5. Funeral y una proposición

2517 Words
Don Era un paraíso para mis ojos y lo recorrí con gusto utilizando mis manos en el proceso. Su cuerpo reaccionó ante mis caricias, excitándome aún más de lo que estaba ya. Volví a deslizar mis dedos sobre sus pechos desnudos, no estaban nada mal. Posicioné las manos debajo de sus tetas y jadeó como respuesta. Me dieron unas ganas terribles de comerla ahí mismo. De arrancarle las bragas y follarla salvaje por el c**o. Esa mujer era una tentación. —¿Qué mierdas haces? —preguntó con enfado. Me deleité un momento más antes de mirar a sus ojos cristalinos. Era jodidamente hermosa, mucho más que mi esposa. Priscilla era una c****a de vaca y ella una diosa de la belleza. Bianca era caliente y su cuerpo gritaba a sexo. Y yo ansiaba meterle la polla y dejarla dolorida un mes por desobedecerme. Ninguno de mis hombres lo hizo jamás. Ella tan solo llegó y tuvo el descaro de maltratar lo que es mío. Nadie toca lo que es mío. Nadie. Porque las consecuencias siempre serán peor. No podía dejar que eso volviera a pasar, tampoco quería hacerle daño porque era una mujer. No maltrataba a las mujeres, me enseñaron eso desde que era un bambino. Así que utilicé una de mis torturas menos crueles. Me dio pena oírla sollozar, pero me excitaba tenerla cerca. Y maldita sea cómo me excité. Me sentí un j****o psicópata. Sé que me odiaba por eso. A mí solo me daban más ganas de hundirme en ella como un completo desquiciado y hacerla mía. Estaba seguro que no era igual de mustia cómo su hermana, que se tumbaba en la cama y no movía ni un dedo. La manera en la que se meció suavemente no siendo consciente sobre mi erección me lo confirmó. La quería para mí. Todo su excitante cuerpo. Era perfecta, j***r. Me sentí prendado al segundo de que me retará. Le regalé una sonrisa torcida, un segundo después ya estaba entre el canalillo de sus pechos saboreando su piel cremosa. Bajé el agarre de la cintura hacia sus nalgas y las apreté haciendo que su intimidad, seguramente húmeda, se chocará contra mi m*****o ardiente. La pequeña arpía intentó zafarse de mi agarre. —¡Suéltame, m*****o! —chilló contra mí oído —. ¡Ayuda! Quieren abusar de mí. Jadeó cuando metí su pezón erecto en mi boca mordiéndolo con una sonrisa. Sus movimientos solo me ponían a mil. Se movía intentado zafarse de mi cuerpo, pero los dos sabíamos que estaba disfrutando de mis caricias. Contenía en su garganta gemidos de placer que estaba decidido a sacarle. Sus pupilas estaban dilatadas y sus mejillas rojas. —No seas tonta, yo no violo. Solo me follo a las chicas que quieren ser folladas. ¿Quieres que te folle aquí, Bianca? —cuestioné l******o su pezón. Soltó un chillido y la dejé ir. Jugar con ella era divertido. —¡Claro que no! —se negó con ferocidad, levantándose de mi regazo y alejándose para subir de nuevo su albornoz —. No vuelva a tocarme. Eres un m*****o v******r, ¿también quisiste abusar de mi hermana la noche de bodas? Debería darte vergüenza tocarme sabiendo que tu esposa puede estar en peligro. Me incorporé sacudiendo mi cuerpo del polvo y la suciedad del suelo. Oh j***r. Esa mujer sí que tenía ovarios para decirme las cosas a la cara. No iba permitir ni un segundo más que me hablará con ese noto. —Tú hermana me espero con las piernas bien abiertas. ¿A eso le llamas violación? Sus gritos no eran precisamente de asco —le informé con una sonrisa. No sabía que m****a me pasaba. Sonreír no era una de mis facetas —. Baja el tono conmigo, ya sabes lo que puede pasarte si vuelves a retarme. Entrecerró los ojos y puso una mueca de asco. —¡No necesitaba esa información! —escupió con la pistola entre sus manos. La reconocí enseguida, era la de Luka. Ese m*****o imbécil la había dejado sola mientras esos cabrones osaron a penetran mi hogar. Si tan solo no fuera mi amigo, ya le hubiera cortado la cabeza. Ahora estaban todos muertos, yo mismo rompí sus huesos. Aunque puede que haya uno que otro más, no lo creo. Se aclaró la garganta cuando le arrebaté la pistola de sus manos y la guardé junto a la mía atrás de mi espalda. —¿Qué haces? ¿Cómo me defenderé? Mis ojos siguieron la sangre que brotaba de su pie. Estaba descalza y la venda que protegía la herida de sus dedos cortados sangraba. No era médico. Pero eso no era bueno. Maldita sea, la chica bonita se me desangraba. —No necesitas defenderte. Mi mansión nunca dejó de ser segura —gruñí —. Tu pie sangra, ven aquí. —Pues muy segura no será, cuando tus enemigos entraron y casi nos vuelan la cabeza. Con un movimiento rápido la sostuve entre mis brazos y avancé hasta la salida con sus chillidos. Golpeó mi pecho varias veces e intentó saltar de mis brazos. Cedió en unos minutos cuando se cansó de hacer el idiota. Sus puñetazos eran como golpes de plumas, hasta me hacían cosquillas. Suspiró cansada. Estaba incómoda porque sus músculos se mantenían tensos como una roca. No estaba acostumbrada a mi masculinidad, era comprensible. —¿Dónde me llevas? —preguntó. —Iremos a Italia. Allí todo será más seguro. Crucé un pasillo oscuro, las ventanas estaban abiertas y observé el césped del jardín de mi mansión destrozado. Esos rusos de m****a me declararon la guerra hace horas, y solo porque me follé a la hermana de mi ex socio ruso. Cerraron todos nuestros tratos y rutas de droga. La chica había dicho que la había seducido y por eso perdió su virginidad conmigo. El prometido se juntó con el hermano y declaran una guerra contra la famiglia. Su coño estaba más usado que mi polla. Y mira que yo la he usado. En fin. Lo solucionaré porque este problema es un grano en el c**o. Soy el que manda en toda la puta mafia. Todos me tienen miedo por mis crueles venganzas y todo lo que hice cuando era pequeño. Subí de rango tan solo unos años después de mi tío Antonelli muriera en mis manos y mi padre se retirará. No podía dejar que ninguna mujer destrozara mi imperio. Así que la mande matar y mis sicarios de Rusia lo hicieron bajo mis indicaciones. La joven que retenía en mis brazos tenía la mirada perdida. —¿Dónde está mi hermana y por qué vamos a Italia? —preguntó de repente —. Seguro hay otros lugares más seguros. Bajé las escaleras para llegar al primer piso, donde estaría mi consigliere encargándose de todo este desastre. Algunos de mis hombres murieron por defenderme, sus familias serán recompensadas con una suma de dinero aceptable. Puedo ser malvado. Pero si me eres fiel te lo recompensare. Lamió sus labios inocentes y ni quiera me miró. Joder. Las ganas de follarla no se iban. Quería hacerlo para desfogarme porque verdaderamente mi día iba de mal en peor. —¿Qué pasó? ¿Por qué esos hombres te atacaron? Respiré duro. —Demasiadas preguntas —conteste cortante—. No tengo ánimos para responder. Me ponía desquiciado que hiciera tantas preguntas y fuera tan curiosa, pero sus labios me desquiciaban más. Deseaba besarla y explorar a mi antojo el interior de su boca. Hacerla mía por ahí también y que se tragara mi semen mientras lamía la punta de mi m*****o. Santa m****a. Oh j***r. Mi erección creció y chocó contra la tela de mi pantalón, el dolor se intensificó con el poco espacio que tenía mi amigo allí abajo. Necesitaba aliviarme enseguida. Y esta puta solo hacía más que ponerme caliente con todo su cuerpo rozando el mío. La primera planta estaba vacía, en silencio. No había ni un alma. En silencio recorrí con mis pies el poco camino que quedaba hacia la salida. Allí mis hombres me esperaban con sus coches y sus armas. Un par de cuerpos estaban en el suelo con charcos de sangre, eran los c*******s de mis defensores. Entré solo para buscar a la hermana de mi esposa. No era tan cruel de dejar que la mataran. Ese gusto lo quería yo. Porque esa mujer era un peligro para mí. Una tentación prohibida que pondría mi rango pendiendo de un hilo. Ella era mi perdición. La llama que amenazaría por consumirme. Y desde el principio lo sabía. —Señor —llamó uno de mis hombres. No veía a Luka por ninguna parte —. Su padre fue uno de los fallecidos. Le ofrezco mis condolencias. ༻♡༺ Bianca Horacio Lobo había muerto en esa noche que habían tratado de matar a Don y a todos sus seres queridos. Un día después su hijo lo estaba enterrando en el cementerio de Nueva York, con doble seguridad. Me vestí con un vestido n***o para acompañarlo, ya que mi hermana no estaba y yo era la única "familiar" que estaba a su lado para acallar los cotilleos de la prensa. Las cámaras seguían a Don por todas partes, se rumoreó que un mafioso había matado a su padre, cosa que era verdad, pero que él lo desmintió diciendo que había fallecido debido al cáncer de pulmón que padecía. Melody y Priscilla ya estaban de camino a Italia. No sabía para que Don quería ir a ese país, y necesitaba saber. Necesitaba descubrir porque esos rusos le habían declarado la guerra para asociarme con ellos. Porque no aguantaba. No podía sentir placer con su roce que ese monstruo me daba. Porque sí, lo sentí. ¿Y cómo no sentir nada si esa masa de belleza y masculinidad me tocaba como pocos me habían tocado? Nunca lo hicieron de esa manera. Y no quería que volviera a suceder. No quería sentir que me gustaba sus besos, porque entonces estaría perdida. Me conocía. Y probablemente acabaría gustándome, porque me gustaban todos los hombres que estaban prohibidos. Y él lo era. —Don le ofrezco de nuevo mi pésame —dije cuando el ataúd de su padre se perdió entre la tierra. El funeral había acabado. Solo él, el párroco, los hombres de Don y yo habíamos asistido. Observé sus ojos, no estaban enrojecidos. No había derramado una sola lágrima por su padre. —Gracias, Bianca —sonó duro, siempre sonaba así —. Camina, el avión está esperándonos. Su traje n***o le quedaba ajustado. Su cabello estaba peinado hacia atrás. Y su loción me estaba volviendo loca. Esos músculos sí que me volvían loca. Me hice paso entre sus hombres para llegar a la Range Rover que estaba ubicada en la entrada del cementerio, junto con periodistas curiosos y cámaras que me grababan a mí y a Don. Él estaba por delante, sus guardaespaldas alejaron a esas escorias y se aseguraron que subiera a su auto. Yo estaba a punto de subirme al que se me había sido asignado, pero oí la voz de Luka: —Señorita Bianca —llamó acercándose a mí. Me estaban fotografiando así que busqué en mi bolso y me coloqué unos lentes negros, me molestaba ser el centro de atención. —¿Sucede algo? —pregunté desviándome del auto. —El señor quiere que vayas en su auto —informó. Asentí sin decir una sola palabra y me encaminé hasta el auto donde estaba él. Sus hombres me cachearon antes de que me abrieran la puerta y sentarme en el asiento de atrás junto con ese mafioso. No lo observé a los ojos. Mi vestido se deslizó hacia arriba por mis piernas, lo baje rápido sintiendo su mirada ardiente. —Acércate —ordenó. ¿Qué estaría tramando? No quería estar cerca de él. Más lejos mejor. —Puede llorar si quiere. Aquí nadie lo escuchará y yo no diré nada. Sonrió y apretó el agarre en sus piernas. Echó la cabeza para atrás riendo. —Nunca lloro. Arrugue la nariz sin poder creérmelo. El motor del vehículo cobró vida con un sutil golpe en la ventanilla polarizada. El interior del coche era todo n***o, como el alma de su dueño. El asiento era cómodo, pero yo no estaba cómoda, así que jugueteé con mis manos. —Todos los humanos lloran, usted no es la excepción. Mordió sus labios, lo estaba viendo de reojo. Me miraba como si fuera su presa. Mi canalillo estaba expuesto ante él, todavía podía sentir su respiración que me excitaba entera. ¡m****a! Era demasiado caliente. Y esos toques no se iban de mi cabeza. En la noche, cuando me pagó la habitación del hotel para que durmiera, él no durmió. Tuve un sueño en él que aparecía. Y amanecí caliente por su culpa. ¿Por qué me excitaba? Era cruel, despiadado. No me convenía. Me había dañado. Me iba a matar. Me corto mis dedos y arruinó mi vida. ¿Por qué quería sentirlo de nuevo? Debía sacar ese d***o de mi cabeza lo más pronto posible. Entre él y yo no podía ocurrir nada. No podía. —Bianca... Ganarme su confianza. Después destruirlo. —Don, no te ofendas, no es mi tipo. No quiero follar contigo, soy la hermana de su esposa y creo que no sería beneficioso para mi hermana. Puede coger a las chicas que quiera, pero no le pondrá el cuerno conmigo —solté de repente. —Tienes el... —señaló con su dedo un botón de mi vestido —. Se te verán los pezones si no te abrochas ese botón. Volvió a su seriedad. Con vergüenza intente abrochar el botón que dejaba ver demasiada piel de esa zona, pero los dedos se resbalaban unos con otros y se me fue imposible. —Déjame a mí —la alarma en mi cerebro me alertó. Tragué saliva mientras mis manos chocaron con las suyas con movimientos torpes. ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba así ante él? No lo comprendía. No era una niña de quince años con las hormonas revolucionadas. Su aliento mentolado mezclado con tabaco chocó contra mis senos cuando respiró y se inclinó para abrocharme rápidamente el botón de mi vestido. Mi aliento seguramente olía mal, porque no encontré ningún cepillo de dientes ni pasta dental en el hotel, así que sellé mis labios. ¿Pero que importaba? ¿Por qué me preocupaba oler bien? Don rozó con sus dedos una de mis tetas cuando volvió a su sitio, mis pezones enseguida reaccionaron y se clavaron en la tela fina mi vestido. No llevaba s*******r puesto, rara vez lo llevaba y me maldije por no llevarlo porque se estaba notando. Él lo había notado. Esbozó una sonrisa por ello. —Aunque intentes negarlo, tu cuerpo reacciona con el mío. Igual que yo no puedo negarlo. Deja de odiarme por cortar tus dedos, cariño, solo yo puedo darte los mejores orgasmos de tu vida. Sé una de mis chicas y nunca jamás te haré daño, pero debes guardarme respeto. ¿Aceptas, cariño?
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