Jordan condujo por un largo rato, hasta llegar a un sitio alejado. Observo la entrada con recelo, cuestionándome para mis adentros si fue buena idea haber venido sin chistar.
Dijo "a un lugar con mucho ruido", pero solo se escucha una leve música a lo lejos.
Bajamos del coche y nos acercamos a un portón de madera, el cual luce bastante rústico.
—¿Qué es este sitio? —pregunto, suspicaz.
—¿Confías en mí? —suelta de repente.
—Tal vez...
Suelta una risita y me toma de la mano, colocando la suya en el portón rústico y la empuja para que podamos pasar.
A un costado, se halla una pieza de cuatro paredes, a la cual ingresamos sin golpear.
—Bienvenida... —la voz ronca de un hombre saluda de mala gana, quien está sentado en una silla con los pies elevados sobre un mostrador, sin apartar la vista de su periódico.
—¿Ese es el tipo de recibimiento que merezco? —cuestiona Jordan, con indignación fingida.
Aparentemente, el hombre reconoce su voz, a lo que dirige los ojos hacia él.
—¡Jordan, mi amigo! —exclama, levantándose de la silla. Se acerca y le brinda un fuerte abrazo, dándole palmadas en la espalda —. Hace tiempo que no pasas por aquí —comenta.
—He estado muy ocupado... Ya sabes...
—¿La academia?
—Y otras cosas... —da una respuesta vaga—. Por cierto, he traído a una amiga —apunta.
—¡Vaya! —dice, con una notoria expresión de asombro—. ¡Qué sorpresa! Es la primera vez que vienes con una chica...
Tch. Este hombre ha de estar bien entrenado para mencionar una mentira como esa.
—Quiero mostrarle lo bueno de este lugar, pero... —lleva la mirada hacia mi dirección, echando un vistazo a mi atuendo— Ese vestido se lo impedirá. ¿Tienes algo que calce con ella?
¿M-Mi vestido?
Alzo los brazos y los cruzo sobre mi pecho, lo que hace que Jordan suelte una tierna risa.
—No tengas miedo de nada, solo te dará una ropa más cómoda —esclarece.
—E-Este vestido es cómodo...
—No para lo que verás allá dentro.
—¿“Allá dentro”?
El hombre se aproxima con unas prendas en sus manos junto con un par de botas y las extiende hacia mí.
—Estas son de mi hija, te quedará muy bien —indica, denotando amabilidad.
Las tomo de manera dudosa y se lo agradezco.
—Jordan, salgamos para que la señorita se cambie.
—Eh, ¿tengo que salir? —bromea.
—Ándale, no seas irrespetuoso —regaña.
Ambos abandonan la pieza, dejándome sola allí. Ubico las prendas sobre el mostrador y las observo una por una.
Me quito el vestido y visto una blusa puramente blanca sin ningún detalle, unos jeans azules con rasgaduras en las rodillas, un cinturón amarronado y un par de botas cowboy.
Esto es muy extraño...
Abro la puerta y miro a Jordan que está de pie junto al hombre.
—Estoy lista... Creo.
Jordan levanta las cejas y traga aire, sin despegar la vista de mí.
—Aún no, señorita —suelta aquel hombre, entrando de nuevo.
De pronto, coloca un sombrero en mi cabeza.
—Ahora lo estás —señala.
—G-Gracias —acomodo el sombrero.
—¿Un cumplido para la dama? —dice, dirigiéndose a Jordan.
—No... No existe palabra para describir lo que estoy viendo en este momento... —recorre mi apariencia con sus ojos.
Siento dolor en el pecho de lo fuerte que late mi corazón.
¿Tengo permitido alegrarme por esto?
—¡Ese es mi muchacho! —el hombre se acerca a Jordan y da palmadas a su hombro.
—Dame uno de tus sombreros —pide Jordan.
—Tú sí tienes que pagar, mi hermano —alega el hombre.
Jordan suelta un bufido y saca su billetera, extrayendo dinero de él. Se lo entrega al hombre y obtiene el sombrero.
—Muchas gracias, Noah —expresa Jordan—. Oh, el nombre de ella es Dalila, debí presentarlos al llegar, pero estaba muy emocionado —comenta.
—Vaya... ¿Dalila? Un nombre bíblico —ubica los dedos en la barbilla y me mira con atención— ¿Sabes lo que significa tu nombre?
Ya imagino su punto. En el internado, leíamos la biblia y la analizábamos con cuidado. Cuando la terminábamos, debíamos empezarla otra vez. Era un ciclo sin fin.
Por supuesto, nadie dejaría desapercibida la famosa historia de Sansón y Dalila. El hombre con una fuerza sobrehumana y la mujer que lo traicionó.
Entre bromas, apuntaban a que sería igual de traidora que la Dalila de la biblia, que seduciría a chicos y que obtendría lo que quisiera de ellos. Ante esos comentarios, solo me reía. Sin embargo, luego de escuchar siempre lo mismo, ya no causaba gracia. Un día, simplemente, dejaron de hacerlo.
No pensé que, después de tanto tiempo, volvería a oír esa relación entre mi nombre y la biblia.
En ese momento, no respondí, sino que aguardé a que Noah diera su propia opinión.
—Significa "deseo" —dice con propiedad.
—¿Deseo? —la miro asombrada.
Bien. Eso no me lo esperaba.
—Así es. Tienes un nombre majestuoso, y que te define muy bien —halaga.
—Oye, oye. Cuidado con cruzar la línea —bromea Jordan, a lo que Noah se echa a reír.
—Ya váyanse, tortolos. La fiesta ya empezó hace un hora —indica.
¿Una fiesta?
—Gracias por tu hospitalidad —expreso, a lo que Noah asiente, aceptando mis agradecimientos.
Salimos de la pieza y empezamos a caminar. Minutos después, llegamos frente a otro portón de madera. Sin embargo, el silencio se había esfumado hace unos pasos atrás.
La música resuena con intensidad y las personas hablan aún más fuerte. Se escuchan risas y extraños gritos de vaquero.
Atravesamos la entrada, en lo que Jordan se coloca ante mí.
—¡Bienvenida a la gran fiesta del vaquero! —exclama con una sonrisa de oreja a oreja, extendiendo los brazos a los costados.
—Wow... —separo ligeramente los labios, quedando fascinada por los reflectores de luz.
—Ven, ven. ¡Hay mucho que quiero mostrarte —me toma de la muñeca y me insta a seguirlo.
El sitio es una recreación de la época de vaqueros, el período del viejo Oeste. Las tabernas, los senderos de arena y polvo, las personas vestidas de cowboy y el sheriff, quien en realidad, es el guía para los turistas.
Jordan luce realmente inmerso en este mundo. Sus ojos están invadidos de un brillo indescriptible y no puede dejar de sonreír. Apunta con el dedo a todo lo que ve y me lo explica con un evidente entusiasmo.
Conoce toda la historia del viejo Oeste. Habla sin detenerse, como si estuviera leyendo los párrafos de un libro.
No suelta mi mano bajo ninguna circunstancia, llevándome de un lado a otro, en un interminable recorrido por el lugar.
De pronto, paramos frente a un puesto de juegos, donde se encuentra una colchoneta inflable de forma circular con un toro en el centro.
—¿Qué es eso? —señalo.
—Es un toro mecánico, simulador de rodeo. ¿Quieres probar?
—¿Debo subir en él?
—Claro. Te lo mostraré.
Jordan conversa con el dueño del juego y compra unos turnos. Luego, sube en el toro y se acomoda.
Sostiene una cuerda con su mano derecha, y deja la izquierda al aire. Segundos después, el toro comienza a moverse.
Domina muy bien el juego, como si lo hubiera hecho cientos de veces. Luce concentrado, equilibrando su cuerpo en cada movimiento brusco. Mientras tanto, no dejo de mirar su mano. Por alguna extraña razón, me resulta deslumbrante. La mantiene en la misma posición y no intenta, en ningún momento, sujetarse con ella.
Mi mirada sigue a su brazo, el cual resalta sus bíceps. Se dirige a su pecho, cubierto por una camiseta azul, pero el sudor que empapa la tela hace que se adhiera a su tórax, remarcando sus pectorales. Sus firmes muslos pegados al toro, aumentan de tamaño debido a la fuerza que ejerce para no caer sobre la colchoneta.
Solo fueron ocho segundos, pero para mis ojos, fue el tiempo suficiente para admirarlo.
El toro se detiene y Jordan baja del juego.
—Ahora prueba tú —invita—. Como pudiste notarlo, el objetivo es no caer.
—Se ve fácil... —asumo.
—Yo no diría eso en tu lugar —sonríe—. Vamos, te ayudaré a colocarte.
Subo sobre la colchoneta y me acerco al toro. Me ubico encima y tomo la cuerda que se halla en medio, con la mano derecha.
—¿Esta es la mano con la que escribes? —pregunta él, a lo que asiento con la cabeza—. Perfecto. Tus dedos deben apuntar hacia arriba, no hacia abajo —corrige, cambiando la posición de mi mano—. La otra debe estar al aire, como ya has visto. No debes sujetarte con ella o perderás en ese instante. Tus muslos... —con el puño cerrado, golpea un par de veces a mi muslo— Debes centrar tu fuerza en ellos. Balanceate en sentido contrario del toro para equilibrar tu cuerpo. Cuando el toro lleve la cabeza hacia adelante, mueve el cuerpo hacia atrás y viceversa. ¿Lo entiendes?
—S-Sí... Eso creo...
—Bien. Si caes, no sucederá nada, pues la colchoneta es muy suave y no sentirás dolor. El hombre del juego cambiará el modo a principiante, así que no tengas miedo y supera este reto —anima.
Se aleja de mí y se cruza de brazos, observándome atentamente.
Entonces, el toro comienza a moverse. La cabeza va hacia adelante y llevo el cuerpo hacia atrás, pero cuando el toro retrocede, pierdo la fuerza y caigo hacia mi costado.
Jordan se aproxima rápidamente y me ayuda a levantarme.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Esto... ¡Esto no puede ser! —exclamo, lo cual lo sobresalta—. ¡Cuando tú lo hacías, se veía muy fácil! —refunfuño.
—Es porque ya lo he hecho muchas veces —expone.
—Es injusto, tú has venido preparado —regaño, a lo que desata una risa.
—Pero, igual que tú, he caído un sinnúmero de ocasiones. No te rindas —alienta.
—Por supuesto que no me rendiré. ¿Crees que esto es todo? —desafío.
Me levanto nuevamente y subo en el toro.
—Otra vez —impongo, en lo que el hombre inicia el juego.
El toro se mueve, y a los cuatro segundos, caigo de nuevo.
—¡Otra vez!
Lo intento varias veces más, cayendo inevitablemente antes de pasar los cuatro segundos.
Otra vez.
Otra vez.
¡Otra vez!
—¡Agh! ¿Qué es lo que estoy haciendo mal? —cuestiono.
—Los muslos, Dalila. No están firmes. Concentra la fuerza en tus muslos —repite.
—¡Eso hago! —refunfuño.
—Lo que sucede es que la pierdes a los cuatro segundos, debes mantenerlos durante más tiempo.
El toro se mueve nuevamente.
Equilibrio del cuerpo. La fuerza en los muslos. La cadera firme. La mano al aire. La cabeza viene, yo voy. La cabeza va, yo me alejo.
Tres, cuatro, CINCO.
—¡Eso es! —aplaude Jordan.
En ese instante, mi mano libre desciende por error y me sostengo con ella de la cuerda.
—¡Nooo! —vocifero, tirándome a la colchoneta— ¡Estaba a punto de lograrlo! —pataleo, a lo que Jordan suelta una carcajada.
—¡Fue genial! —exclama.
—Tengo que hacerlo de nuevo... —me levanto, en lo que se aproxima por detrás y coloca una mano sobre mi hombro.
—Ya no puedes, se acabaron los turnos —manifiesta.
—¡No me quiero ir! ¡Compraré otros! —establezco, abrazando al toro.
—Volveremos en la siguiente oportunidad —rodea mi cintura y me estira hacia atrás.
—¡Tengo que lograrlo esta misma noche! —insisto.
—Otras personas quieren jugarlo y ya empezaron a mirarnos raro. Vámonos, niña. Podrás seguir jugando en otra ocasión.
Sin soltar mi cintura, me alza y me obliga a bajar de la colchoneta, mientras tengo los brazos extendidos apuntando al toro.
Camina un poco más, alejándome por completo del puesto de juegos y me suelta en uno de comidas.
—Deme uno de esos —apunta.
La mujer que atiende el puesto toma un par de palillos, en los cuales están incrustados unas brochetas de pollo, untados con salsa roja.
—Ten —me da una—. Es proteína, necesitas recuperar la que perdiste allá —se mofa.
Tomo uno de los palillos y empiezo a comer, a lo que continuamos caminando.
—¿Ya estás más tranquila? —pregunta de repente.
—Tengo un asunto pendiente con ese toro —digo desafiante, apretando el palillo.
—Quizás quieras probar algo más real —propone—. Lo de ahí, por ejemplo.
Señala a la distancia, donde se hallan unos sublimes caballos, dando vueltas en un área delimitada por una cerca de madera al estilo rancho.
—¿Sabes montar uno de esos? —cuestiono, denotando cierto temor en mi tono de voz.
—No es tan difícil como montar un toro —alega.
—¿Has montado un toro? —lo miro atónita, a lo que desata una risa.
—Para nada. No se compara el real al mecánico. Además, no es un deporte que puedas aprender de buenas a primeras, ya que el toro no tendrá paciencia ni piedad por ti. No existe el modo "principiante". En lugar de sentarte sobre un suave globo, estás encima de un animal completamente enojado y echando humos por la nariz. Si no estás hecho para ello, es mejor que des un paso atrás —expone—. Los hombres que se dedican a esto saben perfectamente que, al participar en el rodeo de toros, cada oportunidad podría ser la última.
Trago saliva luego de oír que en verdad hay personas que arriesgan sus vidas por hacer lo que les apasiona.
—Pero estos caballos son dóciles —agrega—. ¿Quieres intentarlo?
No respondo por un momento. Jamás había montado un caballo, y se veían bastante altos. Si caigo de él, podría salir realmente herida.
De tan solo pensarlo, me dolían las lesiones que aún no me había hecho.
—Eh...
—No sabrás qué tan bueno es si no lo pruebas —declara.
Efectivamente, no es como subir a un toro de globo. Es un caballo real y fornido. Su dorso es lo bastante ancho, lo que me lleva a pensar que necesitaría unas piernas más largas para alcanzar los estribos. ¿De qué me sujetaré? ¿También tendré que ejercer fuerza en los muslos?
—D-De acuerdo, hagamos la prueba —digo casi por impulso.
Jordan se esmera por mirarme con seriedad, pero no puede disimular su sonrisa.
—¿Estás segura? —trata de cerciorarse, a lo que asiento con la cabeza—. No pareces del todo convencida —añade—. Sin embargo, tú tranquila. No tienes porqué hacerlo sola.
Empuja el portón de madera e ingresamos al corral. Se aproxima a conversar con un hombre vestido con la particular facha de vaquero, quien da la impresión de conocer muy bien a Jordan. Luego, se acerca a uno de los caballos y lo trae tirando de una cuerda, entregándoselo a él.
Jordan toma la cuerda y da unos pasos hacia mí junto con el caballo, a lo que retrocedo por instinto.
—No tengas miedo —dice, con una voz cálida.
—¿Realmente sabes lo que haces? —cuestiono, intimidada por el gran tamaño del animal.
—Confía en mí. Si es conmigo, nunca estarás en peligro —asevera.
Extiende la mano, esperando a que coloque la mía en ella. Aún con dudas, decido hacerlo. Me guía hacia el costado, para luego soltarme. Entrelaza los dedos y los ubica a nivel del vientre del caballo, formando una especie de escalón.
—Pisa mi mano e intenta impulsarte para arriba —indica—. No podrás hacerlo con el estribo, así que esta es la mejor manera. No tengas miedo de sujetarte del caballo, no se moverá bajo ninguna circunstancia —promete.
Entonces, suelto un poco de aire a través de la boca y me lleno de valor. Coloco el pie en sus manos e intento lanzarme hacia arriba, en lo que me ayuda a subir.
—Acomódate en la parte de atrás, subiré frente a ti para manejarlo —agrega.
Con cierta dificultad, se ubica delante de mí y toma las riendas del caballo.
—¿Qué te parece?
—E-Está muy alto... —manifiesto, con la voz temblorosa.
—Puedes sostenerte rodeando mi cintura —sugiere.
Ah, esta situación... ¿Porqué no lo vi venir?
Probablemente, estaré menos asustada si me pego a él, ¿pero no sería algo atrevido?
Agarro la tela de su camiseta y lo uso como mi propio sustento. Lo veo mover la cabeza de un costado a otro, pero decide no opinar al respecto.
De pronto, da un suave toque al vientre del caballo con sus pies para ordenarlo a que camine. Entonces, da inicio a su majestuoso andar.
Siento que todo el dorso se mueve en cada paso que da, haciendo que me balancee sobre él. En cuanto mi temor se disipa, comienzo a disfrutar del paseo.
Definitivamente, siempre hay cosas nuevas por descubrir. Por experimentar. Cuando mi relación con Diego se acabó, pensé que eso era todo. Creí que después de aquello que me había enseñado, ya no existía nada más. Pero me equivoqué.
Cada persona es un mundo y tiene su mundo, y cuando decide mostrártelo sin que se lo pidas, te sientes realmente afortunado.
En este momento, Jordan estaba revelándome el suyo.
—¿Todo bien atrás? —pregunta de repente.
—¡Sí! Todo muy bien —afirmo sin titubear.
Varios minutos después, Jordan detiene al caballo en el punto de donde habíamos partido.
—Fin del recorrido —indica, con una sonrisa satisfactoria.
Baja primero con sumo cuidado. Luego, extiende los brazos hacia arriba para cargarme en ellos.
—¿Estás seguro de que podrás sujetarme? —cuestiono.
—Soy muy fuerte —dice con firmeza.
De nuevo, me toca confiar en él.
Cargo el peso de mi cuerpo en sus manos, colocando las mías sobre su hombro. Sin apartar la mirada, me baja lentamente, sin realizar ningún esfuerzo, como si estuviera cargando a un bebé. Finalmente, mis pies tocan el suelo.
—Buena chica —suelta, con una sonrisa torcida.
Toma la cuerda del caballo y se lo lleva nuevamente al hombre encargado de él. Al regresar a mí, abandonamos el corral y comenzamos a caminar de nuevo.
Siguiendo sus pasos, terminamos ingresando en una de las tabernas, en donde puedo ver varios grupos de hombres y mujeres jugando al billar, a las cartas, bebiendo o bailando. Me toma de la muñeca y me lleva hasta la barra, invitándome a sentarme en los bancos.
—Quiero dos rayas de tequila —ordena Jordan, golpeando la barra con el dinero en la palma.
—¿Tu identificación? —exige el hombre.
Jordan lo quita de su billetera y se lo entrega. Él lo observa minuciosamente, luego dirige la mirada a Jordan y entorna los ojos.
—¿Las dos rayas son para ti? —el bartender levanta una ceja.
—Sí así es —apunta Jordan, sin tapujos.
El hombre extiende la identificación hacia Jordan, en lo que me inclino para captar alguna cosa de ella. Sin embargo, él la toma rápidamente y la guarda en su billetera.
—¿Qué ves? —suelta.
—Quiero saber tu edad —impongo.
—¿Y eso? ¿Para qué?
—¿Cómo que para qué?
En ese momento, el bartender ubica las dos rayas de tequila frente a Jordan.
—Ahora lo importante es el tequila —establece Jordan, ignorando mis cuestionamientos. Agarra el vaso y lanza el líquido a su boca.
—¿Cómo puedes beber esto, así como si nada? —pregunto.
—Si lo haces muchas veces, es soportable —se encoge de hombros—. Incluso, le encuentras el buen sabor.
Continúo desatando unas risas, lo cual lo lleva a reírse conmigo.