Fatal desenlace.

3544 Words
Es de mañana cuando la alarma del celular me obliga a despegar los ojos. Solo he dormido un par de horas, pues la impresión por haber visto a Diego de nuevo fue realmente fuerte. Tomo una ducha y me alisto para dirigirme al instituto. Quizás sea mucho pedir pero, espero, de corazón, que este día sea tranquilo y agradable. Estoy cansada de las emociones intensas, solo deseo un momento de paz. Tras desayunar, salgo de la casa y me marcho. Una vez que llego al instituto, subo por las escaleras e ingreso al aula. Faltan pocos minutos para que la clase comience, en lo que las demás van entrando poco a poco. De pronto, suena el timbre. El salón está repleto, pero el maestro no ha llegado. Es entonces cuando la directora de la sección femenina se hace presente, lo cual nos parece extraño. Su semblante expresaba un gran pesar. —Buenos días, niñas. He venido para darles a todas una noticia. Será difícil, pero es necesario que estén enteradas de lo que ha ocurrido. El maestro Alejandro ya no volvería al instituto. En la noche anterior, en el momento en que se dirigía a su hogar, sufrió de un accidente automovilístico... Llevándolo a su fatal desenlace. Nadie podía creerlo. Nada más el viernes se había despedido de nosotras para verlo de nuevo el lunes, como de costumbre. Ninguna pensó que esa sería la última vez que hablaríamos con él. Así de impredecible y efímera es la vida. Volteo el rostro en dirección a Marina, en tanto que ella hace lo mismo. Nos miramos con preocupación, preguntándonos si la persona más apegada al maestro lo sabe. Si Paloma ya lo sabe. Se ha ausentado esta mañana, por lo que asumimos que se había enterado incluso antes que nosotras. Al terminar las clases, nos disponemos a visitarla. Tuve mis dudas antes de tomar la decisión, pues corría el riesgo de cruzarme con Diego; sin embargo, no podemos dejarla sola en estas circunstancias. Paloma es más importante ahora. Envío un mensaje a Santiago, comunicándole que saldría con Marina. No podía decirle que íbamos a dar nuestras condolencias a Paloma, pues él no tiene idea de que el maestro y ella sostenían un romance. Cuando llegamos, tocamos el timbre. Es la misma Paloma quien nos abre. Al verla, mi corazón se aflige. Trae los ojos hinchados y enrojecidos, luce bastante mal. —Hola, chicas —saluda, con la nariz congestionada. —¿Cómo estás? —pregunta Marina, arrugando la frente. —Pues no muy bien —expresa. —Hemos venido a hacerte compañía —asevero. —Oh, no era necesario; pero gracias. Por favor, pasen —invita. A pesar de su mal aspecto, se muestra tranquila. ¿Se habrá desahogado lo suficiente? Quizás... Toda la madrugada. —Lamento mucho todo esto —expresa Marina. —Um, no es para tanto —suelta, lo cual me desconcierta. —N-No queríamos dejarte sola en momentos como este —añado. —Está bien, pero... Es probable que se arrepientan, podrían terminar tan mal como yo. —No digas eso. Eres nuestra amiga, siempre estaremos a tu lado para apoyarte en tiempos difíciles —señala Marina. —Pues... Gracias, chicas. Sin embargo, creo que están exagerando. La miramos con recelo, perplejas. —¿No... Has pensado en ir al funeral? —pregunto. En este instante, es Paloma quien nos observa con atención, confundida. —¿De qué están hablando? —cuestiona. ¿Acaso no estamos platicando sobre lo mismo? —¿De qué estás hablando tú? —señala Marina. —No fui al instituto porque amanecí con un fuerte resfriado, creí que habían venido por esa razón —explica Paloma. ¿Es posible que... No sepa lo que sucedió con el maestro? —Paloma, ¿no has recibido alguna novedad sobre Alejandro esta mañana? —agrega Marina. —¿Eh? No, nada. En efecto. No lo sabe. En ese momento, nos dimos cuenta de que nos corresponderá la parte más compleja. Tener que contárselo. Marina se asoma a mi oído para susurrar. —Díselo. —¿Qué? Díselo tú. —Tu voz es más suave. —¿Eso que significa? —Si se lo digo yo, quedará aún más traumada... —Oigan... ¿Qué tanto murmuran ustedes dos? —interrumpe Paloma. Al final, tomé la responsabilidad y decidí darle la noticia. —Escucha. Lo que voy a decirte es muy difícil para mí, pero tienes que saberlo. Necesito que te llenes de fortaleza y que sepas que estaremos aquí para apoyarte —expreso. —Me estás asustando —suelta. Inhalo y exhalo ruidosamente, liberando la tensión de mis pulmones para armarme de valor. —El maestro, Alejandro, tuvo un accidente anoche y, pues... Demonios. No puedo terminar de decírselo. —Alejandro falleció, Paloma —asevera Marina. Su semblante se torna pálido e inexpresivo. Su mirada denota incredulidad, piensa que probablemente estamos bromeando. Sin embargo, sé que en su interior se cuestiona a sí misma, ¿quién bromearía con asunto tan delicado como la muerte? Su mente es un caos, no tiene idea de cómo reaccionar. Es fácil deducirlo debido a que se mantiene quieta en el sofá, con los ojos incrustados en la nada. —Eso... Eso no puede ser... Su respiración se agita antes de romper en llanto. Esta ha sido la noticia más difícil que he dado en todos mis años. Nos acercamos a ella, sentándonos una en cada lado, para abrazarla mientras que solloza desconsoladamente. No sabes cuánto te comprendo, Paloma. Me gustaría comentarte que también he perdido a alguien importante, y cómo aquel suceso marcó mi vida para siempre. Sin embargo, el dolor no es eterno. Algún día, la sangre dejará de fluir hacia el exterior y la herida sanará. Solo es cuestión de tiempo y esfuerzo. Pasamos horas acompañándola, sin lograr que deje de llorar. Es normal y necesario, así que solo permanecemos cerca, en silencio. De pronto, Paloma se tranquiliza. Nos inclinamos para observarla, dándonos cuenta de que se ha quedado dormida. Tiene la cabeza apoyada entre mis brazos, por lo que no puedo moverme con facilidad. —Dalila, tengo que irme por un rato. Espérame hasta que regrese, ¿está bien? —susurra Marina, cuidando no despertar a Paloma. —¿Qué? ¿A dónde vas? —cuestiono. —Lo siento, pero Micaela me encargó entregar la lista de titulares al centro de estudiantes. Tengo que ir al ateneo —señala. Suelto un bufido, resignada a dejarla ir. Una vez que Marina se marcha, Paloma y yo nos quedamos a solas. Acaricio su pelo, compadeciéndome de su pobre corazón lastimado. ¿Es así como me veía cuando lloraba por la traición de Diego o por la muerte de Ray? Ambas son situaciones que no me agrada recordar. De todos modos, fueron experiencias que me han hecho aún más fuerte. Sé que Paloma se convertirá en una nueva persona después de esto. Sumida en mis pensamientos, sucumbo ante el sueño. Un par de horas después, siento a alguien tocando mi hombro. —Dalila... —pronuncia una voz. La reconozco, es la voz de Diego. Doy un sobresalto y despierto de golpe. —¿Qué sucede? ¿Porqué están durmiendo aquí? —pregunta, preocupado. Miro el reloj que está colgado en la pared, indicando que son las cinco de la tarde. —¿Dónde está Marina? —agrego. —No está aquí. Maldición. Dijo que regresaría pero me ha dejado sola. —¿Ocurrió algo? —añade. No estoy segura de si deba comentárselo, apuesto a que no sabe lo que hubo entre Paloma y el maestro. —Pues... Tu hermana está... Está un poco triste —señalo. —¿En serio? ¿Qué le pasa? —Eso es algo que le corresponde a ella decírtelo, no a mí. Lo siento, Paloma. Quizás será demasiado doloroso para ti platicarlo, pero eres la única que puede hablar de ello. Solo tú sabrás qué contarle, y qué no. —¿Se trata de un asunto delicado? —insiste. —Sí, bastante. Necesitará de toda tu fortaleza, eres su hermano mayor así que... Debes apoyarla incondicionalmente —expreso—. Por ahora, es mejor dejarla dormir. —Está bien, la llevaré a su cuarto. La carga entre brazos cautelosamente para subirla a su habitación; mientras tanto, aprovecho para tomar mis cosas e irme de allí. Tomo un taxi y me dirijo a casa. Al siguiente día, lo primero que tengo en mente al llegar al instituto, es encontrar a Marina. Una vez que la veo, me aproximo a ella y la sostengo del brazo. —Oye, ¿qué pasó contigo ayer? ¡Me dejaste sola! —reclamo. —Perdón —junta las palmas de las manos— recordé que tenía cosas pendientes. —¿Qué pudo haber sido más importante que acompañar a tu amiga, eh? —reprocho. —Me fui tranquila sabiendo que se quedaba contigo —expresa. —Ah, no. Ese no es un buen pretexto —me cruzo de brazos. —Escucha. Paloma se sumió al sueño entre tus brazos porque a tu lado se sentía en paz, tu presencia le transmitía calma y sosiego. Es más, creo que hoy deberías ir a verla de nuevo —asevera. —Por supuesto que iré. Espero que tú lo consideres. —Te diré una cosa. No seré una buena compañía para Paloma en estos momentos, no tengo filtro en mis palabras, podría decir algo que la lastimará aún más. No pienses que no me importa, claro que estoy preocupada por ella, pero ahora eres tú la indicada para estar a su lado —coloca su mano sobre mi hombro. Suelto un suspiro. No estoy conforme con lo que me ha dicho, pero no puedo forzarla a ir si no se encuentra en condiciones. Solo empeoraría la situación. —Está bien, Marina. Iré sola. —Gracias. Mantenme informada de su progreso, prometo que la visitaré pronto —replica. Suena el timbre de entrada, por lo cual ingresamos al aula. Al culminar las clases, agarro mis pertenencias y me encamino a la casa de Paloma. Tras llegar, hago sonar el timbre, en lo que la puerta es abierta por ella. Se abalanza sobre mí, rodeándome con los brazos. —¿Cómo te sientes? —pregunto, acariciando su espalda. —Deseo morirme en cada minuto que pasa —expone. —No digas eso, tienes que superarlo. —No es tan sencillo... —Claro que no lo es; sin embargo, no es imposible de lograrlo. Debes poner de tu parte. Hunde el rostro en mi hombro, mojando mi camisa con sus lágrimas. Entramos a la casa y nos acomodamos sobre el sofá. —Mírame, soy un asco —suelta, limpiándose la nariz. —No te preocupes por eso ahora, simplemente llora y desahógate todo lo que quieras. —No lo entiendo... ¿Porqué tuvo que irse así? Habíamos acordado encontrarnos esta semana, no es justo... —La vida no es justa, pero hay que aprender a enfrentarla. Es la única manera para sobrevivir. Se aferra a mi brazo y se mantiene a mi costado, llorando sin poder detenerse. —Yo... No supe cómo explicar mi estado de ánimo. Quiero decir, Diego me preguntó qué sucedía y no pude decirle —agrega. Me lo imaginé. Afortunadamente, no comenté nada indebido. —Tranquila, no tienes que contarle si no estás segura de hacerlo. —Pero... Nadie sabe lo nuestro, solo Marina, Soraya y tú... De todos modos, al no tener pruebas de lo que hubo entre nosotros, es como si nada hubiera pasado en realidad. Como si todo hubiese sido un producto de mi imaginación —gimotea. —Lo que han vivido juntos permanecerá en tu memoria, nunca se borrará. Los recuerdos son la prueba máxima del cariño que se tuvieron y nadie podrá arrebatártelos. También me sentí de esa manera cuando Ray murió. Nuestro tiempo había sido tan corto, que pareciera que nunca había sucedido. Aquello me angustiaba, hasta que comprendí que aunque no había una foto, una carta, algo que demostrara que Ray fue real y que alguna vez lo conocí, él vivía en mi mente y en mi corazón. Cuánto quisiera compartir tu pena, Paloma; sin embargo, me prometí a mí misma que su nombre no sería pronunciado delante de nadie en este lugar, pues es alguien que pertenece a otro sitio, y a uno muy lejano por cierto. Me encuentro consolándola cuando, de repente, suena el timbre de la casa. Mi intención era levantarme para recibir a la persona que espera en el exterior; pero, Paloma me detiene, acercándose a la entrada para abrirla. En ese momento, ve a una mujer parada detrás del umbral. Me aproximo por curiosidad, sin saber el pleito que se armaría en cuestión de minutos. —Buenas tardes, ¿quién es usted? —pregunta Paloma. —Buenas tardes. Estoy buscando a una chica de nombre Paloma Navarro —suelta, con voz frívola. —Soy yo, ¿qué se le ofrece? —responde. —Entonces... Eres tú... —la mujer comienza a dar unos pasos para entrar a la casa, llevando a Paloma a retroceder— Tú eres la chica que se metía con mi marido... Al oírlo, me quedo estupefacta, y ni hablar de la reacción de Paloma. Esa mujer es nada menos que la esposa del maestro Alejandro y, definitivamente, ha venido a rendir cuentas. —N-No sé de qué está hablando... —expresa Paloma. —Te miro y no lo puedo creer, me resulta difícil de imaginar que mi marido me estaba engañando con una niña —se exaspera. —Señora, se confunde de persona, yo no... —¡Claramente eres tú, eres su amante! —exclama— Cuando encontraron a mi esposo muerto, tomaron todas sus cosas y me las entregaron. Revisé su celular, ¿sabes lo que hallé? Mensajes tuyos muy comprometedores. Dios mío. Para ser honesta, no me gustaría estar en el lugar de Paloma. Tener que hacer frente a la mismísima esposa del hombre con el que mantenía una relación oculta no debe ser para nada sencillo. —¿Cómo pudiste? ¿Cómo? —cuestiona, mientras que Paloma permanece callada y sin defenderse— Solo eres una niña, ¿cómo pudiste pensar en meterte en medio de un matrimonio de adultos? —Señora... —¿No tuviste en cuenta a su familia? ¿A su esposa e hijos? Por si no lo sabías, Alejandro y yo tenemos dos hijos, y uno de ellos es una chica casi de tu misma edad —su expresión denota que mencionar aquello le duele bastante. —Yo no... Yo no quise... —Debería darte vergüenza —señala—. Alguien como tú solo tendría que estar pensando en estudiar y en graduarse, no en relacionarse con hombres. ¿Tanto te urgía experimentar? ¿No podías esperar a ser mayor de edad, o al menos encontrar a un chico más joven? Esto se está saliendo de control. —Oiga, señora. Cálmese, por favor —intervengo. —Tú no te entrometas —impone—. ¿Eres amiga suya? ¿Sabías que se enredaba con su propio maestro? —dice, indignada— Claro que lo sabías. Apuesto a que ambas están cortadas por la misma tijera, la habrás alentado para que se metiera con mi marido, ¡ya que las dos son iguales! Aghk... Esto me pasa por meter la nariz en donde no me corresponde. —Señora, el maestro... Es decir, su esposo, no es ningún santo —agrego—. Era consciente de lo que hacía, así que también es culpable de... —¡Alejandro está muerto! —exclama— ¿Qué pretendes? ¿Que vaya al cementerio y destruya su lápida? Por supuesto que si seguía vivo, también habría hablado de este asunto con él... Pero ya no está aquí —unas lágrimas se deslizan por sus mejillas. —Reprochando a Paloma no solucionará nada, ni traerá a su marido de vuelta —asevero. —¿Dices que solo debí cruzarme de brazos y tragarme mi enojo... Porque Alejandro ya no va a volver? ¿Debí continuar con mi vida con esta rabia en mi interior? Mi intención fue auxiliar a Paloma, pero ya me estoy quedando sin palabras. Nunca había estado en una situación como esta, es difícil pensar en alguna solución. De repente, detrás de la mujer, aparecen Diego y Santiago. ¿Porqué tuvieron que llegar justo ahora? Además, ¿porqué están juntos? Pensé que después de lo que ocurrió anteayer, su relación sería distinta. En realidad, es un alivio que eso no haya sucedido. Me hubiera sentido muy mal si por mi culpa se arruinara aquella amistad. —Buenas tardes... —saluda Diego, mirando a la señora. —¿Quién eres tú? —cuestiona la mujer. —La pregunta es... Quién es usted —suelta Diego, prepotente. —¿Eres un familiar de esta chica? —apunta a Paloma— ¿Vives aquí? —Esta es mi casa —asevera Diego. —Perfecto. Me parece bien que estén reunidos, de ese modo puedo comentar acerca del romance que esta niña tenía con mi marido —dice a viva voz. Rayos... Demonios... Maldición... No puedo hacer nada, no puedo... —¿De qué está hablando? ¿Cómo se atreve a acusar a mi hermana de algo como eso? —reclama. —Ah, ¿así que es tu hermana? —aplaude— Bravo, quisiera saber en dónde están tus padres para contárselos también. Esto es un verdadero desastre, es imposible tratar de arreglarlo. —Paloma, ¿a qué se refiere esta mujer? —pregunta Diego, esperando obtener respuesta; sin embargo, ella no articula palabra debido a que está demasiado conmocionada para refutar. —Tu hermana se metía con su maestro de orientación. Alejandro, quien era mi esposo, y que el domingo por la noche... Murió —expone la señora. Diego y Santiago quedan impactados, ni siquiera puedo describir la expresión de sus rostros. —Eso no es verdad... —expresa Diego, mirando a Paloma. Negarlo era inútil, su semblante la denotaba, no había manera de inventar algún pretexto para huir. De la misma forma, la decepción se plasma en la cara de Diego. —También me costó creerlo, ¿sabes? Que mi marido me estuviera engañando con una niña que podía haber sido su hija —gimotea—. No tienen idea de cómo me siento ahora, no pueden imaginar el dolor que casi me mata luego de enterarme de que nunca volveré a ver a Alejandro; y sumando a eso, descubrir que en realidad me era infiel... A decir verdad, estoy comenzando a sentir pena por ella, pues es quien más está sufriendo en este momento. —Solo dime una cosa, señorita... —agrega, mirando a Paloma— ¿Por cuánto tiempo anduviste con Alejandro? —pregunta. Responder sería aceptar que, efectivamente, tuvieron un romance. —No... No hace mucho... Solo unos meses —la voz de Paloma tiembla en cada palabra. Al afirmarlo, el ambiente se torna mucho más tenso que al principio. —Señora, lamento su pérdida —expresa Diego—, sin embargo, Paloma es mi hermana, mi sangre, así que no puedo permitir que usted intente arruinarle la vida. —Ella arruinó la mía... —dice la mujer, sollozando. —No es así. Su esposo ya no está aquí por razones del destino, lo que ocurrió no fue culpa de mí hermana. De todas formas, le ofrezco una disculpa en su nombre. Sé que no es nada comparado con todo lo que está sufriendo, pero soy capaz de hacer lo que sea necesario para intervenir —señala Diego con determinación. —No quiero nada, solo deseo no volver a verla jamás... —suelta la señora. —Le aseguro que así será. Le sugiero que vaya a su casa y trate de calmarse. Piense en los momentos buenos que ha vivido con el hombre que amó y recuérdelo de esa forma. Lo que Diego está tratando de conseguir es que la esposa de Alejandro se olvide de la idea de hablar con sus padres. El señor y la señora Navarro son seres de luz, no puedo imaginarme la desilusión que sufrirían si llegaran a enterarse de esto. —Ya dije todo lo que tenía que decir; por lo tanto, me iré —incrusta los ojos en Paloma, como queriendo dar sus últimas palabras— ¿Te doy un consejo? Nunca vuelvas a cometer una cosa tan horrible como esta, porque no tienes idea de cuánto duele. Si te gustan los hombres mayores, al menos que estén solteros, ¿no? —Señora, por favor... —insiste Diego. Claramente, ya no quiere seguir oyéndola. —A pesar de todo, espero que no tengas la mala suerte de experimentar que la persona que amas, te traicione —agrega. Finalmente, da media vuelta y se marcha. La voz de aquella mujer retumbaba el lugar, capaz de romperte el tímpano en un instante; por lo tanto, el silencio que inunda la casa en este momento, es abrumador y difícil de soportar. —Santiago, Dalila, ustedes también deberían irse. Necesito hablar a solas con mi hermana —impone con firmeza. No podría estar más de acuerdo. —Sí, claro —asiente Santiago, quien me toma de la mano y me saca de allí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD