El salón estaba lleno de murmullos y risas, pero para mí, todo desapareció en el momento en que John se arrodilló frente a mí. Su mirada era cálida y brillante, y en sus manos sostenía una pequeña cajita dorada. Mi corazón latía con fuerza, como si supiera que lo que estaba por venir cambiaría mi vida para siempre. —En mi vida, jamás había conocido el amor hasta que llegaste tú —dijo con una voz quebrada, podía notar la emoción en cada palabra—. No sé todo sobre ti, Margaret, y sé que aún hay cosas que no hemos compartido, pero lo que sí sé es que quiero pasar el resto de mi vida contigo. La tapa de la cajita se abrió, revelando un hermoso anillo que brillaba bajo la tenue luz del salón. Mis manos volaron a mi boca en un intento inútil de contener el asombro y las lágrimas que brotab

