El mundo se redujo a Nate y yo, rodeados por la tenue luz del apartamento vacío. Sin distracciones, solo el peso de lo que estábamos compartiendo. Me llevó hasta la esquina donde había dejado una frazada sobre el suelo, lo único que había traído para darle algo de calidez al espacio. —No tienes que hacerlo, Dafne —dijo, preocupado. —Pero quiero hacerlo —respondí, mirando sus ojos con firmeza. Este no era un impulso, era una decisión. Él había sido mi refugio, y ahora yo quería entregarme a él, sin reservas. El frío del suelo contrastaba con el calor de su abrazo. Me acerqué a él, mis labios buscando los suyos con una mezcla de necesidad y amor. Esta vez, no hubo resistencia en su respuesta. Sus manos me acariciaban, como si asegurarse de que estaba bien. —Dafne... —susurró entre besos.

