Pasatiempo
POV SUMMER
La lluvia golpeaba los cristales del rascacielos de Koch Industries con una violencia que parecía advertirme que no debía estar allí. Pero mi corazón, palpitando con una alegría que me quemaba la garganta, no entendía de presagios. Llevaba en mi bolso una pequeña caja de cartón, un pedazo de plástico con dos líneas rosadas que prometían cambiar nuestro mundo para siempre. Estaba temblando, no de frío, sino de la urgencia de ver su sonrisa cuando le diera la noticia.
—Es hora de que uses tu inteligencia, Soren —la voz de Héctor Koch, fría como el acero y afilada como una guillotina, se filtró por la pesada puerta de roble de la oficina presidencial—. Eres la cara de esta familia, el responsable de mantener este imperio a flote. No puedes seguir perdiendo tu tiempo, y mucho menos dañando tu imagen, por estar con esa... asistente.
Me quedé estática en la penumbra del pasillo. El aire se volvió denso, difícil de tragar. Apreté el cuero de mi bolso con tanta fuerza que mis nudillos blanquearon. Yo era esa “asistente” a la que Héctor se refería con un asco que me revolvía el estómago. Él padre del hombre que amo, estaba allí menospreciandome. Lo ha hecho así desde el día que me conoció.
—No volvamos a esa discusión, padre. No vamos a estar de acuerdo nunca —la voz de Soren resonó, profunda y firme. Durante un segundo, mi corazón dio un vuelco de esperanza. "Defiéndeme", suplicó mi mente. "Dile que me amas".
Pero lo que siguió fue un silencio que dolió más que un latigazo.
—Mi personal no tiene nada que ver con mi responsabilidad en todo esto.
—¡Lo tiene todo que ver! —rugió Héctor—. Tu primo está esperando un solo error tuyo para reclamar el mando. Si no te centras, si no formas una familia con alguien de nuestro círculo, te quitaré todo. No voy a permitir que una mujer de clase baja manche el apellido Koch. Tienes que elegir, Soren: el imperio o esa mujer.
Me llevé una mano al vientre, protegiendo instintivamente la vida que apenas comenzaba a latir dentro de mí. "Dile que me amas. Dile que vamos a casarnos", rogaba en la oscuridad. Esperaba que el hombre que me juraba amor eterno cada madrugada pusiera un alto a los desplantes de su familia.
—No tengo por qué elegir, padre —la voz de Soren sonó ahora extrañamente calmada, casi aburrida, despojada de toda la calidez que yo conocía—. Summer no es más que un pasatiempo. Algo con lo que me divierto para liberar la tensión del trabajo.
Aquello fue como un disparo directo a mi centro. Sentí el impacto romperme, un vacío que me succionó el aire. Si no lo hubiese escuchado por mí misma, jamás habría creído que Soren Koch fuera capaz de decir algo así de mí.
—Es hermosa, sí, y me hace la vida más fácil aquí arriba —continuó él, con una ligereza que me dio náuseas—, pero sé perfectamente dónde termina su lugar. En cuanto me aburra, la dejaré. No es la mujer ideal para formar parte de la familia Koch, y ambos lo sabemos. Es solo... una distracción necesaria en la cama. Nada que un cheque de salida no pueda solucionar cuando llegue el momento.
El mundo se detuvo. Sentí como si el suelo desapareciera y estuviera cayendo en un abismo oscuro y profundo. ¿Pasatiempo? ¿Distracción?
Hace apenas unas horas, en el departamento que compartíamos, él me había dicho con una ternura que me hizo llorar de felicidad que yo era su mundo. Me había cuidado y consentido después de las náuseas que habían sido recurrentes. Recordé la sensación de sus labios en mi sien mientras me susurraba.
“Descansa, vida, me encargaré de lo demás. No hay nada más importante que tú. Te amo, Summer”.
Mentiras. Todo había sido mentiras dulces para mantenerme dócil y disponible.
—Me alegra que seas sensato —continuó Héctor con tono triunfal—. Puedo entender que sea hermosa y que ese cuerpo te dé buen sexo, pero es hora de buscar a la madre de tus herederos. Alguien de tu estatus que no avergüence nuestro apellido.
—Me concentraré en eso —respondió Soren sin un ápice de remordimiento—. No te preocupes más por ella. Haré lo que debo hacer. Summer no será nada, ni siquiera un recuerdo.
Aquellas palabras me quemaron como si hubieran vertido lava sobre mi piel. Me había entregado entera, había confiado en él y él me estaba minimizando como si fuera un mueble viejo del que pensaba deshacerse. El pánico me sacó de mi estupor cuando escuché sus pasos. Corrí hacia el rincón más oscuro, escondiéndome tras una columna, enterrando mis uñas en mis palmas para no gritar.
Los vi salir. Soren caminaba con su elegancia habitual, ajustándose el saco del traje, con esa expresión impasible que ahora me parecía la máscara de un demonio. Ni siquiera miró hacia mi escritorio vacío. Se fue, riendo de algo que dijo su padre, mientras yo moría en las sombras.
Cuando el ascensor se cerró, el silencio de la oficina me aplastó. Salí de mi escondite, arrastrando los pies hacia mi escritorio. Mis manos temblaban tanto que apenas pude abrir el bolso. Saqué la prueba de embarazo. Positivo. Una risa amarga y rota escapó de mis labios. Estaba sola. El hombre al que le había entregado mi alma me veía como un juguete, mientras yo llevaba en mi vientre a su hijo.
—Un pasatiempo... —susurré, y la palabra supo a brazas ardientes.
Encendí la computadora con movimientos mecánicos. Mis ojos ardían, pero mi determinación empezó a arder con más fuerza. Redacté la carta de renuncia más corta de mi vida. La imprimí y la firmé con una mano que ya no temblaba; el dolor la había vuelto de piedra.
Fui a su oficina y dejé el papel sobre su escritorio de mármol. Junto a la renuncia, dejé una nota escrita a mano, diseñada para demoler su ego de hombre intocable e intachable y dueño del mundo.
“Me cansé. Me he dado cuenta de que nunca fuiste suficiente para una mujer como yo. He encontrado a alguien que realmente me llena, alguien que no necesita la aprobación de su papi. No me busques, porque ya te olvidé. Adiós, Soren”.
Quería que pensara que yo lo había usado a él. Que mi amor había sido una actuación tan cínica como la suya.
Salí del edificio y la lluvia terminó de empaparme, borrando mis lágrimas. Al llegar al departamento, el dolor me golpeó de nuevo. El lugar olía a él. Vi su taza de café a medio terminar sobre la mesa, la cama deshecha donde horas antes me juró amor eterno, y sus libros sobre la mesita de noche.
Me desplomé en el suelo del armario, abrazando mis rodillas. El silencio del lugar era un grito constante de su traición. Abrí la maleta y empecé a tirar mi ropa dentro, sin doblarla, con urgencia. Al pasar por el baño, vi nuestros cepillos de dientes juntos. Con un arrebato de odio, tomé el mío y lo tiré a la basura.
Recogí mis ahorros, cerré la maleta y me detuve frente a la puerta principal. El corazón me pesaba tanto que sentía que no podría caminar. Miré el sofá donde tantas noches planeamos viajes que nunca haríamos. Me toqué el vientre y sentí una chispa de fuego en mi interior.
—Nunca más —juré en voz alta, con la voz rota pero llena de acero—. Nunca más seré el pasatiempo de nadie. Mi bebé crecerá lejos de tu arrogancia y de tu apellido lleno de frialdad. Hasta nunca, Soren Koch.
Cerré la puerta con un golpe seco que sentenció mi pasado, dispuesta a desaparecer antes de que él y su mundo de vanidad y millones terminarán de destruir mi vida.