El fin de la Paz Romana
La descripción de este asalto de piratas procede de las «Etiópicas», del escritor griego Heliodoro de Emesa la del Orontes y data de hacia el año 250 d. de JC.
La «Pax Marítima Romana» estaba en sus últimos estertores.
Mientras en Roma se luchaba a base de la maña, el soborno, el veneno y la daga por la corona de laurel del Imperio Romano y los legionarios imponían a base de violencia y b********d a sus cabecillas en el trono del poder omnímodo, para llenarse a su vez la bolsa como pretorianos —en general por poco tiempo— hasta que sobrevenía el asesinato de su emperador, unas tribus bárbaras irrumpían por las, hasta entonces, bien custodiadas fronteras del Imperio y se hacían a la mar en un sinnúmero de naves, no para dedicarse al pacífico comerciar, sino a la matanza, al robo y al pillaje.
Los primeros en practicar de nuevo la piratería en grande en el ex Mare Nostrum, fueron los vándalos, una e***a germánica que había sido expulsada de su patria (situada al suroeste de la actual Polonia) por la arremetida de los hunos. Empujados de provincia a provincia, hicieron su último acto de «presencia terrestre» en España, donde aprendieron a hacer barcos, convirtiéndose enseguida bajo su rey Geiserico en unos temidísimos piratas.
«Cayeron de improviso sobre Cartago», escribe el polígrafo alemán Hans Leip en su «Cuaderno de bitácora de Satanás», «se afincaron allí sólidamente y se sintieron enseguida “como en casa” en aquella costa privilegiada, al tiempo que la tentación de seguir utilizando sus barcos, convirtió en peligrosos piratas a los más audaces entre ellos. Remar y navegar a vela, arando las olas y llegando en sus ataques hasta nuevas orillas situadas al otro lado del redondo horizonte, en un clima que resultaba paradisíaco comparado con sus regiones de origen, tiene que haber constituido un placer sin límites para aquellas ratas de tierra adentro de otros tiempos. Cuando no se les entregaba de buen grado, lo incendiaban todo y si se les oponía resistencia, lo destruían todo, como niños grandes en un jardín ajeno. En dos ocasiones derrotaron flotas romanas encargadas de ponerles coto».
En el año 455 se lanzaron a atacar a Roma y saquearon la Ciudad Eterna, como lo habían hecho antes que ellos los visigodos y después de ellos, los ostrogodos, bizantinos, sarracenos, normandos y los lansquenetes alemanes de Carlos V. Hacían sus saqueos a conciencia, pero nunca destruían las obras de arte. El que se utilice precisamente su nombre para el término de «vandalismo» es una de tantas injusticias, pues otros han hecho más méritos en la historia para merecer ese padrinazgo terminológico.
«Sus últimos fanáticos del mar» escribe Hans Leip concluyendo su capítulo sobre los vándalos, «fueron liquidados finalmente por una nueva marina, la de Bizancio, cuyas tropas de tierra, en el eterno círculo vicioso de la violencia armada, hicieron con el estado de los vándalos lo mismo que éstos habían hecho con el de los cartagineses».
Alah i Alah
La opinión general no suele ver en las tribus árabes otra cosa que consumados jinetes de camellos o caballos en forma de habitantes del desierto, olvidando con harta facilidad que desde tiempo inmemorial fueron también marinos consumados.
Los árabes fueron un pueblo de comerciantes de audaces planes que pensaban y tramaban en grande siempre que había algo que comprar o vender y no se les veía únicamente por el Mediterráneo, sino que llegaron al Mar del Norte y al Báltico; por el sur, hasta el corazón de África y por el este, hasta la India y China.
Desde que, en la primera mitad del siglo VII, Mahoma el Profeta, en parte a base de convencimiento y en parte por la fuerza, impusiera el Islam, una doctrina amasada por él a base de fragmentos cristianos y judíos, a las inestables tribus árabes, obligando a sus seguidores a emprender la yihad o «guerra santa» contra los infieles, retumbaba un oleaje musulmán casi incontenible en más de medio Mediterráneo.
La verde bandera con la media luna de plata ondeó enseguida en toda Arabia, Palestina, Siria, Egipto y el norte de África.
Entre los años 674 y 678 aquella ola islámica sacudió por vez primera las murallas de Bizancio. La flota de Muaviya, que durante cuatro años seguidos asediara la ciudad en los meses del verano, pudo ser derrotada todavía, precisamente por medio del «fuego griego», la mejor arma de que dispuso la Roma de Oriente y que empleó a fondo contra los árabes, ya fuese desde sus barbacanas o desde los navíos de la cruz griega.
El fuego griego, invento del sirio Calínico, constituía un riguroso secreto de estado, que en realidad nunca fue vendido. Su composición exacta se perdió con la caída —ocho siglos después— de Constantinopla, y sólo ha llegado a nosotros la idea de su funcionamiento aproximado: se llenaba un tubo con una mezcla de nafta, azufre y salitre (era una composición endiablada, que ardía incluso en el agua), se le prendía fuego, que se atizaba desde atrás con un fuelle y lanzaba contra el enemigo de un modo no muy diferente al de un lanzallamas moderno.
El año 711, una flota mora a las órdenes del caudillo musulmán Tarik, desembarcó junto a Yegel-al-Tarik, la actual Gibraltar, en tierra europea. Los árabes se lanzaron a la conquista de nuestro pequeño continente y aunque Carlos Martell les puso coto en Tours y Poitiers, salvando definitivamente a Francia, casi toda España quedó por siglos en manos del Islam.
Barca ricamente aderezada de un bey pirata tunecino.
En el año 827 aparecieron los navíos de los sarracenos ante Sicilia, pusieron en fuga a los bizantinos y establecieron ya en el año 841 un sultanato en Bari.
Estas grandes acciones fueron acompañadas de incontables acciones menores, producidas casi en su totalidad por el incesante ejercicio de los piratas moros y sarracenos.
Fuego griego.
El arma más eficaz de los bizantinos contra los piratas árabes.
«Las Baleares fueron saqueadas por los moros y sarracenos», registraban los anales del Imperio Carolingio, cuyo manuscrito más antiguo ha sido hallado en el monasterio de Lorsch, Hesse; en los años 798 y 799 especifica el mismo:
«Las Baleares, que habían sido saqueadas por los moros y sarracenos el año precedente, se nos sometieron después de haber pedido y recibido ayuda de los nuestros y fueron protegidas por los nuestros, con la ayuda de Dios, contra el asalto de los piratas del mar. En la batalla se ganaron también enseñas de los moros, que se le entregaron al Rey».
Aquel rey era Carlomagno, quien sabía demasiado bien que el ataque constituye de hecho la mejor defensa y que, si se quería tener tranquilidad en la costa europea, había que atacar la peste sarracena de raíz.
«El conde Bonifacio, al que se había confiado la defensa de la isla de Córcega, con su hermano Berehar y algunos condes toscanos, rodeó con una pequeña flota las islas de Córcega y Cerdeña y, en vista de no haber topado con piratas en ninguna parte, se dirigió al África, donde desembarcó entre Utica y Cartago».
Este registro, del año 828, revela una asombrosa agudeza de miras de parte del conde Bonifacio, en lo que toca al punto donde había que aplicar la palanca, porque, lo que para el ilustrado cronista no eran a todas luces sino unos nombres de ciudades antiguas, para el conde significaba el germen de un nido pirateril, entonces en sus comienzos. Sin duda Bonifacio preveía demasiado bien sus posibilidades como tremendo peligro potencial. Túnez fue, hasta el siglo pasado, uno de los baluartes más perniciosos de la piratería del Mediterráneo.
Si hubiese vivido todavía Carlomagno, es posible que el sagaz Bonifacio hubiera podido tomar medidas decisivas y poner allí un cerrojo a ulteriores organizaciones de corso. Pero su empresa careció de apoyo y ya en el año 846 el obispo Prudencio de Troyes tenía que advertir, aterrorizado, en su crónica:
«En el mes de agosto llegaron los sarracenos y los moros por el Tiber hasta Roma, devastaron la iglesia de San Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, y se llevaron, junto con el altar que había sobre la tumba de Pedro, todos sus ornamentos y el tesoro. Después de esto, ocuparon un castillo muy fortificado a cien millas de la ciudad. Algunos de los duques de Lotario atacaron a los moros sin bastante preparación y fueron aniquilados; en cambio, parte del enemigo, cuando entró en la iglesia del santo apóstol Pedro, fue totalmente arrollada y aplastada por la gente del país. Cuando los sarracenos, con sus barcos en los que habían cargado los tesoros robados, tomaron el camino de regreso, se levantó de repente un torbellino furioso que hizo chocar entre sí a los barcos, que se hundieron. Algunos objetos del tesoro fueron hallados en las bolsas de los c*******s que arrojó el mar a tierra y llevados de nuevo a la tumba del santo apóstol».
Y Gregorovio escribió:
«La devoción de Occidente no conocía ningún sitio más venerable que este relicario del culto cristiano que no habían tocado ni los godos, ni los vándalos, ni los griegos ni los longobardos y ahora se convirtió en la presa de una banda de ladrones Africanos».
Aunque a los piratas sarracenos no se les había hecho precisamente muy fácil el camino de regreso con su botín, tienen que haber llegado bastantes de ellos a sus nidos piratescos del Norte de África, porque con aquel saqueo de Roma se inició con toda la furia imaginable por el Mediterráneo lo que Ludwig Bühnau denomina «el Milenio de los Sarracenos».
Hasta casi en la mitad del siglo pasado, los buques piratas árabes que navegaban bajo la verde enseña del profeta constituyeron una causa de temor permanente para todos los europeos que querían o tenían que navegar por las «aguas más inseguras del mundo» o bien habitaban en sus costas. Moros, sarracenos, cartagineses, libios, berberiscos —las denominaciones de las crónicas cambian, la realidad era una sola. No hubo una nación, ni los bizantinos, ni los italianos, ni los españoles, franceses, holandeses, ingleses y griegos y últimamente, incluso los americanos o los rusos, que no hubiese luchado, dé un modo más o menos inútil, contra los piratas norteafricanos, antes de que a esas naciones, al cabo de un milenio —y únicamente a todas ellas unidas— les fuera posible poner fin a aquella pesadilla.
Hemos de hablar todavía de la gran época dorada de los piratas árabes en el siglo XVI a las órdenes de hombres como Azor Jairedín y Alí el-Uluyi, pero aún así, nos ocuparía demasiado el tratar de enumerar siquiera los asaltos y correrías principales llevados a cabo por los piratas islámicos en todo el Mediterráneo.
Puñal árabe adornado con sentencias del Corán.
Como representación de lo que ocurrió a innumerables ciudades, islas y zonas costeras completas, podemos mencionar la suerte que le tocó a la ciudad de Side, allá por el año 1200.
Seguiremos extractada, la descripción que nos da Hans Jörg Kirnegg de los acontecimientos en su libro sobre la caída de esta ciudad:
Side, situada en la costa de Cilicia, al sur de la península de Anatolia, había llegado a ser rica y poderosa en la antigüedad precisamente gracias a la piratería y al mercado de esclavos, era «una ciudad que amaban y engalanaban los más poderosos señores del enorme Imperio Romano. Sólo el teatro daba cabida a 15.000 personas».
En el año 1200 d. de JC. quedaba poco de aquel esplendor. Vivían todavía en Side y sus alrededores unos cientos de personas, los demás habían huido, después de soportar casi cada año ataques por sorpresa de los piratas árabes. Bizancio, a cuyo imperio pertenecía «todavía» la ciudad —al otro lado del río Melas, empezaba ya inmediatamente el sultanato selchuco de Iconio—, ni mostraba capacidad ni voluntad de ayudarlos, antes al contrario, los emperadores bizantinos «vendían», a cambio de una participación en el botín de los piratas norteafricanos, ciudades que sabían que, de todas maneras, no tardarían en caer en manos de los selchucos.
«Entretanto habían llegado los tres barcos. Uno estaba delante de la “Nariz”, una península situada al oeste de Side, otro bloqueaba el puerto y otro ancló un poco más al este. Cuando los piratas se dieron cuenta de que no era de esperar que saliese ningún barco del puerto, desembarcaron con lanchas su gente en la península».
»Entonces se oyó un golpeteo en la misma puerta de la ciudad: gente aterrorizada y temblorosa que pedía protección y acceso. Eran campesinos de los alrededores. Habían tenido el tiempo preciso para escapar hacia la ciudad. Lo que narraban era ya desastroso con ganas: los árabes habían reunido todas las cosas vivas que hallaron: personas, caballos, reses. Las míseras chozas fueron registradas en busca de cosas de valor y comestibles. Al parecer, el camino que llevaba a Atalia estaba cortado ya y tampoco era ya seguro el que conducía a las montañas.
»Las columnas de humo que se levantaban por todas partes atestiguaban la gran verdad de lo que decían aquellas pobres gentes. Desde la “Nariz” se deslizaban incesantemente las lanchas hacia los barcos, cargadas ahora con el botín logrado: cabezas de ganado, ovejas y quejumbrosas mujeres y niños.
»Cuando el sol se inclinaba ya hacia la tarde, llegó al galope un jinete solo a través de la blanca arena, saltó entre las ruinas de los barrios bajos de la villa y se detuvo ante la puerta de ésta.
Era un árabe, con amplios calzones blancos, botas rojas, tendida una blanca capa sobre la cota de malla y ceñido con ancha faja. Había enroscado el blanco turbante en torno a su yelmo y un extremo le caía despreocupadamente sobre el hombro.
»“¡Abrid la puerta! El mensajero del poderoso bey de Trípoli pide entrada”. —“No dejaremos entrar a nadie que no conozcamos”—. Al libio pareció divertirle aquello. “Vaya, ¿no conoces tú al bey de Trípoli? Eso está muy mal. Entonces debo hablar tal vez con tu señor, que de seguro ha de conocerlo”.
»El señor Juan Lekapenos apareció delante del libio. “Yo soy quien deseas ver. ¿Qué puedo hacer por ti?”. El otro se inclinó ligeramente y dijo: “A Ibrahim el-Káser, grande y piadoso bey de Trípoli, le ha prometido Alah Todopoderoso el oro, plata y brocado de esta ciudad. El gran bey ha venido a hacerse cargo de su herencia”. —“Te equivocas”, le contestó Juan Lekapenos, “somos pobres. El bey no hallará ningún tesoro entre nosotros. Los selchucos nos han robado ya las cosechas y el ganado, nuestra ciudad está arruinada y apenas tenemos lo imprescindible para vivir”. — “Te advierto, cristiano, que es pecado dudar de las palabras del Todopoderoso. Dadnos lo prometido por El y abrid vuestra puerta al bey”. — “Nada nos queda ya”, díjole bajando la voz Juan Lekapenos, “nada podemos pagarle al bey”. — “Entonces pagaréis con vosotros y con vuestros hijos”, dijo riendo el libio, “mañana estará el bey ante vuestros muros. Pensad hasta entonces lo que vais a hacer”. Así dijo, dio vuelta a su caballo y se alejó al galope».
En la noche intentó la mayor parte de la población escapar hacia los selchucos a través del río Melas. Un joven labrador había explorado el camino. «Durante un momento volvió a haber vida en la ciudad. Era un revuelo de voces veladas y atropelladas, despedidas apresuradas, carreras presurosas. Muchas más de cien eran las personas que se iban: mujeres, niños, jóvenes, muchachas. Sólo los viejos y unos pocos fieles hasta el fin habían quedado en la ciudad.
»Juan Lekapenos, de pie en lo alto de la muralla, los veía alejarse. A pesar de la oscuridad, era fácil de seguir su procesión sobre la blanca arena. Parecía que iban a llegar a su objetivo, apenas les faltaba ya un tiro de piedra para llegar al río. Entonces acudieron de pronto sombras como exhalaciones de todas partes y rodearon a los que huían. Gritos, alaridos, llantos, restallidos de látigos, maldiciones; sobre el borde de las dunas se desplazó una oscura masa de figuras que fue empujada hacia el mar y dividida allí en cuatro grupos. Entonces cuatro lanchas se alejaron una tras otra de la orilla, acercándose ligeras y rápidas a la primera de las naves libias. Los quejumbrosos gritos se perdieron en la noche. Después quedó el silencio. Un silencio de muerte. Side, enriquecida más de 1000 años antes gracias al comercio de esclavos, pagaba ahora su vieja deuda. Y la pagaba con réditos».
No quedaban más que 27 personas en la ciudad. Intentarían en un principio causarle algún daño al enemigo junto a la puerta de la ciudad, para retirarse después a la iglesia de San Nicolás, de fácil defensa.
Una ciudad agonizante aguardaba al verdugo.
Hacia el mediodía, llegaron. Se acercaban sin apresurarse a través de las ruinas de los barrios bajos. Eran fácilmente 150 árabes, muy armados, con arcos y espadas. Su aspecto era casi elegante, con sus pequeñas rodelas de cuero, los blancos mantos y los turbantes, blancos también, ceñidos en torno a los refulgentes yelmos en punta. Caracoleaban ya, juguetones y seguros, con sus caballos a pesar de que, apenas el día anterior, los habían capturado en las inmediaciones —como a aquellos cien campesinos más o menos que llevaban delante de sí, relegados a una miserable misión. Aquellos pobres diablos, bajo una incesante lluvia de latigazos, tenían que remolcar el ariete y los pesados artefactos de sitio.
Gran barco árabe de hacia el año 1200.
»A 100 pasos de la puerta de la ciudad hicieron alto. Fue dispuesto el ariete y enviados con él por delante los labriegos como avanzada. Tras ellos seguían los infantes del arma blanca, rodeados siempre por los ballesteros, en medio el bey, cuyas purpúreas y relucientes vestiduras señalaban inconfundiblemente el centro de gravedad del avance. En esto alzó la mano el bey y el heraldo se adelantó y proclamó ante la puerta de la ciudad: “Ibrahim el-Káser, bey de Trípoli, poderoso y temeroso de Dios, os ordena: ¡Abrid la puerta!”. En la ciudad y en las murallas reinó el más absoluto silencio. El heraldo esperó. Entonces volvió a gritar: “Por orden del grande y temeroso de Dios bey de Trípoli: ¡Abrid la puerta!”. Pero tampoco se movió nadie esta vez. El bey hizo una señal y el heraldo exigió de nuevo: “¡Abrid, por orden del bey, abrid!”. Entonces el bey desenvainó la espada, restallaron latigazos sobre los campesinos y el ariete golpeó la puerta con golpes retumbantes.
»Una y otra vez se estremeció la puerta bajo los tremendos golpes. Y los resistió —pero no así la muralla, que empezó a desbaratarse en su empotrado, mientras vacilaban los gruesos sillares—. “¡Vámonos, vayamos a la iglesia!”, gritó Juan Lekapenos. “¡Vamos! ¡De prisa!”. Todos se apresuraron desde sus escondrijos, desde los nichos y las almenas y, corriendo entre ruinas, se dirigieron a la iglesia de San Nicolás, situada al otro lado, sobre el cabo.
«La única que no lo hizo fue María Lekapena. Se quedó, parada sobre la galería más alta de la grandiosa y semiderruida estructura del teatro de la época romana, situado a sólo unos pasos de la puerta de entrada. Cuando vio que los demás huían, echó mano a un arco y colocó en él una flecha. Volvió a retumbar el ariete contra la puerta. Se desprendieron los primeros sillares. Los travesaños se vinieron abajo y con las tres arremetidas siguientes, las gigantescas hojas de la puerta saliéronse de sus goznes y cayeron hacia adentro saltando con estrépito.
«La entrada a la ciudad quedaba libre. A latigazo limpio fueron introducidos los campesinos por la puerta para desembarazar el camino de los conquistadores. Y éstos irrumpieron soberbios, delante los arqueros, seguidos por el bulto de los infantes de arma blanca, en cuyo medio, rodeado de su guardia de corps a caballo, descollaba el bey, reluciente al sol su purpúreo turbante. Oyóse entonces el silbido de una flecha. Con una maldición, el bey se echó hacia atrás a la vez que miraba hacia arriba. Durante un momento, vio la esbelta figura de una muchacha que huía por las arcadas. El bey rió con risa resonante y amenazadora. Estaba ileso, la flecha le había rebotado del yelmo. “Una mujer”, exclamó. “¿Una leona? ¡Estupendo! ¡Es para mí! ¡La quiero viva! ¿Entendéis? ¡El que le toque siquiera un pelo, es hombre muerto!”.
«Como veinte hombres irrumpieron en el teatro para cazar a la dama del arco. La vieron en medio del escenario: allí estaba, en pie, María Lekapena, esbelta y hermosa, vestida de un blanco deslumbrante y lanzándoles como saetas invisibles, cadenciosas y hondas sentencias de la Grecia inmortal:
“La soberbia siembra violencia.
Cuando, estúpido, el déspota
embriagado sin medida,
escala osado la cumbre,
montado en hechos indecentes o insensatos,
cae de pronto en la inexorable perdición”.
»Los libos se detuvieron un momento, absortos y como hechizados ante tanta belleza y tanto valor. Después se lanzaron a cobrar la maravillosa presa. La joven se desplomó lentamente sobre el escenario. Cuando los apresurados esbirros se inclinaron sobre ella, les sonrió el rostro de una agonizante.
María Lekapena había preferido la muerte al ultraje. Su mano derecha se aferraba todavía a una pequeña daga ensangrentada.
Fuera del teatro, las hordas saqueaban la ciudad. Lo que les parecía de valor, lo arrancaban de las casas, amontonándolo delante del coliseo; después prendieron fuego a las casas. El bey aguardaba, rodeado de su guardia personal.
«Entonces llegó corriendo uno de sus sicarios y postrándose de rodillas, le refirió lo que había ocurrido en el teatro. El bey cruzó los brazos sobre el pecho y miró hacia el mar con rostro impasible, mientras decía: “Esto es grande, esto es sublime. Esa mujer merece que Ibrahim el-Káser se incline delante de ella”. A continuación se apeó del caballo, entró en el teatro y contempló un largo rato a la muerta. Por último, dijo: “Ibrahim el-Káser se inclina lleno de respeto ante su enemiga. Su grandeza le servirá de ejemplo”. Vuelto a los circunstantes, prosiguió. “Enterraremos a esta mujer como a una princesa. Su tumba se le preparará en este mismo sitio y esta soberbia construcción será su sepulcro, el más espléndido que puede ofrecer esta tierra”. Y volviéndose, preguntó: “¿Dónde están esos gusanos que se han escondido de nosotros?” — “Señor, se han encerrado en la iglesia”. — “¿Encerrado? Entonces los sacaremos de allí. ¿Dónde está el ariete? ¿Dónde están los esclavos?”.
Guarda de arco y aljaba árabe.
»Salió de allí apresurado, saltó sobre el caballo y llevó su gente hasta la iglesia de San Nicolás.
»Pero las cosas no le salieron allí tan rápidas como se las había imaginado. Una y otra vez crujió el ariete contra la puerta. Pero ésta, pequeña, de hierro macizo, no se conmovió.
»“¡Los abrasaremos entonces!”. Sus oficiales prorrumpieron en aprobadoras carcajadas en tomo suyo y enseguida hubieron de acarrear los campesinos leña y ramas secas, que amontonaron en torno a la iglesia». “¡Prendedle fuego!” ordenó el bey. La seca hojarasca prendió enseguida y pronto ascendieron las llamas hasta las ventanas.
»Entonces ocurrió algo impresionante.
»Los encerrados empezaron a cantar “Señor, voy hacia Ti”. Primero cantaban vacilantes, pero sus voces cobraron fuerza. Estaban decididos. No querían ser esclavos. La iglesia entera estaba ya rodeada por el fuego, que prendió en el techo. Volaron chispas por el aire.
»El canto, claro y triunfante, se mezcló con el creciente crepitar de las llamas, haciéndose cada vez más resonante y animoso, hasta que de pronto se hundió el techo, y el canto enmudeció.
»Crepitante, el fuego se alzó a lo alto y una viva lluvia de chispas cayó en remolinos de humo hasta llegar al mar».
Los dragones del mar de las nieblas
Los piratas nórdicos hasta el siglo XI
Al mediodía del 8 de junio del año 793 asomaron en la curva del horizonte, entre el cielo y el mar, unos barcos con grandes velas transversas y amenazadoras cabezas de dragón en la punta de la roda.
Rápidos se acercaron a la isla de Lindisfarne, situada ante la costa inglesa y famosa por su monasterio. La abadía de Lindisfarne había sido fundada por San Aidano y desde ella se había extendido el cristianismo por amplias zonas de Inglaterra.
La cosecha de la primavera de ese año ha sido buena y los monjes se disponen a acarrear a las trojes el heno seco para el invierno.
Aquellas velas que se acercan no intranquilizan a los píos varones. Tal vez los navegantes extranjeros necesiten su ayuda, posiblemente agua y provisiones. También es posible que hubiesen encontrado una tormenta y necesitasen algún descanso en una rada acogedora.
Impelidos por sus velas, de listado lienzo y por los restallantes remos, los dragones del mar parecían volar sobre las espumeantes olas.
Los hermanos del monasterio continúan recogiendo su heno.
Las quillas de los desconocidos navíos arañan apenas la arena y de pronto, se desencadenan furias infernales sobre los estupefactos monjes:
Entre feroces alaridos, unos hombres de complexión atlética, vestidos de ajustados pantalones y rechinantes cotas de malla, saltan blandiendo hachas y espadas y se abaten sobre aquella gente indefensa, «mataron, se llevaron consigo a algunos encadenados, expulsaron a muchos de allí, despojados de sus ropas, tras abrumarlos con hirientes burlas y a más de uno lo ahogaron en el mar. Es más, incluso mataron o raptaron a algunos criados del convento y a sus mujeres». Así lo relata un cronista de la época.
Los desconocidos guerreros roban todo lo que no está trabado a cal y canto, entran a saco al tesoro de la iglesia, tumban altares, pisotean las arcas y relicarios, destruyen la biblioteca, despedazan el ganado que pasta en los prados, vacían las bodegas y despensas y por último, convierten los edificios todos en humeantes antorchas.
Con un botín enorme y algunos cientos de esclavos, regresan a sus veloces «dragones», para desaparecer en la inmensidad del mar, antes de que el sol se ponga en aquella larguísima tarde.
Dejan tras sí una isla vacía de gente, con ruinas echando humo junto a una playa empapada en sangre.
Entre los glaciares y el mar
«¡Vienen los vikingos!».
Durante siglos enteros era éste un grito de espanto que paralizaba regiones enteras en Europa. La Iglesia misma conjuraba el terror de su llegada en oraciones y letanías.
Las más antiguas representaciones conocidas de naves vikingas,
grabadas en la roca. Se las denomina hällristingar.
Se considera a Lindisfarne como el primer caso de un asalto de los «vikingos», pero esto sólo es cierto en parte. Lo es en el sentido de que en aquella ocasión se usó por vez primera la denominación «vikingos» (hombres del «vik»= bahía, fiordo) para designar a aquellas bandas de navegantes saqueadores provenientes de los mares nórdicos. Lo que no es cierto es que Lindisfarne fuese en manera alguna el primer asalto que efectuaban semejantes piratas escandinavos.
La explosión demográfica (o estrechez de lugar) no constituye un problema exclusivo de nuestro siglo. En el primer milenio después de Cristo, por ejemplo, rebosaba de tal modo en población su nativa Escandinavia que las pobres praderas y escasas tierras de cultivo mal podían alimentar aquella masa de gente. Y se produjeron encarnizadas luchas por cada metro cuadrado de tierra feraz. El intento de los más fuertes por extenderse a costa de los más débiles, reforzó la coherencia de las comunidades puestas a la defensiva, la «vendetta» se convirtió en un deber primordial y durante generaciones se heredaron luchas, matanzas, asesinatos e incendios entre tribu y tribu. Pero ni siquiera aquella sangría permanente bastó un día para controlar el problema del aumento de población.
La barca de Hjortspring, todo un prodigio de línea.
Comprimidos entre los glaciares y el mar, les quedaba tan sólo una dirección de expansión —a través del mar, rumbo a alejadas costas.
Desde sus más remotos comienzos poseían aquellos germanos septentrionales algo así como una identificación con el mar. Claro está que los que vivían en una tierra como Noruega, desgarrada por los fiordos, o Suecia, recortada por lagos o en una angosta península pantanosa y rodeada de islas, como Dinamarca, donde el agua constituye la única vía de comunicación, quisieran o no, tenían que subyugar a ese elemento.
Las representaciones de barcos grabadas en la roca, los denominados «hällristingar», descubiertos en tan gran número en Escandinavia, tienen con toda certeza cuatro, e incluso tal vez cinco milenios de edad y no constituyen en manera alguna pacíficas naves utilitarias, como nos demuestra además el descubrimiento de la lancha de Hjortspring, que tuvo lugar en Alsen en 1922. La barca de Hjortspring data aproximadamente del siglo IV a. de JC. y con sus 15,35 m de eslora, 2,07 m de manga, 0,32 m de calado y altura de borda de 0,78 m, estaba destinada a 25 tripulantes, junto con sus armas y provisiones. Estrecha, rápida, incapaz de transportar cargas grandes, dotada de una especie de patines de trineo a proa y a popa, para poder sacarla fácilmente a tierra, su utilización está clarísima —se trataba de una embarcación de guerra, de una barca pirata. Poco podrá extrañamos que nos traiga irresistible, el recuerdo de aquellas sangrientas luchas entre aldea y aldea, por tierra y mar, que trascienden las sagas milenarias de los nórdicos.