Breve ensayo de piratas 1

4851 Words
La larga época de paz Más o menos de esta forma, unos años antes o después, debe haber ocurrido el primer asalto de piratas que nos es conocido por la historia. «La guerra, el comercio y la piratería hacen una trinidad inseparable», escribió el viejo Goethe en la segunda parte de Fausto, pero Goethe, esta vez, se equivocó. Durante más de milenio y medio hubo comercio y navegación, antes de que el primer barco pirata zarpara de su puerto. Se data alrededor del año 2500 a. de JC. un relieve que nos muestra ya la flota ultramarina del faraón Sahu-rés —y se trata ya de naves demasiado sofisticadas como para que las situemos en los principios de la arquitectura naval. Documentos y hallazgos dan fe de la rapidez e intensidad con que se extendió por mar el comercio del antiguo Egipto, primero con Siria y con Libia, después con Creta y el Asia Menor y por el Mar Rojo hasta alcanzar Punt, la tierra del incienso, que hemos de situar en Somalia o tal vez más al Sur todavía. La monera con su simple fila de remeros constituía una embarcación ideal para los piratas. Fue una época pacífica en el mar, pues aunque los fenicios y cretenses sé hicieron fuertes como potencias comerciales y navegantes, sus encuentros eran amistosos y ceñidos a una civilizada cortesía. El mar era grande, las posibilidades de medrar enormes y variadísimas, sin necesidad de buscarse «contratiempos» y además la elevada concepción y estándares morales de Egipto constituían entonces la directriz general del pensamiento. Una compilación de la ética egipcia sigue constituyendo en nuestro tiempo la base del orden social entero de nuestro mundo: se trata de los Diez Mandamientos de Moisés. Por entonces, más o menos a partir del año 1800 a. de JCM procedentes del norte, emigraron hacia el Mediterráneo los pueblos aqueos, jonios y dorios, que se afincaron en las tierras de Grecia. Eran unos pueblos más primitivos y amigos de pelear, aunque también de aprender, ágiles de entendimiento, pobres en recursos económicos, pero dotados del firme propósito de hacerse ricos; pragmáticos, apalabrados únicamente con la propia ventaja. Podemos leer, por ejemplo, en sus epopeyas: «Las inclinaciones de los diferentes hombres divergen, la mía me impelía únicamente a embarcar rumbo a la navegación airada y la guerra y las lanzas y dardos encamaban mi placer. De seguro que las almas acobardadas pueden atribuirlo a un exceso disparatado, pero la verdad es que yo era así y no de otro modo me había creado Dios. — Aún antes de que los griegos marchasen en son de guerra contra Troya, me hice yo nueve veces a la mar, arribando a diferentes costas, tuve a mis órdenes barco y tripulantes y me apoderé de muy rico botín, reservándome siempre lo mejor, aunque sin perder por eso mi parte al dividir el resto; de ese modo crecieron enseguida mi hacienda y posesiones. Y mi nombre resonó augusto y temido, por tierra y por mar». Con los griegos empieza la historia de la piratería. La rapaz expedición de la nave «Argos» Hubo un tiempo en que Pelias había arrebatado a su medio hermano Esón la soberanía de la ciudad de Yolcos y Jasón, hijo de Esón, pudo ser sustraído con ingenio a las asechanzas de su tío. Aquel Jasón, ya con veinte años, volvió un día a Yolcos y planteó la reclamación de sus derechos al trono: «Oh, gran Pelias, el corazón del hombre inclínase sin duda a tener en más la ganancia de la injusticia que a respetar el derecho; y cuando menos lo espera, se abate sobre él la desgracia. Nosotros en cambio, tú y yo, hemos de domeñar toda codicia insana. Pertenecemos a una misma estirpe y siendo parientes consanguíneos no debemos decidir a espada y lanza a quién le corresponde la dignidad heredada de nuestros mayores. Con este fin, te dejaré todos los rebaños y todas las tierras que les tomaste a mis padres. Pero devuélveme el cetro y el trono donde se sentó mi padre —que es lo único que deseo—, dámelo de buen grado, para que no sobrevengan más desgracias». «Esa es mi voluntad», le contestó Pelias, «pero ya me ronda la vejez, mientras en ti brota todavía la flor de la juventud. Tú eres capaz, para aplacar la cólera de los infiernos, de hacer un viaje al palacio de Aietes a buscar el hirsuto Vellocino. En sueños he tenido una visión maravillosa que así me lo ha anunciado. Entonces indagué en la fuente de Castalia si la cosa es cierta y presto me ordenó el dios que armase una expedición marítima. Si accedes valiente a emprender esa lucha, te juro que pondré a tus pies el cetro y el reino». Así lo cuenta Píndaro. En otra versión, el diálogo es bastante más escueto. Pelias le pregunta a Jasón: «¿Qué le mandarías hacer a uno de quien se te hubiera presagiado que había de matarte?». «Le mandaría que fuese a buscar el Vellocino de Oro», contéstale Jasón —y recibe del rey el mandato de hacer precisamente eso. El Vellocino de Oro, custodiadísimo tesoro de Aietes, rey de Cólquide, comarca situada en la costa oriental del Mar n***o, era como vemos, el objetivo de aquel viaje, que considerado fríamente, no puede recibir otro nombre que el de expedición pirata. Jasón convocó de toda Grecia a los aventureros y hombres de armas más osados del país. Reunió a Acasto, hijo de Pelias, a Admeto, al médico Esculapio, a Peleo (padre de Aquiles), a Telamón (padre de Ajax), a los dioscuros, Cástor y Pólux, a los boréadas, Cetes y Caleo, a Orfeo, el de los cantos —en total, unos 55 hombres, mientras en el puerto de Yolcos se ponía la quilla de la nave Argos, que fue terminada «bajo la égida de Palas Atenea». Más adelante hemos de hablar de las embarcaciones de los piratas, digamos sin embargo aquí, de paso, que el desarrollo de la arquitectura naval tiene una gran deuda con los asaltantes de los mares. Fueron precisamente los piratas quienes acuciaron a los arquitectos, constructores y astilleros a superarse incesantemente en sus logros, desde la Argos hasta los clípers que se botaron en Baltimore en la segunda mitad del siglo pasado. Jasón, el primer pirata conocido en la historia. Los peces del mar habían mirado hacia arriba asombrados cuando vieron deslizarse sobre ellos la sombra de la Argos —así nos lo cuentan los poetas helenos, llegando a afirmar incluso algunos de ellos que la Argos fue en realidad el primer barco de alta mar construido por el hombre—. Aunque esto constituye una exageración descarada, fue sin duda alguna una obra maestra de la arquitectura naval. Construida en forma de pentecóntera (de 50 remos), con 32 metros de eslora, 4,80 de manga y 60 centímetros de calado, la Argos era la nave más grande y moderna botada al agua hasta entonces en Grecia y durante siglos enteros, constituyó el modelo base de los barcos de guerra de Grecia. Ulteriormente los poetas adornaron el viaje de los argonautas hasta Cólquide con toda clase de aventuras —echando mano en forma al material de la leyenda de Hércules. Tiene interés para nosotros el incidente habido en la isla de Cicicos, donde Jasón y su gente fueron recibidos amigablemente por el rey. En la noche misma de su partida, la Argos se ve empujada de nuevo hacia esa isla por fuertes vientos contrarios y los habitantes de ella, el rey a la cabeza, les salen al encuentro en la creencia de que habían desembarcado unos asaltantes marinos en son de rapiña. Se desarrolla una lucha encarnizada, en la que cae el joven rey de la isla y no se reconoce el error hasta que rompe el alba. Este pequeño episodio demuestra que ya entonces, aunque la piratería no había alcanzado desde luego la envergadura de siglos posteriores, nadie se fiaba de la gente que llegaba por mar y que era más usual acometer a golpes que entrar en indagaciones acerca de quién era, de dónde venía y con qué fin, cuando el mar traía a la costa huéspedes carentes de invitación o aviso. No es admisible que Jasón hubiera supuesto que el rey Aietes iba a soltarle por las buenas el precioso vellocino y —al contrario de lo que dice la leyenda— lo más probable es que tampoco hubiera exteriorizado en absoluto su verdadero objetivo, cuando arribó a Cólquide. Los poetas han inventado unas cuantas heroicidades de Jasón para conferirle a la historia una tenue capa de barniz justificante. En realidad el «héroe» que era Jasón se apoderó de aquella alhaja de una manera muy poco heroica. Una noche, con el mayor sigilo, robó el famoso vellocino de dos pasajeros: a Medea, hija del rey, de la que se había adueñado mediante una promesa de matrimonio, y a su hermanito Absirto. La Argos. De alguna manera el rey Aietes debe haberse olido la jugada, porque apenas salida al mar la Argos, la flota de Cólquide entera se les pegó a la estela. Medea, totalmente hechizada por el encanto piratesco de su griego, resolvió el problema del modo más espantoso imaginable. Mató a su hermanito y lo arrojó en pedazos al mar y mientras los colcos, entre lamentaciones, pescaban del agua los trozos del c*****r, la Argos se desvaneció en el horizonte. Después de un nuevo periplo, largo y lleno de aventuras, por el Mar n***o, incluyendo un ascenso por el Danubio y llegando por otra parte hasta el Adriático, y según algunas leyendas, hasta la meridional Libia, regresó Jasón a su Yolcos natal, donde empezó por vengarse de Pelias en toda forma —tan en toda forma que Acasto, el hijo de Pelias, amigo de él hasta entonces, lo expulsó de allí junto con Medea. Jasón y Medea marcharon a Corinto, donde reinaba a la sazón Creonte. Cuando Creonte ofreció a Jasón la corona de Corinto juntamente con la mano de su hija Creusa, el argonauta aceptó de momento y se separó de Medea. Aquella volcánica hembra despreciada, ardiendo en cólera, no sólo asesinó al rey y a su hija, sino también a los hijos suyos y de Jasón, Mermeros y Feres, huyendo por último a Atenas, donde durante algún tiempo vivió como esposa de Egeo, hasta que un día la expulsó de allí Teseo. En su tragedia Medea ha sabido describir Eurípides la horrenda obra maestra de venganza de un amor burlado, así como pintamos un personaje de Jasón totalmente distinto de aquel buen joven que nos dejara en verso Píndaro y es posible que el frío y codicioso egoísta Eurípides se halle más cerca de la oscura verdad. Le queda a Jasón indiscutiblemente la gloria de gran navegante y su fin fue más digno que algunas de sus hazañas: mientras dormía a la sombra de la Argos, lo mataron los trozos de ésta, al derrumbarse, podrida, la ilustre nao. Por la libertad del mar Él se llamaba Teseo, era hijo de Egeo, rey de Atenas, y había nacido y crecido en Troecena. A eso de los dieciséis años, entró un día de incógnito en Atenas, a casa de su padre, casado a la sazón con Medea, tras haberse fugado ésta de Corinto. Medea vio en aquel extraño un intruso peligroso e intentó envenenarlo. Teseo vio la trampa y se lanzó contra la hechicera con la espada desenvainada, pero Medea huyó a su patria natal. Egeo reconoció a su hijo en la espada, que había escondido años antes debajo de un bloque de piedra como signo de identificación. Atenas se hallaba sometida en aquel tiempo a una oprobiosa dependencia de Minos, rey de Creta, quien desde su palacio de Cnosos, había extendido un extenso dominio marítimo por las islas del Egeo. Del «otro» Egeo, el rey de Atenas, exigía un cruel tributo: cada nueve años había que enviar a Creta siete muchachos y siete doncellas, para ser devorados unos y otras por el Minotauro, monstruosa combinación de hombre y toro, encerrado en el Laberinto, misterioso jardín sin salida, anejo al palacio de Cnosos. Teseo marchó a Cnosos y le arrancó a Minos la promesa de que, si abatía al monstruo, Atenas quedaría libre del espantoso tributo. Ariadna, hija de Minos, se inflamó de amor hacia Teseo y le dio un ovillo de hilo que lo condujo por los extraviados pasadizos del Laberinto en su ida y vuelta de la guarida del Minotauro. Porque Teseo mató al monstruo y escapó con Ariadna, a la que abandonó sin embargo, infiel y traicionero, mientras ella dormía, en la isla de Naxos. Esto es un resumen de la leyenda mitológica. Como en la mayor parte de las tramas de las epopeyas griegas, se mezcla también aquí lo metafísico con lo histórico. El aspecto místico, las iniciaciones laberínticas, el culto de Asterio y el Sol de Medianoche, el nacimiento y la muerte en su simbolismo del hacha doble, no rezan en absoluto con el tema de este libro. Mucho tiene que ver en cambio, el lado histórico. En el sentido estricto de la palabra, Teseo nunca debió ser pirata, y sin embargo fue él quien les abrió a los piratas durante muchos siglos, todo el Mediterráneo oriental. Aquel Minos (en quien hay que ver más bien un título de soberano que el nombre de una persona) dominaba, según escribe Tucídides, extensas zonas del Egeo y de las Cicladas. Los itinerarios de sus flotas mercantes iban de Egipto a la Anatolia incluyendo toda Grecia, y sus barcos de guerra perseguían sin tregua y con gran éxito a todos los piratas que trataban de cosechar donde no habían sembrado. En honor a los cretenses de aquel tiempo hay que decir que, siendo excelentes soldados y hombres de mar, eran en el fondo sumamente amigos de la paz. No soñaban en conquistas ni grandes imperios, que por lo general no traen consigo más que derramamiento de sangre y odios, sino que se conformaban con la opulencia que les procuraba su gran envergadura comercial. Incluso aquellos inestables nidos de piratas que fueran Atenas y otras ciudades griegas, eran asaltados de cuando en cuando mediante acciones militares rápidas con las que se les hacía entrar en razón —pero los tributos que se les hacía pagar eran en realidad relativamente pequeños. Embarcación minoica según un fresco de Akrotiri (Thera). ¿Pequeños? Según la mitología, Atenas tenía que enviar cada nueve años nada menos que siete jóvenes de cada sexo en ofrenda al Minotauro. Pero no olvidemos que ninguna leyenda sale bien sin sus efectos dramáticos y queda muy deslucida sobre todo cuando se trata en realidad de destruir un poder establecido con el objeto de asaltar, robar y saquear impunemente. El Minotauro no era otra cosa que Minos en persona, a quien en el culto táurico de Creta se involucraba en figura de un monstruo que tenía parte de toro y parte de persona. Aquellas catorce «víctimas» podemos decir eran «inmoladas» en cierto modo. Los siete muchachos y las siete doncellas eran enviados a Cnosos con una edad de diez a trece años. Procedían de las familias más distinguidas y constituían en principio una especie de rehenes, para que a sus padres no se les ocurriesen allá en Atenas «ideas tontas». Por otra parte, cuando, pasados nueve años y ya con unos veinte de edad, eran devueltos a su patria, estaban ya «minoizados» sin remedio. En la fase tal vez más importante de su desarrollo, vivían aquellos jóvenes en una corte rica, suntuosa y amiga de la elegancia, hacían allí sus amistades, se enamoraban por primera vez, alguno o alguna de ellos se casaba allí quedándose ya en Creta para siempre, y aquellos que regresaban a su Atenas, al ser hijos e hijas de las mejores familias, pasaban a ocupar enseguida el foco de la vida pública, mientras se reeducaba en Cnosos a la generación siguiente —con elegancia y sin violencia, en el clima estético y espiritual del juego ritual con el toro… Como es natural, aquella reeducación de sus hijos no se avenía en absoluto con el modo de ser de los griegos jonios. Además las naves cretenses de vigilancia reducían considerablemente el radio de acción de sus propias empresas, a lo que se añadía que sus «operaciones», como hemos visto por el ejemplo de Jasón, estaban mucho menos dedicadas al comercio que a otros procedimientos más cómodos y no menos lucrativos. Teseo, espoleado por la llamada de la libertad para el mar, se convirtió en el protagonista de una idea, de cuyos alcances y consecuencias probablemente nunca llegó a darse cuenta. Como hijo del rey de Atenas, entabló relaciones con Ariadna. La leyenda la cita como hija de Minos, pero su nombre, «Santísima», hace ver en ella más bien la suma sacerdotisa —posiblemente era al mismo tiempo una princesa real. La tal Ariadna debe haberse enamorado perdidamente del joven príncipe griego, mientras que éste se limitó a utilizarla como un «hilo de confianza» por el que podía guiarse en el laberinto diplomático de la corte minoica, para dejarla plantada en cuanto no tuvo ya necesidad de ella. Ocurrió por aquel entonces algo que, de la noche a la mañana, hizo realidad los planes y deseos de Teseo: la espantosa erupción explosiva de la isla volcánica de Thera (Santorin, hacia el 1400 a. de JC.), que en pocas horas aniquiló a base de terremotos y maremotos la cultura minoica entera, enviando de paso a la flota de Minos al fondo del Mar Egeo. Cuándo decidió Teseo «matar al Minotauro» es cosa que no está aclarada del todo. Tal vez había estado en Cnosos antes de la erupción de Santorin y supo aprovecharse del momento favorable, es posible también que se hubiera lanzado a la mar inmediatamente después de aquella catástrofe natural, para darle la puntilla al reino de Minos. De regreso a Atenas Teseo fue acogido y festejado allí como liberador del yugo cretense y como libertador del mar. Ya no había nadie que pudiese impedir a los griegos surcar los mares con sus naves e ir adonde quisieran, para comerciar o robar. Durante más de un milenio no hubo ya nadie capaz de controlar el azote de la piratería en el Egeo, como lo había hecho Minos. En cuanto a la libertad de los mares, iba a convertirse enseguida —también y sobre todo para Atenas— en una espada de dos filos, muy cortantes. En cuanto a Teseo, pasada su aventura cretense, se mantuvo alejado del mar. Versiones posteriores de la leyenda de los argonautas quieren hacerlo participar también en la famosa correría marítima de Jasón, pero Medea estaba ya en Atenas cuando Teseo, con sólo 16 años de edad, pisara por vez primera la ciudad. Se le puede reprochar a Teseo (o bien elogiarlo por ello) el que dejase abiertas de par en par a la piratería las puertas del Mediterráneo Oriental, pero hay que concederle de cualquier modo una cosa: actuó de acuerdo con su mejor ciencia y conciencia política. También se trasluce que —a diferencia, por ejemplo, de Jasón— tiene que haber sido un carácter sumamente recto, consecuente y honrado. Rey de Atenas después de la muerte de su padre, se convirtió en el fundador de un nuevo orden político, unió las atomizadas comunidades de su país y fue ensalzado por los poetas debido a su espíritu justiciero, que concedía siempre un asilo acogedor a todos los oprimidos y perseguidos injustamente. Incluso después de su muerte, continuó siendo el venerado protector de Atenas y cuando los griegos, allá en el 490 a. de JC, hubieron de hacer frente a Maratón al ejército de Darío, rey de Persia, se dice que su espíritu precedió a las tropas atenienses, llevándolas a la victoria. Los piratescos héroes de Troya Sería desde luego un tanto exagerado poner el sello de piratas a todos los hombres de mar griegos de aquel tiempo, pero debe aproximarse bastante a la verdad la suposición de que para la mayoría de ellos constituía la piratería el ramo de actividad más importante y productivo. Los héroes griegos que marcharon a la campaña de Troya ejercían ese «negocio» de un modo más o menos colateral, con actividad y con éxito —e incluso por necesidad si se tiene en cuenta que mantuvieron allí durante diez años a unos 10.000 hombres. Aunque Homero se refiere a los «bien torneados» aqueos —así solía llamar a los griegos—, no dedica en cambio una línea a decir que hubieran practicado labores agrícolas ni cuidado ganado ante las puertas de la sitiada ciudad. Y todo aquel asunto había empezado ya en ese estilo: Paris, hijo de Príamo, legendario rey de Troya, cayó con sus naves sobre la ciudad fenicia de Sidón sencillamente porque necesitaba unas cuantas tejedoras expertas y las raptó, cosa que consideró perfectamente legal. Tampoco está muy ajeno a la piratería el modo como se posesionó de la hermosa Helena. Cierto es que en lo que toca a Helena misma, no tuvo necesidad de ningún «rapto», aquella damisela lo siguió muy de su grado, pero el hecho de que Paris se llevase también consigo los tesoros de Menelao, que lo había acogido hospitalaria y amigablemente, es cosa muy diferente. Rapto de Helena, inicio de la Guerra de Troya. Es posible que Paris hubiese aprendido esa rapaz especialidad de los fenicios, que sin ser gran cosa como piratas, arribaban en ocasiones a puertos griegos, presentándose como inofensivos comerciantes, e invitaban a los curiosos y «consumistas» ciudadanos helenos a subir a bordo para ver las mercancías. Los hombres y también las mujeres mordían el anzuelo y cuando había bastantes a bordo, los marineros subían la pasarela, izaban las velas y los remeros se aplicaban a su labor. Siempre se ha descrito profusamente el rapto de seres humanos y la trata de esclavos en el área mediterránea —aún hoy día no podemos decir en absoluto que hayan desaparecido totalmente. El poderoso Ayax el Telamonio, Patroclo, el fiel amigo de Aquiles, el otro Ayax, el rey de los locrios, Teucro, Diómedes, el cretense Idomeneo y toda aquella lista de nombres inolvidables, robaron y saquearon por todo el Egeo, en parte para asegurar el aprovisionamiento del ejército y en parte para combatir el tedio y procurarse movimiento durante los diez años que duró el sitio. Aquiles, el de los pies ligeros, el gran héroe y pirata aqueo de la Guerra de Troya. No deberá extrañamos que Aquiles, el más noble, valiente y hermoso de los griegos, fuera también el más hábil en esta materia. Conquistó y saqueó no menos de 12 ciudades desde el mar y 11 por tierra (tal vez la doceava debía haber sido Troya), lo cual no es ninguna maravilla tratándose del hijo de Peleo, participante ya en los rapaces periplos de la Argos. Ulises y las sirenas. En su aventurero viaje de regreso a casa, ejerció este pintoresco héroe los más diversos actos de piratería. El botín se distribuía fraternalmente, según la costumbre respetada por los piratas de todos los tiempos. No hubo disputas al respecto más que en una fatal ocasión, cuando Agamenón, jefe de todos ellos, se vio obligado a restituir a la hermosa Criseida, que acababa de recibir como parte del botín en el saqueo de Etión, practicado por Aquiles, a Crises, sacerdote de Apolo y padre de la misma. Agamenón exigió como reparación por parte de Aquiles, la entrega de Briseida, amiga entonces del de los pies ligeros y producto también de otro saqueo del peleida, «cuando destruyó a Lirnesos y los muros de Tebas, que saqueara desde Lirnesos, tras cruenta lucha». Como es comprensible, Aquiles cegó de ira y se retiró refunfuñando a su tienda, cosa que acarreó enormes calamidades a los aqueos en los combates subsiguientes, puesto que el más fuerte y valiente de ellos se quedó sin participar en la batalla hasta que Agamenón no se avino a devolverle a su preciosa Briseida y a aplacar a Aquiles con ricos presentes. Ulises, el más astuto de los «bien torneados», niega muchas veces en la Odisea, su famoso viaje de regreso a casa, haber tenido nada que ver jamás con la piratería. Envía a Heroldo a los lotófagos y los lestrigones, para dejar bien claro delante de ellos que no era ningún enemigo ni pirata, como tampoco un hombre insignificante e intenta convencer al cíclope Polifemo de que no recorría los mares como mercader ni como pirata, sino que pertenecía a un ejército famosísimo. Claro está que le creen sólo en parte, pues en otro pasaje describe el mismo Ulises, con la mayor de las inocencias, uno de sus golpes de mano en el viaje de regreso a Ítaca: «Soplando directamente de popa, nos llevó el viento a Ismaros, la ciudad de los cicones. No se nos escapó allí ni una casa, matamos a todos los varones y nos repartimos las mujeres jóvenes y el botín. Ninguno salió con las manos vacías, tales eran sus pingües tesoros. ¡Vamos, apresuraos! les advertí, preocupado por salir del lugar, pero ellos se refocilaban entre cánticos y no tenían oídos para ninguna otra cosa, descuartizaban cameros y reses y se embriagaban de lo lindo con el buen vino». La batalla de los pueblos del mar Hacia el año 1190 a. de JC. tuvo lugar la primera gran batalla contra una flota pirata —y es ésta la primera batalla naval de que nos habla la historia. Los pueblos del mar (llamados filisteos en Palestina) eran una e***a indoeuropea que descendió por el Adriático robando, saqueando y dejando la muerte tras sí. No se sabe con exactitud de dónde provenían. Sus barcos recuerdan de algún modo a los ulteriores «drakkar» de los vikingos, sólo que eran de borda más alta y los empleaban exclusivamente como naos de vela, sin remos auxiliares. No era muy aconsejable adentrarse en el mar Egeo, pues los piratas y navegantes griegos constituían allí una competencia demasiado dura. Los filisteos siguieron su periplo hacia el Sureste, se abatieron sobre Creta y dirigieron a continuación las proas de sus barcos hacia Palestina y Egipto. El faraón Ra-mesesu (Ramsés) III, el último de los grandes y activos monarcas de Egipto, había construido ya desde los primeros años de su reinado una potente flota militar con la que había derrotado varias veces a los hititas y aguardaba entonces, tranquilo y confiado, el ataque de los piratas del Norte. Cuando las naves de los pueblos del mar asomaron en el horizonte, acercándose a la costa egipcia con las velas hinchadas, el rey Ra-mesesu se dio cuenta inmediatamente de la oportunidad que se le presentaba. La flota egipcia se retiró al delta del Nilo. Los filisteos no vacilaron en seguirla apresurados. El rey Ra-mesesu conocía las peculiaridades de su tierra, aquellos extranjeros no. Apenas se habían adentrado en el laberinto de salidas de agua, ramificaciones, canales y espesuras de papiros del delta del Nilo y según habían previsto los egipcios, el viento amainó. Los barcos de vela de los filisteos quedaron inmovilizados por la calma chicha y los egipcios, con sus naves remeras veloces y dé ágil maniobra, iniciaron su sofisticado ataque. La lluvia de saetas de los temidos arqueros egipcios azotaba a intermitencias contra aquellos atacantes casi inermes. Con certeros golpes de remo, los barcos nilotas acometían acercándose a gran velocidad, los arqueros dejaban ir su salva de dardos y entonces los remeros bogaban con fuerza hacia atrás, repitiendo la maniobra una y otra vez, hasta que las cubiertas del enemigo se inundaban en la sangre de sus muertos y heridos y los bien armados mercenarios del faraón vieron la hora de entrar al abordaje de las naos filisteas. Por aquel entonces todavía no se había desarrollado la famosa táctica de la embestida de espolón de la época ulterior grecorromana, pero da la impresión de que también esta técnica fue probada ya en aquel tiempo en distintas ocasiones y con éxito, según revelan las zozobradas naos de los pueblos del mar que aparecen en el gran relieve de Ra-mesesu III en su templo de Medinet Hâbu. Esa circunstancia es aún más digna de crédito, en contra de lo que se suponía hasta ahora, ya que Plinio, atendiendo a fuentes griegas, informa que los etruscos habrían inventado el espolón, porque precisamente en tiempos de Ra-mesesu III servían en el ejército y la flota del faraón numerosos mercenarios etruscos, precisamente aquellos mismos armadísimos soldados de abordaje La derrota de los pueblos del mar fue catastrófica. Los que no cayeron bajo los dardos y hachas de los egipcios y pudieron lanzarse al agua y llegar nadando a la orilla, eran esperados allí por las tropas de tierra del faraón, que los mataron o hicieron prisioneros. La potencia naval de los filisteos había visto su fin antes de llegar a cuajar por completo. Únicamente en tierra, en Palestina, constituyeron durante algún tiempo un peligro para el joven estado de los hijos de Israel, antes de que, finalmente, Saúl, David, Sansón y otros reyes y caudillos de los judíos los llevasen a la dispersión y el exterminio.
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