Bianca
La semana se me hizo larguísima, las pertenecías de Priscilla llegaban a la mansión de Don cada día, sus hombres y empleadas se encargaban de transportar todo con sumo cuidado, porque en una de esas mi hermana les gritaba lo mal que estaban haciendo su trabajo.
Solo llevaba días viviendo en esa mansión perdida en la periferia de Nueva York y era peor que quemarse en las llamas del infierno.
Por suerte, la estúpida mudanza de mi hermana acabó. No podía comprender por qué quería traerse todo de nuestra casa, si aquí podía tener todo lo que deseaba y más. Solo bastaba con pedírselo a Giovanni Lobo, el don.
A él no lo vi, la noche de su boda se folló a mi hermana y desapareció. Mis sospechas bien infundadas empezaban a ser ciertas, ese idiota nos había encerrado en una casita de muñecas para vivir solo en su ático lujoso en la gran manzana, con mujeres voluptuosas y haciendo lo que le daba la gana, sin molestias. Aunque a mi hermana le dijera que se trasladó a Italia para hacer negocios, yo sabía que era mentira.
—¿Y mí agua con limón? —cuestionó altiva Priscilla a una empleada.
Cruzó sus piernas desnudas y se recostó sobre la hamaca blanca con forma de columpio. La joven que nos atendía estaba muerta de miedo, observé como tragaba saliva.
—Está casi lista, señora —le sonrió y me miró a mí —. ¿Qué quiere usted, señorita Bianca?
Le sonreí quitándome las gafas de sol para mirarla a los ojos.
—Una Pepsi está de lujo —respondí cordial —. Si puedes échale un poco de mata ratas al agua de mi hermana.
La chica neoyorquina palideció al instante. Priscilla bufó y siguió leyendo su revista de moda.
—¿C-Cómo dice?
—Tranquila, solo bromeaba —le resté importancia con un gesto de manos.
Mi hermana soltó un suspiro dramático.
—No deberías intentar caerle bien a la servidumbre con esas bromas tan usadas por ti —alzó la vista de su revista fulminándome —. Si quieres convertirte en una vulgar sirvienta dime. Estaría encantada de que me lavases los pies.
—Deja de tratar mal a los empleados ajenos —espeté con furia.
—¡Retírate! —le ordenó a la chica —. Eres una tonta, hermanita. Te recuerdo que soy la esposa de Giovanni Lobo y como tal me debes respeto porque puedo matarte cuando quiera. Si estás viva solo es porque mi padre así lo quiso y yo no desobedeceré su orden.
—¡Ay, la dócil Priscilla! —canturree —. ¿Eres así de dócil también cuando follas con tu esposito? Seguro te folla por el c**o como a las putas.
—¡Cállate estúpida! —chilló indignada tirando al césped su exclusiva revista.
—¿Te folló por el c**o verdad? —cuestione divertida —. Eso es lo que eres para él, una puta vulgar. Nunca te amara, hermana bonita, no te hagas ilusiones —me burlé ensanchando mi sonrisa.
Las mejillas de Priscilla se enrojecieron en un parpadeo, estaban cargadas de rabia y enojo.
—Ese cabrón debe estarse follando a otra en Italia. O alquiló un departamento en el centro de Nueva York para no verte la cara —me carcajeé en su jeta —. Nunca serás la única mujer en su vida. Y si te llegan a matar sería una alegría para él.
—¡Qué te calles digo! —bramó, estoy segura que se rompió la garganta en el proceso.
Mi hermana no perdió el tiempo en levantarse y desplazarse hasta mi hamaca, curvó sus dedos esqueléticos en las hebras de mi cabello rubio. Me dio un tirón con tanta fuerza que caí al césped, ella se subió encima de mi cuerpo y empezó a propinarme golpes por todos sitios. Me llevó un momento reaccionar, cuando lo hice arañé su mejilla con mis uñas creando un bonito rasguño adornando su rostro, la sangre brotó de la herida.
Ella chilló dañando mis oídos y de repente todos los hombres que vigilaban el jardín, con armas de fuego, corrían hacia nosotras como si nos fuéramos a matar, tal vez sí, era la hora de matar a mi hermana. Preparé mi puño para lanzárselo hacía su barbilla, cuando lo hice sus huesos crujieron y me llené de satisfacción.
—Vete al infierno, puta —dije cegada por el odio.
Cayó a un lado de mí quejándose con la mano en su barbilla intentando que el dolor cesase. Pero era demasiado tarde, estaba dispuesta a devolverle todos los golpes que ella me dio. Me subí a su regazo y empecé a pegarle puñetazos en su barriga, si algún espermatozoide de Don hubiera llegado a su ovulo, yo lo estaría destruyendo. Y que satisfacción me daba.
Odiaba a Priscilla.
La odiaba con todo mi ser.
—¡Bianca, detente! —me pareció escuchar la voz de mi madre, pero hice caso omiso.
Los empleados de Don intentaban parar los golpes, no podían, me agarré a ella tan fuerte que no existía manera de soltarme. Sostuve su cabeza y la proyecté al césped duro una y otra vez, esperando que su cabeza se abriera y pudiera ver sus sesos pegados en la h****a húmeda por el rocío de la mañana.
Me sentía toda una psicópata.
Y me encantaba.
Descargar la ira acumulada contra la persona que más odiaba en la vida era lo más reconfortante que podía existir.
Pero esa satisfacción se evaporó de lleno cuando unas manos agarraron mi cintura y me alejaron de mi víctima. Mi piel quemó ante ese tacto rasposo. Mi hermana lloraba desconsoladamente y se hacía bolita añorando los bracitos de su mami. Puta mimada. Mamá la abrazó ayudándola a incorporase.
—¡Estás maldita! —confesó mi madre —. Ya, cariño. Todo ha pasado. Bianca será castigada por tocarte.
Mamá me había dicho a lo largo de mi vida palabras tan feas, que esas ya no había ningún efecto en mí. No me ponía triste como antes.
Intenté zafarme del agarre del empleado de Don, clavaba sus dedos en mis cosquillas haciéndome daño. La loción que llevaba puesta me estaba mareando, olía bien, demasiado bien para ser uno de los hombres de Don. Mi pecho empezó a sudar, no quise girar mi cabeza para certificar el rostro de mi captor.
—Luka revisa a mi esposa y llama al doctor de la famiglia —ordenó con su voz ronca —. Yo me encargaré de esto.
Creo que me oriné encima. Don me jaló hacia adelante para que caminara recto a la entrada de su casa. ¿Cuándo había venido? ¿Y por qué mierdas llegó en ese momento? ¿Dónde había estado?
—¡Don, por favor no la mate! —suplicó Priscilla llorando en los brazos de madre. El supuesto Luka revisaba su rostro.
No mentiré.
Me sorprendió oír eso de mi hermana.
Ella era el ser que más me odiaba y era mutuo. Tal vez tuviera algún plan para hacerme pagar por lo que le había hecho de una forma más cruel.
Don ignoró a su esposa y me jaló del brazo más fuerte, sin compasión porque eso era algo que no poseía. Sus empleados se habían quedado quietos observando cómo me dominaba a su antojo, su contacto quemaba mi piel. La abrasaba por completo. Me guiaba por los pasillos de su mansión, ingresamos en zonas oscuras llenos de polvo y bajamos varias escaleras espinadas para llegar a su sótano.
—No pretendía hacerle daño a mi hermana —mentí con el pulso a mil.
No obtuve respuesta.
Su agarre fue más intenso y me detuvo en una sala absolutamente oscura. Me soltó gracias a Dios, me sobé la muñeca. Ese salvaje seguro quedó marcado sus dedos. Él encendió un interruptor y la luz se hizo.
Primero lo observé a él, llevaba un traje azul marino que le quedaba pegado al cuerpo, tanto que sus músculos se apreciaban por cada rincón que mirases. Dos botones de su camisa estaban desabrochados, dejaba al d*********o su pecho y con él un tatuaje casi se dejaban ver por el hueco.
Mordí mi labio inferior con nerviosismo y subí la mirada a su rostro. La mandíbula estaba apretada de tal manera que incluso creo que se llegó a hacer daño, y sus fosas dilatadas tan grandes que hubiera cabido una pata de elefante por sus orificios. Y sus ojos, de un color verde agua cada vez se volvían más oscuros. Maldita sea, y sus facciones, eran demasiado atractivas para mí.
¿Porque me tenían que gustar los hombres así? Ni me importó que fuera cruel.
Lo segundo es que vi fueron las máquinas de tortura que estaban esparcidas aleatoriamente en la sala helada, me estaba congelando de frío y tiritaba. Me horroricé tanto que un jadeo se escapó de mi garganta y retrocedí. Pero no me moví, ya estaba acostumbrada a ver esas cosas.
—¿Por qué me trae aquí, Don? —pregunté nerviosa.
Tampoco respondió.
Caminó por la sala en silencio sentándose en una silla que se caía a pedazos en el centro de la habitación. Tragué saliva porque juro que me estaba cagando de miedo. Veía mi fin tan cerca que me costaba reconocer que moriría allí mismo entre las manos de ese asesino.
—¿Don?
—Golpeaste a mi esposa —rugió —. Nadie puede hacerlo. Lo tienes claro, ¿verdad? ¿Eres consciente de que la mafia italiana tiene reglas?
—Sí, señor —musité.
Me desplacé hacia detrás. Mi espalda chocó contra la pared, toqueteé con mis dedos buscando un cuchillo, tornillo o algún arma que me fuera útil. Si tuviera que matar al Don de Italia, máximo Capo de la mafia siciliana lo haría sin dudar.
Aunque después todos sus demonios me persiguieran.
—No malgastes tu tiempo en huir —me observó con una sonrisa ladeada, maldita sea, se veía sexy —. No hay forma de que puedas salir de aquí. Ahora me perteneces, Bianca.
Alzó unas llaves y las guardó en el bolsillo de su pantalón. Qué hijo de puta me había encerrado en su mazmorra. ¿Y ahora qué? ¿Moriría?
—No quería hacerle daño a Priscilla. Solo me defendí. Creo que todos harían lo mismo.
—Todos con un mismo final —se burló cruelmente.
Giovanni Lobo ensanchó su sonrisa y dejó ver sus dientes que parecían perlas blancas.
—Me parece que no te enseñaron a obedecer, niña —aseguró volviendo a su mismo rostro neutral.
Entrecerré mis ojos. No sabía cómo actuar, qué hacer cuando un mafioso prepara tu muerte en su mente malvada.
No hay escapatoria.
—Y yo creo que a usted no le enseñaron a escuchar —contraataqué.
Estaba tentando a la suerte.
Y me gustaba.
Me hacía sentir viva.
—Poner las manos sobre mi esposa puede costarte la vida —sacó un cuchillo y jugó con él mientras me observaba con malicia —. Escúchame bien, cariño —elevó la voz —. No permito que nadie toque lo que es mío y menos que no dañe —un golpe —. Estoy harto de que todos hagan lo que les dé la gana. Pagaras con tu sufrimiento haberle pegado de esa manera. Si le pegas a ella me pegas a mí, si la ofendes me ofendes a mí. Recuérdalo. Soy tu Don y debes darme respeto. Y al dañar lo que es mío te burlaste de mí. Mando sobre ti y tu vida. ¿Lo entiendes?
Se levantó de la silla para venir y desplazarse hasta mi cuerpo, en vez de huir me quedé quieta. Su cuerpo me aprisionó contra la pared subiendo su mano hasta mi cuello y apretándolo con fuerza para que me quedará sin oxígeno. Y eso tan solo hizo que mis pezones se endureciesen.
Qué mierda...
—¿Lo entiendes, cariño? —susurró contra mis labios.
Joder. Qué voz tan erótica.
Su aliento olía a tabaco y yo necesitaba un buen cigarrillo. Quería besarlo. Retarlo. Y coquetearle, estando desnuda.
—No le tengo miedo, Giovanni Lobo —espeté contra sus labios de vuelta.
Un brillo en sus ojos apreció un segundo y tan pronto como vino, se fue. El puño que impactó sobre mi mejilla retumbó en las paredes húmedas de ese sitio. Apretó mis mejillas e hizo que lo mirara a los ojos, los tenía preciosos. ¡Maldita sea, me pegó! Deseaba que su lengua agrediera mi coño húmedo, pero a la vez quería cortársela.
—Yo te enseñaré a temerme, Bianca. Acabaras metiéndote en el infierno si me retas.
Le sonreí.
Estaba c****a de miedo, pero nunca hay que mostrarle que le temes al fuerte, porque acabará destruyéndote. Como yo lo haría con él si me tocaba más. Me asustaba y eso me calentaba.
—Estaría encantada de quemarme si Lucifer me folla rico todos los malditos días de mi eternidad —susurré.
Don me observo con las cejas alzadas. Aquello también le agradaba. Sentía la puta erección entre sus piernas.
—¡Demonios! —masculló, acercándose a mi amenazador.
—¿Te sorprende? —cuestioné casi sin voz —. Hay alguien que no te tiene miedo y le da igual morir ahora.
Estaba demasiado cerca. A centímetros de mi boca, tan solo un paso y ya estaría devorando esos labios carnosos.
El condenado estaba bien bueno. ¡j***r, por qué me atraía!
—No me retes, Bianca. Puedo crear yo mismo el infierno y ser el Lucifer que te folla duro todas las noches, sin compasión alguna.
¿Don estaba diciendo eso? Estaba salvada. Solo tenía que jugar con él un poco más y sacar la sensualidad que mantenía dormida en mi interior.
—¿Todas las noches? —pregunté mordiéndome el labio.
Asintió con los dientes apretados.
—Sí, todas las malditas noches.
—Es tentador —solté un jadeo —. Lamentablemente tienes esposa.
Puta madre.
Qué mierdas estaba haciendo.
—No le guardo fidelidad a mi esposa —rozó sus labios con los míos.
—¿No castiga la mafia italiana eso también? Podrían saberlo, a lo mejor solo lo sacan de su rango.
Acaricié su mejilla, rápido alejó mi mano de su rostro y me inmovilizó contra la pared.
—Muy astuta, cariño —sonrió lento —pero yo soy más astuto que tú. Tus juegos absurdos de seducción solo valen para entretenerme un rato, después me aburro.
Mi ceño se frunció. Mi corazón colapsó.
—¿Me mataras? —gemí de miedo —. No lo hagas, por favor. Estando muerta no te serviría para nada.
Se carcajeó en mi rostro.
—Bianca, ¿cómo llevarías tu vida sin un dedo de la mano?
—Don, por favor.
Mierda, estaba lloriqueando.
—Tengo que hacerlo, Bianca. Prometí no dañar a ninguna mujer, más aún si es tan bella como tú. Lamentablemente la belleza no sirve de nada cuando te atreves a desafiar las reglas —suspiró, vi un atisbo de compasión y me agarré a él —. Así que solo te cortare dos dedos del pie. No seré tan benevolente si vuelves a agredir contra mi esposa, si te pega deja que lo haga, yo acudiré a sanar tus heridas después.