―¿Lina? ―preguntó Joseph al ver a la chica tomando sus cosas de su pequeño casillero.
Realmente no esperaba encontrarla tan noche.
―Joseph, hola. Que sorpresa encontrarte aquí… Y no debería serlo porque vives aquí ―dijo para después susurrar―: que tonta.
―Yo, estaba cenando con unos amigos de la estación ―explicó―. Pero, ¿tú qué haces aquí? ¿Tu turno no termina por la tarde?
―Sí, pero Travis me pidió quedarme a doblar turno ―explicó acortando un poco la distancia entre ambos al tiempo que se colocaba su chaqueta―. Una de las chicas no llegó por asuntos de fuerza mayor.
―Oh… No diré que me alegra que se haya ausentado por esos motivos, pero sí le agradeceré por este momento ―confesó recargándose en el pasamanos con forma de espiral en las escaleras que daban al segundo piso.
Ella sintió los nervios dominándola por ese tipo de comentarios que le hacían sentir un calor especial que le recorría de pies a cabeza.
―¿Y qué tal tu día? ―preguntó ella cruzándose de brazos al pararse frente a él, cambiando un poco la conversación― ¿Apagaste muchos incendios hoy?
―No en realidad, pero rescatamos un gato.
―Oye, entonces no es un mito. Consideraré adoptar un gato.
―Asegúrate de que sepa trepar, pero no bajar.
―¿Así podrás ir a su rescate? ―inquirió ladeando la cabeza con intención de coqueteo.
Era tarde, estaba perdida y no pararía porque la conversación se daba sola, y a ella no le molestaba en absoluto.
―Por supuesto que sí, y me aseguraré de entregarlo sano y salvo a su dueña ―Ambos sonrieron mirándose evidenciando que había atracción, y el silencio en ese momento amenazaba con acercarlos más de lo necesario―. Esperaba poder verte esta mañana.
―No soy conocida por la virtud de la puntualidad.
―Algo se podrá hacer con eso. Puedo ayudar si me dejas.
―Estoy abierta a sugerencias.
―¿Qué tal, llegar para alcanzar un buenos días de un nuevo amigo? Dicen que eso da buena suerte.
―¿Quién lo dice?
―Un sujeto al que le gusta andarse cayendo por las calles.
―Uh, ¿eso fue una estrategia?
―Claro, y funciona bien ―El silencio nuevamente se apoderó del momento, pero eso no impidió que ellos dejaran de mirarse―. Es muy tarde para que te vayas sola. ¿Te acompaño?
―Eso suena como una agradable idea, pero no me quiero arriesgar a que te caigas de nuevo en la calle. Además, ya viene un taxi por mí.
―Es una pena en este momento no ser taxista. Pero te hago compañía en lo que llega.
―¿Y cómo te has sentido hoy? ―preguntó ella con interés, además no quería que ese tiempo contado se convirtiera en puro silencio.
―Bien. No me preocuparía por eso. Pasó únicamente esa vez. Necesitaba descansar.
―Entonces descansa como se debe, Joseph. No es sano que andes usando tu estrategia, así como así.
―Ya no lo haré ―Los minutos no paraban, avanzaban y ellos se habían quedado en silencio.
Parecía que no hacían falta las palabras. Joseph se acercó a Lina y quitó de su cabello un pedazo pequeño de lechuga que le mostró antes de tirar al piso. Sus miradas se encontraron en pocos segundos y él se acercó más a ella sin dejar de mirarla como quien mira lo más preciado que tiene en su vida.
El claxon del taxi los hizo sobresaltar.
―Tengo que irme ―anunció ella, y él asintió.
―Espera ―llamó él acercándose a ella en cuanto abrió la puerta y dejó un beso en la comisura de sus labios que no calculó bien―. Descansa.