―¡¿Por qué carajos no respondes el teléfono, Joseph?! ―reclamó Adam Dutch, su amigo dentro del cuerpo de bomberos y que era muy cercano a él.
―Oye, tranquilo. Todo está bien.
―Te encanta preocupar a la gente, eh ―El chico dio un ligero golpe en el hombro de su amigo y posteriormente se sentó frente a él dejando descansar el cuerpo―. Llamé anoche a Travis. Me dijo lo que pasó. Ni siquiera deberías estar aquí. Vete a descansar, reporta el incidente de ayer al capitán.
―No fue nada grave. Todo está bien ―dijo―. De maravilla de hecho ―respondió con el rostro iluminado―. Conocí a una chica.
―No has estado perdiendo el tiempo, eh ―señaló su amigo con un ligero tono de resentimiento―. Pero aun así, debiste llamarme. ¿Fuiste al médico?
―Carajo, no. Ya te lo dije. No pienso hacerlo ―respondió con fastidio.
―Hermano, tienes que tomártelo en serio ―advirtió―. Eso puede llevarte a perder la vista, los dolores de cabeza se están volviendo más frecuentes, ¿qué más señales quieres? ¡Te desmayaste en plena calle!
―Sí, bueno. No es para tanto, Adam.
―No tienes remedio, Joseph. No sé qué más tienes en la cabeza además de ese tumor ―reprochó, pero su amigo lo ignoró.
No había necesidad de que hicieran preguntas sobre un tema, pues con la mirada y una sonrisa acusadora, se entendían.
―Ella es hermosa ―confesó sonriendo.
―¿Dónde fue?
―Bueno, no quería tocar el asunto, pero… ella se detuvo a auxiliarme después del desmayo. Llamó a emergencias.
―Eso habla bien de ella.
―Es empleada de Travis.
―La verás a diario, probablemente te sirva un café cada mañana. ¿Algo más?
―Tiene los ojos más hermosos que he visto nunca.
―Joseph enamorado, lo tengo. De hecho, lo entendí desde que la mencionaste. Mi pregunta fue: ¿algo más? No sé, algo que deba saber.
―¿Cómo qué?
―Como que si hablaste con Luisa ―evidenció y Joseph viró los ojos.
―Todo estaba bien, sabes. Todo estaba bien ―dijo negando con exasperación.
―Joseph, hermano…
―No, Adam. Todo estaba bien. ¿Por qué tenías que mencionarla?
―Porque le importas, Joss. Tienes que hablar con ella.
―¡No quiero! Es peor que tú.
―Vale, te daré una semana, Joseph. Ya estoy harto de evadir sus preguntas, y de fingir que no sé nada.
―Es tu problema, nadie te obligó a casarte con ella.
―Básicamente, es tu culpa, tú me la presentaste y si no te hubiese conocido, no habría conocido a la mujer más increíble que llegué a conocer en toda mi vida.
―Tú elegiste acercarte a ella.
―Tú no me lo impediste. Un hermano normal me habría molido a golpes por tan solo hablarle a su hermana.
―Bueno, no soy un hermano normal y tampoco soy celoso. Ella siempre ha sido dueña de sus decisiones.
―Eres imposible, ni siquiera sé por qué te sigo hablando.
―Porque eres mi cuñado y de cualquier manera trabajamos juntos, somos compañeros y me quieres.
―Por desgracia. Eres un desagradecido.
―Yo también te quiero, hermano.
―¿Y cuál es su nombre?
―Lina ―dijo dejando escapar un suspiro―. Lina Milkovich.
Adam estalló en una carcajada.
―Debiste escucharte. Ja, ja, ja… no espera, debí grabarte. Lina Milkovich ―repitió imitando la forma tan sutil en que lo mencionó―. Tengo que conocerla.
―Chicos ―llamó Sofi desde la puerta―. Hicieron una llamada de la calle principal en la zona quince.
―¿La señora Mitchel? ―inquirieron ambos al unísono, y su compañera sonrió.
―Así es, la señora Mitchel.
―Déjame adivinar ―dijo Adam―. Su gato.
La chica se encogió de hombros, y se retiró del lugar.