Se abre la veda en el Egeo
Después del ocaso del reino de Minos y de la decadencia del poder de Egipto sobrevenida tras la muerte del rey Ra-mesesu III, la piratería, a veces aminorada y a veces exacerbada, estuvo siempre presente en todo el Mediterráneo oriental.
La potencia marítima y comercial predominante de aquel tiempo fue la de los fenicios. Comerciantes en el mejor y peor de los sentidos. Sus naves recorrían todo el Mediterráneo, habiendo llegado hasta las Islas Británicas y dado vuelta al África por órdenes del faraón Nejos. Lo anotado en su «cuaderno de bitácora» de que «vimos el sol al Norte» es una prueba inequívoca de que tienen que haber estado bastante al sur del Ecuador, porque el hecho de que el sol cruce por el norte constituye algo tan antinatural para cualquier ser humano del hemisferio septentrional, que no puede habérsele ocurrido sino a alguien que realmente lo haya visto. Los fenicios no tenían cultura propia. ¿Para qué? Lo único que les interesaba era poder surtir la demanda de sus mercados. ¿Joyas y vasijas de alabastro al estilo egipcio? ¡Aquí están! ¿Trabajos en plata según el arte de Babilonia? ¡No faltaba más! ¿Ánforas griegas? ¡Téngalas! En Tiro, Sidón y Cartago se trabajaba en la producción a turnos forzados más en cantidad que en calidad. Cargamentos enteros de estos productos eran expedidos al Mar n***o, a España y al norte de Francia y las Islas Británicas, donde se intercambiaban como «caros artículos exóticos» por valiosas materias primas —estaño, plomo, plata, lana—, que después se podían trocar, por ejemplo en Egipto, a precios altos, por cereales baratos, con los que, por último, se podían hacer pingües negocios en Grecia, el Asia Menor o Italia. Los griegos, tanto jonios como dorios, que enseguida echaron raíces en la costa de Anatolia, en Creta, al sur de Italia y Sicilia, tienen que haber visto de lejos y con mucha envidia, aquel próspero comercio. También ellos eran —y son— navegantes y navieros de primera y sus arquitectos navales fueron los mejores del mundo conocido en su época (los tipos de embarcaciones desarrolladas por ellos fueron adoptados progresivamente por todas las naciones navegantes del Mediterráneo) y eran asimismo comerciantes hábiles, pero, en comparación con otros pueblos, pobres en extremo. Los griegos carecían casi por completo de materias primas con las que habrían podido prosperar y en cuanto a artículos acabados, ni pensar en competir con la producción en masa de los fenicios. Si a pesar de todo, querían hacer negocios, tenían forzosamente que comprar más barato que sus competidores de Tiro, Sidón y Cartago y el mejor modo de hacerlo, consistía en dejar que los fenicios se encargasen del trabajo de producción y después, en el momento oportuno, quitarles de las manos navíos de transporte abarrotados de artículos…
Modelo en arcilla de un barco de guerra griego.
Se trataba de unas piezas de caza realmente demasiado gordas y suculentas, balanceándose a lomos de las olas mediterráneas en toda su extensión, para que a lo largo de siglos y siglos no constituyesen la presa predilecta de toda clase de piratas, a lo que se añade que el riesgo a ser rechazado en caso de ataque, era presumiblemente pequeño.
Al pirata novel que en su pequeña nave cortaba por vez primera el paso a un convoy fenicio, tiene que haberle temblado un poco las piernas a la vista de todo aquel alarde de navíos de guerra —encargados de escoltar al convoy de cargueros— dos veces mayores que su propio cascarón de nuez y de sus aparatosos espolones de proa, mientras escuchaba el marcial vocerío de su tripulación mercenaria. Cuando, una o dos horas después, a vivo golpe de remos y llevando a remolque como presa un par de naos mercantes, procuraba alejarse de la ruta, sabía ya a qué atenerse respecto a los imponentes «acorazados»: ¡no valían gran cosa! Sólo servían realmente para espantar a los inexpertos, haciéndoles desistir de sus propósitos. Aquellas moles bélicas resultaban desesperadamente inferiores ante la agilidad de maniobra de aquellas comadrejas marinas que eran los piratas —les sobraba tamaño, lentitud, pesadez e inmovilidad.
Convoy fenicio.
Dos panzudos barcos mercantes van escoltados por barcos de guerra de afilado espolón.
Si las ciudades griegas hubieran sabido unirse, habrían podido hacerse en pocos años con el dominio absoluto de todo el Mediterráneo, pero la unidad era para los griegos una palabra extraña e incomprensible.
Corinto luchaba contra Atenas, Atenas contra Epidauro, los piratas de Samos ocuparon la isla de Sifnos y le sacaron cien talentos, caían después sobre la isla de Hidreas y más adelante echaban raíces en Creta, de donde, cinco años después, fueron expulsados por otros piratas procedentes de Egina, que declararon que todo ello era un acto de venganza motivado por un saqueo de Egina efectuado por el rey Anfícrates de Samos…
El único progreso que se hizo en el curso de los siglos fue el desterrar, en el caso de los ataques piratas de griegos contra griegos, la fea expresión de «robo marítimo», y sustituirla por el término, para ellos más elástico, de «sila», que podríamos traducir como «corso». De hecho se trataba de una piratería autorizada oficialmente si bien la diferencia, sobre todo en la práctica, no era muy grande.
De todas maneras, el sistema de la «sila» permitió incluir el tema de la piratería en los tratados, como por ejemplo, en el que concertaron Oyantia y Caleyon y en el que se dice: «El llevarse consigo bienes ajenos en el mar, no da derecho a tomar medidas de represalia de estado a estado, pero si alguien quita algo injustificadamente, deberá pagar cuatro dragmas de multa y el que retenga lo indebidamente sustraído durante más de diez días, será deudor de lo que tomó más la mitad».
Como vemos, el derecho de la «sila» era en teoría estupendo y hermoso, pero había demasiados estados que no pensaban en absoluto en concertar tratados de ese tipo o bien que los quebrantaban a capricho. Especialmente la isla de Samos, de envidiable situación estratégica en medio de la ruta fenicia al Mar n***o, se convirtió en uno de los nidos de piratas más famosos del Egeo, sobre todo cuando, hacia el año 537 a. de JC., uno de los piratas más famosos de la antigüedad, se convirtió en el «tirano» de la isla.
Polícrates, el de la suerte más sobrada
Plantado en las almenas de su torre
contemplaba con gozo en los sentidos
la dominada Samos a sus pies.
“Todo esto es mío”, dícele de entrada
al soberano de Egipto, “Admíteme
que tengo derecho a ser feliz”».
¿No habéis leído entera la balada de Schiller sobre Polícrates y su anillo? Hay que advertir que el gran poeta alemán omite con vergüenza el hecho de que el ufano Polícrates de Samos era uno de los mayores piratas de su tiempo y que a base de audacia, astucia, pero también crueldad y su proverbial suene, fue ascendido de la nada a tirano de Samos, habiendo conquistado también Lesbos y Delos.
Delos, la isla sagrada, la del ancestral culto a Apolo. Según la mitología, es allí donde Leto, la madre del dios hermoso, había hallado asilo y dado la eterna vida de dioses a sus dos hijos Apolo y Artemisa. Allí se enteró Polícrates de la existencia de una estatua de Apolo Delfino en el santuario de Didima, junto a Mileto, cuyos sacerdotes custodiaban un precioso anillo que había de corresponder al ser humano que dominase los mares. Polícrates, al punto, no pecando en exceso de modestia, exigió el anillo para él.
Los sacerdotes de Apolo Delfino vacilaron e intentaron llevarse de allí la presa. Su situación no era, desde luego, envidiable. Polícrates dominaba por entonces todo el sureste del Egeo y no había barco que pasase por aquellas aguas que no pagase, de mejor o peor gana, algún tributo al tirano de Samos. Desde el este se acercaban los persas cada vez más a Mileto, conquistando tierra tras tierra y tomando ciudad tras ciudad, con lo que estaba naciendo un tremendo imperio. ¿A quién convendría pues, darle el anillo de dominador? ¿Al caudillo pirata de Samos o al gran rey de los persas?
Una pentecóntera (de 50 remos).
Se trataba de un tipo de barco muy apreciado entre los piratas griegos
por su rapidez y maniobrabilidad.
Polícrates no se molestó en pensarlo demasiado. Zarpó veloz con una flota hasta Didima, se apoderó de la estatua del dios y del anillo y, ya que le quedaba tan a mano, de la ciudad de Mileto.
Una vez dueño del anillo de Apolo no había materialmente quien pusiera coto a Polícrates, que disponía de los mares, atando y desatando en su rumbo las cosas a su antojo, atacando a discreción, tanto a los amigos como a los enemigos y echando mano a cuanto barco avistaba. Lo que no tenía desde luego el tirano de Samos era un pelo de tonto y con cierta frecuencia devolvía intactas ricas presas a sus propietarios, en alarde de esplendidez. Así se hizo también con la amistad de Amasis, el rey de Egipto.
Este Amasis, que a su vez miraba hacia Oriente lleno de preocupación por el crecimiento del imperio de Persia y temía por la seguridad de Egipto —de hecho, el país del Nilo fue invadido y conquistado por los persas el año 525 a. de JC.—, recibió con los brazos abiertos el ofrecimiento de alianza que le hacía Polícrates. Con ello sus naves adquirían por otro lado el derecho a viajar libremente hasta Lidia cuyo rey, el astronómicamente rico de Creso, había entrado también en la coalición antipersa, coalición que, dado el carácter de sus cabecillas, estaba destinada al fracaso.
En su visita a Samos, tuvo lugar la famosa historia del anillo de Apolo de Polícrates. ¿Fue realmente el temor a la envidia de los dioses? Fuera lo que fuera, Amasis persuadió al caudillo pirata a que sacrificase aquella alhaja preciosa en honor a los dioses, arrojándola al mar —pero al día siguiente, el anillo había regresado:
«"Señor, he pescado un pez,
cual ningún otro que atrapara red.
Como un obsequio te lo traigo".
Y cuando el cocinero abrió el pescado,
viene corriendo, con la lengua fuera
y gritando con ojos saltones:
"Mira, señor, el anillo que traías
ha aparecido del pez en las entrañas.
¡Oh, tu fortuna no conoce límites!”».
Puede ser que el temor a la envidia de los dioses fuese lo que aceleró la despedida del rey Amasis:
«Siendo así, no puedo morar más aquí,
ni puedes seguir siendo amigo mío.
Los dioses quieren tu perdición.
Me voy apresurado, para no morir contigo».
Es posible también que el rey egipcio tuviese razones mucho más apremiantes para separarse de aquel a quien los dioses favorecían de un modo tan descarado y también podría ser que el carácter del tirano de Samos se le hubiera hecho poco a poco inquietante.
En casa se mostraba Polícrates sin duda como un hombre de mundo, jovial, amante del buen comer y beber y del tañer de la flauta, a la vez que hacía a escultores y arquitectos espléndidos encargos y subvencionaba soberbiamente al gran Anacreonte, del mismo modo que a los hombres de ciencia —y no sólo a los inventores de artefactos bélicos—, pero por otro lado, había hecho matar a sus dos hermanos y la fama de sus buques piratas distaba demasiado de ser buena. Hemos de decir que Polícrates se hacía celebrar en todas partes como exterminador del azote pirateril en el Egeo, pero se trataba más bien del exterminio de una enojosa competencia; siendo grande la demanda en el mercado de esclavos que había organizado en Delos, asaltaba con la mayor desvergüenza las ciudades y aldeas de la costa de estados amigos y aliados para satisfacerla.
Con la marcha del rey de Egipto, se enfrió a ojos vistas su amistad para con él y con Creso y cuando el opulento rey de Lidia cometió la equivocación, mediante un inoportuno ataque, de brindar a los persas una fácil excusa para empezar la conquista de su reino, Polícrates «cambió de orientación» e hizo llegar al gran rey de los persas unos cuantos secretos militares de los egipcios, de los que se había enterado un día de labios del propio Amasis.
Polícrates hubiera debido saber que los traidores, aunque puedan ser desde luego útiles, nunca son queridos de nadie y que la gente se deshace de ellos en cuanto se ofrece la ocasión.
Pero el tirano de Samos no imaginó ningún peligro cuando el sátrapa persa más cercano puso en su conocimiento que, en agradecimiento por los informes recibidos, estaban en Magnesia a su disposición varias cajas de oro que podía pasar a recoger a la vez que se le agasajaría.
«¡No vayas!», le dijo a Polícrates su hija menor, «he tenido un sueño en el que te veía desnudo y pobre, lavado por la lluvia y quemado por el sol».
«Has soñado con mis comienzos y no con mi fin. Me protege el anillo. Me ayudará a extender mi poderío también por el continente».
Confiado en su buena suerte, salió Polícrates hacia Magnesia, donde fue aprisionado enseguida y murió desnudo y pobre, lavado por la lluvia y quemado por el sol, como todo un pirata, en la cruz.
Las guerras médicas
Dondequiera y en cualquier ocasión en que se hacen guerras por mar, sale floreciendo la piratería en todas sus formas.
El poderosísimo reino persa, se había extendido, en menos de dos generaciones, desde el río Indo por el Este hasta Egipto por el Sur, y desde el Cáucaso y el Mar de Aral por el Norte hasta el Asia Menor, Tracia y Macedonia en Occidente.
Sólo en una ocasión pareció cómo que aquel coloso se tambaleaba cuando, el año 500 a. de JC., estalló en la costa occidental de Anatolia la sublevación de los oprimidos jonios. Histiayo y Aristágoras tiranos de la poderosa metrópoli comercial que era Mileto, se pusieron a la cabeza de la insurrección.
Barco pirata licio.
Apoyados por Atenas y Eritreya, los Jonios llegaron hasta Sardes. La corte residencial del sátrapa persa fue pasto de las llamas, pero los imperialistas de Asia eran demasiado poderosos entonces. El ejército de los griegos fue destruido en Éfeso y su flota, batida y aniquilada delante de la isla de Lade, frente a Mileto. Y Mileto, la última ciudad que opuso todavía resistencia, fue tomada al asalto el año 494 a. de JC., y arrasada, como escarmiento.
La resistencia jónica había quedado desbaratada, pero de un modo abierto o solapado, muchos griegos siguieron luchando contra los opresores; aquellas luchas «por la libertad» no eran, como es de suponer, otra cosa que piratería a secas.
Histiayo, el tirano, expulsado de Mileto, se hizo fuerte en Bizancio (entonces Byzantion), desde donde, con ocho trirremes, hacía al comercio de los persas todo el daño que podía. Dionisio de Focea hacía sus fechorías a lo largo de la costa fenicia, hundía y se apoderaba de todo lo que navegaba ante su proa y trasladó por último su pequeña flota privada a Sicilia, desde donde acosaba a las naves de los cartagineses, aliados de los persas. Le apoyó activamente en esta empresa su tocayo Dionisio, tirano de Siracusa, que veía en el pirata griego un estupendo refuerzo de su propia flota, empeñada a su vez en una especie de guerra permanente con Cartago.
También los licios y carios, desde antiguo famosos maestros de su especialidad, cruzaban con escuadras enteras el Mediterráneo oriental. Nominalmente se habían convertido también sus tierras en partes del gran Imperio Persa, pero ello no les impedía en manera alguna el ataque a los navíos mercantes de aquellos pueblos que, igual que ellos, eran súbditos o aliados del Rey de Reyes.
Entonces llegó el año 480 a. de JC.
El gran rey persa Jerjes (en persa = Jshiyarsha) había reunido un ejército inmenso y una poderosa flota para acabar de una vez con los griegos. Los jonios se habían atrevido a oponerle resistencia y los atenienses y espartanos les ayudaban en aquel asunto. Dada la exacerbada soberbia de los grandes reyes de Persia, constituía aquello una provocación a la que sólo se podía contestar con un baño total de sangre y la completa aniquilación de los provocadores.
El gran rey Darío (Darayavaush), padre de Jerjes, había emprendido ya la primera acometida de escarmiento y enviado a Grecia en el año 490 a. de JC. un ejército persa, bajo los generales Datish y Artafernesh al que Milcíades infligió una derrota total en Maratón.
Jerjes creía haber aprendido con el desastroso ejemplo. Su ejército contaba, según las fuentes griegas, más de millón y medio de guerreros y la flota era de proporciones correspondientes. Pero había hecho todavía algo más. Mediante una alianza concertada con Cartago y los etruscos, creó una tenaza fenomenal, encargada de triturar al mundo griego.
A través de Tracia y Macedonia penetró en Grecia, el ejército del millón y medio de hombres aplanó materialmente Tesalia y Focia y llegó hasta Atenas, que fue pasto de las llamas.
Batalla naval en una vasija de figuras negras.
En Panormos (Palermo, Sicilia) desembarcó un ejército cartaginés de 300.000 hombres, a las órdenes de Amílcar y marchó contra Himera.
Jerjes debiera haber aprendido a ser más precavido en vista de las poco gloriosas batallas de su ejército contra Leónidas, en las Termopilas, y de su flota junto al Cabo Artemisio contra Euribíades, pero seguía confiando en la inmensa masa de sus tropas. Es así como el ateniense Temístocles logró atraer a los persas hasta el estrecho de Salamina: hizo saber a Jerjes que los griegos pensaban huir y que si lograba impedírselo y hacerlos entrar en batalla, habría ganado la guerra entera con un solo combate naval.
Es presumible sin embargo, que aquella astuta finta «traicionera» de Temístocles no hubiese cuajado de no haber contado él con la secreta alianza de uno de los almirantes de más rango de Jerjes. Aquel almirante era una mujer: Artemisia, reina de Halicamaso, Coos y Nisiros. Además de ser famosa por su belleza, era una mujer extraordinariamente sagaz y valiente y odiaba a los persas.
Halicarnaso, situada en la costa de Caria, era una base secreta de los piratas y la pequeña pero eficaz flota de la hermosa reina estaba tripulada exclusivamente por piratas carios y licios escogidos. Una resistencia abierta contra el opresor carecía de perspectivas y la astuta reina Artemisia se ganó con sutiles halagos la confianza del rey de reyes mientras aguardaba pacientemente la llegada de la hora de la venganza.
Es famosa la escena de la tarde de la parada militar de Doriscos. Jerjes, a la vista de aquella infinidad de fogatas de campamento, que llenaban la llanura entera desde las montañas situadas al Norte hasta la orilla del mar, embargado por una preñez sentimental de testigo de la historia, rompió a llorar sólo de pensar que, dentro de cien años, no estaría ya vivo ninguno de los soldados que componían aquel ejército maravilloso. La reina Artemisia lloró con él, pero no «por éstos, sino por aquellos que los precedieron y por los que vendrán tras ellos y a los que un cruel destino les niega el poder morir por ti, oh Rey de Reyes».
El día tan esperado por Artemisia, aquel en que con sus amañados consejos podría acarrear la ruina de Jerjes llegó por fin, según nuestra cronología, el 28 de septiembre del año 480 a. de JC. Fue Artemisia la que persuadió al rey de reyes, que confiaba ciegamente en ella desde hacía tiempo, a que secundase la propuesta de Temístocles.
Aquella noche, la inmensa flota persa entró en el angosto estrecho de Salamina y al día siguiente, el 29 de septiembre, pudo contemplar la catástrofe de la flota del rey de reyes. Impedida por su propio volumen, casi inmovilizada por la estrechez del espacio y acorralada por los griegos hasta convertirse en un verdadero lío de remos trabados y rotos, la escuadra de Jerjes, cuatro veces mayor en número, fue batida y aniquilada por los helenos.
La reina Artemisia, cuyo puesto de mando había estado entre el centro y el ala izquierda, logró escapar, echando a pique al hacerlo a todos los navíos persas que se le pusieron delante, empezando por la trirreme del rey vasallo Damasítimo.
«Aquel mismo día», nos relata Herodoto, «ante los muros de Himera, Terón, tirano de Akrags (Agrigento) y Gelón, tirano de Siracusa y yerno suyo, convocado por él en su auxilio, derrotaron de un modo tan completo al tremendo ejército de Cartago, que la guerra vio así llegado su fin. Amílcar, general en jefe de los cartagineses, desapareció sin dejar huellas».
En un solo día, había sido desbaratada la inmensa tenaza que hubiera triturado a todos los griegos de Oriente y Occidente. En cuanto a Jerjes, huyó, y el ejército, todavía de cientos de miles de hombres, que dejó en Grecia bajo el mando de Mardón, fue aniquilado un año después en Platea por el ejército espartano mandado por Pausanias.
La reina Artemisia regresó sana y salva a Halicarnaso. Jerjes no había querido creer en su traición, e incluso había encomendado a su custodia a dos de sus hijos pequeños. Y Artemisia no vaciló un momento en servirse de los dos principitos como prenda para negociar cierta independencia de su reino con respecto de los persas, hasta que Jerjes, el año 465 a. de JC., cayó víctima de los asesinos de su sucesor en el trono del rey de reyes.
Los vagabundos del mar
Entre los aliados de Jerjes habían estado, por otra parte, los piratas tal vez más famosos del Mediterráneo de su tiempo, si bien es cierto que, cuando las cosas se ponían difíciles, su papel se limitaba más bien a cobrar bonitamente de los persas cuantiosas subvenciones y a brillar totalmente por su ausencia a la hora de la batalla.
«En aquel tiempo fueron los tirrenos los que más saqueaban el Mediterráneo, fueron los precursores de los cretenses y cilicios», escribe Estrabón de Amasia en tiempos de Jesucristo. Tucídides les llama «vagabundos del mar» y durante más de un siglo, el nombre de «tirrenos» fue un sinónimo de «piratas».
Queda todavía por aclarar con toda seguridad de dónde procedían aquellos tirrenos o tirsenos o tursos o etruscos, como también se les llamaba, pero cada vez ofrece más visos de certeza la idea de que fueron ellos realmente los descendientes de los troyanos escapados de la incendiada Ilion.
Fue hallada una estela funeraria etrusca en la isla de Lemnos. Su idioma —aún no totalmente descifrado— contiene ciertas particularidades gramaticales similares a las de los dialectos licio y cario, de la Anatolia occidental. Su cultura lleva el sello del Medio Oriente y Séneca nos dice «Tuscos Asia sibi vindicat» (Asia reivindica como suyos a los etruscos).
Con esto vuelve a ponerse de manifiesto que, en lo que respecta al contenido histórico de las leyendas antiguas, hay que concederles mucha más confianza de la que se les hubiera querido otorgar hasta hace todavía no demasiado tiempo.
De acuerdo con esa leyenda, los últimos troyanos encabezados por Eneas, huyeron primero a Licia, cuyo rey Sarpedon había caído ante Ilion en lucha contra Aquiles. Es perfectamente aceptable que, siendo los licios los piratas más famosos y atrevidos del Mediterráneo oriental, los troyanos huidos adquiriesen las últimas y más refinadas mañas de un oficio que supieron ejercer después durante siglos de un modo tan excepcional.
Pirata etrusco.
Su mano derecha empuña una espada de abordaje
corta y curva, denominada maquero.
Desde Licia marcharon nuestros etruscos por mar a Egipto, donde sirvieron a los faraones como mercenarios (aspecto éste demostrado ya por los historiadores). Lucharon entre las tropas del faraón Ra-mesesu III contra los filisteos y emigraron finalmente de allí, también en naves, hasta la Italia central.
Al mar, comienzo de su historia, permanecieron fieles los etruscos hasta el momento de su ocaso. Como navegantes audaces y temidos aparecieron siempre y con asiduidad en los escritos de los autores de la antigüedad clásica.
«El poderío de los etruscos era tan grande», escribe Tito Livio, «que la gloria de su nombre no sólo llenaba la tierra, sino también el mar en toda la extensión de Italia, desde los Alpes hasta el Estrecho de Mesina».
Diodoro Sículo especifica: «También eran fuertes como potencia marítima y dominaron por mucho tiempo el mar y por ello las aguas de Italia recibieron de ellos el nombre de Mar Tirreno». En cuanto al Adriático, ha recibido su nombre de la ciudad etrusca de Atria.
Toda una corona de leyendas y episodios famosos se ha tejido en torno a los periplos de estos temerarios piratas. El himno homérico a Dioniso relata cómo un día el dios del vino fuera raptado por los piratas del Tirreno. El dios Baco sólo pudo verse libre mediante la transformación de sus secuestradores en una bandada de delfines. Se asegura que los etruscos llegaron a robar la famosa y milagrosa estatua de Hera de la isla de Samos e incluso se les acusa de haber tomado y pasado a cuchillo en una ocasión la ciudad de Atenas.
Los que se dedican a la navegación piensan en grandes espacios. El geógrafo Estrabón nos habla de asentamientos de los etruscos en Cerdeña, en las Baleares y en la costa ibérica. Diodoro Sículo menciona la ocupación de Córcega y nos habla de una batalla habida entre los etruscos y los cartagineses, en la que salieron a relucir las armas por una isla del lejano Atlántico —se trataba probablemente del archipiélago de Madeira.
Algunos admiradores de los etruscos han intentado representarnos sus temerarias correrías como inocuas y honradas expediciones comerciales, olvidando que antiguamente la navegación casi siempre conllevaba, al menos en parte, actividades corsarias y cometen además el error de empeñarse en transportar las convenciones jurídicas de nuestro tiempo a épocas muy anteriores y distintas. La piratería —por lo menos bajo la forma de piratería «nacional»— constituyó, desde los comienzos mismos de la antigüedad histórica hasta nuestro siglo una ocupación honorabilísima y muy elogiada. Cuando se ejecutaba a los piratas, no se les consideraba tanto delincuentes como adversarios político-militares, aunque había que llamarles criminales por razones propagandísticas —exactamente igual que sigue haciéndose por todas partes en nuestros días…
Los etruscos nos han dejado también la primera imagen gráfica auténtica de un ataque de piratas. En la crátera de Aristonotos, hoy día en el Palazzo dei Conservatori de Roma, podemos ver el ataque de una nave pirata tirrena a una panzuda embarcación comercial fenicio-cartaginesa, la presa predilecta de los corsarios etruscos. Sobre el desenlace de la lucha no pueden quedarnos muchas dudas.
Claro está que los piratas etruscos no se contentaban exclusivamente con los barcos fenicios, sino que extendían sus correrías navales hasta muy allá del Mediterráneo oriental. Mientras, por muy buenas razones mostraban bastante circunspección frente a los griegos del sur de Italia, dieron bastante quehacer a Alejandro Magno e impusieron en una ocasión al pueblo y a la asamblea de Delos una colecta de 5.000 dracmas, que les fueron entregados para que en lo sucesivo se abstuviesen de atacar aquella isla. Finalmente y a base de grandes pérdidas humanas Rodas, convertida en tiempo de las guerras de los diadocos tras la muerte de Alejandro en la metrópoli comercial dominante del Mediterráneo oriental, logró empujar a los piratas etruscos hasta sus aguas nativas. El poeta Menandro nos describe del modo más pintoresco los «trompetazos de los ladrones» que le resonaban probablemente en los oídos como un recuerdo asaz cercano.
Primera representación conocida de un ataque de piratas: una monera etrusca, izquierda, ataca al pesado buque mercante fenicio-cartaginés de la derecha.
Unas profecías habían predicho a los tirrenos siglos enteros de poderío, al fin de los cuales su pueblo sucumbiría. Mientras estuvieron convencidos de que el destino estaba de su parte, lucharon con ánimo invencible, pero en cuanto asomó a sus ojos el profetizado fin de su apogeo, perdieron toda fe en la victoria. En una lucha orgullosa y desesperada fueron derrotados por Roma, que a su vez había sido un día un asentamiento etrusco.
Con los piratas se llega a gran potencia
Después de las guerras médicas, Atenas se levantó, como el ave Fénix de sus propias cenizas, más grande, hermosa, poderosa y rica que había sido nunca.
Pericles, gran hombre de estado y mecenas de las artes, sabía muy bien que estando la prosperidad de Atenas fundada en el comercio, dependía más que nada de la seguridad de sus naves en el mar. A base de diplomacia y alianzas, aunque empleando la fuerza cuando era preciso, se hizo por todas partes con puntos de apoyo para su flota, a fin de reprimir la piratería del Egeo. En ese contexto, los mismos piratas, sin querer, suministraban ocasionalmente incluso excelentes pretextos para que Atenas incorporase a su propia área de soberanía islas y fajas costeras. Tenemos por ejemplo, el caso de unos piratas de Esquiros que habían robado al parecer a unos mercaderes de Tesalia. Pericles logró una decisión judicial que condenaba a la isla a la devolución del botín así como a pagar una multa elevada. Como Esquiros no pagó —no quiso, no pudo o en realidad no tenía que ver en el asunto— Atenas envió allá a Cimón que se había destacado ya en Salamina. Cimón conquistó Esquiros sin mayores dificultades y convirtió la isla en una base logística para la flota de Ática lo que en el fondo, debió haber sido el objetivo de todo el asunto. El almirante Cleruco llevó a cabo en forma parecida el exterminio de los piratas del Quersoneso, que fue engullido asimismo por Atenas.