El señor Montenegro comenzó a transmitir desde su computadora portátil hasta la pantalla detrás de él. De pronto, la imagen de mi padre apareció en la pantalla. Estaba sentado detrás de su escritorio, con una expresión seria y decidida. Apenas comenzaba a procesar lo que veía cuando soltó una bomba:
"Le dejo a mi hija, Dafne Valdés, la casa de la playa y un apartamento cerca de la universidad estatal. Asimismo, le dejo una carta en la que explico detalles importantes que he decidido compartir únicamente con ella. Esta carta está resguardada en una caja de seguridad en el Banco Central. Además, transfiero el 90% de mis acciones en Valdés Corporativo, junto con todos los beneficios que esto conlleva. Para acceder a estos bienes, deberá haber cumplido la mayoría de edad. Si al momento de mi fallecimiento faltara mucho para que ella alcanzara los 18 años, el fideicomiso estará bajo la supervisión del señor Nathaniel Castillo, en quien confío plenamente para garantizar el bienestar de mi hija. En caso contrario, bastará con esperar hasta que Dafne cumpla su mayoría de edad."
No podía creer lo que escuchaba. La expresión en el rostro de Cecilia era inolvidable: una mezcla de furia y sorpresa. Pero lo peor vino después.
"Cecilia," continuó mi padre con un tono helado, "quiero que sepas que siempre conocí tus sucios secretos. Sé que esos niños no son míos, sino el resultado de tu infidelidad. Aunque no puedo perdonarte, ellos no tienen la culpa de tus actos. Por eso he dispuesto un fondo para asegurar su educación y bienestar. Pero tú, Cecilia, no recibirás nada más que lo estipulado en este testamento. Mi prioridad siempre fue Dafne, y lo seguirá siendo incluso después de mi muerte."
La sala quedó en completo silencio. El rostro de Cecilia se tornó blanco como una hoja de papel. Thiago, que jugaba despreocupado por la sala, se detuvo y miró confundido a su madre, mientras Dante levantaba la mirada de su tablet, completamente atónito.
El notario Montenegro mantuvo una expresión neutra, pero no pude evitar notar cómo sus dedos se entrelazaban con más fuerza sobre la mesa, como si también sintiera el impacto de aquellas palabras.
—¡Esto es una farsa! —exclamó Cecilia, poniéndose de pie con tanta fuerza que la silla se tambaleó detrás de ella. Sus ojos despedían furia, pero también había algo más: miedo. Un miedo que parecía consumirla.
—Señora Valdés —intervino Montenegro con calma—, este video es parte del registro oficial del testamento. Si tiene objeciones, puede discutirlas en un tribunal, pero por ahora le pido que guarde la compostura.
Yo apenas podía respirar. El peso de las palabras de papá, el hecho de que él sabía todo, de que me había dejado tanto a mí… Y el papel de el padre de Nathan. Todo se sentía como una avalancha que me golpeaba al mismo tiempo.
—Esto no puede ser… ¡Es imposible! —continuó Cecilia, ignorando al notario. Luego se giró hacia mí con una mirada que mezclaba odio y desesperación—. ¡Tú lo sabías, verdad? ¡Tú sabías que él me estaba vigilando, que me despreciaba!
La miré en silencio, mis labios temblaban mientras trataba de encontrar palabras que simplemente no existían. Nathan quien se había mantenido en completo silencio se levantó y dio un paso hacia mí, colocándose entre nosotras.
—Basta, Cecilia —dijo con firmeza, su voz como un muro que cortó su arrebato—. Álvaro confiaba en Dafne, y también confiaba en el señor Montenegro y en mí. Lo que acaba de pasar es la prueba de que él sabía lo que estaba haciendo.
Cecilia apretó los dientes y tomó a Thiago de la mano con fuerza, arrastrándolo hacia la puerta. Dante, todavía en estado de shock, los siguió sin decir una palabra. Antes de salir, ella me lanzó una última mirada llena de veneno.
—No te creas tan especial, Dafne. Esto no ha terminado —dijo, cerrando la puerta con un golpe que resonó en toda la sala.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, el silencio llenó la habitación. Me desplomé en mi asiento, sintiendo que mis piernas ya no podían sostenerme. Nathan se agachó a mi lado, colocando una mano reconfortante en mi hombro.
—Estoy aquí, Daf. Siempre lo estaré.
No respondí. Todo lo que podía hacer era mirar fijamente la pantalla, donde la imagen de papá seguía congelada, como si todavía estuviera velando por mí.
¿Quién era mi padre realmente? ¿Qué más secretos habrían quedado enterrados junto con él?