—Yo ya no quiero ser mamá —declaró Andrea luego de cuatro días de atestiguar las peores noches de la vida de una madre. Y no, no era que ahora que Diana se quedaba en casa de sus padres para que le apoyaran con el cuidado de las gemelas, y la cuidaran a ella también, no dejaran dormir a esa castaña de ojos claros con todos los movimientos, llantos y demás cosas que hacían toda la noche en habitaciones, pasillos y cocina; ella no podía dormir por su estado de muy pero muy embarazada. Aun así, atestiguar de muy de cerca que, lejano a lo que pensó, ella no podría dormir bien cuando su hijo naciera, le había roto el corazón y le había deseado volver el tiempo atrás para no dejarse llevar por la pasión y pensar que no era tan riesgoso hacerlo sin condón. —Creo que es demasiado tarde para ha

