Vecinos de ocho a cuatro

2886 Words
Lina no sabía qué debía decir. Se sentía completamente perdida. Podía hacerse muchas teorías de por qué estaba él ahí, pero prefería no quebrarse la cabeza con conjeturas. Volteó a ver a Travis para preguntar de qué iba todo eso. ―Hola ―saludó el hombre llamando inmediatamente su atención. ―Eh… hola ¿te encuentras mejor? ―preguntó sintiéndose una tonta. El hombre estaba de pie, pero si lo veía con detenimiento se veía algo pálido. ―Sí, yo… ya pasó. ―Asumo que ustedes se conocen ―dijo Lina mirando a ambos alternadamente, entonces Travis reaccionó. ―Sí, sí. Él es Joseph Broussard, mi sobrino. Disculpa, Lina. Es justo lo que intentaba decirte. ―No hay problema. Es un placer, Joseph ―Ofreció su mano libre para presentarse formalmente―, Lina Milkovich. ―Lo sé… ―Lina sintió que respiración se cortó por unos segundos; que supiera su nombre debió ser cosa de Travis, eso era obvio. ―¡Travis! ―llamó desde el mostrador Edna, la chica que manejaba la caja, con el teléfono del local en la mano haciéndole señas para que se acercara a responder. ―Disculpen, ya vuelvo ―dijo Travis dejándolos solos para atender la llamada. ―Él me lo dijo ―explicó al notar la confusión en la cara de Lina. ―Lo supuse ―admitió con una linda y disimulada sonrisa, eso lo hipnotizó―. Realmente no esperaba esto. Yo… tenía intención de volver mañana al hospital y cerciorarme de que no estuvieras solo. ―No habría sido necesario. Sin embargo, me habría gustado ―dijo con evidente asombro. Tal vez ella había exagerado, pero sí pensaba hacerlo. Un silencio incómodo se hizo protagonista por unos segundos; su mirada fija en ella la puso nerviosa, y no supo cómo diablos aguantó a sostenerle la mirada. Travis volvió rompiendo ese silencio, pero el celular de la chica comenzó a sonar. ―Disculpen ―Se alejó un poco de ellos para responder―. Ginger… ―¡¿Dónde estás, Li?! Tengo como media hora en el bar esperándote, ¿tengo que ir hasta el Betsy´s a sacar tu trasero de ahí y traerlo hasta acá? ―Perdón, ya voy para allá ―Lina se giró hacia Travis y su sobrino, levantó su mano y se despidió aún con el celular pegado en su oreja―. ¡Hasta mañana! ¡Debo irme! Travis imitó el gesto de despedida. Pero su sobrino, Joseph, hizo un amago de querer decirle que no se fuera, que como agradecimiento quería invitarle un café por muy irónico que sonara debido al Betsy’s, pero ella no lo pudo notar porque salió inmediatamente del lugar. ―Creo que antes de que intentes cualquier cosa, primero resuelvas tus problemas, Joss ―advirtió su tío que, le llevaba cinco años de más, puesto que era muy joven cuando la madre de Joseph le dio la dicha de ser tío. ―Lo intentaré… ―Bien. Pues ya está todo listo. Yo terminaré de cerrar el sitio, trata de descansar ―dijo retirándose a la cocina. El bar quedaba a un par de calles del Betsy´s, y era una locura como todos los viernes. Lina buscó con la mirada a su hermana localizándola inmediatamente en la barra. Conversaba muy animada con Dylan y Henry. Los tres voltearon como si alguien la hubiese anunciado, e hicieron señas para que se acercara a ellos. ―¡Ahí está la hermana más hermosa del mundo mundial! ―Ginger levantó su botella de cerveza brindando muy emocionada por su llegada. Al acercarse la saludó con un apretado abrazo, y después se dirigió a los acompañantes con un leve hola chicos para después sentarse justo entre Ginger y Henry donde había un asiento reservado para ella. ―¿Lo de siempre, Lina? ―preguntó Frank detrás de la barra. ―Por favor. Gracias, Frank. ―¿No vas a saludarme como se debe, hermosa? ―cuestionó Henry llamando su atención. ―Y según tú, ¿cómo es debido saludarte? ―Él sonrió con malicia y sin previo aviso se acercó tocando con sus dedos el mentón de la chica, dejando un beso en sus labios. ―Así… justo así ―Guiñó un ojo y bebió de su botella. En ese momento, Frank dejó un vaso frente a Lina. ―Vuelas muy rápido, Henry ―hizo notar―. Deberías controlar tu altura, o el golpe podría ser fatal al caer ―Bebió de su vaso sin dejar que le respondiera, y miró a su izquierda donde estaba Ginger. Se levantó del asiento a la par que su hermana, y caminaron con sus tragos en la mano hacia una de las redondas mesas pequeñas que había en el centro del bar, dejando a los oficiales solos. ―¿Entonces, Ginger? Cuéntame. ―La entrevista fue de maravilla, la mujer en realidad no hizo muchas preguntas ―Ginger miró a los oficiales mientras dejaba el vaso sobre la mesa, y sus cosas sobre una silla vacía observando a ambos ocupar los asientos que dejaron vacíos―. Parece que está harta de su vida o algo así, porque se le veían las ganas de salir corriendo de ese lugar. ―¿Y qué tal la paga? ―Susy, una chica que atendía las mesas en el bar, dejó un pequeño bowl con frituras en el centro de la mesa y se retiró; Lina tomó una llevándola a su boca esperando la respuesta de su hermana. ―Excelente. Daré mi parte del arriendo, contribuiré con un extra para cuando esté en casa, y me quedará para algún gusto. Necesito ropa nueva. ―¿Para cuándo estés en casa? ―cuestionó confundida. ―Sí, Li. El trabajo incluye que me quede allá y seré libre los fines de semana. ―¿Y estás bien con eso? ―¿Por qué no lo estaría? ―Tú sabes por qué ―Gran error de su parte, Ginger viró los ojos con fastidio. ―¡Mierda! Li ―Sí, tocó una parte que no debía, demasiado sensible para ambas―. ¿Es en serio? ―Escucha, Ginger… ―No, Li. ¿Podrías confiar por una vez en tu vida en mí? Tengo el maldito trabajo, ¿no es lo que querías? ¿Qué hiciera algo productivo? ―Su hermana asintió sin más remedio llevando a su boca otra fritura―. ¿Entonces por qué carajo no estaría bien con eso? ―Ginger ―Suspiró admitiendo que tenía razón―. De acuerdo, solo… carajo, ¿sabes qué? Olvídalo. Cuéntame cómo es la familia, la casa, no sé… Quiero saber cómo te fue. ―Es un matrimonio. La mujer como te dije, parece que le urge huir de todo eso. El hijo parece de unos nueve o diez años, y el esposo… Uff, Li. El esposo… ―Lina arqueó una ceja al ver que los ojos de su hermana destellaban de la emoción. ―Cuidado, Ginger ―advirtió dando un trago a su bebida. ―Li, el hombre es… Tiene algo, no sé qué, pero… no sabes cómo me costó mantenerme firme sin dejar que mis manos temblorosas evidenciaran mis nervios. ―Pasarás mucho tiempo ahí, no lo arruines ―insistió en advertir. ―Con ver no se peca, ¿o sí? A demás, creo que él me estaba mirando antes, hasta que me di cuenta de que estaba ahí. ―Ya lo hiciste quedar mal, ahora pensaré que se trata de un acosador ―Ambas rieron. ―No, para nada. Es una persona muy sencilla de tratar. Y tranquila, no pasaré mis límites. A demás, me lleva como diez años ―su carita de desilusión hizo a Lina negar con la cabeza sin dejar de sonreír. ―Entonces no te veré más en casa. ―Nop, solo los fines de semana. Pero te daré mi parte del arriendo. ―Eso ya me quedó claro. Te voy a extrañar ―dijo poniendo su mano encima de la de Ginger, y ambas se miraron comprendiendo que no se trataba de algo malo. Lina ciertamente estaba empezando a sentirse orgullosa de su pequeña hermana. Le dio el último trago a su vaso haciéndole una seña a Susy, y vio a Ginger voltear hacia la barra para asentir ligeramente a la par que Dylan que la miraba también. No pasó mucho tiempo y el oficial se despidió de Henry, mientras que su hermana ya estaba colocándose la chaqueta. ―Ginger, ¿a dónde vas? ―inquirió conociendo la respuesta. ―A divertirme un rato ―Dejó su vaso sobre la mesa y le dio un rápido beso en la mejilla de despedida. Lina no objetó nada, solamente la vio marcharse con Dylan. ―Ella no tiene problemas en aceptar tener una cita con mi amigo ―anunció Henry sentándose sin que se le invitara. ―Nada más busca diversión, ¿quieres algo de diversión? ―ofreció sin dejarse intimidar por su mirada provocativa y su invasión al espacio personal; la mesera llegó con otro vaso de vodka para Lina. ―Solamente si es contigo ―señaló mirando fijamente sus labios. ―Pues lamento desilusionarte, Henry. Yo no doy ratos alegres ni mucho menos de diversión. ―Estoy abierto a sugerencias, cariño. Podemos discutirlo ―Las puntas de sus dedos acariciaron su mejilla izquierda y sostuvieron la mirada por unos instantes. ―Me agradas, Henry. En serio… ―Sigo sin entender el pero. Era un buen chico dentro de lo que cabía y muy atractivo, pero también el paquete venía con celos incluidos, posesivo, controlador y no necesitaba esa toxicidad en su vida. ¿Cómo se lo decía? El celular de Henry sonó y se levantó disculpándose para responder cerca de la entrada. Ella lo siguió con la mirada llevándose por sorpresa la presencia de Joseph al cruzar por la puerta. El hombre echó un vistazo a su alrededor hasta que sus hermosos ojos color verde se llenaron de asombro al encontrarse con los de ella. Lina sonrió casi como reflejo, y aunque él lo dudó un poco, terminó por acercársele. ―Hey ―saludó Joseph todavía sorprendido; meter sus manos en los bolsillos de sus jeans lo hacía ver tierno, y eso tumbaba su aspecto de hombre serio que su abundante barba y sus cejas tupidas se empeñaban en aparentar. Y su sonrisa… uff… su sonrisa era la cereza del pastel. ―Hola… de nuevo. ―Vaya, que sorpresa encontrarte aquí. ―Soy cliente frecuente ―Su mirada se paseó confundida una vez más por el local y Lina comprendió que se expresó mal―. Ah, no es lo que piensas. ¿Te quieres sentar? ―invitó esperando arreglar su pésimo comentario. ―¿Segura? ―inquirió mirando la botella que Henry dejó sobre la mesa. ―Ah, sí. Claro. Siéntate, es un amigo que supongo ya se va ―aseguró al ver que ese amigo continuaba hablando por teléfono, pero parecía algo molesto, se acercó a la barra dejando unos billetes y se fue sin dejar de hablar. ―Bien ―aceptó mirando fugazmente hacia la entrada y se sentó haciendo a un lado la botella. Levantó la mano en señal de la chica que atendía las mesas y después apoyó sobre la mesa sus brazos. ―Yo, no quise decir que soy alcohólica o algo así ―explicó. ―No pensé eso, tranquila ―aseguró sonriendo. ―Vamos, lo pensaste ―Ambos sonrieron―, ¿cómo podría ser alguien cliente frecuente en un bar si no es para beber? ―Yo no he dicho nada ―Se defendió encogiéndose de hombros. ―Conozco a Frank desde que era niña ―dijo recordando―, era amigo de mi padre. ―¿Frank tiene que ver con el bar? ―inquirió interesado, pues que ella se esforzara por explicarse, era señal de que quería dar una buena impresión. Pero en realidad, estaba nerviosa y no midió del todo sus palabras. ―Es el dueño. Y atiende personalmente la barra ―Ambos voltearon hacia Frank y volvieron la vista uno al otro cuando Susy dejó la cerveza sobre la mesa frente a Joseph. ―No esperaba verte, es decir, coincidir aquí ―señaló Joseph―. Es una sorpresa. ―Sí que lo es. Para haber estado en el hospital esta mañana, debo decir que te ves bien. ―Fue gracias a un ángel que se cruzó en mi camino. ―Vamos, no… ―Gracias. En serio, Lina. ―Solo hice lo que cualquier persona habría hecho. ―Creo que nadie más se quedó, excepto tú. Al menos con la verdadera intención de ayudar y, no únicamente para detenerse a ver la situación como si fuera un show. ―Punto para Joseph ―Ambos dieron un trago―. Pero entonces, ¿Qué haces aquí? Es decir, en tu lugar yo descansaría, y a parte ¿será prudente que ingieras alcohol si recibiste medicamentos por la mañana? ―Ah, eso. En realidad, no me medicaron nada. Solamente me hicieron una revisión y fue todo. En cuanto Travis llegó, yo ya me sentía mucho mejor. ―Entonces, sobrino de Travis. ―Sí. Esta mañana, justo me dirigía al Betsy’s. Cuando Travis llegó, le platiqué todo lo que recordaba. Había muchas coincidencias y él se encargó de relacionar todo. Aseguró que se trataba de ti, y no se equivocó. Tu reacción en el Betsy’s se lo confirmó. ―Se ve demasiado joven para ser tu tío. ―¿Eso quiere decir que, yo me veo viejo? ―bromeó causando que las mejillas de Lina se volvieran rojas, lo cual se le hizo tierno. ―No, para nada. ¿Sabes qué? Solamente estoy haciendo el ridículo ―dijo sin poder aguantar la risa al mismo tiempo que Joseph―. En realidad, quise decir que eres muy joven, por eso el comentario hacia Travis… No. Olvídalo. Entonces, ¿estabas consciente? Cuando caíste. ―Lo suficiente para que me sea difícil olvidar el rostro de ese ángel que se quedó a auxiliarme. ¿Por qué te fuiste del hospital? Te vi a través de la puerta de cristal. ―Dijeron que contactarían a algún familiar tuyo y te vi mucho mejor. No quería ser imprudente o algo así. ¿Por qué fue el desmayo? Claro, si puedo saberlo. —He tenido una semana pesada, pienso que debió ser un bajón de azúcar o algo así. —Debes tener actividades muy demandantes para que sea una semana pesada, ¿a qué te dedicas? —El departamento de bomberos. —Vaya, eres bombero ―comentó con asombro, pues a eso le agregaba mentalmente lo guapo que era. —¡Bingo! ―Eres una persona interesante ―Lina apoyó sus codos sobre la mesa y recargó su mentón sobre sus manos. ―¿Ah sí? ―Sí. Debes tener montones de anécdotas para contar, y me encantaría escuchar las mejores que tengas. ―Con gusto lo haré. ―Esperaré ansiosa, sabes dónde trabajo. ―Sí, justo debajo de mi nuevo apartamento. ―¿Es en serio? ―Sí. Travis dejará que me quede por un tiempo. ―Uhm, eso es una agradable noticia. ¿Te estás mudando o simplemente no me había dado cuenta de que el apartamento ya estaba habitado? ―Ayer llevaron mis cosas, tuve turno por la noche y en la mañana salía del trabajo cuando pasó el desmayo. ―Oh, ya veo. Seremos vecinos entonces por ocho horas y las extras que Travis me haga trabajar. ―Ahora siento que me dará apetito con más frecuencia. ―Que sea de ocho a cuatro. ―Interesante dato, le diré a mi estómago que lo tome en cuenta. Hablar entre ellos, resulto bastante agradable, había fluidez, pero Lina cayó en cuenta de que estaba pasándose un poco de coqueta, y ser tan directa podría haber arruinado ese sorprendente inicio. ―Tengo que irme ―avisó ella tras un breve silencio. ―¿Tan pronto? ―inquirió con desánimo. ―Me temo que sí. Mi hermana se irá por toda la semana a su nuevo trabajo y no la veré más. Quiero pasar lo que reste del fin de semana con ella. ―¿Está aquí? ―preguntó buscando a alguien que no conocía. ―No. Se fue a divertir con el amigo de mi amigo. Pero en cualquier momento llegará a casa. A demás… este vodka se me está subiendo un poco a la cabeza y suelo ser más honesta de lo que debería. ―Me gustan las personas honestas. ―Creo que a nadie le vienen bien las mentiras. ―Tienes razón. ¿Vives muy lejos? ―A algunas calles de aquí ―Lina bebió lo que quedaba de su vaso, y se levantó a la par que él―. Nos estaremos viendo con frecuencia, Joseph ―aseguró ella haciéndolo sonar como una promesa. ―Puedes apostar que sí ―Él volvió a meter sus manos en los bolsillos de sus jeans. Ninguno sabía realmente de qué manera despedirse porque, simplemente, ambos querían seguir conversando. Lina se acercó nerviosa a la barra y le dio unos billetes a Frank. Al llegar a la puerta miró hacia Joseph que ya se había sentado nuevamente, suspiró y salió del bar.
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