En tanto que estoy sumida en mi miseria, alguien toca mi cabeza. Alzo la mirada, logrando ver a Ámbar frente a mí.
—¿Dalila? ¿Qué estás haciendo? ¿No deberías estar en tu aula?
Me levanto del banco y me abalanzo sobre ella, rodeándola con los brazos. Ámbar siempre aparece en momentos como este, en el cual, preciso de apoyo y compañía.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —pregunta, mientras acaricia mi espalda con gentileza.
Me había esforzado para no llorar, pero en cuanto me transmite su amabilidad, no puedo evitar romper en sollozos.
De nuevo, me encuentro en esta situación, en que estoy echando lágrimas sin poder detenerme.
Recuerdo brevemente aquella ocasión en que Soraya me confesó que se había enredado con Diego, y estaba a punto de descargar mi ira sobre ella. Fue entonces, cuando Ámbar intervino.
¿De qué manera podré agradecerle todo lo que ha hecho por mí?
—¿Te gustaría ir a otro lugar? —sugiere, a lo que asiento con la cabeza.
Nos dirigimos a la primera cancha, la cual se halla vacía. Subimos a las gradas y tomamos asiento.
Me inclino hacia ella y estribo la cabeza sobre su hombro, sin que cesen las lágrimas.
—¿Qué es lo que te tiene así? —cuestiona—. No hemos hablado mucho en estos últimos días debido a los exámenes y el entrenamiento, por lo que es probable que me haya perdido de varias cosas —expone.
—Yo... Yo solo...
No sé cómo explicarlo. Cuando finalmente creí que mi corazón había sanado, se abrió una nueva herida.
Estaba encantada con el hecho de que sentía que alguien me amaba, pero resultó que su amor no era suficiente para elegirme. Otra vez, salí perdiendo en todo esto.
Me incorporo y tomo las manos de Ámbar, mirándola a los ojos.
—Ámbar, ¿tú me quieres? —digo, con los párpados enrojecidos y las narices húmedas por tanto moco.
—¿Porqué me lo preguntas? —añade.
—Solo respóndeme y sé honesta. Por favor —imploro.
—S-Sí, claro que sí —afirma.
Suelto sus manos y oculto el rostro con las mías.
—Soy un desastre —agrego.
—No, no lo eres...
—Entonces, ¡¿porqué?! ¡¿Porqué no encuentro a una persona que me quiera solo a mí y no esté dudando de sus sentimientos en todo momento?! —reclamo.
—Dalila, no te entiendo... —me observa, perpleja.
Rayos, estoy tan enfadada que me he desquitado con Ámbar, quien no tiene nada que ver en esto.
—Lo siento, no debí hablarte de esa manera... —me disculpo.
—Tranquila, eso no es lo que me preocupa. El problema, es que no sé qué fue lo que te sucedió, así que no puedo hacer mucho para ayudarte —señala.
Ni siquiera vale la pena comentarlo. Siento vergüenza al tener que admitir que, en dos ocasiones, otra chica pisó más fuerte que yo.
¿Acaso no merezco ser amada como tal? ¿Debo conformarme a ayudar a todos a encontrar el amor, mientras que permanezco sola?
Incrusto la mirada en Ámbar, manteniendo el semblante serio.
—Oye, tú me habías confesado que estabas enamorada de mí. ¿Todavía me quieres de esa manera, o ya has conseguido con quien reemplazarme? —no logro colocar un filtro a mis palabras, por lo que impacta a los oídos de Ámbar.
Abre los ojos como platos y me observa con los labios semiabiertos.
—Dalila... No olvides que soy una chica, y tú también —sostiene.
—¿Eso qué significa? —ni siquiera procuro comprenderla.
—Para mí no es nada fácil responder a eso, considerando que jamás podrás corresponderme —establece.
Si la respuesta fuera "no", sería sencillo negarlo; sin embargo, con lo que acaba de decir, está afirmando que, en efecto, sigue enamorada de mí.
De todos modos, ¿qué es lo que quiero comprobar con eso? ¿Necesito, a toda costa, que alguien me ame? ¿Acaso no puedo vivir sin ello?
—Soy una idiota —añado, limpiándome las lágrimas.
—¿Porqué piensas así? No lo eres —declara.
—Voy por la vida haciéndome daño a mí misma con tal de no lastimar a nadie —asevero—. He puesto a los demás por delante de mí y nunca he priorizado mi propia felicidad. Tal vez sea momento de que me convierta en una chica mala —hago pucheros, cruzándome de brazos.
—Eso es lo que te vuelve una persona especial, Dalila. Tu bondad y tu nobleza te embellecen, estoy segura de que que la vida te recompensará por todo lo bueno que has hecho —indica, acariciando mi pelo.
¿De qué bondad está hablando? He querido ser egoísta tantas veces, simplemente no me lo he permitido. ¿De eso se trata la bondad?
Es inútil, ya no hay nada que pueda hacer.
A decir verdad, ya me he amargado lo suficiente. No puedo continuar de este modo.
Debería olvidarme de los chicos por un tiempo, y dejar descansar a mi corazón.
—Perdón por hacer que escuches todas mis quejas de nuevo —expreso.
—Si eso es lo que puedo hacer por ti, estaré encantada de ser tu paño de lágrimas —manifiesta.
Permanecemos juntas durante unos minutos más, hasta que decide levantarse.
—Dalila, deberíamos volver a nuestras aulas.
—No creo que me dejen entrar... —gimoteo.
—Solo espera a que la maestra esté de espaldas escribiendo en el pizarrón; entonces, ingresas sin que te vea.
—Um... Aún así, temo a que se dé cuenta.
—Pide ayuda a tus amigas, estoy segura de que sabrán como encubrirte. Si te encuentran aquí, fuera del salón, te harán firmar el libro de disciplina —advierte.
—Está bien, está bien. Lo intentaré.
Nos encaminamos hacia el edificio y subimos por las escaleras. Ámbar consiguió permiso para estar fuera de su aula, por lo que puede entrar sin inconvenientes. Sin embargo, no tengo la misma suerte.
A decir verdad, no quiero regresar. Al menos, solo por este día, desearía ya no ver el rostro de Paloma; pero, tampoco puedo deambular por los pasillos, alguien podría descubrirme.
De pronto, se me ocurre una idea.
La azotea.
Faltan unos minutos para que las clases acaben, no vale la pena correr el riesgo para entrar al aula.
Subo los escalones hasta llegar al último piso, el cual se bifurca en dos pasillos, y en cada uno hay una puerta. El de la derecha da a la azotea, y el de la izquierda da al salón de música.
Un recuerdo fugaz se atraviesa por mi mente. Antes de conocer a Diego y a Santiago, conocí a un chico cuya semejanza era idéntica a la de mi primer amor. No supe nada de él desde que inicié mi relación con Diego. Quiero decir, lo veía en ocasiones, a lo lejos, pero ya no significaba nada para mí.
Me pregunto... ¿Estará en ese salón ahora mismo?
Me acerco a la puerta y coloco la mano sobre el picaporte; sin embargo, no me atrevo a abrirla. Me mantengo quieta por un tiempo breve, para luego retroceder.
No tiene caso. Una vez que decidí dejar el pasado atrás, también implicaba olvidar todo lazo que me unía a él. Ese chico con el que hablé, aquí, en este salón, era parte de ese vínculo, pues pensaba usarlo para sustituir al que alguna vez amé.
Doy media vuelta y comienzo a caminar para dirigirme a la azotea; cuando, repentinamente, la puerta es abierta detrás de mí. Me paralizo.
—Hey —suelta una voz masculina.
Por favor, Dios. Que no sea él, que no sea él...
Al girar hacia su dirección, logro ver que, efectivamente, es él.
Es Ray.
Es decir, Jordan.
Agh, por supuesto que era él. Es el único chico que tiene permitido estar en este edificio para hacer uso del piano.
—¿Dalila? —sostiene.
—H-Hola... —saludo con nerviosismo.
—¡Tanto tiempo sin vernos! —dice entusiasta— ¿Cómo has estado?
—Ahm, bien... —bajo la mirada.
—¿Estás segura? Porque no te ves así para nada.
—Ideas tuyas —replico, tajante.
—¿Viniste a buscar algo de aquí? —añade.
—No, no. Yo solo... —no puedo decirle que estaba recordando la mañana en que nos conocimos, debo inventar otro pretexto— Es que yo, pues... Quería ir a la azotea, pero me confundí de puerta.
Rayos, Dalila. ¿En verdad fue lo mejor que se te ocurrió?
—¿Hablas en serio? Porque... —apunta a la puerta— Aquí claramente hay un letrero que dice “salón de música”.
Qué metida de pata tan ridícula.
—T-Tengo que irme —intento huir, pero me detiene.
—¡Espera! —exclama— Ya que nos hemos encontrado “por casualidad” —forma unas comillas con los dedos— quisiera aprovechar para hacerte una pregunta.
Dudo en seguir escuchándolo; aunque, al mismo tiempo, siento curiosidad acerca de lo que desea cuestionar.
—¿De qué se trata? —añado.
—Oí rumores de que empezaste una relación con un chico de aquí. Bueno, no de aquí, aquí; sino del edificio masculino —expone—. ¿Es cierto?
Agh. Debí haber prestado atención a mi intuición. Esto es incómodo.
—Ahm... Sí, pero ya la terminé —aclaro.
—Wow, ¿tan pronto? Eso no lo sabía. Qué interesante —coloca sus dedos por debajo de la barbilla, observándome con detenimiento.
Diablos. Había olvidado lo molesto que es este tipo.
—¿Siempre eres así de entrometido? — realizo gestos de desagrado.
—Solo con lo que me interesa —señala sin tapujos.
—¿Insinúas que estás interesado en mí? —levanto una ceja y cruzo los brazos, denotando incredulidad.
—Siempre lo he estado, ya te lo había dicho antes —sostiene.
—Eso es muy extraño —lo miro con recelo.
—¿Porqué? ¿No es normal sentir curiosidad por la chica extranjera? —añade, mientras se aproxima— Todos hablaban de ti, así que quería conocerte. Sin embargo, no permitiste que me acercara.
Desvío la vista hacia otra dirección con el ceño fruncido, impidiendo que sus ojos se encuentren con los míos.
—Por cierto, nunca entendí tu actitud hacia mí —expresa—. Cuando nos conocimos, eras completamente diferente. Tu mirada era profunda y llevabas una sonrisa cautivadora trazada en los labios; no voy a negarlo, eso me agradaba —sonríe—. Sin embargo, de un día para otro, cambiaste. Te volviste sumamente fría y me evitabas a toda costa. Hasta este momento, no tengo idea de cuál sea la verdadera razón por la que te comportabas de ese modo.
Es lógico que mi conducta lo confunda. En ese entonces, lo veía como una forma de sanar las heridas que la muerte de Ray había dejado en mí; pero, cuando supe que sostenía una "relación no formal" con Marina, me desilusioné. Ray solo me tenía a mí, era su confidente y su amiga, no quería aceptar que tuviera a alguien más con quien "la pasara bien". Lo quería solo para mí y ansiaba ser la única para a él. Además, al conocer a este chico un poco más, pude notar que, aunque su apariencia sea similar, en realidad es muy diferente a Ray en cuanto a personalidad; por lo tanto, terminé por darme cuenta de que lo que trataba de hacer era absurdo.
Al fin y al cabo, son personas completamente distintas.
—Cambié mi actitud hacia ti debido a que me percaté de que eres un egocéntrico engreído. Por tal motivo, no quería saber nada más de ti —manifiesto.
Mueve la cabeza de un costado a otro, como signo de negación.
—Sacaste tus propias conclusiones solo por cruzar unas cuantas palabras conmigo; sin embargo, no significa que todo lo que piensas sea verídico —refuta, mostrándose serio—. ¿Cómo puedes estar tan segura de que soy lo que dices? Nunca te has dado la oportunidad de conocerme de verdad, eres injusta al juzgarme de esa manera.
Deseaba conocerlo; y al mismo tiempo, no quería hacerlo. Simplemente, buscaba la imagen de Ray en él para llenar un hueco en mi alma.
Al principio, pensé que tenían alguna conexión sanguínea, es lo único que podía explicar de manera razonable tal situación. Sin embargo, creo que no es el caso.
Dicen que, en alguna parte del mundo, existe una persona que es idéntica a ti. ¿Será posible que haya tenido la fortuna o la desgracia de encontrar al doble de Ray?
Já, me resulta gracioso imaginar que he viajado tan lejos para superarlo, pero me he encontrado a su gemelo perdido.
Aunque... No tiene porqué ser igual. Es decir, este Ray no tendrá el mismo final.
—Te propongo algo —suelta, sacándome de mi ensimismamiento—. Considerando que ha pasado bastante tiempo desde la última ocasión en que conversamos, hagamos de cuenta que en realidad nunca sucedió y empecemos de nuevo —sugiere—. Esta será la primera vez que nos estemos viendo, así que dime tu nombre. Luego, te diré el mío.
En un esfuerzo inútil por ahogar una carcajada, sonrío inevitablemente.
—Eso es tonto —expreso.
Permanece callado, esperando a que diga mi nombre. No tiene planeado echarse para atrás.
Dejo escapar un suspiro, resignada a las circunstancias.
—Me llamo Dalila. Dalila Rivas. Soy estudiante de intercambio —indico.
—Mucho gusto, Dalila. Encantado. Mi nombre es Ray.
“Mi nombre es Ray”.
Esas palabras resuenan en mi cabeza.
“Me llamo Ray. ¿Y tú?”
¿Qué pasa? ¿Acaso no lo había superado ya? ¿Porqué estoy recordando su voz en este momento?
“¡Dalila! ¡Montemos en bici cerca de la laguna!”
Basta. Suprímelo.
“¿Te gustaría un helado?”
Ahógalo.
“Deberíamos tener una cita”
Extínguelo.
“¡Nos vemos mañana!”
No dejaré que salga otra vez... No de nuevo.
Todos mis esfuerzos habrán sido en vano si permito que los recuerdos me arrastren al pasado.
Ray ya no vive, ya no está, ¡tengo que dejarlo ir!
—¿Dalila? —al oír mi nombre, consigo espabilar.
Estar cerca de él es peligroso, no puedo hacer esto.
—Olvídalo —suelto.
En cuanto giro para alejarme de su presencia, me toma de la mano.
—¡Lo siento! —exclama— Perdón, no pensé que te molestaría —expresa.
¿Cómo iba a saberlo? Él sólo está jugando.
—No te preocupes —señalo.
—En realidad, me había acostumbrado a que me llamaras así —expone—. Debo admitir que ese nombre, ¡me agrada! Es como si estuvieras diciendo que soy un "rey" todo el rato —se le escapa una risa.
Aunque el nombre se escriba "Ray", se pronuncia como "rey". Es a eso que se refiere.
Reconozco que lo que acaba de decir me hizo reír. Siento el corazón un poco menos pesado.
—¿Lo ves? ¿Ves cómo eres de engreído? —bromeo.
—Una persona es aún más atractiva cuando es consciente de que lo es —guiña un ojo.
De repente, el timbre resuena en todo el instituto, anunciando que las clases han terminado.
—Debo irme —indico.
—Fue un placer, Dalila —se despide.
Giro en dirección contraria y bajo las escaleras, sin decir nada más.
Rayos. Estuve a punto de sufrir un estado de pánico horrible; afortunadamente, eso no sucedió.
“Mi nombre es Ray”
Aquello me tomó por sorpresa, no supe cómo reaccionar. Debería tener más cuidado la próxima vez, y más cuando se trata de él, pues nunca se sabe con que ocurrencia aparecerá.