personas. Y hoy viven en el mundo, más de 32 millones de pacientes con cáncer.
—Bastante esperanzador —susurro frotándome los ojos al finalizar esa página. Observo el reloj ubicado en la pared y compruebo que se me ha hecho tarde de nuevo. Son casi las diez de la noche y yo sigo aquí en la biblioteca estudiando junto con Tom.
—¿Has dicho algo? —Levanta la vista de sus libros dándome una mirada confusa. Como de costumbre, al entrar a la biblioteca se desconecta. El postgrado en neurocirugía se lo está comiendo vivo y a veces lo compadezco, hoy es una de esas veces, serán otras veinticuatro horas sin dormir para él.
—Se hizo tarde de nuevo y mañana es mi turno de recibir a los pacientes. —Me levanto guardando mis libros en el pesado bolso de cuero n***o. Cada día agradezco el útil regalo de Tom, me funciona tanto para salir como para llevar mis libros.
—Déjame acompañarte a esperar un taxi.
—¿Aún no terminas? —Me giro viendo que solo toma su chaqueta mientras me acompaña a la salida.
—Creo que hoy será una larga noche. —Suspira y un bostezo se cuela por su boca. Sus exámenes están cerca y sé muy bien que cada minuto cuenta, aún recuerdo cuando Matthew se trasnochaba y yo le hacía compañía hasta quedarme dormida en el sofá. No debo ir por ahí, me recrimino, el recordar esas cosas es signo del cansancio mental que tengo.
—No es necesario que me acompañes. Tomaré un taxi justo en la entrada. Los guardias de seguridad. me harán compañía mientras espero.
—Ya es tarde y no creo que deba dejarte sola —él duda ante mi propuesta pero leo en su mirada que lo está pensando, sabe que le vendrá bien esos minutos extras.
—No estaré sola, Tom.. —Apoyo mi mano sobre su hombro obligándolo a detenerse y sé que ha cedido—. Estaré con el guardia de seguridad. Te mandaré un texto al llegar.
—Te irás en taxi. ¡Promételo! —Me mira a los ojos con expresión seria y sé que le preocupa que no cumpla mi promesa como en otras ocasiones..
—Lo haré. Que tengas una provechosa noche —me despido con un beso en la mejilla y él me da una leve sonrisa mientras observa como me marcho.
Sacó el móvil del bolsillo delantero de mi mono quirúrgico, es el uniforme que siempre uso en el hospital, veo la hora y ya transcurrieron treinta minutos desde que estoy aquí en la entrada. El guardia me sonríe al ver que comienzo a exasperarme y decido marcharme caminando, después de todo el apartamento donde vivo queda a tan sólo seis calles de distancia. Me despido con una inclinación de cabeza y emprendo mi camino.
Cuando llevo tan sólo unos minutos caminando, el sentimiento de que alguien me sigue el paso, se hace presente. Al caminar frente a un negocio, el brillo de los ventanales muestra la silueta de una persona que me sigue, mi sorpresa es que no está solo, son dos los hombres que parecen seguirme a unos metros del lado opuesto de la calle. Mi corazón da un salto y comienza a latir desesperado. Aprieto el paso esperando poder llegar a mi edificio antes de que aquellos hombres dejen claras sus intenciones. Lamento no haber escuchado a Tom y veo lo estúpida que fui al decidir caminar sola a estas horas de la noche.
Estoy tan preocupada en mis pensamientos y en el terror que siento al imaginarme los posibles escenarios si aquellos hombres me alcanzan, que no me doy cuenta de que he girado una cuadra antes, por lo que acabo dando con un callejón oscuro. Escucho que sus pasos comienzan a acerarse y retrocedo lo más que puedo hasta dar con la pared del fondo.
El miedo que me inunda es mucho más fuerte que cualquier otro que haya sentido antes, las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos dando rienda suelta por mis mejillas. Me quedo en cuclillas en el suelo e instintivamente cierro los ojos y junto mis manos. Cubro mi boca con las manos para ahogar cualquier ruido. Mi corazón late con tanta fuerza que temo que esos hombres puedan escucharlo desde la calle.
Los escucho y cada vez están más cerca, ahogo un grito y ruego en silencio por un milagro. ¿Por qué de todas las noches elegí esta para regresar sola a casa? ¿Por qué ser tan poco paciente? Si salía de esta, prometía no volver a hacerlo, no sería tan estúpida, creyéndome invencible. Esperaba contar con el tiempo para hacer las cosas diferentes.
En ese momento me doy cuenta que ya no escucho los pasos. Abro los ojos con miedo a lo que me encuentre frente a mí y me sorprendo ante la soledad que me acompaña. No hay nada, ni nadie. No puedo creerlo del todo, así que con cuidado me levanto y cuido que mis pies no hagan ruido al tocar el suelo. Asomo mi cabeza fuera del contenedor de basura detrás del que me he escondido y entonces veo una silueta impidiendo el paso en el callejón. No hay forma de que pueda salir sin tener que encararlo.
—Ya puedes salir —le escucho decir al hombre de la entrada—. Los sujetos se han ido, los he ahuyentado. —Dudo acerca de sus palabras. Puede que solo sea una treta para hacerme salir mientras el otro hombre espera a un lado del callejón—. De querer hacerte daño ya estaría frente a ti. —Adivina mis pensamientos. ¿Soy ingenua por creer en las palabras de un misterioso hombre que aparece en mitad de la noche para ahuyentar a quienes pretendían hacerme daño? Es lo más probable, pero no tengo más alternativa si quiero regresar a casa.
Cierro los ojos tomando un par de respiraciones para abandonar el resguardo de los contenedores de basura. Me acerco con lentitud, un paso a la vez y a medida que avanzo la luz comienza a delinear el rostro de mi acompañante. Es un hombre de unos veintitantos, una barba oscura de varios días cubre sus mejillas. Lleva una mochila en el hombre de gran tamaño y tiene un aire de haber estado fuera durante mucho tiempo. No consigo tener una visión muy clara de sus facciones por la gorra que cubre su cabeza.
Al detenerme a unos dos metros de distancia, puedo ver sus ojos oscuros que me miran. No lo conozco de nada, pero tengo cierta sensación que me hace bajar un poco la guardia, él no es peligroso.
—Gracias —me aventuro a responder, manteniendo la distancia.
—Supuse que algo iba mal al verte caminar tan deprisa. Parecías nerviosa.
—No debí insistir en regresar caminando a casa. —De no ser por él no tengo la menor idea de lo que habría sucedido. Miento, sí lo sé, pero no quiero pensar en ello. No volveré a cometer la misma estupidez.
—Tal vez no fue la mejor idea —responde mejorando el agarre de su mochila sobre su hombro.
—Debo ir a casa. —No hay un sólo ruido en la calle. Creo que si dejamos de hablar seremos capaces de oír los pensamientos del otro y es lo que menos quiero—. Muchas gracias.
—¿Quieres que te acompañe? —me ofrece dando una rápida mirada alrededor. Creo que le preocupa que algo pueda sucederle a la ingenua chica que decidió que era buena idea regresar a casa sola por la noche.
—Tranquilo. Está justo ahí. —Señalo el edificio de tres pisos que se alza antes de finalizar la calle—. No quería que supieran donde vivo. —Estoy segura de que si hubiese corrido a casa, volverían en cualquier momento.
—Fue lo más inteligente. En ese caso, esperaré a que entres. —Se hace a un lado, aguardando en el rellano de las escaleras mientras abro la puerta principal del edificio y desaparezco dentro. Me siento tentada a mirar por la ventana para saber si se ha quedado ahí aguardando unos minutos más, pero no lo hago.
Cuando llego al apartamento y cierro la puerta tras de mí debo obligarme a respirar pausadamente porque creo que voy desvanecerme en ese preciso momento. Al estar en un lugar seguro las imágenes de los posibles escenarios me abruman. Apoyo las manos en la mesa junto a la puerta donde suelo dejar las llaves. Miro hacia abajo y una sombra se cuela bajo la puerta. Hay alguien del otro lado. ¿Sería posible que aquellos hombres aguardaran escondidos y me siguieran hasta mi casa? o ¿se trataría del buen samaritano de hace unos minutos? Eso me hace estremecer. Todo está en completo silencio y soy capaz de escuchar los latidos desbocados de mi corazón asustado. No tengo escapatoria. Debería llamar a la policía o emergencias, pero para cuando logren acudir en mi ayuda será demasiado tarde. Nadie puede ayudarme.
Luego de lo que parecen eternos minutos, soy capaz de reunir el valor suficiente y asomarme por la mirilla de la puerta. La sombra no se ha movido ni por un segundo. Me aproximo en silencio a la puerta y ahogo un grito al darme cuenta que no hay nadie del otro lado de la puerta. Miro de nuevo al suelo y la sombra sigue estando ahí, como si alguien estuviese de pie esperando algo. Entonces el desconcierto empieza a apoderarse de mí. No tiene sentido.
—No hay nadie ahí —susurro caminando hasta el sofá. Me siento y aoyo mis brazos sobre las piernas, respirando pausadamente.—. No es real. Es tu ansiedad, nada más. Cuando experimentamos un evento traumático o una situación de mucho estrés las personas pueden imaginar cosas, no son más que paranoias y delirios persecutorios. —Respiro varias veces contando hasta diez antes de soltar el aire. Cuando me siento más calmada, abandono el sofá y me marcho a mi habitación. Seguramente mañana me reiré de esta crisis y ya.
Tan pronto tomo una ducha todas las tensiones desaparecen y soy capaz de relajarme. Nunca antes la cama me resultó tan cómoda y placentera. Caí en los brazos de Morfeo antes de terminar de desenredar mi cabello.
Despierto al escuchar el sonido de la alarma, no quiero levantarme, estoy tan cómoda entre las sábanas, pero reúno todos las obligaciones y responsabilidades que tengo y las uso de impulso para abandonar la cama. Una vez estoy lista avanzo por la sala y antes de abrir la puerta imágenes del evento de anoche aparecen crispando mi piel. Me tomo unos minutos para regular mi respiración y una vez calmada me inclino por la mirilla verificando que nadie está ahí.
—Hola, Lucy —saludo a la coordinadora de enfermeras de la sala una vez llego al hospital.
—Hola, Allison, ¿Tienes clases hoy? —pregunta al observar los libros que llevo en la mano.
—Sí, la última clase de la semana. Al igual que el último día de trabajo de la semana —sonrió levantando en alto los libros. Esta fue una semana dura en todos los sentidos, mis horas de sueño se acortaron a unas cuatro o cinco diarias, a este paso no llegaría a los cincuenta años.
—Bien por ti, niña. Tienes una cara de cansancio que no te quita nadie.
—¿Sabes si Jenny ha venido a trabajar hoy? —pregunto después de guardar mis cosas en uno de los lockers y colgarme la bata blanca reglamentaria, normas del hospital.
—No, cariño. Pero, puedo preguntar si viene mañana. ¿Es urgente?
—No, tranquila. —sonrío restándole importancia, aún a sabiendas del peligro de que aquellas alucinaciones paranoides estén regresando a mi vida.— Una vez ponga un pie fuera del hospital hoy, no vuelvo hasta el lunes.
—Deja de restregarlo en mi cara, que este fin de semana me toca cumplir guardia —me reprocha con cara de pocos amigos y yo me río sacándole la lengua.
—¿Qué tienes para mi hoy? —le pregunto observando el lote de expedientes sobre su mesa. Sin importar cuántos casos me asignen esa pila nunca desaparece. Si pudiera pedir un deseo, sería que la muerte no tocara a personas inocentes.
—Tengo dos casos. —Me entrega dos historias y yo me muero de las ansias al leer los diagnósticos. Siempre hay mucha tela que cortar con estos casos. Con todos en realidad.
—Pero... —Me señala al ver mi emoción—, conoces las reglas.
—Sí, lo sé. Debo esperar que todos los pacientes estén conectados. Lo cual tomará alrededor de una hora —murmuro con resignación observando mi reloj.
—Puedes devolverme ahora los expedientes. —Me aferro a ellos con recelo y ella sonríe negando con la cabeza—. Los cuidaré para ti hasta que regreses. Mientras tanto ¿por qué no te das una vuelta por cirugía? Seguramente encuentras algo interesante. Si tienes suerte hay algún paciente con cáncer —se ríe y yo me enfurruño.
—No hay nada que agradecer porque alguien tenga cáncer, Lucy. El cáncer no es gracioso —me despido un poco molesta por el comentario y subo dos pisos hasta el ala de cirugía para ver si tienen algo para mí.
—Buen día, Martha. ¿Cómo van las cosas por aquí? —saludo a la mujer pelirroja y un poco rellena sentada tras el escritorio.
—Allison, querida. Qué bueno tenerte por aquí. Todo va muy bien. De hecho iba a mandarte a llamar. Tengo un caso para ti.
—¿Sí? ¿De qué va? —pregunto mientras ella rebusca entre las historias hasta dar con la indicada.
—Se trata de un hombre que recibió una cirugía de un tumor en el muslo derecho. El pobre sentía tanto dolor que había noches en las que ni siquiera lograba conciliar el sueño. —Imagino esa situación y me estremezco con solo pensarlo. Pasar por un dolor tan insoportable las veinticuatro horas y que ni siquiera logres conseguir alivio en los brazos de Morfeo debe ser insoportable.
—¿Un sarcoma? —preguntó arrebatándole la historia de las manos—. Un tumor mesenquimatoso con extensión indiferenciada —murmuro en voz alta. Este hombre tiene una historia clínica impresionante. Ninguna hospitalización o cirugía previa, no ha padecido enfermedades significativas en cuarenta y cinco años. Ha gozado de buena salud, no hubo síntomas previos aparte de la protuberancia y el dolor. Sigo leyendo su información para familiarizarme con su historia.
—También se le conoce como un sarcoma de tipo mesenquima —agrega una voz a mis espaldas.
—Sí, lo sé. —Me giro para observar al sonriente hombre con bata blanca que me observa. Tiene el cabello oscuro que cae de forma desprolija a un lado de sus ojos, tan oscuros que tienen un efecto algo inquietante. Es solo un poco más alto que yo, parece estar en un buen estado físico, debe ser del grupo de médicos que van al gimnasio del hospital después de las doce, he escuchado de ellos. Sonríe de medio lado como si le divirtiera mi reacción ante sus aires de sabelotodo. Yo sólo quiero ver a mi paciente y que se aleje de mi vista.
—Soy el Doctor Carter, de la unidad de trauma. —se presentó extendiendo su mano—. Puedes decirme Nathan.
—Eres el médico residente —corrijo y él asiente sin decir nada. Veo que le hace gracia mi comentario pero lo dejo así. Para mí los únicos médicos dignos de ser llamados doctores eran aquellos que tenían un doctorado, como mi padre—. Soy Allison Spencer, la psicóloga a quien fue referido el señor Daniel Collins —explico al revisar su nombre en la historia médica.
—El paciente fue sometido a cirugía el día de ayer para extirpar un mesenquimoma, pero eso es solo la fase uno. Ahora debe recibir quimioterapia para erradicar el cáncer. Sin embargo, el paciente parece no saber que tiene la enfermedad o estar en negación. Y tú más que nadie conoces la importancia de la aceptación de la enfermedad en todo este proceso —me explica adoptando un aire profesional, como si ya hubiera entrado en papel.
—Lo entiendo. Me gustaría conocerlo
—Es por aquí —me indica en dirección a la sala.
Hay por lo menos veinte camas en la sala de cirugía y hospitalización, diez camas a cada lado de la sala, separadas por un amplio pasillo que les permite al personal médico moverse con facilidad y atender a los pacientes. Caminamos hasta la penúltima cama del lado derecho donde se encuentra un hombre acompañado por otro sentado junto a su cama, tal vez un familiar. Pero, no estaba preparada para lo que me enfrentaría a continuación. Al levantar la mirada y fijarme en su rostro, caigo en un extraño y doloroso deja vu. Esas facciones cuadradas que alguna vez no lucieron tan demacradas, esa piel canela que en algún momento fue sedosa y no tan sombría, aquellos ojos oscuros y mirada profunda, esa que tienen las personas que han pasado por mucho. Pero, fue aquella sonrisa la que me desarmó por completo. Se parecía mucho a él, era ver el vivo retrato de mi padre en sus últimos días.
No sé cuánto tiempo permanezco en trance, mientras las imágenes tormentosas que mi mente se esforzó por olvidar se arremolinan en mi cabeza. No quería recordar aquello, no quería afrontar el dolor que me había ocasionado.
—¿Allison? —escucho decir a una voz un tanto preocupada que me sostiene levemente del brazo—. ¿Te encuentras bien? —preguntó Carter—. Estás pálida.
—Eh… si —Sacudo la cabeza buscando ahuyentar los recuerdos que se atreven a perturbarme—. Sólo ha sido un leve mareo. —Miento, porque no estoy lista para tener esta conversación con nadie.
—Deberías tomar un poco de aire y volver más tarde. —Sugiere mirándome preocupado.
—No. —Necesito quedarme en aquel lugar para convencerme que aquel hombre no es él —. Me gustaría quedarme, si el señor Collins me lo permite —me giro dirigiéndole una breve sonrisa.
—Siempre es bueno recibir compañía y hablar con alguien diferente. Mi familia ya está cansada de tanto escucharme —bromea él aún con energías pese a su débil estado.
—Mi nombre es Allison, soy la psicóloga del hospital y si usted lo permite, seré su psicóloga durante el tiempo que se encuentre aquí en el hospital.
—¿Mi psicóloga? ¿Oíste eso Donald? —Gira sonriente hacia el hombre sentado junto a él—. Tendré mi propia psicóloga. Debe ser mi día de suerte.
—Sí hermano, definitivamente debe ser tu día de suerte.
—Bueno, en ese caso. Su hermano y yo les dejaremos a solas para que puedan hablar en privado —Carter se despide junto con Donald el hermano del señor Collins, dándome una última mirada antes de dejarme sola con él y con los fantasmas de mi pasado.
Es una hora muy amena en la que logro convencerme de que no era mi padre. El señor Collins me habla acerca de su vida; era un hombre humilde, que vivía en un pequeño pueblo Montana cuyo nombre ya no recuerdo. Era el encargado de un rancho a quien desde muy corta edad tuvo que abandonar los estudios y dedicarse a trabajar para ayudar a su padre y a sus hermanos, al ser el mayor de siete hermanos y hermanas. Se casó con tan solo diecisiete años y desde entonces estaba casado con su esposa Mary. Era un hombre bueno, honesto y trabajador, justo como lo era mi padre, pero eso no importaba, nunca importa.
No soy capaz de hablar de cáncer ese día, me dedico a conocer su historia y a comprenderle. Decirle a alguien que tiene cáncer no es una tarea sencilla, y es peligrosa si no se conoce los recursos con los que cuenta para enfrentarla, entre esos recursos estaba su familia que sería su principal apoyo si quería salir airoso de esta situación y luego estaba yo que lo ayudaría a lidiar con sus demonios internos. Antes de irme le enseño un par de técnicas para el manejo del dolor que aún lo atacaba a veces a pesar de los analgésicos que le dan en el hospital. Me marcho con el corazón estrujado como cada vez que atendía a un paciente con cáncer, quien pronto recibiría la noticia de que una sentencia de muerte se le había designado. ¿Alguna vez nos acostumbraremos a la idea de la muerte? No lo creo, porque tenemos a la más grande certeza que tenemos en esta vida y a la que nunca se nos prepara, miedo a morir.