En medio del silencio de la sala esperando a que deje de llorar, aunque probablemente sea imposible en este momento, Gustavo se encuentra sentado a mi lado con la mano sobre mi espalda.
—Ahora entiendo la razón por la que hiciste esa extraña pregunta hace un rato, lo de traicionar y ser traicionado —sostiene.
—Ni siquiera lo negó —aprieto los puños de la rabia.
—¿Hubieras preferido que te mintiera? —cuestiona.
—No... No lo sé —dudo.
—Fue Soraya quien te lo confesó, ¿cierto? —agrega.
—Ni siquiera la menciones —digo entre dientes.
—Quizás fue mejor que lo supieras, imagínate si ambos te lo hubieran ocultado —pasea su mano sobre mi pelo, intentando transmitirme tranquilidad.
—¡Ya no sé, no sé qué hubiera sido mejor! —me levanto del sofá de un golpe.
—La sinceridad es la base de una amistad, y también de un noviazgo. No se pueden sostener con engaños y secretos.
—Estoy segura de que ella no me lo dijo por mi bien, sino por el suyo —camino en círculos— quería quitarme del camino, que me hiciera a un lado cuanto antes para quedarse con Diego —asevero.
—¿Crees que estarán juntos a partir de ahora?
—No tengo idea y no quiero ni pensarlo.
De pronto, el timbre anuncia que alguien está frente a la puerta, lo cual me lleva a dar un sobresalto. Se me eriza la piel debido al temor de que pudiera ser él de nuevo, ya no tengo la valentía para volver a enfrentarlo.
—Gustavo... —lo miro aterrada y con la respiración agitada, en lo que él parece captar mis señales.
—Tranquila, si se trata de él, no lo dejaré pasar —asegura, mientras me coloco de espaldas y me muerdo las uñas por la ansiedad.
Se dirige a la entrada y la abre. La voz de la persona que lo saluda es la de Ámbar. Doy vuelta con rapidez y me acerco a ella, abrazándola sin pensármelo demasiado.
—Qué bueno que viniste... —musito, sumergiendo el rostro en su hombro.
—Te quedas con una buena compañía, Dalila. Iré al estudio —dice Gustavo, a lo que levanto la mirada y asiento con los ojos lacrimosos.
—¿Estás bien? —pregunta Ámbar, ubicando los mechones de mi pelo por detrás de mi oreja para apreciar mejor mi semblante.
—Diego estuvo aquí —suelto.
Deja escapar un suspiro e inclina un poco la cabeza.
—Lo sé —expone—. Escucha, aparentemente te buscó en el instituto y al no encontrarte, habló conmigo para preguntarme en dónde podrías estar, no quería decírselo pero terminé por comentarle que estarías aquí. Espero que no te enfades —apoya la frente sobre mi hombro.
—Está bien. De todas formas, tarde o temprano teníamos que hablar él y yo. No dejar pasar tanto tiempo fue la mejor decisión —la tomo de la mano y la invito a sentarse en el sofá junto conmigo.
—¿Qué te dijo? —pregunta con intriga.
—Nada importante.
—¿Estás segura? ¿No intentó explicarte lo que sucedió?
—Sea lo que sea, lo que hizo no tiene justificación —expreso con firmeza—. Después de su romántica velada con otra, viene a mi casa a decirme en mi cara que sus sentimientos son reales. ¿Sabes lo que pensé? Que tiene una manera singular de demostrármelo.
—Nunca te había visto tan enfadada —sostiene.
—Más que enfadada, estoy asqueada con toda esta situación —aprieto los dientes en cada palabra, expresando mi cólera.
—Calma, necesitas descansar un poco, el enojo consume demasiada energía —toma mi hombro y me insta a recostarme sobre su regazo, con la cabeza por encima de sus muslos. Acaricia mi pelo con ternura, luego pasa la yema de sus dedos sobre mis inflamados y rojizos párpados, compadeciéndose de mi inquietante estado.
—¿Qué harás ahora? —pregunta de repente.
—Nada, pues no queda nada por hacer. Está demás decir que mi relación con Diego se acabó.
—¿No te pidió perdón? —frunce el ceño, a lo que suelto una risa amarga.
—No lo hizo. Quizás, en el fondo sabía que no lo perdonaría.
¿Cómo podría hacerlo? ¿Acaso se merece mi perdón? Por otro lado, yo no merecía esto cuando lo único que hice fue amarlo con toda mi alma, no había otro hombre para mí, ni siquiera Ray habitaba más en mis pensamientos.
En cuanto ese nombre se cruza por mi mente, mi corazón comienza a palpitar con más intensidad.
Ray... Hace cuánto tiempo que ya no lo recordaba con claridad, estaba tan inmersa en mi felicidad, tan sumida en mi amor por Diego, tan decidida a dejarlo atrás y a continuar con mi vida despidiéndome por fin del pasado y de la culpa que me atormentaba.
A pesar de lo ocurrido, no creo que haya sido en vano. Ray ya no está aquí, y sin Diego o no, debía aceptarlo de una vez por todas.
Cierro los ojos y sucumbo ante el sueño entre las delicadas manos de Ámbar que aún se mueven en medio de la finura de mis cabellos. Quisiera dormir de esta forma por un largo período, sin nadie que interrumpa esta efímera paz.
Nuevamente, el timbre rompe el silencio.
—Yo abro —dice Ámbar, quien se levanta bajando cuidadosamente mi cabeza sobre la almohada ubicada en el sofá.
No tengo curiosidad de saber quién podrá ser, no importa mientras no se trate de Diego. Me quedo tendida con la mirada fijada en el techo y los labios semiabiertos, actuando como una persona totalmente perturbada.
No logro distinguir la voz del que habla con Ámbar, pero oigo sus pasos aproximándose hacia mí. Se detiene a un costado y me observa con atención, en lo que incrusto mi mirada en él, reconociendo su rostro.
—Santiago... —pronuncio, levantándome de la cama.
—¿Cómo estás? —pregunta.
En un impulso, me abalanzo a sus brazos rogando por su consuelo; en tanto que él me corresponde.
¿Lo sabrá? ¿Ya se habrá enterado de lo que pasó? No quiero seguir hablando más acerca de ello; sin embargo, necesito escuchar a Santiago, preciso de sus palabras expresando compasión y comprensión.
—Dalila, me quedo tranquila de que te quedarás con Santiago, entonces aprovecho para ir a casa —suelta Ámbar.
—Pero vas a volver, ¿cierto? —no quiero estar sola en ningún momento.
—No puedo asegurarlo. En todo caso, te haré una llamada y podemos hablar todo el tiempo que desees —sostiene.
Por supuesto que no estoy satisfecha; sin embargo, no debo ser egoísta y retenerla demasiado tiempo aquí, así que la dejo ir.
—Siéntate —dice Santi en tono suave.
No sabía cómo preguntarle si estaba al tanto de las circunstancias, por lo que sólo me mantengo en silencio.
—Estoy enterado del problema que tuviste con Diego —suelta.
—¿Hablaste con él?
—En realidad, lo supe mediante Paloma —aclara.
—¿Paloma? ¿Lo sabe? —cuestiono con desconcierto.
Eso explica su comportamiento tan extraño en los últimos días, no respondió a mis llamadas y se negó a hablar conmigo.
—No he platicado con Diego, no me dejó acercarme, se vio como un zombie en toda la mañana.
—Já, ¿le pesará la conciencia? —señalo, sarcástica.
—Todavía no termino de creérmelo.
—Imagina lo que me costó a mí aceptarlo.
—Te ves fatal.
—Me siento fatal.
Me mira atentamente, sin pasar por desapercibida ninguna de mis expresiones.
—Entonces... ¿Lo de ustedes no tiene arreglo?
—En efecto.
—¿Ya lo hablaron?
—Estuvo aquí, sin embargo, su presencia sólo lo empeoró.
—¿Estás segura de que no le darás otra oportunidad?
Santiago sabía más que nadie cuán enamorada estaba de Diego; por lo tanto, sus preguntas no me sorprenden.
—No hay posibilidad, ya no lo quiero —expreso.
—Lo dices porque estás dolida, pero los sentimientos no cambian de un día para otro —alega.
—¿Y los suyos? —planteo— Él decía amarme pero no lo pensó dos veces para revolcarse en brazos de otra, no consideró el daño que me estaría haciendo y no tuvo en cuenta nuestra relación, la única conclusión a la que puedo llegar es que en verdad nunca me quiso.
—Sí te quiso, y te sigue queriendo —afirma.
—¿Vas a defenderlo? —lo miro con recelo.
—No es por defenderlo, no apoyo lo que hizo, se equivocó y...
—¡Esa no fue una equivocación! —exclamo, levantándome del sofá—. Lo hizo estando consciente de sus acciones y sabía perfectamente lo que significaba tener intimidad con otra, ¡no me digas que fue un error porque no lo toleraré!
—Está bien, está bien —toma mi mano con delicadeza— no era mi intención alterarte, por favor no te molestes conmigo.
Tomo asiento a su lado de nuevo, respirando con pausa.
—Lo que hizo estuvo mal, estoy de acuerdo. Sin embargo, conozco a Diego, sé que te quiere y que nunca mintió al respecto —asegura.
—Claro, su amor por mí es tan grande que sería demasiado para mí recibirlo por completo, así que tuvo que compartirlo con ella.
—Ya deja la ironía, estoy intentando ser razonable.
—No hay nada que razonar, Santiago. Todo está muy claro ya, ¿qué esperas que haga? —comienzo a exasperarme.
—Tienes que entender que los asuntos de la vida no se basan completamente en lo sentimental. El hecho de que Diego haya estado con otra chica, no significa que no te quiera, no tiene que ver con ello. Los hombres, en su mayoría, somos débiles antes la tentación y pues... —se rasca la mejilla con el dedo índice— Soraya es bonita y él es un hombre con deseos carnales, además ustedes dos nunca... —se detiene.
—¿Insinúas que es mi culpa porque no me acosté con él? —cuestiono, aturdida—. Todo lo que dices es absurdo.
De pronto, un recuerdo fugaz de lo que alguna vez dijo Soraya atraviesa mi memoria.
"No seas ingenua, Dila. Los hombres son infieles por naturaleza, sin importar cuán enamorados estén. Tenlo en cuenta".
Vaya. Sin notarlo ella misma, desde el principio parecía estar preparándome. ¿Quién lo hubiera imaginado? Que esa misma persona que se esforzaba por darme consejos, sería la misma que rompería mi corazón junto con Diego. Duele en cada latido.
—No tienes la culpa de nada, Dalila. Solo trato de volver a ese rencor un poco más pequeño, aunque es inútil debido a que lo que ocurrió es muy reciente —expone Santiago, trayéndome de vuelta a la tierra.
—No voy a perdonarlo, entérate de una vez —asevero.
—Más que estar preocupado por él, estoy preocupado por ti. Temo a que te obstines a alimentar ese resentimiento y acabes siendo consumida por él. Eres una buena chica, no me gustaría verte siendo envenenada por esos horribles sentimientos.
En cuanto termina de decirlo, logro entender su punto. Sé que me estoy dejando llevar por el enojo; sin embargo, también sé que si me libero de este rencor, probablemente sería capaz de perdonar a Diego e incluso darle otra oportunidad, porque siempre fue mi debilidad y, como mencionó Santiago hace un momento, eso no cambia de la noche a la mañana.
Reconocerlo me irrita, Diego fue débil ante Soraya, por lo que no quiero serlo ante él. No es justo para mí.
No quiero entender sus razones ni tener piedad, como tampoco quiero perdonarlo. No quiero soltar esta rabia; más bien, quiero odiarlo y que sufra con ello.