La mañana siguiente, me desperté con la luz suave que se colaba a través de la ventana.
El aire frío de la mañana me hizo sentir renovada, como si toda la ansiedad de los días anteriores hubiera quedado atrás.
Decidí bajar a desayunar y, cuando llegué al comedor, Grecia estaba allí, sirviendo el desayuno.
—Buenos días, Margaret —me saludó con una sonrisa amable—. Espero que hayas descansado bien. El desayuno está listo, y si te interesa, hay un grupo que saldrá a montar caballo más tarde. Podrías unirte a ellos.
Mientras tomaba mi taza de café, miré a mi alrededor, disfrutando de la atmósfera acogedora del lugar.
—Eso suena increíble —dije, imaginándome ya cabalgando en esos paisajes nevados.
Grecia me sonrió ampliamente.
—Perfecto. Después del desayuno, te llevaré a donde están los caballos. Está dentro de la propiedad de la posada.
Tras terminar mi café, Grecia me llevó a una zona cercana a la posada, donde los caballos estaban listos para los paseos.
En cuanto llegamos, la vio a John, quien estaba junto a los caballos. Grecia se acercó a él.
—John, ¿hay espacio para Margaret? —le preguntó con una sonrisa.
Él, sin apartar la mirada de mí, asintió. —Sí, claro —respondió con un tono que me hizo sonrojar un poco.
Grecia me miró a mí con una expresión que parecía saber lo que sucedía entre nosotros.
—Te dejo en buenas manos —dijo mientras se alejaba.
Le agradecí con una sonrisa y, poco después, John se acercó a mí con un caballo ensillado.
—Te explicaré rápidamente cómo dominarlo, solo en caso de que necesites ayuda —dijo, aunque su voz transmitía una seguridad que me hizo sentir tranquila.
Le sonreí. —No te preocupes, sé montar caballo —le respondí, confiada.
Su expresión cambió ligeramente, como si estuviera impresionado.
—Parece que no estoy ante una mujer que sabe poco —comentó, con una sonrisa encantadora.
Me limité a sonreír, sin decir nada más, y me subí al caballo.
A los pocos minutos, comenzamos a cabalgar por un sendero cubierto de nieve, rodeado por un pequeño bosque de árboles altos.
La quietud del lugar era mágica, y el aire fresco llenaba mis pulmones mientras cabalgábamos en silencio.
—Dicen que este bosque está maldito —empezó John, su voz rompiendo la calma del paisaje—. Se dice que hace mucho tiempo, un hombre que amaba a una mujer fue rechazado, y en su furia maldijo el bosque, asegurando que aquellos que se adentraran en él nunca encontrarían paz. Nadie ha sido capaz de probarlo, pero… hay algo en el aire aquí, algo que parece diferente.
Lo miré, intrigada por la leyenda. —¿Y tú qué piensas? —pregunté.
Él sonrió, como si no creyera mucho en esa historia, pero sin dejar de mirarme.
—Solo pienso que hay algo especial en este lugar. Quizás por su belleza.
Continuamos cabalgando hasta llegar a un pequeño río. El sonido del agua fluyendo suavemente era relajante.
Un par de personas ya estaban allí, bajando de sus caballos y metiéndose al agua, disfrutando del baño en un rincón apartado del río.
Yo me agaché cerca de la orilla, dejando que el agua se deslizara entre mis manos, batiéndola suavemente.
El lugar era tan hermoso, tan tranquilo, que me sentí completamente en paz.
John se acercó a mí, con su caballo aún a un lado, y me miró.
—Puedes bañarte, como los demás —dijo, señalando a las personas que se estaban sumergiendo en el agua.
Miré el paisaje y sonreí. —Este lugar es muy bonito —respondí—. Y me conformo con verlo.
John se acercó un paso más y, con una mirada un tanto más intensa, no dudó en decirme lo que pensaba.
—Definitivamente es bonito, pero no más que tú.
Mis mejillas se encendieron al instante, y no pude evitar sentirme un poco incómoda. No sabía qué responder a su cumplido.
—No sé qué decir… —dije, bajando la mirada, intentando calmar el ardor en mi rostro.
John sonrió ampliamente, como si disfrutara de mi reacción.
—No tienes que decir nada —dijo suavemente—. Solo disfruta del momento.
Y mientras me sonreía, me sentí como si el mundo entero hubiera desaparecido por un segundo, dejándonos solo a nosotros dos.
Después de menos de una hora, regresamos a la posada. El aire fresco me había renovado, y el paseo en caballo había sido tan relajante que me sentía más en paz que nunca.
Mientras bajábamos de los caballos, algunas personas nos agradecieron a John por guiarlos con tanta amabilidad.
—Gracias por todo, John —dijo uno de ellos—. Nos hace sentir tan bienvenidos.
—Gracias a ustedes por elegir nuestra posada— No dudó en decirles.
Observé cómo John respondía a sus agradecimientos con una sonrisa sincera.
Parecía tan cómodo en su rol, tan natural, que no pude evitar quedarme un momento más, observando la manera en que interactuaba con todos.
Era claro que las personas lo apreciaban mucho. —Haces muy bien tu trabajo —le dije, sintiéndome impresionada.
Él se giró hacia mí con una sonrisa humilde. —Gracias, pero este no es mi verdadero trabajo —respondió.
La curiosidad me invadió. —¿Cuál es tu verdadero trabajo? —pregunté, sin poder evitarlo.
John me miró por un momento, evaluando si debía contarme. Luego, con una mirada más seria, habló.
—Soy un militar, tengo rango de general aquí en el pueblo —dijo, con un tono de respeto por su oficio—. Mi trabajo es guiar a otros jóvenes militares con menor rango, asegurándome de que esta ciudad esté bien cuidada.
Me quedé sorprendida por su respuesta. No esperaba que alguien como él, tan cálido y cercano, tuviera una carrera tan imponente.
—Entonces… eres muy interesante —dije, con admiración en mi voz.
John se detuvo un momento, su sonrisa se amplió un poco más.
—¿Hablas en serio? —me preguntó, como si no estuviera seguro de si debía creerme.
Asentí, sin dudar. —Sí, lo hablo en serio.
Poco después, comencé a alejarme, pero antes de que pudiera avanzar un poco más, escuché su voz, llamándome desde atrás.
—Margaret… —vociferó. Me giré y vi que se acercaba, con una sonrisa en el rostro—. ¿Te gustaría acompañarme a una cena con villancicos esta noche?
Mi corazón dio un pequeño brinco ante la invitación, pero no dudé ni un segundo antes de sonreírle.
—Sí, me encantaría —respondí con una sonrisa, antes de girarme y marcharme hacia mi habitación.
Le di la espalda y continué caminando pero no sin poder borrar la sonrisa de mi rostro.