En vez de ir a ese evento en el centro de la ciudad, Ariel y yo nos dirigíamos al aeropuerto, la ciudad quedaba atrás, y a medida que nos alejábamos de todo lo que conocía, un torrente de emociones me invadía.
La noche anterior había sido como un sueño roto, donde las risas falsas y las conversaciones vacías parecían ahogarme.
La presión de mis padres, la imposición de un matrimonio que no deseaba… todo me llevaba a este momento de decisión. Escapar.
Cuando llegamos al aeropuerto, me volví hacia Ariel, quien había estado en silencio, pero su mirada lo decía todo.
Preocupación, amor, pero también una aceptación silenciosa de lo que estaba por suceder.
—Te agradezco que me hayas apoyado en esta locura, Ariel —le dije, la voz cargada de emoción.
Había sido un amigo leal, y ahora estaba siendo mi cómplice en algo que cambiaba todo.
Ariel giró su cabeza para mirarme, sus ojos reflejando la sinceridad que siempre había tenido.
—Lo único que quiero es verte feliz, Margaret. Hagas lo que hagas, te apoyo. Solo deseo que encuentres lo que realmente quieres.
Sonreí débilmente, y sin pensarlo, me lancé a abrazarlo, abrazando la libertad que por fin podía saborear.
Era un abrazo largo, profundo, como si de alguna forma quisiera quedarme en ese momento para siempre.
—Solo dile a mis padres que me dejaste en el centro para el evento —susurré contra su hombro, aún aferrada a él. —Y cuando esté lejos, los llamaré. No quiero que se preocupen más de la cuenta, pero necesito salir de aquí. Necesito ser libre.
Ariel me sostuvo un poco más, como si quisiera que reconsiderara, pero sabía que esto era lo que tenía que hacer.
Se separó de mí y, con una leve sonrisa de resignación, asintió.
—Lo haré, Margaret. Seguiré las reglas al pie de la letra. Solo prométeme que estarás bien.
Le sonreí con fuerza, agradecida por su apoyo incondicional.
Luego, con un último abrazo rápido, me di la vuelta y caminé rápidamente hacia la entrada del aeropuerto, mi corazón latiendo con fuerza. Sabía que no había vuelta atrás.
Dentro del aeropuerto, la ansiedad se apoderó de mí por un instante, pero la determinación rápidamente la superó.
Comprobé la información de mi vuelo, y al ver la puerta de embarque, me sentí como si por fin estuviera tomando el control.
Nada de eso sería fácil, pero era lo que necesitaba.
El avión despegó con un suave movimiento. Me acomodé en mi asiento junto a la ventanilla, mirando cómo las luces de la ciudad se desvanecían bajo la oscuridad.
Un suspiro escapó de mis labios, una mezcla de alivio y tristeza.
No podía evitar pensar en lo que dejaba atrás, pero sabía que no podía seguir viviendo la vida que me imponían.
“Lo siento, padre, pero no me casarás con alguien a quien no amo.” Pensé para mí misma, mientras la ciudad se convertía en pequeños puntos lejanos, y el avión se elevaba hacia la claridad del cielo.
Dos horas después, el avión comenzó a descender. Desde la ventanilla, vi la extensión infinita de la nieve cubriendo todo el paisaje.
Había aterrizado en Noruega, Oslo, una hermosa ciudad cargada de nieves y cubierta de luces navideñas.
La nieve caía suavemente, cubriendo la tierra con una capa perfecta y silenciosa. Los vientos helados parecían susurrar entre los árboles cubiertos de escarcha, y el aire fresco y gélido llenaba mis pulmones con una sensación de pureza.
Al bajar del avión, me detuve un momento, dejando que la fría brisa me envolviera.
Media hora después, tomé otro vuelo a Røros que aterrizó una hora después.
Podía sentir cómo la libertad se apoderaba de mi ser de una manera que nunca había experimentado antes.
Nadie me conocería aquí, nadie me presionaría. Era una extraña sensación de tranquilidad, como si finalmente pudiera ser yo misma.
Miré a mi alrededor. Todo estaba hermoso, me sentía en un cuento de hadas, estaba ansiosa por vivir esta nueva etapa.
Un nuevo comienzo. Un lugar donde no hubiera expectativas, donde mi nombre no significara nada más que quien yo realmente era.
Me sentí bien. No por la locura de lo que había hecho, sino por la sensación de que había tomado el control de mi vida. Ahora, el futuro era mío.
—Lo hiciste Margaret— Me dije a mi misma con alegría.
Sabía que no importaba mucho a dónde me llevara, solo necesitaba alejarme de todo, de la vida que mis padres habían planeado para mí, y encontrar un rincón donde pudiera respirar sin el peso de las expectativas.
Después de un par de largos minutos recorriendo caminos nevados llegamos a una posada en Røros, parecía de buena para mi.
El edificio era modesto, con ventanas adornadas con luces navideñas y un aire acogedor que contrastaba con la dureza del paisaje exterior.
La nieve caía suavemente, cubriendo todo con un manto blanco, y el sonido de los copos al chocar contra el suelo era lo único que se escuchaba.
Cuando entré, el aroma a madera y a pino me envolvió, y pude ver que la decoración era simple pero cálida.
Había guirnaldas de Navidad en las paredes, algunas luces intermitentes colgando de las vigas, y un árbol pequeño en una esquina, decorado con esferas plateadas y doradas.
Era un lugar humilde, pero lleno de una tranquilidad que me hizo sentir en paz, al menos por un momento.
Me acerqué a la recepción, donde una mujer de unos 40 años me recibió con una sonrisa cálida.
Tenía el cabello oscuro y recogido en un moño sencillo, y su rostro reflejaba la bondad que emanaba de su presencia.
—Buenas tardes —saludó con un tono amable.
—Buenas tardes —respondí, tomando una respiración profunda. Sentía que mi cuerpo comenzaba a relajarse en este lugar.
—Soy Grecia, la dueña de la posada. ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó, inclinando un poco la cabeza mientras tecleaba algo en su computador.
—Estoy buscando un lugar donde quedarme, ¿tiene espacio disponible? —pregunté con una ligera esperanza. Necesitaba algo de estabilidad, aunque fuera temporal.
Grecia hizo una pausa mientras revisaba la pantalla de su computadora y luego sonrió.