Por Christopher
Estoy anonadado por la belleza que tengo a mi lado.
Scarlett es una mujer que se adueñaba de todas las miradas del lugar en dónde se hallaba.
Siempre tenía su toque sensual al elegir el atuendo.
En la piscina, en los restaurantes, en el casino y en la discoteca, ella siempre se destacaba, aunque me daba la sensación de que ella parecía casi indiferente a todas las miradas.
No creo que no se diera cuenta de su belleza espectacular.
Era una mujer segura y culta, que me atraía muchísimo, y al estar juntos, descubrí que era la mujer que más me excitó en toda mi vida.
Entramos a mi camarote y no pude dar unos pocos pasos sin poder evitar perder la cabeza por su cuerpo y por su forma de amar.
-Me quemas.
Le susurré en su oído.
-Tengo sed y hambre de vos.
Le dije mientras su vestido se deslizaba hacia el suelo.
Su cuerpo, literalmente, me quemaba.
Hicimos el amor hasta el amanecer, y fue la mejor noche de mi vida.
Ella era perfecta, apasionada, increíble, hermosa desde cualquier ángulo.
Pensé que este crucero era perfecto, mi tío fue un genio.
Era lo que necesitaba luego de pasar tantas presiones de parte de Mary Ann.
Luego, al llegar a Malibú, me enfocaría en lo que mis tíos quisieran, fresquito luego de semejante aventura.
Llegamos a la costa de Brasil, estábamos en Copacabana y decidimos bajar, ella tenía una bikini multicolor, que resaltaba su suave bronceado, aunque realmente entre dos días nublados y las horas que pasábamos dentro nuestras habitaciones, no tuvimos tiempo para tomar sol, pero era evidente que el aire marino permitía tostarse sin exponerse demasiado.
En Copacabana el barco no paró demasiado tiempo.
Solamente fuimos a sus playas, jugamos en el mar y nos divertimos y tomamos unas Caipirinhas.
Luego, antes de subir al crucero, comimos en un puesto de la playa, unas gambas frías en brochetas, no era un sabor al que estuviéramos acostumbrados, pero nos gustó bastante.
-Mañana, según el cronograma, paramos 10 horas en Río de Janeiro.
Me comenta Scarlett.
-Es verdad, podemos recorrer la ciudad, almorzar en un restaurante y estar un rato en la playa.
-Es una excelente idea.
Nos dirigimos al barco, ya casi era hora de zarpar.
Terminamos de subir y cada uno se dirigió a su habitación.
Me di una ducha y me tiré un rato a descansar.
Me quedé profundamente dormido, fueron varias noches dónde dormí poco y tuve mucho desgaste físico, del mejor, obviamente.
Cerca de las 9 de la noche sonó mi teléfono.
Era mi tío.
-Hola Christopher.
-Hola tío ¿Cómo estás?
-Bien, te llamaba porque hace unos días que no nos comunicamos.
-Tienes razón… estuve ocupado.
Le dije riendo.
-¿Ocupado?
-Con la chica que te conté, realmente la estoy pasando muy bien con ella.
-Me alegro.
-Gracias, es la última bocanada de libertad, antes de dedicarme enteramente a tus proyectos.
-¿Última bocanada de libertad?
-Claro, ahora me divierto y en cuanto ponga un pie en tierra firme, terminado el viaje, me dedicaré a trabajar, dejando atrás esta aventura.
-¿Aventura? ¿Ella es una aventura?
Su voz sonó acusatoria.
Me quedé en silencio por un momento.
-Es una mujer que conocí en un crucero, terminado el viaje, supongo que todo quedará dentro de este crucero.
-¿Pero ella te gusta? ¿Sientes algo por esa mujer?
No terminé de comprender sus palabras.
Parecía genuinamente preocupado.
¿Es romántico?
Tal vez solamente sea de otra generación.
Aunque es un tipo moderno y forrado en dinero.
Supongo que tendrá escapadas fuera de su matrimonio.
No tengo muchas referencias de matrimonios a largo plazo.
Mi noviazgo con Mary Ann duró un par de años y yo siempre quería escapar de sus garras, supongo que eso no era amor.
-Siento mucho, es bella, divertida, culta y…
No sé por qué no seguí la frase.
No me pareció correcto decirle que era muy buena en la cama.
-¿Y?
-Nada, tenemos mucha química, pero te prometo que me voy a dedicar a trabajar.
De repente estaba un poco incómodo con la conversación y no sabía por qué.
-Recordá que también tienes que tener valores y respetar a las mujeres.
¿Acaso es predicador?
-Siempre las respeto, nunca abuso de ellas.
Me defendí, porque no sabía a qué se refería.
-Me alegra escuchar eso, pero…
Esto se estaba volviendo más incómodo a cada momento.
-Pero no hagas promesas donde lastimes a una mujer.
-Tío, jamás prometo nada, aunque con Mary Ann, muchas veces terminaba diciendo cosas que no sentía para calmarla.
-Tu exnovia era manipuladora, eso es lo mínimo.
-Sí, es verdad.
-¿Y esta chica?
-¿La del barco? ¿Scarlett?
-Sí.
-Ella es distinta, es todo lo contrario, pero hace unos días terminé mi relación con Mary Ann, no estoy pensando en encarcelarme nuevamente, por eso te digo que estés tranquilo, me voy a ocupar de todo lo que necesites.
-Bárbaro, me dio gusto escucharte.
-Igualmente.
cortamos y me quedé con una sensación rara.
Posiblemente mi tío tendría miedo de que yo siga enamorado de Mary Ann.
Me levanté y me vestí con unos pantalones de vestir, pero no formaban parte de un traje, me puse una camisa lisa y arremangué las mangas.
Estaba informal, pero apto para ir a cualquiera de los restaurantes.
Toqué la puerta del camarote de Scarlett.
No iba a dejar pasar una noche sin estar a su lado.
Ella me abrió la puerta, estaba hermosa, tenía puesto un vestido azul, cerrado, pero con mucho encaje, que era un imán para mis ojos, que querían adivinar que había debajo.
La falda era amplia pero corta y cuando mi mirada se deslizó por ella, algo creció dentro mío.
-¿Vamos?
Me preguntó, porque yo no me moví de dónde estaba.
-Sí, claro… estás hermosa.
-Gracias.
Dijo ella, dándome un beso en mi cara, y otro en mi cuello.
-Adoro tus besos.
Le dije atrayéndola hacia mí.
Luego la solté, porque sino ella iba a ser mi cena y pretendía que fuera mi postre.
Pasamos una noche divertida y terminamos en su Pent-house.
Bajamos en Río y contratamos un tour de dos horas para pasear por la ciudad.
Luego almorzamos en un lugar de comidas típicas de allí.
Más tarde fuimos a la playa.
Teníamos 3 horas por delante.
Todos los instantes que pasaba a su lado, eran divinos, de verdad teníamos una química increíble.
Supuse que eso sucedía porque no había ningún tipo de presión.
-Supongo que voy a tener que acostumbrarme a sabores distintos en las comidas.
Dijo Scarlett al pasar.
-¿Piensas mudarte?
Le pregunté al pasar.
-Sí, supongo que sí, creo que, al menos por un tiempo, me quedaré en Estados Unidos.
No supe qué contestarle.
Era otra cosa que teníamos en común.
-Siempre hay restaurantes típicos de todos los países y si cocinas tú, puedes encontrarle la vuelta a los sabores a los cuales estás acostumbrada.
-Sí, espero lograrlo.
Le sonreí, pero no le dije que también pensaba quedarme en Estados Unidos y no sabía por cuánto tiempo.
Fue una de las pocas conversaciones que involucran su futuro, ella no sabía nada sobre mis planes o proyectos.
Eso se sintió muy raro.
Subimos al barco y la cubierta, unos momentos después, se elevó y me distraje concentrándome en los sonidos de a bordo y en en todos los movimientos.
Luego cada uno entró a su camarote, quedando a cenar juntos.
Había algo que me estaba molestando y no podía descubrir que era.
Sentía algo de ansiedad, pero supuse que era por estar tantos días en altamar, aunque no era que quisiera que este viaje termine.
Al día siguiente paramos en Bahía, pero no bajamos, ya que eran unas pocas horas las que estaríamos allí y la verdad, estábamos durmiendo cuando el barco se detuvo.
Ese día ni siquiera desayunamos.
La noche anterior fue apasionada y lujuriosa hasta el infinito.
Eran casi las dos de la tarde cuando abrimos los ojos.
El día fue espectacular.
Almorzamos en la habitación.
Estábamos arrastrando horas de sueño atrasado.
Me sentía raro, porque ella se transformó en el único objetivo de mi deseo.
Cada día me sentía más a gusto en su compañía, con solo mirarla, me envolvía en placer, y a cada momento la deseaba más.
Por la tarde, aún con el sol brillando a lo alto, estábamos recorriendo las distintas cubiertas, mientras escuchábamos el murmullo de los marineros, que se mezclaban con la risa de algunos niños y con el parloteo de las personas que nos cruzábamos.
A esa hora todo olía a aceite y mar.
Nos decimos a zambullirnos en una de las piscinas, el calor a medida que nos acercamos al ecuador se hacía sentir.
Ella, como siempre, era el centro de todas las miradas y yo sentía que de alguna manera tenía que marcar mi territorio, quería que todo el mundo supiera que era mía.
Me estremecí al pensar en eso.
En el barco, creo que nadie dudaba de que éramos una pareja.
Eso me sonaba extraño y al mismo tiempo sentía que era lo más normal del mundo.