Marco Aurelio Carausio
Los romanos eran unos malos navegantes, pero en tierra eran unos soldados de primera clase.
En tanto que las costas de sus provincias de Britania Inferior y Superior y de las provincias situadas entre la desembocadura del Rin y la actual Bretaña francesa (Germania Inferior, Bélgica y Galia Lionesa) se vieron vigiladas por las entrenadísimas legiones, los inquietos piratas del norte, escasamente tuvieron posibilidades, incluso cuando en ocasiones los ineptos comandantes de las flotillas romanas de vigilancia secundaban su juego, de ocasionar daños de importancia.
Marco Aurelio Carausio era hijo de la mezcla étnica céltico-germana de la actual costa belga-holandesa, que desde tiempo inmemorial dotara al Mar del Norte de excelentes navegantes (y piratas).
El joven había empezado por servir bajo los romanos como guía y «práctico» —e hizo carrera enseguida. No conocemos su verdadero nombre «de pila», pero parece que tenía que ver con «audaz en el carro» (carrus y ausus), partiendo de esas raíces se había «ensamblado» su nombre latino. Hacia el año 290 fue enviado como capitán de una liburna, con cincuenta remeros y cien arqueros, para poner coto a los piratas que hacían correrías por aquellos rumbos. Marco Aurelio Carausio ejecutó las órdenes recibidas, se mostró competente y digno de confianza a todas luces y se ganó enseguida la confianza más ciega de los procuradores y procónsules romanos. Nadie tuvo nada que objetar cuando completó las tripulaciones de los barcos romanos con gente del país que, desde su juventud, estaba familiarizada mucho mejor con las difíciles aguas del norte y que, por la misma razón, se hallaba mucho más capacitada que los «marines» romanos para hacerse cargo de la misión encomendada.
Pero cuando la administración provincial situada en Gesoriacum, la actual Boulogne, empezó a pensar que las cosas eran un poco extrañas e inició investigaciones, salió a la luz que las tripulaciones de las naves de Marco Aurelio Carausio estaban reclutadas precisamente entre aquellos piratas que el tenía que capturar. Además como ahora se sentía seguro de su gente, a cambio de una participación en el botín, no sólo había protegido a los piratas teniéndolos al tanto de las acciones militares de otros comandantes de las flotillas de vigilancia, sino que incluso les suministraba sustanciosos avisos acerca del movimiento de las naves mercantes romanas.
En Gesoriacum hubo indignación y tras un juicio sumarísimo, se condenó a muerte a Marco Aurelio Carausio —desde luego «in absentia», pues el acusado había venteado la situación a tiempo, trasladándose a las Islas Británicas (Britannia).
Hacía ya tiempo entonces que era costumbre que los emperadores romanos fuesen «hechura» de sus legiones, por lo que no debemos extrañamos de que, al menos partes considerables de las legiones romanas estacionadas en Britannia (VI Victrix, II Augusta y XX Valeria Victrix) se pasen al audaz capitán pirata.
Durante siete años rigió Marco Aurelio Carausio los destinos de Britannia y construyó una flota con la que derrotó a la flota romana encargada de capturarle. Pero como en consecuencia, asumió excesivamente la pose de una especie de emperador romano —aunque sin haber pretendido vestir la púrpura imperial— lo asesinó a puñaladas, también siguiendo el ejemplo romano, el jefe de su guardia de corps.
Los dragones
De no haber sido la ocupación predilecta de los vikingos luchar a muerte siempre unos contra otros —pues sólo un héroe normando era un adversario realmente digno de medirse con el héroe normando— Europa no llevaría el sello de una cultura cristiano-grecorromana, sino el de una cultura pagano-germánica. Donde hoy se alza el prodigio de vidrieras de la Catedral de Chartres, se alzaría un templo a Freya, la diosa nórdica del amor, posiblemente no menos acabado, y en la colina del Vaticano de Roma, habría un templo de Thor o Wodan, tal vez no menos imponente, o con no poca probabilidad, Europa estaría poblada por chinos o Africanos, porque los héroes germánicos se habrían exterminado unos a otros desde hace mucho tiempo en luchas intestinas cantadas acaso por olvidados bardos.
Lo cierto es que Europa se salvó de esa suerte —y no por sus propios méritos— porque los imponentes piratas del mar de las nieblas demostraron a conciencia su incapacidad para constituirse oportunamente en una verdadera potencia política, lo que hace por otro lado tal vez todavía más impresionante lo que, a pesar de todo, llegaron a alcanzar y construir.
No tiene más sentido discutir en este caso conceptos de valor ético que en cualquier otro caso afectado por la inexorable moda. Y no puede menos de parecernos estúpido el que algunos historiadores no puedan menos que juzgar burlones o con una presunción apodíctica, desde la perspectiva de su «moda moral» propia, la conducta de otras épocas y de otros mundos. Para el vikingo la lucha, el robo, el asesinato, las matanzas y saqueos por tierra y mar (exceptuando su «patria») eran Gut Ding (cosa buena), caer en el combate, el único fin digno posible en esta vida y el hacerse a la mar como Berserker (campeón armado), una obligación moral y social.
Cabezas de dragón, aterradores adornos de proa de los barcos vikingos. Cuando uno de ellos se aproximaba a una costa amiga, procedían a quitar de la proa la cabeza de dragón.
La patria del vikingo estaba, «donde pone en la tierra su pie blindado de cobre, donde pace su caballo y donde su barco surca las olas».
Su barco, el drakkar (Dragón), no era considerado como un simple medio de transporte, sino que se veía en él casi un ser vivo; tan íntimamente vinculado y fundido con la personalidad de su señor, que incluso tras la adopción del cristianismo, costó mucho trabajo acabar con aquella actitud tan hondamente arraigada. La simbiosis de hombre y barco era tan íntima que ha de parecemos muy lógico, cuando moría un caudillo enterrar juntamente aquel doble ser —o dejarlo perderse ardiendo en el mar.
La gran época de los vikingos había quedado atrás cuando poco antes de la invasión de Inglaterra por el duque Guillermo «el Conquistador», la escuadra del conde Aethelred of Sandwich entabló combate con la del normando Roger de Bracy. Ambos adversarios eran cristianos, pero el final de la batalla tuvo lugar de acuerdo con la antigua usanza pagana:
«Aunque eran muy valientes», refiere el cronista, «el tropel de sus hombres, atacados por todas partes, se consumió rápidamente.
»—¡Entregaos! —exclamó Roger de Bracy.
»Pero el conde Sandwich no hizo otra cosa que reírse. Y con toda su armadura se arrojó al mar.
»—¡Sacadlo del agua! —gritó Roger de Bracy, pero el conde Aethelred se lo impidió, blandiendo sobre sí su escudo con el halcón de oro y desapareció en las profundidades.
Las trompas anunciaron el fin de la batalla. Casi todos los buques de la flota anglosajona habían sido presa de los normandos. De todas maneras, Roger de Bracy, había prohibido saquear uno de ellos, el Grulla.
»Con su propia mano lanzó la encendida antorcha al barco insignia del conde de Sandwich. Poco después, como ofrenda fúnebre, el buque siguió a su señor a las profundidades».
¡Vienen los vikingos!
La gran época de los vikingos fue la de los siglos IX y X.
Dos historiadores nos han dejado la pintura de aquella época atormentada y sangrienta: el cortesano y político islandés Snorri Sturluson, en su Heimskringla y el monje danés Saxo Grammaticus, en el que parece haberse perdido un pirata de cuerpo entero, pues a pesar de su capucha monacal, describe con tal entusiasmo las hazañas, desafueros y hechos de armas de los héroes nórdicos, que no cuesta trabajo imaginar que le habría gustado mucho más esgrimir la espada que la pluma de ganso.
No entra en las miras ni en las posibilidades de este libro ofrecer una historia completa de los piratas vikingos, por lo que unos cuantos representarán a aquellos miles que enseñaron a la Europa de entonces a pedir:
A furore normanorum, libera nos, Domine —«Líbranos, Señor, de la furia de los normandos».
El Mora, barco insignia del duque Guillermo el Conquistador, empleado en 1066 en su invasión de Inglaterra. Constituye el tipo más completo de barco vikingo.
Tenemos, por ejemplo, a Helgo, hijo del rey Huidan y hermano del rey Kal, reinante entonces en Roskilde (Dinamarca).
Tras haber saqueado durante unos años las costas del Báltico y dado muerte en batalla junto a Stade (río Elba) al príncipe sajón Hunding, tomó a saco el castillo de la princesa Thora, en la isla de Thor, donde lo desvalijó todo y violó a la dueña del castillo.
La princesa Thora vengó de un modo diabólico su deshonra. Trajo a este mundo al hijo de Helgo, lo estranguló, hizo salar y ahumar el pequeño c*****r como si fuese bacalao y se lo envió por mediación de un esclavo hasta Roskilde. El espeluznante manjar llegó al tiempo justo para serle presentado al flamante rey Helgo, precisamente en el banquete de su coronación.
Más adelante cedió Helgo la soberanía del país a su hermano y se declaró rey de los mares, dedicándose a la piratería hasta el fin de sus días.
Está también el caso del duque Horwendill de Jutlandia y del rey Kolle de Noruega junto con su hermana Sela, que desde sus drakkars hacían inseguros los mares y las costas a la vez que, celoso cada uno de la gloria y fama del otro, se acechaban entre sí aun con mayor encono que el mostrado hacia sus demás enemigos.
Cabeza de vikingo.
Talla en madera, de Uppland, Suecia.
En una pequeña isla situada ante la costa de Noruega, se desarrolló el último acto de aquel drama de celos. La pareja de hermanos noruegos cayó de improviso sobre el duque de Jutlandia, pero Horwendill era el mejor con las armas en la mano y envió al rey Kolle a que le antecediese en el Valhala. Como la feroz Sela se le echó también encima con el acero desenvainado, la envió también a hacer compañía a las Valquirias.
No es de olvidar una valquiria del mar, la noruega Rusia, hija del rey Rieg y hermana del rey Tesondus, quien perdiera su corona por culpa del usurpador danés Omund.
Mientras Tesondus se resignaba a su destino, reunió Rusla una flota, asesinó y saqueó a cuanto hombre y barco danés se le presentó ante la proa, echando a pique incluso al de su hermano Tesondus, «criado» entonces del usurpador. Colmó además de sarcasmos al pobre Tesondus, cuando tambaleante y estornudando, pudo salvarse subiendo a otro barco de Omund que logró escapar de aquella.
Tesondus juró vengarse, reunió una escuadra de gran poder de castigo y se dedicó entonces a atacar a los barcos de su hermana. Esta vez fue a Rusia a quien, tras prolongada lucha, le tocó las de perder. Cuando intentaba escapar a nado de su zozobrante drakkar, el fraternal Tesondus la cogió de sus trenzas color lino y la sostuvo en firme, mientras su gente la mataba a golpes de remo.
Tenemos también a Uraggim de Suecia, a quien se le había metido en la cabeza casarse con la hermosa Asura, hija tercera del rey Frotho. Como quiera que Frotho no viera en el joven un pretendiente de la debida categoría, Uraggim, a base de «dominar diversos pueblos», se creó un nombre tan temido que el rey Frotho consideró más aconsejable entregarle la codiciada hija. Uraggim y Asura tuvieron doce hijos varones que, igual que su padre, fueron piratas de lo más cabal, hasta que, llegada su hora, dos competidores del ramo, los piratas noruegos Hjalmar y Ararod, acabaron con toda la estirpe del sueco.
Está también el caso del rey danés Hettel, al que los vikingos le saquearon el palacio, raptándole su hija Gudrun, mientras él aireaba sus rencillas con un rey vecino.
Los dos reyes en litigio concertaron rápidamente una alianza y se lanzaron a la persecución de los piratas en unos barcos que habían sustraído a unos piadosos peregrinos de Jerusalén, pero fueron desastrosamente derrotados en el Wülpensand, muriendo el rey Hettel en la pelea.
Años después, Ortvin, hermano de Gudrun, después de laboriosos combates y elaborados actos de venganza, logró liberar a su hermana —ulteriormente se formó de ahí la famosa saga de Gudruna.
¿Y qué diremos de Olo el Rápido, de Noruega? Se hizo a la mar para acabar con los piratas, enviando al fondo del mar a setenta capitanes, entre ellos a personajes de tanto nombre como Hurrvill, Erand, Thorwill, Neff, Retuart, Oneff y Rand, con lo que en último término, se hizo con un gran espacio vital reservado en exclusiva para él y tiranizó mares y costas, desde el Cabo Norte hasta Gran Bretaña. El rey Rieg de Suecia lo hizo en consecuencia almirante en jefe de su propia flota y yerno suyo, entregándole de paso la corona de Dinamarca. Lo que no pudo impedir es que Olo el Rápido fuese asesinado —también con rapidez— es de suponer que debido a las crueldades que había cometido.
Otro caso curioso es el de dos hermanas, Russila y Stikla, que habían puesto sus miradas en el apuesto duque Hirwitto que, para mala suerte de ellas, estaba casado y era además muy feliz con su mujer. Pero aunque, hubiera estado célibe, se hubiera guardado probablemente de dejar entrar en su casa a aquellas dos hermanas, pues cuando sus pretensiones fueron rechazadas en redondo, cayeron ellas a sangre y fuego sobre las naves y aldeas de Hirwitto, de tal manera que finalmente no le quedó a nuestro duque otra solución que acosar al bajel pirata de las feroces doncellas, al que logró dominar. Como ellas no quisieran someterse a condiciones, hubo de acabar con ellas a golpe de espada.
Dos piedras talladas de Gotlandia con barcos vikingos.
Del Norte de Rusia vino el feroz Rötho. No sólo saqueó y asoló extensas zonas costeras del Báltico, sino que «martirizaba y atormentaba a sus prisioneros con la mayor crueldad que puede imaginarse, tal que incluso escribirlo da vergüenza», escribe el honrado cronista que era Saxo Grammaticus y su descripción concuerda con su indignado acento, pues cuenta, por ejemplo, que Rötho a algunas de sus víctimas les amarraba un pie al suelo y otro a un árbol inclinado por la fuerza, con lo que, al soltarlo «las desgarraba en dos». El príncipe noruego Borchat acabó por fin con aquella joya del género humano, pero en el duelo final cayó él también.
Tenemos a la princesa goda Altilda, que se había enamorado del príncipe danés Alf, hijo del rey Sigaris y como su madre no quería oír hablar de aquel yerno, con sus damas y doncellas, capturó un barco y se lanzó a la piratería.
El príncipe Alf hizo lo mismo que su adorada, robando donde ella robaba y saqueando donde lo hacía ella, por supuesto, sin dejarse reconocer, hasta que Altilda retó a singular combate a aquel fastidioso competidor.
Y fue entonces, a punto de arrancar uno contra otro lanza en ristre, cuando el príncipe Alf se dio a conocer y ambos celebraron sus jubilosas bodas.
Su hijo Hilderando fue después rey de Dinamarca. Empezó a reinar a los quince años y se dice que vivió ciento cincuenta. Exclusivamente a base de hábiles negociaciones y prescindiendo de toda violencia, extendió su zona de soberanía hasta Inglaterra, a lo que añade significativamente Hans Leip: «Este incruento monarca prodigioso, como es natural, pasó a la historia sin pena ni gloria».
Tenemos por otra parte, a Jarl Rögnvald, que dirigió la proa de su dragón, buscando cielo azul, hacia el Mediterráneo y del que se cuenta que:
«Era una mañana y de pronto, levantó la niebla; los hombres se pusieron de pie, miraron en torno suyo y divisaron dos islas. Cuando las miraron por segunda vez, una de las islas había desaparecido. Se lo dijeron a Jarl, quien tomó la palabra: “No deben haber sido islas, deben haber sido barcos, como los que tiene la gente de esta parte del mundo y que se llaman dromones”.
»Y cuando llegaron hasta junto al dromón, su bordo se alzaba tanto que no eran capaces de alcanzarlo con sus armas. En cambio, los de arriba arrojaban sobre ellos azufre ardiendo y pez hirviente. Entonces dio orden Jarl Rögnvald a sus hombres de que echasen mano a las hachas y cortasen con ellas los costados del dromón.
Yelmo vikingo.
»Y cuando hubieron cortado un agujero tan grande que podían subir ya al dromón, se lanzaron al abordaje. Vieron que dentro del dromón estaba un hombre que era más grande y hermoso que los demás; los normandos estaban convencidos de que se trataba del capitán. Jarl Rögnvald les gritó que no dirigiesen sus armas contra él. Entonces se le acercaron escudados y lo rodearon, cogiéndolo prisionero. Mataron a todos los demás hombres, cosechando un gran botín, con muchas preciosidades. Cuando hubieron cumplido aquel pesado trabajo, se tendieron en el suelo y descansaron».
Está también la historia del duque Hasting, quien saqueó Algeciras, Marruecos y Mallorca y se adentró por el Ródano hasta llegar a Valence, tomando después Pisa y Fiesole, para aparecer por último, ante la ciudad de Luna, al sur de La Spezia, a la que tomó por Roma.
El decano Dudo de St. Quentin escribió después lo siguiente:
«Los principales de la ciudad de Luna, aterrorizados ante aquel ataque inopinado y de espantable apariencia, armaron rápidamente a los vecinos y Hasting se da cuenta de que no se puede tomar aquella ciudad a fuerza de armas. Entonces se le ocurre una argucia: envía un mensajero al burgrave y al obispo de la ciudad, que les explica lo siguiente:
«Hasting, duque de los daneses y todos los que con él han sido expulsados de Dinamarca por el destino, os ofrecen su saludo. No ignoráis que, vagabundos por el tormentoso mar, hemos llegado al Reino de los Francos. Después de esto, quisimos regresar a nuestra tierra natal. Pero entonces nos sopló un fuerte viento contrario y con grandes apuros, vímonos forzados a desembarcar en vuestra costa. Os pedimos que nos recibáis pacíficamente, para que compremos vituallas. Nuestro duque está enfermo, afligido por los dolores, desea recibir de Vos el bautismo y, si, por su debilidad corporal, falleciese antes de marchar, suplica de vuestra piedad y compasión un lugar de sepultura en vuestra ciudad».
»A ello le contestaron el obispo y el burgrave: «Concertaremos paz con vosotros y bautizaremos a vuestro duque para hacerlo cristiano. Os permitimos comprar lo que queráis».
«Entretanto preparó el obispo el baño lustral, bendijo el agua e hizo encender las velas. Hasting es traído, entra en el agua, recibe el bautismo y es devuelto al barco. Allí convocó a su gente y les expone su plan:
«La noche próxima comunicaréis al obispo y al burgrave que he muerto y le pediréis que permitan que me entierre en la ciudad. Como recompensa prometedles mi espada y fíbulas y todo lo que me pertenece».
Con grandes lamentaciones, apresuráronse los normandos a ver a los señores de la ciudad y de regreso, informaron del éxito alcanzado. Hasting, lleno de alegría, convoca a los jefes de sus diferentes barcos y les dice: «Hacedme ahora enseguida uñas angarillas, ponedme en ellas como si estuviese muerto, pero las armas junto a mí y vosotros formaréis el cortejo fúnebre en tomo mío. Los demás deberán prorrumpir en alaridos por las calles, en el campamento y en los barcos.
»Tras esta orden, el plan se pone en marcha. La quejumbrosa gritería de los normandos resuena a lo lejos, mientras el redoblar de las campanas de la ciudad, convoca a la gente a la iglesia. Llevado por cristianos y normandos, llega Hasting al convento donde le han preparado la tumba. Enseguida empieza el obispo solemnemente la celebración del oficio, mientras el pueblo escucha con devoción el canto del coro.
»De pronto salta Hasting de las andas, saca la refulgente espada de su vaina y abate con ella al obispo y al burgrave. Así se desencadena una cruel y espantosa matanza entre los inermes cristianos. De la iglesia salen los normandos a las calles, donde matan a todo aquel que quiere resistirse. También la gente de a bordo entra por las abiertas puertas y se incorpora a la vesánica c********a. El pueblo cristiano queda casi aniquilado. Las personas que sobreviven, cargadas de cadenas, son llevadas a los barcos».
No había costa que no fuese asolada por aquellos ataques. Ningún mar ni río podía sentirse a salvo de los «drakkars». París, Xanten y Worms fueron pasadas a saco, Aquisgrán, Maguncia y Lisboa, tomadas y quemadas, Nápoles, Palermo y Barí tomadas al asalto y ocupadas. Nantes, Londres y Metz, pudieron salvarse pagando un gran rescate, Dublín y Hamburgo fueron arrasadas, Bremen, devastada, Bonn y Colonia, incendiadas, Roma, tomada y saqueada, la poderosa Bizancio, sitiada y sometida a rescate.
Los caudillos de aquellos temerarios nautas e invencibles guerreros llevaban nombres que, por sí solos, bastaban para atribuirles cualquier cosa —que no fuera buena—: Harald Dienteazul, Erek el Rojo, Robert el Diablo, Ivar el Deshuesado, Gom el Furioso, Bjóm Costado de Hierro, Harald el Duro o Robert Cabeza Astuta, Olav Pata de Cuervo, Gunnlaug Lengua de Serpiente, Halvdan el n***o, Thord Cabeza de Caballo y Erek Hacha Ensangrentada. Su lema rezaba: «Confio en mi fuerza y en nada más».
Bandidos e ilustres señores
Los piratas de la Edad Media desde el año 1000 hasta 1550
»Yo no soporto esa manera lenta y calculadora, con que vosotros, astuta y sutilmente y también con malas mañas, amontonáis vuestras riquezas, de las que nadie más saca provecho, aunque con la buena vida que lleváis, aparecéis ante todos como personas serias y honradísimas. Esto me recuerda una imagen que vi representada en la pared de la iglesia de Merienhave: la zorra está en el púlpito y predica a la gente moralidad, obediencia y piedad.
»Yo en cambio, metí mano audazmente a las cosas, con rapidez y riesgo, mientras vosotros trabajáis mediante la especulación. El mundo elogia vuestro proceder, porque no es capaz de ver vuestras maquinaciones; y condena mi modo de tomar las cosas y sin embargo los dos asuntos no se diferencian en un pelo».
Esas fueron las palabras de despedida del famoso jefe pirata alemán Claus Störtebecker, el día 11 de Junio de 1402. Las pronunció en el Grasbrook, el lugar de las ejecuciones en Hamburgo.
A continuación cumplió con su cometido el verdugo «con capa y sombrero gris con una cinta roja y su muerte fue, según dicen, muy llorada por mujeres casadas y solteras».
Los libres paganos del Báltico
Todavía en nuestro tiempo son de admirar los restos del castillo de piratas del Cabo Arkona, en la isla de Rügen (Alemania). En tres de sus lados cae el promontorio perpendicular, altivo e inaccesible, hasta el mar, y en el otro lado, hacia tierra, una alta muralla defiende el castillo que, todavía hoy, ocho siglos después de conquistado, se levanta de nueve a trece metros de altura. En la peña más saliente se alzaba el templo del dios Swantewit, el «Blanquinegro», representado en una imagen de madera de nueve metros de alto.
Desde aquel nido y durante mucho tiempo, unos piratas eslavos efectuaban sus correrías marítimas a costa del creciente movimiento de los comerciantes alemanes, daneses y holandeses.
En otros tiempos, habían sido aquellos eslavos del Báltico sagaces socios mercantiles de los vikingos, habiendo participado con ellos en sus operaciones de gran envergadura, tendidas hasta Bizancio y Persia.
Pero después habían llegado unos alemanes menos tolerantes para con aquellas tribus extranjeras y establecido colonias comerciales en Lübeck, Viñeta, Danzig y Truso, expulsando a los esclavos fuera de los muros de esas ciudades hacia los arrabales. Aquellos alemanes eran hábiles y competentes, pero los esclavos eran demasiado orgullosos como para dejarse bautizar de buenas a primeras y convertirse en sirvientes de los nuevos señores en cuyas ciudades no se les trataba siquiera de igual a igual.
Y los comerciantes de antaño convirtiéronse en piratas.
Durante siglos enteros, los ranos, que así se llamaban y tenían bases en la isla de Rügen o en la costa cúrica (junto a la actual Lituania), fueron el azote de las vías comerciales que iban desde Lübeck, Copenhague y Hamburgo hacia Danzig, Riga e incluso Nóvgorod. Bien protegidos por los pantanos, y bosques y su inexpugnable castillo de Arkona, se conservaron hasta bien avanzada la Edad Media como el último bastión pagano en Europa, sobreviviente a la imposición de los cristianos.
Cuando por último, en 1168, aparecieron los daneses ante Arkona con su flota y un ejército, ofrecieron a los piratas unas condiciones tan ventajosas que los hoscos guerreros escandinavos, obsesos por la idea del botín, refunfuñaron decepcionados. Los hombres de Arkona no tenían que hacer otra cosa que entregar sus cautivos cristianos, bautizarse y deshacerse de su dios Swantewit; hasta se les dispensó de su entrega a la Iglesia.
A la vista de la superioridad enemiga, los ranos se dejaron convencer y se rindieron. Según el relato del historiador danés Saxo Grammaticus «al día siguiente, dos daneses distinguidos, Esbemus y Suno, recibieron del rey la orden de derribar el ídolo. Echaron abajo las cortinas que ocultaban el interior del santuario y dieron orden a sus mesnaderos de hacer trabajar las hachas, pero con cuidado, para que no les fuera a golpear el tremendo peso de aquella mole al caer, dando la impresión de una venganza del dios. Toda la gente del castillo rodeaba el templo, en espera de que Swantewit castigase de un modo terrible el sacrílego atentado. Pero la estatua, cortada por la parte de abajo de las espinillas, cayó contra la pared más próxima. Para sacarla de allí, ordenó Suno derribar aquella pared. Con gran estrépito cayó al suelo el gigante de madera. El mal espíritu escapó de su interior en figura de un animal oscuro, esfumándose rápidamente a los ojos de los circunstantes. Cuando entonces, se les encargó a los castellanos que rodeasen a la estatua de madera con sogas y la sacasen de allí, negáronse a hacerlo, por el temor de su antigua creencia. Hubo que encargar de aquel trabajo a prisioneros y forasteros que ejercían actividades en el castillo. La imagen fue arrastrada hasta el campamento, donde la admiraron los soldados que acudían a verla. Al atardecer se pusieron los cocineros a la tarea de cortar el derribado ídolo en leños menudos, como los que necesitaban para sus fogones».
De pirata a príncipe de Bizancio
La fama tiene sus peculiaridades. Para cualquier escolar alemán, Claus Störtebecker es todo un personaje, mientras que el pirata más importante y de mayor éxito, de origen alemán ha sido incluso víctima del olvido de los historiadores.
Su padre se había apellidado Blum y fue halconero de Federico II, el gran emperador de la casa de Staufen. Blum el halconero había cruzado incluso los Alpes hacia el Sur, con el rey Conradino y caído en la batalla entablada contra Carlos de Anjou, aquel asesino impuesto por el Papa.
Roger de Flor. Pirata y guerrero ilustre y terrible. De ascendencia alemana, catalán internacional, al mando de sus tremendos almogàvers y enarbolando las cuatro barras de Aragón, llegó a ser corregente del Imperio Bizantino y el último campeón cristiano capaz de poner decisivo coto al fatal avance de los turcos.
Su hijo Rüdiger, que haría catalán su nombre para llamarse Roger de Flor, creció en la pobreza, vagabundeando por el puerto de Palermo. A los diez años era ya grumete en un barco mercante de los caballeros templarios, a los quince, marinero y a los veinte, caballero de la orden.
En 1291, siendo capitán de la galera Falcone (Halcón), estuvo presente en aguas de Palestina cuando los mamelucos tomaron al asalto San Juan de Acre, el último reducto cristiano en aquella tierra.
Su misión consistió en salvar la población civil y evacuarla, llevándola hasta Marsella. Tal vez fue casualidad, tal vez no lo fue, el que se salvasen en su barco sobre todo damas de la mejor sociedad, junto con sus cosas de valor. El elegante Roger de Flor habría bautizado mejor a su galera Gazza (urraca), pues era incapaz de resistir el brillo del oro y las piedras preciosas. Cuando hubo desembarcado en Marsella a las damas, sanas y salvas, no soltó ninguna de las piezas valiosas que iban en arcones de hierro y desapareció con rumbo a Génova, donde había ya a la sazón un buen mercado para ese tipo de valores.
Rebautizó a su galera con el nombre de Olivetta y se reunió con unos cuantos hispanos de su mismo modo de ser, como Femando Ximenes, Berenguer de Entenga y Berenguer de Rocafort. Aquellos señores apaciguaron de momento su conciencia de cristianos atacando en un principio únicamente las naves sarracenas, pero pronto cayó también su pequeña flota sobre ciertas ciudades costeras cristianas que, según su propio criterio, habían declarado ellos como «enemigas».
El 30 de Marzo de 1282 los sicilianos se habían sublevado contra el regicida Carlos de Anjou, expulsando a los franceses tras las famosas «vísperas sicilianas» —así llamadas por haberse iniciado el alzamiento en la tarde del Lunes de Pascua—, primero de Palermo y después, de toda Sicilia. Pedro III, rey de Aragón y yerno del rey Manfredo de Hohenstaufen, había desembarcado en la isla con un ejército, incorporando Sicilia a su reino —en el siglo XV cayó también en poder de Aragón toda Italia meridional hasta la raya de los Estados Pontificios.
Federico III, su sucesor, supo atraerse entonces a Sicilia a aquel Roger de Flor de tan dudosa reputación como comprobada audacia, y competencia, lo hizo almirante y consejero de la corona y lo puso a «trabajar» contra los franceses y sus aliados.
Infatigable y a prueba de todo quebranto, batióse el de Flor bajo las barras de Aragón en los 20 años siguientes contra los barcos franceses, genoveses, moros y sarracenos, sin olvidar de vez en cuando a las naves pontificias, haciendo aparición en el islámico sur de España, Nápoles, Pisa.