Aún recuerdo la primera vez que pise este hospital, había sido contratada para el ala de oncología, lo que no habían mencionado es que trataría a niños. No pude soportar más de una semana en aquel lugar. Todos los días terminaba en el baño vomitando. Sintiéndome enferma ante la injusticia en este mundo; ante el hecho de que aquellos seres inocentes tuviesen que pasar tales penurias y en gran parte de los casos, afrontar la muerte. Tener que consolar a familias e intentar ayudarles a sobrellevar la pérdida, era demasiado. Lo que me hizo desistir y pedir que me cambiaran de aquella ala, fue la ocasión en la que un niño de seis años, que ya había perdido todo su cabello por los tratamientos y llevaba un año en aquel hospital, me hizo la pregunta más difícil de toda mi vida. —¿Voy a morir? —p

