Amor a primera vista

1176 Words
Seguí mirando a mi alrededor hasta que la voz de Grecia me devolvió a la conversación. —Claro que sí, tenemos una habitación disponible. Es una de las más acogedoras que tenemos, perfecta para el invierno. ¿Cuánto tiempo planeas quedarte? —No estoy segura —respondí, mirando al suelo por un momento. Sabía que no tenía una respuesta clara, pero necesitaba tiempo para pensar—. Al menos por las fiestas, por un tiempo. —Entiendo —dijo Grecia con una sonrisa comprensiva—. Tómate todo el tiempo que necesites. —¿Cuál es tu nombre? —preguntó Grecia, dejándome pensativa. —Me llamo Margaret Hill —respondí, usando mi segundo apellido. —Muy bien, Margaret, es un placer. Asentí, sintiendo cómo mi corazón quería salirse del pecho. Había volado hacia la libertad. Sentí alivio al notar que no intentaba presionarme. Grecia parecía ser una de esas personas que entendían lo que era sentir la necesidad de escapar. —Debes estar cansada del viaje —dijo después de un momento—. Si quieres, puedo llevarte a tu habitación para que descanses. Asentí, agradecida por su amabilidad. —Eso sería genial —respondí, sintiéndome un poco más ligera, como si finalmente estuviera tomando el control de mi vida. En ese momento, la puerta se abrió de golpe y un hombre alto y robusto entró en la posada. Grecia se volvió rápidamente hacia él. —Ah, John —dijo con una sonrisa—. ¿Podrías ayudar a esta señorita con su equipaje? Cuando me giré para saludarlo, mis ojos se encontraron con los suyos. En ese instante, mi corazón dio un vuelco. John tenía un rostro serio, con ojos oscuros que reflejaban una intensidad que no esperaba encontrar en un lugar como este. Era inesperadamente apuesto, con una presencia que parecía dominar el espacio sin esfuerzo. Su altura y porte me hacían sentir pequeña, pero también me dejaron completamente cautivada. No pude evitar mirarlo durante unos segundos, perdida en su mirada, y por un momento, olvidé completamente la razón por la que estaba allí. El silencio entre nosotros fue breve, pero suficiente para que una chispa de algo que no podía identificar se encendiera dentro de mí. —John, esta es Margaret Hill, y parece que estará con nosotros por un tiempo —dijo Grecia amablemente. John sonrió con cortesía y se acercó a tomar mis maletas sin decir una palabra. Su gesto fue tan natural, tan desinteresado, que no estaba segura de si debía agradecerle o simplemente quedarme en silencio. —Gracias —dije finalmente, intentando recuperar la compostura. John asintió sin hablar y, sin hacer ruido, comenzó a caminar hacia las escaleras. Grecia me miró con una sonrisa suave, como si supiera exactamente lo que acababa de suceder entre nosotros. —Lo siento, es un buen partido —dijo con una leve risa—. Pero no te preocupes, John es un buen hombre. Solo pude asentir, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Mientras subíamos las escaleras, mi mente no dejaba de dar vueltas en torno a la presencia de John. Había algo en él que no podía dejar de pensar, algo que me intrigaba, y no era solo su apariencia. Dejé que John acomodara mis maletas en la habitación, observándolo colocar todo con sorprendente habilidad. Estaba claro que estaba acostumbrado a este tipo de tareas. Una vez que terminó, se enderezó y me miró con una leve sonrisa. —Espero que tengas una feliz Navidad en nuestra posada —dijo, con una voz suave pero con un toque de calidez que no pude ignorar. —Estoy segura de que así será —respondí, sintiéndome finalmente un poco más relajada en este nuevo lugar. —La cena es en una hora —continuó—. Puedes bajar para el buffet navideño, todo está listo. —Será un placer —dije, asintiendo con una sonrisa. John asintió y comenzó a retroceder, pero antes de irse, se volvió hacia mí. —Disfruta tu estadía, Margaret —dijo, y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Me quedé allí, mirando la puerta cerrarse. Por un momento, el ruido del mundo exterior desapareció, y mi mente se centró en lo que había dicho: “Disfruta tu estadía”. No había venido a Noruega en busca de amor, eso era seguro. Solo había huido de la presión de mis padres, de una vida que no elegí. Aquí, en este lugar lejano, pensé que tal vez encontraría un poco de paz. Suspiré y comencé a desempacar mi maleta. Estaba decidida a hacer de este pequeño rincón mi hogar, aunque solo fuera por un tiempo. Después de organizar mi ropa en el pequeño armario, me di una ducha caliente, y el agua me relajó de una manera que no esperaba. Cuando salí, me vestí con ropa cómoda y me sentí lista para bajar y unirme a la cena. El buffet estaba decorado con luces navideñas, y las mesas estaban llenas de platos tradicionales. Me serví algo sencillo, tomándome mi tiempo, y me senté en una mesa apartada, disfrutando de la paz de estar sola. Fue agradable poder comer a mi propio ritmo, sin miradas ni expectativas. Pero, para mi sorpresa, John apareció de nuevo con su propio plato y caminó hacia mi mesa. —¿Puedo sentarme? —preguntó con una sonrisa. —Claro, es tu posada —respondí, jugando con las palabras y dejando escapar una pequeña risa. John asintió y se sentó frente a mí, colocando su plato en la mesa. Me miró con curiosidad, como si algo en mi presencia lo intrigara. —¿Qué te trae a Noruega? ¿Y a un lugar como Røros? —preguntó, claramente interesado. —La temporada navideña —respondí, sonriendo al pensarlo—. Me encanta la Navidad. La magia, el ambiente. Eso fue lo que me inspiró a venir. —Eso suena encantador —comentó, dando un bocado a su comida antes de continuar—. Pero, ¿por qué estar tan lejos de tu familia en un momento como este, cuando se supone que todos deben estar juntos? La pregunta me sorprendió. ¿Cómo podía explicar que mi familia era la razón por la que estaba huyendo? No estaba lista para hablar de eso aún. —Solo… estoy tomándome un tiempo para mí —respondí, incómoda con la dirección de la conversación. Pude ver que John notó que me sentí incómoda con la pregunta, porque rápidamente se disculpó. —Lo siento si soy demasiado curioso —dijo, con un tono suave—. Solo me parece extraño que una dama tan encantadora esté sola, especialmente en Navidad. Lo miré y sonreí levemente. —A veces, la soledad es buena —respondí, sin estar segura de si realmente quería compartir más de mi vida con él. En ese momento, un grupo de personas comenzó a cantar villancicos cerca del salón, y la alegre música me hizo sonreír. El ambiente se llenó de calidez, como si la Navidad hubiera entrado de repente en la posada.
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