Ámbar solo corresponde a mi abrazo y acaricia mi espalda en silencio, esperando a que me tranquilizara.
Varios minutos después, nos encontramos sentadas en el piso, tengo la cabeza recostada en su hombro derecho, echando mocos sobre su camisa. No puedo parar de llorar, aunque con menor intensidad en cada momento.
—Deberíamos ir a casa —añade Ámbar.
—Hum... —suelto, asintiendo con la cabeza, limpiándome la nariz.
Se incorpora y extiende la mano para ayudarme a ponerme de pie, y lo hago sin muchas ganas. Sin soltarme, intenta llevarme consigo hacia la puerta, pero no me muevo.
—¿Qué sucede? —pregunta.
—No puedo caminar... —asevero.
—¿Cómo dices? —cuestiona.
—Me siento débil... Tengo las piernas como fideos, me tiemblan en cada paso que doy —murmuro.
—¿Débil? ¡Casi lanzas a Sora por la ventana! —rememora aquella situación.
Solo aparto la mirada, ignorándola. Estoy actuando con total inmadurez, mientras que Ámbar toma el papel de la hermana mayor.
Suelta un bufido y se resigna ante mis rabietas.
—Está bien. Voy a cargarte hasta la puerta principal y tomaremos un taxi hasta tu casa —plantea, para luego arrodillarse de espaldas frente a mí. Subo sobre ella, quien se coloca de pie ubicando sus manos por debajo de mis muslos, acomodándome en un pequeño salto.
—Te ves languiducha, ¡pero estás muy pesada! —comenta. Me recuesto sobre su hombro sin dar importancia a sus quejas.
Baja las escaleras con mucho cuidado y lentitud, hasta que finalmente llegamos a la entrada principal. Me suelta y llama a un taxi, el cual no tarda mucho en aparecer.
Estando frente a la casa, aún dentro del taxi, la tomo de la muñeca con los párpados enrojecidos.
—Baja conmigo —digo.
—Claro, no pensaba dejarte —responde.
Pagamos al chófer y salimos del taxi. Entramos a la casa y vamos directamente a mi habitación. Me tumbo en la cama y, con la cara hundida en la almohada, continúo con mi desconsuelo.
—¿No irás a almorzar? —pregunta Ámbar, sentándose en el borde de la cama.
—No quiero nada —digo con la voz temblorosa.
Me paso toda la tarde llorando y lamentándome por lo sucedido, encogiéndome de rabia e ira, empapando las sábanas con todo el mar de lágrimas que había estado derramando. No me queda espacio en el cerebro para pensar en el ateneo, solo me encierro en mi dormitorio sucumbiendo a la depresión.
Ámbar sale por un momento y luego vuelve con un vaso con agua.
—Bebe, necesitas hidratarte, perdiste demasiada agua. ¿No te duelen los ojos? —parece una burla, pero se la nota realmente preocupada.
—Me duele más el alma que cualquier otra cosa —bebo el agua.
—No quiero presionarte pero, ¿qué fue lo que sucedió? ¿Qué pasó con Soraya? ¿Qué pudo haber sido tan malo como para que te dejara en este estado? —cuestiona intrigada.
No me siento preparada para hablarlo aún, cada vez que lo recuerdo no puedo soportarlo, solo me invaden las ganas de seguir llorando hasta secarme.
Arrugo toda la cara y me dejo llevar nuevamente por el sollozo, mientras que Ámbar sube a la cama y se coloca al lado mío, abrazándome.
Sin darme cuenta, cae la noche y nos encontramos acostadas. El rostro me pesa de tanto gimoteo, por lo tanto, estoy somnolienta. De repente, puedo sentir a Ámbar levantarse de la cama, toma sus cosas y se dirige a la puerta.
—¿A dónde vas? —suelto, lo cual la sorprende.
—Dalila, creí que estabas dormida —responde.
Me levanto de la cama y camino hacia ella.
—No te vayas, quédate conmigo —imploro.
—No he ido a casa en todo el día y no he hablado con mi madre —explica.
—No me dejes sola, te lo ruego —me aferro a su brazo, decidida a no dejarla ir.
—Estarás bien, eres una chica fuerte —dice, acariciándome el pelo.
—No quiero ser fuerte, quiero lamentarme y llorar toda la noche —expreso.
—Um... —me toma del mentón y levanta mi rostro hacia el suyo, para observarme—. Llorar está bien, eso no es sinónimo de debilidad —asevera—. Me gustaría quedarme pero no podré hacerlo. ¿P-Porqué no llamas a Marina? —parecía morderse la lengua al mencionarla.
—No tengo ganas de ver a nadie más, no quiero que me pregunten un montón de cosas —vuelvo a aferrarme a su brazo.
Deja escapar un suspiro y me abraza de manera gentil.
—Está bien, me quedaré contigo un rato más y luego llamaré a mi madre. Por lo pronto, tienes que tomar una ducha, tu cuerpo lo necesita —dice al fijarse en que aún llevo el uniforme.
Me lleva al baño que se encuentra dentro de mi dormitorio, y me entrega una toalla.
—Tendrás que desvestirte sola —suelta, para luego salir de allí.
Me quito la ropa, abro el grifo de la ducha y me mantengo parada bajo el agua fría que cae sobre mí.
No puedo dejar de pensar en ciertas palabras que fueron dichas en algún momento.
“¿No crees que entre Santiago y tú hay demasiada... Confianza?”
Fue lo que dijo Diego hace unos días, mientras que en el fondo aún no había olvidado a Soraya. Cuánta hipocresía. Sintiendo celos de su propio mejor amigo, pero apuñalándome por la espalda sin miramientos.
“En este momento, no existe otra mujer para mí más que tú, no lo olvides”.
Ahora mismo, lo que quiero es olvidarlo.
“Creo que nunca te lo dije, pero te amo, te amo incluso más de lo que alguna vez llegué a amar a alguien”.
Maldición. En momentos como éste, es cuando más resuena su voz en mi cabeza. Quisiera arrancar todos aquellos recuerdos, y borrar todo lo que alguna vez sentí por él.
De pronto, una idea alocada, como una flecha sin rumbo, atraviesa mi mente.
¿Y si fuese una mentira? ¿Y si Soraya no decía la verdad?
Una luz de esperanza se enciende en aquel lugar sombrío en donde se supone que debería estar mi corazón, o al menos lo que queda de él. Aunque la luz es tenue, logra disipar la oscuridad.
En un impulso, salgo del baño rápidamente y comienzo a vociferar.
—¿Y si... Y SI SORAYA ESTABA MINTIENDO? —suelto fuertemente.
Ámbar me observa fijamente, con los ojos como platos y la boca hasta el suelo, al percatarse de que estaba actuando como una desquiciada total, saliendo del baño completamente mojada y desnuda.
—¡D-DALILA! —se levanta rápidamente, estirando la sábana y cubriéndome con ella—¡V-Vuelve adentro! —exclama, empujándome al baño, con el rostro completamente enrojecido.
Me mantengo de pie, pensándolo de nuevo.
¿Porqué mentiría? ¿Qué obtendría de ello? Además, no se arriesgaría a ganarse el odio de Diego si eso fuera una mentira. Dijo que él aún la quiere, y lo dijo con tanta seguridad que me abrumó, y fue esa certeza tan descarada con la que se expresó lo que me enfureció.
Salgo del baño de nuevo, envuelta con la sábana, y me recuesto en la cama sin decir una palabra.
—Que día de locos... —murmuro.
Un día en que lo conocí... Conocí el odio.
—Dalila, vístete, por favor —dice Ámbar, mientras me pasa un poco de ropa.
Ignorando sus palabras, sumida en mis más profundos pensamientos, termino rindiéndome ante el sueño.