Ocho de diez.

1437 Words
La música country que resuena en la taberna no permite que nadie se encuentre cabizbajo, sino que alienta a las personas a bailar. Jordan choca ligeramente el pie contra el piso, zapateando al ritmo de la composición del grupo que canta sobre un pequeño escenario. —Una raya más —ordena al bartender. —¿Solo una? —bromeo. —Si caes ebria con unas cinco cervezas, no quiero imaginar lo que te hará una sola raya —manifiesta, sonriendo de lado. —¿Me crees tan débil? —cuestiono. —Lo he visto con mis propios ojos —asevera—. No toleras muy bien el alcohol, al menos no todavía. Estribo el codo en la barra y reposo la barbilla en la palma de mi mano. Mi mirada no se aparta de él, observándolo mientras que bebe el tequila de un solo golpe. —¿No vas a decirme cuántos años tienes? —insisto. —¿Aún quieres saberlo? —Si te dejan beber con libertad y además vives solo, supongo que eres mayor de edad —asumo. Las comisuras de sus labios se extienden, pero no dice nada. —¿Tal vez... Veinte? Levanta las cejas y se torna pensativo, pero sin hacer ninguna expresión de afirmación ni negación. —¿Ventiuno? ¿Veintidós? —¿Porqué sigue subiendo? —se indigna. —¿Entonces debe bajar? Quizás... ¿Diecinueve? ¿Dieciocho? De repente, desata una risa, pero sin responder a mi pregunta. Parece estar divirtiéndose con el hecho de que procuro adivinar su edad. —¿Qué es ese aire de misterio? —refunfuño. —¿Porqué el interés por saberlo? ¿Tienes miedo? —insinúa. —Si lo tuviera, no estaría aquí contigo —asevero. —Ps... Buen punto —responde—. De todos modos la edad es... No es nada. —Estoy segura de que tú sí sabes la mía —declaro. —Lo sé porque he ido a tu cumpleaños, ¿ya lo olvidaste? —recuerda—. Aunque, en esa época, estabas derritiéndote de amor por Diego, ¿no es así? Era al único al que tenías en la mira. Lo dice con cierto grado de enfado en su tono de voz, pero intenta disimularlo a toda costa. —Eso ya... Pasó hace mucho tiempo. —Me alegra que así sea —expresa. De pronto, el grupo del escenario comienza a entonar una música que llama la atención de Jordan—. Ah, esa canción... Se levanta del banco y tiende su mano hacia mí. —¿Bailas conmigo? —propone. —Yo... No sé bailar este estilo... —No te preocupes, no hay ninguna regla. Solo deja que te guíe —señala. Sin dudarlo demasiado, acepto su invitación. Me lleva a la pista, donde se hallan bailando otras parejas. Enlaza su mano con la mía, mientras que la otra la coloca en mi espalda baja. Me aferra un poco más a él, en lo que consigo sentir su pecho y oler su perfume. —No pienses en nada, sigue mis pasos —indica. En esta situación, es imposible no pensar. Mi mente comienza a llenarse de ideas, de preguntas, de dudas y posibles respuestas. Hacer con Jordan todo lo que no pude con Ray... Esto iba más allá de eso. Él se mueve al compás de la música, pero me resulta difícil igualar su ritmo. Hay instantes en los que, inevitablemente, termino pisándolo o tropezándome con uno de sus pies. Jordan no se enfada, simplemente, lo toma con humor y no para de reírse. Si no hubiera aceptado venir, ¿habría podido verlo sonreír así? No era la sonrisa satisfactoria que se plasmaba en sus labios cuando se salía con la suya, ni su sonrisa coqueta, ni aquella sonrisa altanera con la que solía mirarme para hacerme enojar. La sonrisa de ahora es... Una genuina, de una persona alegre. Feliz. Al terminarse la música, nos acercamos de nuevo a la barra. Quita su celular del bolsillo y echa un vistazo a la hora. —Deberíamos irnos, ¿no crees? —sugiere. Solo por un segundo, quise decirle que no. Que nos quedáramos por más tiempo. Toda la noche, si era posible. Sin embargo, decidí reprimir aquel deseo. —S-Sí... Salimos de la taberna y nos acercamos al portón de madera. La empujamos para atravesarla y continuamos caminando. Unos tantos metros después, llegamos al portón principal. Subimos al auto y nos marchamos. Sin premeditarlo, sucumbo ante el sueño durante el trayecto. De repente, Jordan toca mi hombro y pronuncia mi nombre. —Dalila... —susurra— Ya estamos frente a tu casa... Abro los ojos despacio y estiro los brazos. —Gracias... —digo con voz de recién despertada. Al bajar del coche, siento que la parte interior de mis muslos se tensionan, lo cual me obliga a caminar de una forma extraña. —¿Estás bien? —pregunta, observándome con rareza. —¡S-Sí! Es... Es solo que... —Oh, ya entiendo. ¿Te duelen las piernas? —deduce. —M-Más o menos... —Es por haber jugado tanto en el toro, además de haberte subido al caballo. Si no estás acostumbrada a ello, sentirás un poco de dolor. Interesante información. ¿Era mucho pedir que me lo advirtiera antes? —Estoy bien, no es nada —expreso. Me escolta hasta la puerta y suelta pequeñas risitas por mi manera de caminar. No se ofrece a ayudarme, sabe que lo rechazaré. —Bien... Es el momento de la despedida —agrega. —Muchas gracias por todo lo de hoy. La pasé realmente genial —me asincero. —¿En serio? ¿Qué calificación le pondrías a esta noche? —coloca los dedos en la barbilla. —Um... ¿Un ocho de diez? —¿Un ocho? ¿En qué perdí puntos? —se sorprende. —Bueno... En primer lugar, no me dejaste jugar con el toro mecánico hasta alcanzar los ocho segundos —rememoro. —Ya te dije que la gente nos miraba raro, estaban a punto de echarnos de ese puesto —ríe. —No debió importarte —bromeo—. Y, en segundo lugar... Recuerdo que, anteriormente, insistías tanto en que te juzgaba sin siquiera conocerte. Sin embargo, cuando trato de indagar, evades mis preguntas. ¿No crees que es injusto? Su sonrisa se diluye poco a poco, pero no llega a tornarse serio. Me mira con una expresión conmovida, como si le agradara que tuviera interés en saber más sobre él. —¿Es porque no te mencioné mi edad? —cuestiona—. Te lo dejaré de tarea. La próxima vez, probablemente me convenzas. —¿La próxima vez? —No esperarás que esta sea nuestra última salida —declara—. Si deseas saber más acerca de mí, tendrás que pasar más tiempo conmigo. Suelto aire a través de la boca y pienso en lo que acaba de plantear. En lugar de molestarme, me alivia saber que Jordan, en cualquier momento, estará de nuevo frente a mi puerta. —Está bien... —Excelente —expresa—. Que tengas un buen sueño. Agita la mano con suavidad y voltea, caminando hacia su auto. —Adiós, Ray... —susurro, viéndolo marcharse. Introduzco la mano en el bolsillo para extraer las llaves de la casa, en lo que me doy cuenta de algo que me pone los pelos de punta. Traigo puesta la ropa de vaquera, y mi vestido lo olvidé en donde se hallaba Noah, el que me prestó todo esto. ¡Las llaves estaban junto al vestido! Agh, no lo entiendo. ¿Porqué no las tomé? Debí guardarlo en mi bolsillo en ese mismo instante. De igual forma, mi suerte no fue tan mala, ya que el celular sí lo traje conmigo. Marco al número de Gustavo, quien me atiende a los pocos segundos. —Ábreme la puerta... Por favor —pido avergonzada. Corto la llamada rápidamente y espero a que la puerta se abra. En cuanto Gustavo la abre, me mira impresionado. —Wow. Hola... ¿Vaquera? —vacila—. ¿Dónde están tus llaves? —cuestiona. —Hola... No lo sé, los perdí —entro a la casa pasando a su costado. —¿Cómo que los perdiste? —No, en realidad, yo... Lo dejé en algún lado, pero lo recuperaré —asevero. —Eso espero. Me dirijo a mi habitación y me tumbo en la cama, con la mirada al techo. Agarro el celular, aguardando quizás, por un mensaje suyo. Aún tenía mi orgullo, así que yo no lo haría. Simplemente, esperaría a que apareciera por su cuenta.
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