Bianca.
Las sábanas sedosas acariciaron la piel desnuda de mi cuerpo mientras combatía contra el dolor incesante de mi pie derecho. No podía moverlo, era imposible, el dolor se hacía más intento y ya no sentía mis últimos dedos. Don me los había cortado cruelmente con su cuchillo de sierra.
Con el suyo propio.
Y maldita sea como dolió.
Así era eso, si desobedeces la orden de tu señor puedes dar por hecho que cagaras la ofensa. Las reglas de la mafia son claras, ninguna de ellas deben ser rotas, yo lo hice pegando a mi hermana y casi matándola.
Así que tuve mi castigo.
Todavía en mi cama sentía como clavaba sus cuchillos en mis dedos y luego los tiraba al suelo. No pude hacer nada. Me sentó en su silla, amordazó y empezó a mutilar mis pequeñas extremidades.
¡Pero eso no se quedaría así!
Mi odio por ese malnacido solo hizo más que aumentar y solo una cosa cruzaba por mis pensamientos.
La venganza.
Mi vendetta contra Don sería mucho más planificada y cruel que todas las que él había ejecutado. Mucho más que mi sufrimiento ese día.
Estaba decidida y nada podía pararme.
Iba a meterte tan dentro de su vida que arruinaría todos sus planes, si fuera necesario ayudaría a la DEA a reunir pruebas contra él.
El mayor daño que podía hacerle era dejarlo muerto en vida en una prisión de alta seguridad. Porque matarlo sería demasiado sencillo, yo quería que sufriera. Después robarle todo su imperio, hacerme la ama y señora de su dinero y riquezas.
Y me daba igual morir en el proceso.
Suspiré.
A quién quería engañar.
No iba a poder hacerlo. Era demasiado difícil. Incluso si me preparaba por años. Antes de que pudiera dar un movimiento, él daría diez más. Pero, de alguna manera vengaría la mutilación de mis dedos.
La puerta de mi dormitorio se abrió de repente, de ella emergieron dos siluetas.
Una era la de Giovanni, su cabello n***o y sus hombros anchos eran inconfundibles. La otra no lo sabía, pero divisé un maletín de cuero, una calvicie adornando su cabeza y una bata blanca. Así que supuse que era el doctor. Don cerró la puerta con facciones impasibles y me dejó sola con ese desconocido.
—El señor Lobo me llamo de inmediato —comunicó él caminando hacía la cama —. Te examinaré el pie, puede que la herida se haya infectado. Eso no sería bueno. Estate quieta, el me cortara la cabeza si te hago daño.
Asentí sin energía.
Eché a un lado las sábanas y le tendí el pie para que lo observara con detenimiento. Primero desenvolvió la venda, después buscó en su maletín una especie de agua oxigenada y la vertió sobre la herida abierta de mi pie. El escozor y la picazón no tardó en llegar maltratando mi débil consciencia.
—Lo que me temía —anunció asustándome —. Necesitas puntos. Además, perdiste bastante sangre, por suerte paró a tiempo.
Maldito Don.
El doctor sin articular ninguna palabra más hizo su trabajo y se fue, no preguntó ni curioseó sobre él motivo que me llevó a perder mis dos dedos. Yo tampoco dije nada, me silencié y emití algún o que otro aullido de dolor cuando la aguja traspasaban mi piel ensangrentada.
Varios minutos después llegó una sirvienta que me ayudó a bañarme, agradecí esa ayuda. El dolor era malditamente insoportable. Al estar ya aseada y totalmente limpia, sin ninguna superficie de mi cuerpo llena de sangre, me vestí con el vestido granate que habían dejado sobre mi cama con sábanas limpias. Giovanni Lobo pretendía sobornarme con prendas caras. Y no podía culparlo de nada. En la mafia era así. Y yo había incumplido sus leyes. Pero él se burló de mí enviándome, un vestido del color de mi sangre derramada. Estoy segura que lo hizo aposta.
Los empleados de Don eran demasiado rápidos en sus quehaceres.
La chica me dejó sola en mi habitación y segundos más tarde regresó para notificarme que debía asistir en cinco minutos a la cena que su jefe había organizado con su familia.
Me quería morir.
༻♡༺
—Basta de negocios ¿Quién es está bella señorita, figlio? —preguntó el padre de Don en italiano, dirigido a mí.
Sonreí sin ganas ante el halago y agaché la cabeza para tragarme la pasta con salsa boloñesa. Un nudo se formó en mi garganta, que casi me asfixia delante de todos esos asesinos.
Sentía como todos los ojos de la mesa estaban puestos en mí. Y la gran repulsión que tenía por mi agresor iba creciendo, más y más, a cada minuto que compartía espacio con él.
Deseaba su muerte.
Su destrucción.
Quería tanto clavarle en la garganta el cuchillo de cortar el pan, que tuve que esconderlo debajo de mi plato para no hacer ninguna locura.
Giovanni Lobo no tenía una familia muy grande, constaba de tan sólo tres personas, o al menos los que yo conocía. Su padre ya mayor, su hermano, que estaba de viaje en Sicilia y su hermana Melody, que era una dócil jovencita que no abría la boca, parecía un fantasma en aquella cena. Solo comía al igual que yo.
Todos eran parecidos físicamente, atractivos a la vista y coquetos por naturaleza.
Delante de mi hermana y mía, ellos no hablaban sobre sus negocios clandestinos, sino sobre los legales que tenían de tapadera para confundir a la DEA y que no los atraparan.
—Es la hermana de mi esposa, padre —dijo Don, bebiendo un vaso de whisky —. Se quedará un tiempo hasta que su madre regresé.
Horacio Lobo sonrió enseñando sus dientes de oro.
—Es muy hermosa —me halagó de nuevo —. ¿Ya está comprometida?
Me sentía incómoda.
Giovanni rugió y le dio a su padre una mirada penetrante.
—De acuerdo, mío figlio —levantó los brazos en gesto de rendición —. No me meteré en vuestros asuntos. Ahora cuéntame. ¿Cuándo Priscilla me dará un nieto? Espero que pronto. Este viejo ya está cansado de vivir.
—Yo también espero que me lo dé pronto —masculló Don y volvió a poner la vista sobre su teléfono.
No era muy hablador.
Mi hermana se aclaró la garganta:
—Señor, pero si usted se ve demasiado joven. No diga que es un viejo, todavía le falta mucho por vivir. Y es atractivo, las mujeres seguro se pegan por hablar con usted.
Horacio se carcajeó.
—Eso sí es verdad, me conservo bien —aseguró inflando su pecho.
El señor Lobo era demasiado atractivo para su edad, y no estaba nada mal. Debía tener unos cincuenta y parecía uno de cuarenta.
En el salón principal apreció Luka, la mano derecha de Don, creo que era su consigliere, porque lo seguía a todas partes y desaparecía con él. Se acercó susurrándole algo en el oído y se fue furioso de la cena.
—¿Pasó algo? —pregunté distraída.
Horacio sacó de su cajetilla un puro, lo encendió y le dio una larga calada.
—Padre, el doctor dijo que no debía fumar —por primera vez habló Melody.
Su voz era angelical.
—Tonterías. No hay nada que un buen puro pueda hacerle daño a mi salud —tosió varias veces.
Las empleadas retiraron los platos y trajeron el postre. Una adorable tarta de queso con mermelada por encima atrajo mi vista. Mis tripas rugieron.
La devoré como si no hubiera comido en muchos días. Y repetí varias veces.
La cena me estaba aburriendo, hablaban sobre cosas triviales. El postre no parecía acabarse y la curiosidad abordó en mí, sobre lo que estaría haciendo Don en su despacho privado. Porque sí, había algo raro allí y quería saberlo todo. j***r.
Quería tener más información para dañarle y destruirlo, aunque solo fuera un d***o frustrado.
—Si me disculpan —me levanté torpe de la silla lujosa y cómoda —. Debo retirarme ya, mi fatídico accidente me dejo casi sin fuerzas y necesito recuperarlas con un buen sueño. Ha sido un honor conocerlo, espero pasar más cenas agradables con ustedes.
Me despedí de Melody y el señor Horacio, a mi hermana ni la miré. Tampoco ella a mí. ¿Estaría tramando algo? Priscilla era una arpía con todas las letras de la palabra. Y sin más, me fui. No escuche lo que dijeron después, no me importaba una m****a. Solo quería huir como siempre había hecho, porque me estaba ahogando con mis pensamientos.
Tras tomarme las medicinas que el doctor me había recetado, mi pie ya se podía mover con mucha más soltura, pero claro, apoyando el talón en el suelo.
El Don era cruel, despiadado y atractivo. Una belleza bañada en la oscuridad del infierno, capaz de derretirte con solo una mirada.
Esa era su esencia.
Ser un completo diablo, pero tener la belleza de un ángel.
Y yo le quitaría todo.
Mi juego empezaría en ese momento, y planeaba que fuera divertido para mí.
Llegué a mi habitación tras un par de minutos, me costó subir las grandes escaleras que llevaban a la tercera planta, donde estaba alojada mi habitación. La mansión de Giovanni Lobo era la más impresionante que había visto y eso que había visto muchísimas. Desde que era pequeña mis ojos divisaron los edificios más exclusivos y caros de Nueva York, también de Italia, solíamos ir de vacaciones y pasar por las islas para tomarnos semanas de descanso. En ese entonces Priscilla no era la de ahora, era una niña bonita y humilde, pero cuando creció, madre metió en su cabeza a la fuerza los planes que tenía para ella.
Conmigo no lo consiguió.
Supongo que no insistió tanto porque no salí de sus entrañas. Siempre fui la adoptada.
Caminé hasta la cama tumbándome sobre el edredón gris, estaba frustrada y cansada.
Solo en la privacidad de mi habitación me permití llorar, sacar todo lo que retenía en mi interior, porque esa tormenta no debía explotar, no aún. No estaba sola. Las sombras de mis paredes me vigilaban desde los agujeros pequeños, eran los hombres de Don. Seguro se sentía amenazado por mí o tal solo les ordenó eso para que no pudiera darle más problemas.
Estaba segura de que la noticia de mi agresión a Priscilla ya le había llegado a los demás Capos e integrantes de la Famiglia, eso no era bueno. O sí.
Excelente para mí.
Pésimo para él.
Mi puerta se abrió sin previo aviso. Giré mi cuello haciéndome daño por la intensidad, cuando mis ojos evaluaron la entrada, todo en mí se erizó. No había nadie. ¿Se había abierto sola? Fui hasta allí y la entorné de nuevo, ese vestido me estaba matando, así que me desplacé lentamente a mi vestidor privado.
Don se había tomado demasiadas molestias, claro eso fue antes de que sucediera la pelea.
No es justo.
La vida no es justa.
Deseché mi ropa a un cesto con prendas sucias y me busqué un albornoz. Oí en la pared como algo se movía, no tarde en ir de ese sitio. Esas sombras que me seguían a todas partes, empezaban a agobiarme, por eso decidí salir de la habitación para hablar con Don. Además, tenía cosas que investigar. Juntar información para destruirlo.
Sí, seguía con ese descabellado plan.
—¿Dónde va, señorita Bianca? —una voz varonil me alertó de inmediato.
Solté el pomo de la puerta y observé el pasillo buscando el dueño de esa voz.
Me encontré con un hombre robusto, más que Don, llevaba un traje n***o como la noche, con las mangas remangadas dejando ver un tatuaje de la famiglia. Su cabello castaño estaba peinado hacia atrás con gomina. En su oreja llevaba un auricular, y a un lado de su cadera aprecié la forma de una pistola. Era atractivo, la forma de su rostro era cuadrada y su quijada se marcaba con violencia.
Era Luka.
El consigliere de Giovanni Lobo.
Su hermano de la Cosa Nostra y su compañero inseparable.
Luka y Giovanni se parecían tanto, solo que este no se veía la sangre manchando sus pupilas.
—Quería hablar con Don —le dije la verdad porque me convenía —. También tomar el aire. Mi habitación me agobia.
Sacaría información, sus planes, las salidas del trasporte del cargamento, los carteles de droga con los que colaboraba... Absolutamente todo. Me metería en su vida poco a poco, y lo destruiría en la sombra. Si tenía que chuparle la polla arrodillada en su despacho, lo haría. Por asco que me diera, lo haría por mi libertad.
Luka me echó un vistazo de arriba abajo, tan serio que me daba miedo.
—Eso no será posible —negó con autoridad —. Regrese a su cuarto.
Arrugue mi nariz.
—¿Por qué? ¿Está ocupado? Es verdad que quiero hablar con él, necesito decirle algo que me come por dentro y creo que no podré dormir hasta que se lo diga —pestañeé e hice una mueca con mis labios como una niñita.
Él se quedó parado observándome con paciencia.
—Señorita Bianca, no haga las cosas más difíciles. Váyase a su dormitorio y no salga hasta mañana. Es lo mejor que podrá hacer para su seguridad.
—¿Es qué pasa algo? —cuestioné con voz sutil.
—Señorita Bianca...
Entonces pasó.
Un gran estruendo soñó a lo lejos del jardín, las vibraciones llenaron a las paredes en cuestión de segundos. Todo el suelo que pisaba se zarandeó bajo mis pies débiles, perdí el equilibrio y caí sin agarrarme a nada para no hacerme daño. Luka se tapó los oídos agachándose hacia donde estaba para protegerme de los trozos de techo que caían amenazando con aplastarnos.
Otro estruendo más.
Vibraciones.
Las luces parpadearon. Terminaron por apagarse.
Y mucho caos.
Temblé debajo de Luka, él sacó la pistola que tenía atorada en su cintura y apuntó a la nada. Se arrodilló a mi lado revisando mi rostro entre el polvo el humo. Mi garganta raspaba, solo tosía cada vez más. No sabía que estaba pasando, pero estaba c****a de miedo hasta arriba.
—Quieta —marcó un número en su teléfono y se lo colocó en la oreja —. Señor, sí señor. Parece que fue en el jardín. ¿Dentro de la mansión también? Los hombros están afuera, los estábamos esperando. Sí. Los rusos no entrarán en la casa. Sí, señor. Está conmigo, la protegeré con mi vida. La llevaré al sótano y la subiré a un auto. Yo subiré con ella, señor. De acuerdo, lo intentaré.
La voz de la línea se oía furiosa. Sólo pegaba gritos y hablaba alto.
Luka curvó sus dedos en mi brazo y me obligó a levantarme.
—¿Qué pasa? —pregunté nerviosa.
—Los malditos rusos nos hicieron una emboscada. ¡Muévete! —bramó.
༻♡༺
En mi escondite solo oía disparos, voces lejanas y un leve murmullo en el exterior. Luka se había ido y me había dejado sola, dentro de un armario y con un arma de fuego para defenderme. Las cosas se habían complicado. Esos rusos que eran enemigos de Don consiguieron entrar en la fortaleza del mafioso, sembraron el caos en cada kilómetro.
Mi respiración era irregular, la segunda planta era el foco principal de todo. Las palabras en un idioma que no entendía se hacían más cercanas a cada minuto.
Y yo estaba en esa planta.
Quería llorar como una pequeña consentida que no tenía lo que deseaba, pero si lo hacía todo me descubrirían antes. Por el hueco del armario divise dos hombres con metralletas cargadas bajo sus hombros. Examinaban el lugar con intensidad, alertados en todo momento.
Cerré los ojos.
Si moriría, lo haría.
Pero no dejaría que me mataran.
Ambos individuos intercambiaron palabras. Rieron incluso.
Yo sonreí en medio de la oscuridad y me preparé para robarles su vida. Lleve el cañón de la pistola al hueco libre, la cargue de balas siendo lo más silenciosa posible y toqué con mi dedo índice el gatillo, esperando mi momento. Tenían en sus pechos armamento militar. ¿Eran militares rusos? Oh, no.
Respiré hondo cuando supe que no lo eran, solo lo parecía, estaban equipados así para recibir menos daño. Me preparé para apostar contra mi primera presa. Un ángulo perfecto para volarle los sesos de un disparo. Me llené de valor y conté hasta diez en mi mente, no había vuelta a atrás.
3
2
1
Apreté el gatillo.
Cómo me había imaginado, la bala se proyectó a la altura de su cerebro ingresando por detrás y saliendo por su frente. La sangre se esparció en el mármol del piso cuando su cuerpo muerto e inerte se estampó con violencia. La pistola que tenía no poseía de la velocidad que deseaba.
Me hice daño por el retroceso y mi dedo dolorido me estaba ardiendo. También mi pie, pero no reparé en eso. No tenía tiempo.
El otro sujeto me había d*********o, alzó la metralleta al armario, pero antes de que pudiera hacerlo salí de mi escondite y le disparé en sus manos. El arma cayó a sus pies, chilló de dolor. En un segundo todo se calmó. Una bala salió de otra pistola que no era mía y mató al hombre por la sien.
Don me había salvado.
Me quedé paralizada mirándolo, avanzaba por la estancia dando grandes zancadas.
—No sabía que te defendías tan bien —ladeó sus labios —. ¡Ahora muévete, niña tonta! —gritó en mi dirección.
—¡Deje de decirme niña! Soy más mujer que su esposa y le aseguro que puedo ser letal si me lo propongo.
No sé cómo pasó.
Solo sentí como me sostuvo de los hombros con sus manos y le lanzó al suelo. Mi cabeza se golpeó, un dolor agudo se instaló en ella, haciendo que todo en mí se estremeciera. Él disparó de nuevo a un sujeto que apareció en la entrada.
Estaba confusa. Y dolorida.
—¡Maldita sea! —exclamó Don —. Jodidos cabrones.
El cinturón de mi albornoz se soltó cuando me subí a su regazo y disparé contra otro hombre que le apuntaba en la sien. Él me salvo antes, yo lo había salvado ahora. Pero eso no significaba que iba a perdonarle todo. Solo era una muestra de confianza para que confiara en mí.
—¿Está bien, Don? —pregunté sonando preocupada, mi actuación había comenzado —. La bala lo pudo alcanzar, por suerte disparé primero.
Los ojos de ese miserable bajaron a mis senos, que ya no estaban cubierto por el algodón del albornoz sedoso. Su mano subió a mi cadera y junto mi intimidad con la suya restregándose. Oh, por Dios. ¿Qué hacía? Sonrió con diversión, jugando con mi pezón que se volvió duro al sentir su dedo frío. Era tan malditamente caliente, que podía dejar que hiciera con mi cuerpo lo qué deseará.
Entonces me quitó el albornoz de los hombros.
Quedando expuesta y excitada ante la mirada de ese monstruo.