Por Scarlett
Pasamos una noche maravillosa, deseaba que no terminara nunca.
Esperé toda la noche que me dijera que lo nuestro era importante, que merecíamos seguir conectados, pero las horas pasaban, los minutos corrían y el silencio dolía.
Ya no había lugar para conversaciones vacías ni para temas que nos ayuden a conocernos mejor.
No sabía ni siquiera su apellido y él no sabía el mío.
El silencio estalló cuando nos venció el cansancio, luego de amarnos mil veces.
Le podría haber dicho algo, pero presentía que todo terminaría cuando él traspasase la puerta de mi camarote.
Apenas pude dormir.
Estaba angustiada, me había enamorado y estaba consciente de que sólo yo lo había hecho.
Era un hombre maravilloso, educado, amable y me llevaba a las estrellas cuando nos amábamos, pero eso era todo.
Fui su aventura.
Sus palabras estaban llenas de calor, pero no eran de amor, y esa última noche las sentí como si fueran frías como la nieve.
Me amó con delirio, eso encendía mi piel, pero…
No iba a llorar, al menos no delante de él.
Pensé que el mar y el cielo nos habían enfrentado, que era el destino.
Pero el mar estaba a punto de quedar lejos y el cielo estaba demasiado alto para alcanzarlo.
A las 6 de la madrugada sonó la alarma.
La escuché con dolor.
Mi cuerpo estaba temblando, había llegado el final del viaje y él no había insinuado ni siquiera hablarnos por teléfono.
Nos sentamos en la cama casi al mismo tiempo.
No hubo besos ni caricias.
-Bueno… el viaje terminó.
-Así parece.
Le contesté con ganas de llorar.
-Me encantó coincidir contigo en este viaje.
No le pude responder.
-Nuestras noches se van a transformar en el recuerdo más caliente de mi vida, eres una mujer única.
Ese era el adiós.
Se escapaba el amor.
Posiblemente para él no era amor.
-Linda… no estés mal, voy a extrañarte como un loco.
Asentí, incapaz de hablar.
Se escuchaba gente caminar por los pasillos, algunos estaban buscando esos famosos patitos, pero nadie tenía roto el corazón.
Christopher me besó, lo hizo por mucho tiempo, hasta que, casi huyendo de mi mirada, pasó la puerta de mi camarote.
Entonces sí, mis lágrimas cayeron como cascadas por mi rostro.
Tenía el corazón roto.
No había palabras claras para lo que yo sentía.
Me había dejado llevar por su boca delirante y por tantos deseos imposibles de dejar pasar y ahora sólo queda el vacío de mi alma.
Me lavé la cara, me vestí, repasé la habitación para no olvidar nada.
Guardé lo último que usé en una mochila.
Mis manos temblaban.
Dejé pasar tiempo, tratando de pensar en todo y en nada a la vez.
Nunca había hecho una locura así, jamás me había entregado a un extraño, pero con él sentí una conexión muy fuerte.
Solamente yo la sentí.
Me siento una estúpida.
Me olvidará y yo lo llevaré para siempre en mi piel.
Salí casi al final, no quise coincidir con él en el descenso, aunque nos tocaba bajar en el mismo grupo.
Me colé deliberadamente en otro grupo, al llegar a la oficina de inmigraciones, para terminar con los últimos trámites, ya no había rastros de él.
Un auto me estaba esperando para llevarme al hotel.
No podía prestar atención a las hermosas palmeras que recorrían esa especie de boulevard junto a la costa.
Mi mente me acusaba por haberme entregado tan pronto a su pasión, pero no pude evitar caer a sus pies ni enamorarme de él.
Sé que fui ingenua al pensar que el amor podría llegar de esa manera.
Aposté mi corazón y perdí.
Llegué al The Ritz-Carlton South Beach, era imponente, lujoso, increíble y me sentí miserable al no poder disfrutar de todo lo que mi tía me brindaba.
Me registré en el hotel, grandes anteojos de sol cubrían mi rostro, para tapar los vestigios de mi llanto.
El personal era muy amable.
El equipaje me lo subiría en un momento, en un principio en botones llevaba mi valija más pequeña y mi mochila.
Mi habitación estaba en el tercer piso.
Bajamos del ascensor y estaba abriendo la puerta de mi habitación, cuando se abrió la puerta del cuarto contiguo.
Miré simplemente por inercia.
-¿Qué haces acá?
Preguntó Christopher.
Fue él quién abrió la puerta de ese cuarto.
-¿Me estás siguiendo?
Preguntó sin darme tiempo a contestar.
Yo estaba tan asombrada que no podía contestarle.
-Perdóname, pero no quedamos en nada.
El color de mis mejillas se tiñó de un granate intenso.
El botones me miraba casi con lástima.
-No sabía que estabas acá.
Contesté mientras trataba de retener mis lágrimas.
-¡Por supuesto!
Eso me enojó.
-No tenía idea de que te alojarías aquí, ya tenía reservada esta habitación.
-¡Qué casualidad!
Estaba ofendido.
Yo estaba dolida y aunque moría de amor por él, su comportamiento despectivo no lo iba a tolerar.
-Sí, realmente es una casualidad.
Giré y entré a mi habitación sin volver la vista atrás.
El botones se quedó en la puerta de mi habitación, esperando que entrara.
-¿Desea cambiar de habitación?
-Esta habitación está reservada desde hace más de un mes.
Le comenté al personal del hotel.
-Si, señorita.
-No, no voy a cambiar de habitación por él, es un regalo de mi tía.
-Cómo usted desee.
-Es solamente un día, mañana por la noche abordo un avión.
-Estoy para servirle, no dude en llamar si tiene algún problema o desea algo.
-Muchas gracias.
Le dije, dándole una propina generosa.
Me sentía decepcionada.
Christopher no era el hombre maravilloso que yo creía.
Sentía que hasta mis músculos se entumecían.
Era un verdadero idiota.
Claro que lo seguía amando, pero pude ver quién era realmente cuando no estaba en plan de conquista.
Jamás le rogaría a un hombre.
Ni siquiera le dije que lo llamaría y se me partió el alma con ese adiós.
¿Qué pasó realmente entre nosotros? Cupido metió el dedo en la llaga, o quizás solamente se equivocó al lanzar su flecha.
Que estuviera en mi mismo hotel podría ser una casualidad, pero en la habitación contigua a la mía…
En este momento somos dos extraños, por más que durante dos semanas hayamos danzado al son potente de una pasión desmedida.
Fuimos amantes…
Quizás hasta esté casado y su esposa o novia esté compartiendo su habitación.
Me agarré el estómago del dolor.
Fue un dolor literal.
Recordé que el día que no nos cuidamos él estaba desesperado.
Otra punzada de dolor recorrió mi cuerpo.
Fui al baño y sonreí al notar que tenía mi regla.
Al menos era más fácil así.
De todos modos, por mis cuentas, no había forma de engendrar un bebé.
Golpearon la puerta de mi habitación, era el botones que traía el resto de mi equipaje.
-¿Desea bajar a desayunar? ¿Quiere que le suba algo? ¿Desea alguna infusión o algo que no hayamos tenido en cuenta para su desayuno?
Me di cuenta de que había una mesa que estaba abarrotada de comida, podía alimentar a un batallón y aún así seguiría sobrando.
-Gracias, desayuno acá.
-Es un día hermoso y nuestras playas son las mejores.
-Muchas gracias, lo tendré en cuenta.
-¿Desea que una mucama la ayude a guardar su ropa?
-No, gracias.
La amabilidad de este señor me resultaba pesada, no quería ser grosera, posiblemente esas serían las instrucciones que tenían, pero mi mente volaba, mi corazón seguía latiendo con fuerza luego del encuentro con Christopher y necesitaba pensar en que me había equivocado para despertar su enojo solamente por verme.
Lo evité al bajar del barco porque iba a ser doloroso para mí y ya no quería otra despedida y el último contacto que tuvimos, fue un beso.
No hubo promesas y apenas puedo lidiar con eso, porque quise creer que nada apuntaba a ser una aventura, esos días en el crucero, se comportaba como si fuese mi novio.
Fui una amante para él.
Una aventura que se terminó una hora antes de tocar tierra firme.
Yo no pude escuchar ni quise entender lo que sucedía entre nosotros.
Él me dejó muy pronto atrás, su futuro ya había llegado y él vivía sin mí.
Las lágrimas se amotinan en mi cara.
Fuimos mucho en esos días, pero yo creía que teníamos algo, aunque posiblemente haya sido ambiciosa con sus sentimientos.
Parecía una estatua llena de dolor.
No podía más.
Me tiré en la cama, abrazada a la almohada.
No se cuanto tiempo estuve así, me di cuenta de que tenía dos llamadas perdidas de mi tía y también algunos mensajes sin contestar.
Me lavé la cara y traté de tranquilizarme.
Él mostró lo que era.
Tenía que hablar con mi tía y posiblemente ella querría una videollamada, no podía mostrarme destrozada.
Me maquillé, tratando de esconder mis ojeras.
Pinté mis ojos y mis labios.
Mi aspecto era inmejorable, tomando fuerzas, llamé a mi tía.
No fue una videollamada, fue una llamada común, ella atendió al primer tono.
-Hola mi niña.
-Buenos días, tía.
-¿Cómo resultó el viaje? ¿Te gusta la habitación? Tu tío y yo hemos pasado días maravillosos allí.
-Todo fue perfecto, muchas gracias.
-No me lo agradezcas, mereces todo lo mejor… ¿Qué sucedió al final con ese muchacho? El del crucero.
Dudé por un momento.
-No mucho.
Mi voz tembló.
-¿Cómo es eso? Pensé que tenían una conexión.
-Yo también, pero al terminar el viaje…
Golpearon nuevamente la puerta de mi habitación, pensando que era el botones, me disculpé con mi tía, pero no corté, ella esperaba en la línea telefónica.
Al abrir la puerta, Chris estaba parado delante de ella.
-¿Qué hacer acá?
-¿Podemos hablar?
-Tía… luego te llamo.