Los días que siguieron fueron como un sueño. John y yo compartimos cada momento como si el tiempo nos perteneciera, como si el mundo entero desapareciera cuando estábamos juntos. Nos entregamos el uno al otro sin reservas, y cada caricia, cada beso, se sentía como una unión eterna. En una de esas noches, mientras estábamos en su cabaña, él me miró con esos ojos que parecían ver más allá de mi alma. —Te amo, Margaret. Nunca había amado así a nadie. Mi corazón latió con fuerza, como si quisiera escaparse de mi pecho. Tomé su rostro entre mis manos. —Yo también te amo, John. Más de lo que imaginé que sería posible. Él me besó con amor, y mientras el fuego crepitaba en la chimenea, nos perdimos el uno en el otro. No había palabras suficientes para describir lo que sentía, pero en sus br

