Demetrio Poliorcete
Corría el año 323 antes de Jesucristo.
Espesas nubes de incienso de un intenso embriagador ascendían arremolinándose desde los numerosos pebeteros del templo. Por las calles de Babilonia, la nueva capital del gran imperio greco-persa, se dejaban oír estridentes los chillidos de las plañideras.
Alejandro Magno había muerto. A los sólo 33 años de edad, se lo había llevado la fiebre.
Y empezó al punto la lucha por su sucesión. Alexandors, hijo suyo, menor de edad, fue echado a un lado y asesinado posteriormente junto con su madre Roxana. En la provincia nordoriental de Báctriana se produjo una sublevación de los mercenarios. Harpalo, el tesorero real de Alejandro, escapó junto con las arcas del tesoro para establecerse en Atenas y los generales principales se distribuyeron como diádocos (sucesores) el imperio semiecuménico: Antípatro se adjudicó Grecia y Macedonia; Tolomeo Egipto; Antígono, la Frigia y Panfilia; Seleuco, Persia; Eumenes, Media y Lisímaco la Tracia.
¿Pero cómo vamos a suponer que ninguno de aquellos insignes advenedizos iba a contentarse con su lote, tras haber escalado tan aprisa las cumbres del poder?
Demetrio Poliorcete. Como pirata encabezó
una lucha desesperada para impedir la
desintegración del imperio de Alejandro Magno.
Durante cuarenta años se desataron en torno al Mediterráneo oriental las luchas de cada uno contra los demás. Eumenes no le soltó a Antígono la Capadocia; Perdicas pereció durante una revuelta de sus tropas al atacar a Tolomeo; Seleuco echó mano a Babilonia, Tolomeo a Siria y Grecia; Lisímaco intentó conquistar Macedonia y el Asia Menor con la ayuda de diferentes alianzas, para terminar pereciendo en lucha contra Seleuco, quien a su vez fue asesinado por el conquistador definitivo de Macedonia, Tolomeo Cerauno, hijo de Tolomeo I.
En medio de todas esas luchas y embrollos se alzó Demetrio Poliorcete, uno de los piratas de más relieve de la antigüedad.
Era hijo de Antígono Monoftalmo (el tuerto), que había emprendido desesperado la lucha contra la codicia y la ambición de los exgenerales de Alejandro Magno y combatía al servicio de la idea de un gran imperio griego y estable.
Era una tarea infinitamente difícil la que se habían echado encima el padre y el hijo. Antígono Monoftalmo se encargaría de aunar el Este, con todas sus inmensas comarcas, Demetrio el Oeste, con Greda, Macedonia y el Egeo.
Antígono logró su primer golpe contra Eumenes, al que arrebató Capadocia y la Media, batiéndolo en Isfahán, tras lo que lo tomó prisionero e hizo ejecutar. Tolomeo y Seleuco reconocieron en el año 315 a. de JC. a Antígono el Tuerto como regente del imperio; el primer paso había salido bien.
Entretanto armó Demetrio Poliorcete a toda prisa una flota y ¿qué cosa sería más natural sino el que se sirviese en ella de los competentes piratas eolios, licios y carios?
Durante el tiempo de Alejandro lo habían pasado muy mal los piratas, el gran rey había sabido también poner orden en el mar. Les encantaron los nuevos aires que soplaban y acudieron en masa a la llamada de Demetrio encabezados por sus caudillos Timocles, Andrón, Melatas y Aminias.
La prueba de fuerza para Demetrio Poliorcete y sus temerarios jefes de flota llegó el año 309 a. de JC. Tolomeo, que acababa de anexionarse Cirene y Chipre, extendió sus garras hacia el Peloponeso. Demetrio se le interpuso, como Satán en persona, barrió contra el mar las tropas de Tolomeo, esgrimió su espada amenazadora hacia Egipto, lo que hizo que el rey Pirro suspendiese a toda velocidad sus aprestos bélicos y marchó triunfal sobre Atenas.
Pentecóntera griega de la época helenística.
Los ciudadanos de la polis lo recibieron arrastrándose materialmente ante él, rivalizando entre si por adularle. Desde luego habrían podido elegir un caudillo peor. Demetrio ordenó reforzar y ampliar las fortificaciones de la ciudad y restaurar los astilleros del Pireo y bajo la protección de las naves piratas, floreció de nuevo el comercio por tierra y por mar.
Tres años después tuvo lugar la batalla decisiva, ante las costas de Chipre. La flota de Tolomeo no tuvo nada que hacer ante la furiosa arremetida de los asaltantes del mar, sus azotados restos huyeron hacia Egipto y sólo se resistió la isla fortificada de Rodas. Durante casi un año intentó Demetrio Poliorcete apoderarse de Rodas que, tras la muerte de Alejandro había logrado un ascenso meteórico hasta convertirse en la metrópoli comercial y marítima más importante del Mediterráneo oriental y cuyos tentáculos mercantiles se tendían hasta Egipto, Fenicia, Siria, toda el Asia Menor hasta el Bósforo y por lo demás a toda Grecia.
Antígono Monoftalmo y Demetrio Poliorcete se veían en ese momento en el apogeo de su poderío.
Tolomeo se había retraído a Egipto y Seleuco daba la impresión de conformarse con Persia y Babilonia. Aunque no se trataba ya del gran imperio de Alejandro Magno, parecía estar al alcance de la mano la constitución de una poderosa Liga Helénica.
Pero en el momento mismo en que Seleuco estampaba su sello en el tratado de alianza y amistad, venían ya al trote desde Oriente las tropas suyas y de Lisímaco. En la batalla de Ipsos, en Frigia, murió definitivamente, con Antígono Monoftalmo bajo las patas de los elefantes armados, el sueño de resucitar el imperio mundial de Alejandro.
Demetrio se retiró enseguida a Atenas. Si sus piratas hubiesen tenido en realidad ese carácter que generalmente se les atribuye, deberían haberse pasado en masa a los vencedores. Sin embargo, sólo uno de ellos, Andrón, no fue capaz de resistir el brillo del oro de Lisímaco y le abrió las puertas de Éfeso. Lisímaco hizo poner a Andrón bajo arresto precautorio provisional y aunque le pagó la recompensa convenida, lo expulsó enseguida, con toda su gente, porque no podía fiarse mucho de él tras aquella prueba de infidelidad. Andrón se hizo a la mar con todos sus barcos y desapareció sin dejar huellas.
Los demás piratas, que habían seguido fieles a Demetrio Poliorcete —habían sido casi todos—, ascendieron en parte a grandes honores y cargos: Aminias, archipirata de Focea, se convirtió en general, mientras que el pirata eolio Melatas pasó a comandante de la flota.
Durante catorce años dominó Demetrio Poliorcete Grecia y Macedonia, apoyado en la ciega fidelidad de sus incondicionales lobos marinos, antes de caer, el año 286 a. de JG, en las manos de Seleuco. Se trataba de una prisión atenuada y digna y Seleuco no quiso humillarlo, pero Demetrio estaba cansado y su sueño dorado, disperso por todos los vientos. Tres años después fallecía, solo y amargado.
Remos de plata, velas de púrpura
Cilicia, situada en la costa meridional del Asia Menor, se había convertido en el nuevo baluarte de la piratería.
«La alta cordillera costera se aproximaba mucho a la orilla del mar y cualquier cima saliente de estas montañas ofrecía a los piratas atalayas de gran visibilidad y a la vez extraordinariamente seguras, desde donde oteaban sus presas y preveían peligros a la vez que podían acudir cuesta abajo con gran celeridad para utilizar los escondidos puertos de la escabrosa costa como entradas y salidas de urgencia», relata el geógrafo Estrabón y se nos hace muy natural que no sólo fuesen los nativos de Cilicia los que sembraban la inseguridad en el mar, sino más bien una abigarrada mezcla étnica de sirios, chipriotas, cretenses, licios, carios, panfilios, griegos, egipcios y judíos, que se autodenominaban «soldados del mar». «Caen sobre las ciudades sin fortificar, pero socavan también las murallas de las fortalezas o las echan abajo o toman la ciudad mediante sitio. Además, cogen prisioneros y secuestran a los que poseen algo, hasta sus calas, para exigir rescate por ellos. Como no quieren ser llamados piratas, denominan “soldada de soldados” a los ingresos que así reciben», nos narra Apio.
Entretanto era Roma la primera potencia marítima de tumo. En otros tiempos, habían emitido los cartagineses un despectivo juicio sobre los romanos:
«Sus pilotos maniobran como lo harían irnos ciegos o unos imbéciles: donde hay escollos, ven ellos un puerto y hallan escollos en cada fondeadero. No son capaces de leer por las estrellas ni por el cielo y toman el lejano retumbar de una tormenta que se acerca por los mugidos de un rebaño de reses que van conducidas a sus barcos».
Desde luego los tiempos habían cambiado y la poderosa Cartago, después de tres duras guerras había sido sitiada y sometida por Roma. Los romanos, por su parte, habían aprendido un tanto a manejar embarcaciones, aunque es cierto que los hijos del Lacio seguían siendo reacios al agua y necesitaron largo tiempo para decidirse a emprender alguna cosa contra los descarados cilicios.
Nave de guerra cartaginesa.
En realidad lo que puso más en movimiento a los piratas de Cilicia fue la guerra habida entre Mitrídates, rey del Ponto (Mar n***o) y Roma. Aquel ambicioso monarca, cuyos delirios de grandeza entraban en colisión con los de los romanos, desencadenó una guerra de guerrillas marítima de casi 25 años de duración.
Escribe Apio: «Y se desataron también contra el Asia Menor de un modo descarado numerosos piratas, que parecían más bien escuadras que simples salteadores. Mitrídates había empezado por lanzarlos al mar abierto. Por aquel entonces habíanse hecho cada vez más numerosos y hacían ya presa de sus descarados ataques, no sólo a los navegantes, sino también a los puertos, localidades y ciudades. Y así fue como, a pesar de la existencia de la “sila”, fueron tomadas lasos, Samos, Clazomenos y Samotracia y según se dice, robadas en el santuario de Samotracia, obras de arte por valor de 1.000 talentos».
Y dice en otro lugar:
«Cuando Mitrídates emprendió su primera guerra contra los romanos y hubo ocupado el Asia Menor, lanzó al mar salteadores marítimos que, en un principio navegaban de un sitio a otro con pocas embarcaciones de pequeño porte como piratas e infligían daños, pero más adelante, cuando la guerra se prolongó, se hicieron más numerosos, lanzándose ya contra los barcos grandes».
Y Plutarco añade:
«El poderío de los piratas irrumpió en un principio de Cilicia, donde tuvo comienzos furtivos, de tipo de emboscada, para mostrar en cambio premeditación y a la vez osadía en la guerra de Mitrídates, cuando se inscribieron al servicio de ese rey».
Incluso cuando, definitivamente derrotado Mitrídates, hubo de enterrar sus ambiciosos planes y concertar la paz, los «soldados del mar» de Cilicia no pensaron en absoluto en renunciar a su rentable artesanía; muy al contrario, se hicieron todavía más temerarios y descarados y Dión Casio nos informa así:
«Cuando se hubieron disuelto las alianzas de Mitrídates, los piratas no cesaron en sus actividades, sino que, por su parte, infligieron a los romanos y a los aliados de éstos daños considerables. Porque entonces sus ataques no tenían lugar con unos cuantos barcos, sino con flotas y estrategas. El objetivo era en un principio capturar las embarcaciones que andaban por la mar y que ya ni en invierno estaban seguras pero, al tener mayores éxitos, se atrevieron también con la gente de los puertos. Si alguien les hacía frente sobre las aguas, hallaba la muerte de seguro si era derrotado; pero si ganaba, no era capaz de echar mano a ninguno de los asaltantes marítimos, porque navegan muy de prisa. Estos regresaban después enseguida, como si hubieran sido los vencedores y lo destruían y quemaban todo, no sólo las aldeas y sementeras, sino también ciudades enteras, que sometían en su caso, para utilizarlas como puertos de invierno y lugares de acogida. También se dio el caso de que en sus distintas correrías, desembarcasen y atacasen gentes que nada tenían que ver con el mar y no solamente a los aliados de Roma, sino hasta en Italia misma. Llegaron a desembarcar incluso en Ostia, donde prendieron fuego a las embarcaciones y robaron todo lo que pudieron. Pero lo que les confiere su extraordinario poder es que todos los piratas de todos los mares mantienen amistad unos con otros y se apoyan entre sí con dinero y recursos, incluso cuando ni siquiera se conocen».
Aquella fraternidad de los piratas cilícicos fue todavía más adelante. Da la impresión de que, a lo largo de los siglos, ejerció una fascinación especial en las bandas de piratas un orden social de tipo «comunitario». No nos lo encontramos en exclusiva entre los piratas de Cilicia, sino, por ejemplo, en su forma más pura en la Caribia del siglo XVII. Los bienes y las presas eran propiedad de la comunidad y se les distribuía entre los individuos en partes iguales y de acuerdo con reglas estrictas. «Sus jefes piratas parecían generalísimos», observa Apio, pero eran elegidos libremente por los demás miembros de la banda, no tenían derecho a mandar más que en la batalla y podían ser destituidos en cualquier momento. Incluso en la apariencia de sus buques presentan algunos detalles que los hacen precursores del apogeo de los piratas caribes y africanos de los siglos XVII y XVIII.
«En las vergas tremolaban muchas banderolas muy adornadas. En ocasiones mostraban aquellas banderas espantosos símbolos de la muerte, como por ejemplo, una calavera y dos tibias, para aterrorizar al enemigo en el ataque; en otra ocasión se veían bordadas en ellas las figuras más divertidas, cosa que ofrecía un curioso contraste con el salvajismo de los bárbaros que tripulaban aquellos barcos».
Trirreme cilicia con sus tres «pisos» de remeros.
Las naves de los cilicios no sólo famosas por su rapidez, maniobrabilidad y elegancia, lo eran también por sus extraordinarias tripulaciones, y no sólo constituían el terror de los mares, sino que por su magnificencia despertaron también la envidia de todos los que han informado de ellas; muchas tenían la proa dorada, las vergas estaban revestidas de láminas de oro, las palas de sus remos con láminas de plata maciza y las velas teñidas de púrpura, teniendo en cuenta que media onza de aquel tinte extraído de moluscos, se calcula que correspondía al valor de unos cinco mil duros —los senadores romanos, durante mucho tiempo no pudieron permitirse sino dos delgadas tiras de púrpura sobre la toga mientras un manto entero de púrpura constituía por sí mismo un símbolo de esplendor de los reyes.
También en ese sentido fueron los cilicios unos auténticos representantes de su ramo; amaban el lujo, el boato y celebraban fiestas suntuosas con música de flautas y liras, siendo devotos miembros de los cultos arcanos de Mitra, dios que a partir de nuestra era se mostró como el rival más declarado del cristianismo.
Secuestros y rescates
Los piratas cilicios se especializaron progresivamente en la caza de seres humanos —no tanto en el sentido de la que antes y después practicaran tantos piratas—, es decir, la trata de esclavos, basada en hombres, mujeres y niños raptados en cualquier costa, sino más bien en el rentabilísimo negocio del secuestro por los rescates. Se echaba el guante a comerciantes y burgueses acomodados a los que se les sacaba así en ocasiones sumas muy considerables.
El historiador Philipp Gosse, basado en la fuente del Velbio Patérculo, nos presenta un informe sumamente elocuente de una de esas empresas —el hecho de que fracasase al final, hemos de considerarlo desde luego, como una excepción infrecuente.
»En ese año (78 a. de JC.) viajaba hacia Rodas un joven romano de familia distinguida. Debido a sus simpatías políticas por Mario, rival del dictador Sula, lo había desterrado de Roma este último. Como quiera que no tenía que trabajar y le llenaba la ambición, había decidido dedicarse a la retórica, de la que andaba falto según opinión de sus maestros. Y por esa razón, quería ingresar en la escuela del famoso maestro en oratoria que era Apolonio Molo.
»Mientras el barco daba vuelta a la isla de Famacusa, en la rocosa costa de Caria, fue avistada de pronto una larga nao que les iba a la caza. El barco en que navegaban, era un lento mercante velero y en vista de la flojera del viento, quedaba excluida toda esperanza de escapar al buque pirata, con sus largos golpes de remos movidos por musculosos brazos de esclavos. Con las velas arriadas, aguardó el carguero a que el barco pirata, de afilada proa, se le arrimara al costado. Enseguida se vieron sus cubiertas invadidas por los extraños vagabundos. Cuando el capitán pirata pasaba revista a los aterrados pasajeros, se detuvo su mirada en un joven noble que, vestido a la última moda y rodeado de su séquito y esclavos, había quedado sentado, absorto en su lectura.
»El jefe pirata se le acercó rápido y le preguntó quién era. Pero el joven prosiguió su lectura, tras echar una mirada despectiva al salteador pelágico. Encolerizado el capitán pirata, volvióse a uno de los del séquito del joven, era el médico Ciña, el cual le dijo el nombre del obstinado lector: Cayo Julio César.
Nave de piratas de alto bordo.
Se le daba a menudo preferencia a este tipo de embarcación en las travesías largas
frente a las rápidas galeras, bajas de borda y muy sensibles al mal tiempo.
»Enseguida se planteó el asunto del rescate. El pirata quería saber cuánto estaba dispuesto a pagar César por la devolución de la libertad suya y de su gente. Como el romano no se daba siquiera la molestia de contestar, dirigióse el capitán pirata a uno de sus subordinados, para indagar a qué altura situaba éste el valor de la presa. El segundo pirata examinó concienzudamente al joven romano y pensó que diez talentos (suma realmente grande) constituirían un rescate razonable. El capitán, enojado realmente por el estilo soberbio del joven aristócrata, exclamó con voz fuerte: “Pues se la voy a duplicar. Exijo 20 talentos”.
Entonces tomó César la palabra por vez primera. Alzando las cejas observó:
“¿Veinte? Si entendieras tu negocio, sabrías que yo valgo por lo menos cincuenta”.
El pirata quedó estupefacto. Pero tomó al joven por la palabra y lo pasó, junto con otros cautivos, a unos botes, con el fin de llevarlo a su base de operaciones, para esperar en ella el regreso de los barcos que habían sido enviados en busca del rescate.
César y su gente fueron alojados en algunas cabañas de la aldea de los piratas. El joven romano se dedicaba principalmente a hacer ejercicios físicos todos los días, saltaba y lanzaba piedras pesadas, a menudo en competición con sus guardianes. En unas pocas y densas horas, componía a diario poesías o piezas oratorias. Por la tarde examinaba el efecto que hacían sus obras poéticas y discursos en los piratas reunidos en tomo al fuego del campamento. Se dice que los piratas tenían muy en poco aquellos alardes literarios, cosa que proclamaban con toda sinceridad, ya sea porque su gusto no estuviese muy desarrollado en este género o bien porque los alambicados versos de César no estaban a la altura excepcional de sus ulteriores obras en prosa.
»Era una vida realmente extraña la que llevaba allí el pretencioso snob romano. Y no era sólo porque como auténtico patricio despreciase a los rufianes a causa de sus burdos modales y falta de formación, sino que además, se lo decía en sus propias caras. Le encantaba, sobre todo, decirles lo que iba a ocurrir el día que toda la banda cayera en sus manos y les prometió, para disipar dudas, que los haría crucificar a todos.
»Por último, pasados 38 días, regresaron los enviados con la noticia de que el dinero del rescate quedaba depositado en manos del legado Valerio Torcuato. En consecuencia, César y su gente fueron llevados en barco hasta Mileto. Al llegar a aquella ciudad, les fue pagado a los piratas el dinero del rescate y los ladrones nautas se largaron inmediatamente hacia su madriguera.
«César desembarcó y se dedicó al punto a poner en obra su plan. Le pidió a Valerio cuatro galeras y quinientos soldados y zarpó inmediatamente en dirección a Famacusa. Llegó aquella misma tarde y se encontró —según había esperado— con la banda entera congregada en tomo al fuego del campamento, celebrando su gran fortuna. Como los cogió del todo de sorpresa, no pudieron defenderse y hubieron de entregarse, logrando escapar poquísimos. César capturó así unos 350 piratas y tuvo además la satisfacción de recuperar enteros sus 50 talentos.
«Subió los prisioneros a seis galeras, hundió en aguas profundas las naos piratas y puso rumbo a Pérgamo, donde tenía su cuartel general el pretor Junio. El pretor estaba ausente por razones de servicio. César llegó hasta donde él estaba y le expuso que la banda entera de piratas se hallaba en Pérgamo a buen recaudo, y le pidió que le diese una carta para el vicepretor que quedaba en Pérgamo, con el objeto de que éste hiciese ajusticiar a los piratas o por lo menos a sus cabecillas.
«Junio le prometió a César que se encargaría del asunto en cuanto regresara a Pérgamo y que le enteraría de su decisión.
«César entendió “perfectamente”. Se despidió del pretor Junio y regresó a Pérgamo a galope tendido en una sola jornada. Sin armar mucho revuelo ordenó, en ejercicio de “su propia autoridad” (posiblemente los representantes provinciales no estaban muy al tanto de la nueva situación reinante en Roma), que los piratas que se hallaban en prisión habían de ser ajusticiados, encargándose en persona de que a los treinta cabecillas les correspondiese exactamente la suerte que él les tenía asignada. Cuando se los trajeron delante, cargados de cadenas, les recordó su “promesa”, pero añadió que, habida cuenta de la amistosa actitud que habían mostrado hacia él durante su secuestro, quería concederles una última gracia: antes de crucificarlos, los degollarían, uno por uno.
Hecho esto, prosiguió César su viaje hasta Rodas, donde ingresó en la famosa escuela de retórica de Apolonio Molo».
La gran operación de limpieza
Las cosas no podían seguir así.
La creciente potencia mundial de Roma no podía seguir tolerando las insolencias de los piratas de Cilicia sin perder credibilidad en sus pretensiones de potencia ordenadora y dueña de los destinos del espacio mediterráneo.
Cierto es que las dos primeras expediciones de purga, una bajo Publio Servilio, del 78 al 75 a. de JC. y otra bajo Marco Antonio, el año 74 a. de JC., fracasaron estrepitosamente a pesar del gran despliegue de fuerzas de los pretores y el Mediterráneo escuchó de nuevo las estruendosas carcajadas de burla de los cilicios.
Corría el año 67 a. de JC., cuando Cneo Pompeyo, el gran aliado y ulterior rival y enemigo de Julio César, recibió la orden de acabar con la pesadilla de los piratas.
Pompeyo obtuvo el «imperium majus» por tres años, es decir, el mando sin límites de todo el Mediterráneo y una faja costera de 75 kilómetros tierra adentro, con 120.000 soldados, 500 barcos y 24 legados (generales) a sus órdenes.
Cneo Pompeyo limpió de piratas
el Mediterráneo en tres meses.
El Senado romano puso el grito en el cielo ante aquella concentración de fuerza, temblando ante la idea de que Pompeyo pudiera emplear aquellas tropas para apoderarse de Roma y convertirse en dictador, pero lo único que le interesaba en realidad a Cneo Pompeyo, era ponerles los grilletes a todos los piratas del mar.
Las fuerzas combinadas de mar y tierra de Roma empezaron por las Columnas de Hércules (el actual Estrecho de Gibraltar) y fueron barriendo lentamente hacia Oriente toda la costa española, así como las del sur de Francia, oeste de Italia y norte de África. Se sometió a implacable control cada aldea, castillo y ciudad de la costa. Como un rastrillo de hierro, la flota de Pompeyo barrió todo el Mediterráneo Occidental, empujando por delante los piratas hacia el Este.
El legado Terencio Varrón hacía limpieza entretanto en el Adriático a la vez que otros legados «peinaban» las riberas del Mar n***o.
Entonces hicieron aparición las escuadras romanas en el Egeo. La búsqueda continuó isla por isla y los piratas fueron expulsados hacia el sur, al tiempo que otras agrupaciones de la escuadra estrechaban el cerco mediante un barrido del litoral egipcio y la costa de Fenicia.
Liburnas romanas.
Construidas según el prototipo de los barcos piratas cilicios.
Y se produjo la batalla naval finiquitante a la vista de Coracesio, en la costa meridional de Cilicia. Fue una victoria brillantísima para el calculador militar romano. Porque no fue tampoco una casualidad cualquiera. Pompeyo, no sólo era un gran estratega de mar y tierra, sino también un hombre de gran sentido, se había preocupado desde mucho antes de cimentar las probabilidades de su victoria. Su receta se condensaba en: benignidad y moderación hacia los vencidos.
Los piratas cilicios constituían un audaz conglomerado. Maestros en los ataques por sorpresa, emboscadas y abordajes, su orden social les impedía tener una dirección unitaria y rígida —en el fondo, nadie rendía cuentas más que a sí mismo, ni atendía a otra cosa que la propia ventaja—. Aunque los piratas se sentían unidos en principio en la lucha contra la flota de Roma, no tenían ni espíritu militar ni de resistencia hasta el último momento. Muchos de ellos, para sus adentros, no tenían ningún inconveniente en someterse, con tal que se les tendiera siquiera un «puentecillo de plata» y Pompeyo fue lo suficientemente astuto para aprovecharse de aquella actitud y seguirles un tanto la corriente —lo que menos le interesaba era foguear a los piratas a base de una dureza que los hiciera resistentes y matar por miles unos hombres hábiles y competentes, sino garantizar la seguridad de las vías marítimas. Por esa razón, había tratado con publicitaria benignidad a los primeros piratas que habían caído en sus manos en su operación de barrido hacia el Este, poniendo hincapié en incautarse de sus naves y liberar a sus cautivos, pero sin castigarles en otro sentido y dejándoles incluso el botín tomado en su mayor parte.
Como consecuencia, cuando tuvo lugar la batalla ante Coracesio, no fue aquello sino un último combate que los piratas cilicios se consideraban obligados a entablar por razones de honor y en el que no pelearon sino hasta llegado el momento en que creyeron poder arriar la bandera dignamente. Hasta sus bien fortificadas ciudadelas, algunas de ellas consideradas como inexpugnables por los escritores romanos Apio y Plutarco, se entregaron rápidamente.
En tres meses quedaba el Mediterráneo prácticamente libre de piratas, e incluso en el último episodio se reveló Pompeyo como un vencedor moderado. No sometió a castigos a los 20.000 piratas cautivos, sino que los dispersó ampliamente formando pequeñas colonias, una parte en las ciudades menores de su país, como Malos, Adana, Epifania y en Solos, rebautizada desde entonces como Pompeyópolis, otra parte en Grecia, en Dime y Calión e incluso algunos, junto a Tarento, en el sur de Italia.
Sexto Pompeyo
Es una ironía de la historia el que precisamente Sexto Pompeyo, el hijo de Cneo Pompeyo, el liquidador de la piratería, llegase a ser el último gran pirata de la antigüedad clásica.
Después del asesinato de Julio César, Sexto Pompeyo se convirtió en almirante de la flota romana, como su padre, asesinado años antes en Egipto por agentes de César y ahora rehabilitado plenamente. Pero en vez de cortarles las uñas a unos piratas que empezaban entonces a respirar de nuevo, se puso al frente de ellos, conquistó Sicilia y Cerdeña y saqueó según todas las reglas del arte las naves que, cargadas de cereales, iban de África a Roma.
El Senado se desesperaba, pero tuvo que avenirse por último a negociaciones. Las dos islas y parte del Peloponeso quedaron en manos del jefe pirata, así como 70 millones de sestercios, como indemnización por los bienes de su padre, incautados por Julio César.
Pero Sexto Pompeyo no pensaba en absoluto en dejar la piratería. Era una cosa muy rentable, ofrecía distracciones y el vacilante Senado había demostrado hasta la saciedad su impotencia.
Durante bastante tiempo, las cosas fueron bien y Sexto era reconocido como Señor del Tirreno, aunque por supuesto, no denominaba piratería sino «lucha por la libertad» al ejercicio de aquellas actividades. Lo malo es que, al igual que más de uno a quien el destino sonríe. Sexto no fue precavido. ¿Qué podía preocuparle que en Roma hubiese entretanto un nuevo hombre fuerte? Era éste sobrino segundo e hijo adoptivo de César, un carácter astuto, frío y calculador, llamado Octavio, al que, andando el tiempo, se le iba a conceder el título supremo de «Augusto».
El almirante del joven Octavio, Marco Vispanio Agripa, aunque de humilde origen y sin experiencia militar, era un hombre de gran visión. Estratega nato y favorecido por la suerte, se hizo a la mar con la flota de Roma y en el año 36 a. de JG, en dos encarnizadas batallas navales habidas en Milas y Naucolos (Sicilia), aniquiló la flota de Sexto Pompeyo.
El caudillo pirata huyó hacia Oriente y pidió asilo en Mileto a Marco Antonio. Este que, aliado de Octavio había perseguido encarnizadamente en un principio a los asesinos de César, no se hallaba ya en demasiadas buenas relaciones con su antiguo amigo y empezaba a dibujarse cada vez más claramente entre ambos, una situación paralela a la habida antes entre César y Pompeyo.
Pero la ruptura definitiva entre Marco Antonio y Octavio no se había producido todavía y tal vez se le ocurrió al primero que su rival vería un ofrecimiento de paz en el gesto de enviarle a Roma la cercenada cabeza de Sexto Pompeyo.
Con la muerte de Sexto Pompeyo termina la historia de la piratería de la antigüedad.
Las flotas de vigilancia, rígidamente organizadas, del Imperio Romano, provistas de un tipo de nave ligera y rápida, denominada «liburna», en la que se aprecia la inconfundible inspiración de las naves piratas cilícias, cortaban por lo sano casi inmediatamente cualquier intento de nuevo brote de piratería en el «Mare Nostrum».