Los rayos solares ingresan a través de la ventana, apuntando a mi rostro en particular, lo cual me despierta. Hay demasiada luz, significa que estoy lejos del amanecer. Miro la hora en mi celular, son las nueve con veintisiete minutos. ¿Qué pasó de mi alarma?
Visto cualquier ropa y salgo de la habitación, dirigiéndome a la cocina, en donde encuentro a Gustavo, quien al verme, da un sobresalto.
—Wow... Te ves fatal —suelta.
Desde luego que me veo terrible, he gastado lágrimas todo el día anterior, ni siquiera estaba en mis cabales. Traigo los párpados hinchados, tanto que apenas me dejan ver. La cara demacrada y pálida, los labios resecos y la actitud de una muerta en vida.
—Toma, siéntate y bebe esto —coloca una taza de té sobre la mesa. Nunca he contradicho a Gustavo, así que lo hago sin rechistar—. Vi a Ámbar irse muy tarde de aquí, me la encontré en la puerta—oh, es verdad, al despertarme estaba sola— me dijo explícitamente que te sentías bastante mal y que no te despertara esta mañana, que te dejara dormir el tiempo que sea necesario. Dice que lo siente por no haberse quedado, aunque quiso no pudo hacerlo, pero vendrá a verte después de clases —comenta.
Entonces, fue Ámbar quien apagó mi alarma para que no sonara hoy.
—También me dijo que no has comido nada, así que este té te hará muy bien. Si comes algo de golpe, te dolerá el estómago —agrega.
—Muchas gracias —bebo un sorbo.
—Tienes una amiga muy atenta, estoy conmovido —expresa.
Solo asiento con la cabeza, confirmándolo.
—¿Y bien? ¿No hablarás sobre lo que sucedió? Ámbar no mencionó la razón por la que te encontrabas tan mal —toma asiento en una de las sillas, frente a mí.
—Es que ella no lo sabe —explico.
—Debió ser algo realmente fuerte para que te afectara de esta manera —asume.
—Bueno... No es nada del otro mundo supongo, pero me sorprendió. Fue el impacto lo que más dolió —comento.
Intento minimizarlo, aunque por poco me vuelvo loca luego de saberlo.
—¿No quieres platicar acerca de ello? No soy tan viejo pero he vivido más que tú, podría ayudarte —dice.
—Por favor, solo quiero que olvidarlo—gimoteo.
—Está bien, está bien. Lo que menos quiero es que caigas en la depresión de ayer —se levanta de la mesa y recoge la taza que ya se encuentra vacía.
—Gustavo —voltea hacia mí— no quiero estar sola —suelto.
—Tranquila, estoy aquí —dice con suavidad—. Traeré mi equipo de trabajo del estudio y estaré en la sala, puedes acompañarme.
Lo ayudo llevando sus cosas del estudio a la sala, y me siento en el sofá junto con él, observando mientras pinta en el lienzo.
—Te pediría que seas mi modelo, pero te ves horrible —suelta.
—¡Ya deja de repetírmelo! —doy ligeros golpes a su hombro, haciendo berrinches.
No quiero hablar sobre lo sucedido, pero al mismo tiempo, quiero hablar del asunto.
—Oye, Gustavo —capto su atención— ¿Alguna vez te han traicionado? —pregunto de repente.
—Todos hemos sido traicionados, y hemos traicionado en algún momento. Es parte de la vida —afirma.
—¿Dices que es inevitable? —digo con desagrado.
—El sufrimiento es un mal necesario, lo vuelve a uno más fuerte —responde, como todo un joven erudito.
—Pareces ser todo un experto en el tema, ¿no? —suelto, en tono sarcástico.
—Solo hay dos caminos después de una traición: Hundirte en el abismo o volverte más fuerte y sabio. Yo escogí el segundo —asevera—. Sin embargo, no fue nada fácil, por supuesto. Toma su tiempo y debes estar dispuesto a querer superarlo.
Tiene sentido. Imagino que el primer paso es aceptar la realidad de que ya no hay marcha atrás, no se puede cambiar lo que ocurrió, y luego, escoges una de esas dos opciones.
—¿Y tú... Has traicionado? —agrego.
—Es parte de crecer —respuesta incompleta, pero entiendo el significado.
—¿Justificas tus acciones con esa frase? —cuestiono.
—Todos cometemos errores, tenemos derecho a equivocarnos y aprender de ello. Ver cómo una persona es lastimada a causa tuya puede volverte alguien compasivo y cuidadoso, o convertirte en un sádico. El mundo es así —explica.
—No creo ser capaz de traicionar a alguien —añado.
—Eso solo lo sabrás en el momento —refuta.
Frunzo el ceño y cruzo los brazos, aquella respuesta no me agradó para nada.
Nos mantuvimos de esa forma durante toda la mañana, conversando sobre diversos temas y debatiendo.
Al pasar el mediodía, suena el timbre de la casa.
—Debe ser Ámbar —comento.
—Espera aquí —se levanta y se dirige a la puerta.
—Buenas tardes, ¿se encuentra Dalila? —dice una voz masculina.
No puede ser... ¡No puede ser!
Al reconocer la voz me petrifico durante un segundo, para luego levantarme del sofá de sopetón y confirmar que la persona que se encuentra detrás del umbral de la puerta es Diego.