—Ay, Dios —exclamó Sofía sin saber si ponerse a reír o a llorar luego de leer el mensaje que su hijo mayor le había mandado—. Este hijo de su madre, no sé qué demonios tiene en la cabeza. —¿De qué hablas? —preguntó Diego que, tras salir del baño, la escuchó decir eso y caminó hasta ella para compartir la cama con su esposa. Sofía le miró sonriendo levemente mientras se dejaba abrazar por él, luego su expresión se tornó algo sombría. —Sabes, siempre escuché dos cosas que, aunque son opuestas, por alguna razón siento que ambas me describen justo ahora —explicó la mujer y su esposo le miró como si estuviera loca, porque su comentario parecía salir de la nada y le decía justamente eso: nada. » No estoy loca, amor —aseguró la castaña tras entender la expresión compasiva y lastimera de su

