Dafne
Trataba de abrir mis ojos, pero un dolor punzante de cabeza me lo impedía, quizás por todas las horas que lloré la noche anterior.
La intensa luz del sol se colaba por la ventana. Quería levantarme de la cama, pero un peso firme sobre mis caderas me mantenía inmóvil.
Cuando finalmente pude abrir los ojos, el pánico me invadió: Nate estaba acostado a mi lado.
No recordaba con claridad qué había sucedido la noche anterior, pero sabía, que él no sería capaz de hacerme daño.
Me levanté lo más rápido posible sin hacer ruido, me metí al baño y me senté sobre el retrete. “¿Qué mierda hiciste, Dafne?” me preguntaba una y otra vez.
Abrí la regadera, no me molesté en poner el agua caliente; necesitaba algo para despejar mi mente. Me preparé para salir a dar una vuelta alrededor del vecindario.
Estuve haciendo tareas para conseguir un poco de dinero. Gracias a eso, había logrado comprar algunas prendas de vestir.
Me puse una camiseta deportiva de manga corta, ajustada, de un color claro que reflejaba la luz del sol. Los pantalones cortos de tela liviana se ajustaban a mis piernas, permitiéndome moverme con libertad. Me coloqué mis zapatillas deportivas, cómodas y con buena amortiguación, listas para el asfalto. Me hice una coleta alta y, finalmente, me aseguré de atarme los cordones con firmeza. Al dar el primer paso, sentí la brisa fresca acariciando mi rostro.
Después de dar varias vueltas, esperé hasta que Nate saliera de su casa para regresar. No tenía el valor para mirarlo a los ojos. No quería que me dijera que la había cagado; no quería arruinar lo único estable que había tenido en mi vida.
Vi cómo su coche desaparecía en la calle. Saludé al portero del edificio y me apresuré a entrar en el ascensor. Ingresé el código en la puerta El olor de su perfume inundó mis fosas nasales.
El sentir su aroma me provocó un nudo en el estómago, como si cada molécula de aire me arrastrara a un pasado que no había terminado de procesar. Aquella fragancia, tan inconfundible, me hizo revivir todos los momentos que compartimos, esos que nunca llegaron a ser algo más, pero que, de alguna manera, dejaron una huella profunda. La mezcla de su perfume me transportaba a esas conversaciones largas, a las miradas que se cruzaban en silencio, a la cercanía que nunca se definió. Era como si el aroma me reclamara lo que nunca fuimos, lo que pudimos haber sido, pero que por cobardía ninguno de los dos se atrevió a hacer algo al respecto.
Cerré la puerta a mis espaldas y me dejé caer sobre ella. Coloqué mis manos en la cabeza y me enrosqué, abrazándome a mí misma.
"¿Qué haré ahora?", pensé, mientras soltaba la respiración que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba conteniendo. Mi mente era un caos, un torbellino de pensamientos que no me dejaba en paz. Pronto sería la lectura del testamento de mi padre, y con ella, las respuestas que tanto temía enfrentar.
Fui al baño y lavé mi cara con agua fría, esperando que el impacto me devolviera a la realidad. Pasé las manos una y otra vez sobre mi rostro, como si con cada movimiento pudiera borrar el peso de este terrible sueño del que no podía despertar.
Los últimos dos días los había pasado evitando a Nate. ¿Difícil? Bastante. ¿Patético? También.
Mi mente era un caos. Emociones encontradas me golpeaban como olas en medio de una tormenta. Faltaban pocos días para mi cumpleaños número 18, y en lugar de sentir emoción, solo había incertidumbre. Pronto estaría en la calle, lo sabía. Cecilia me había echado sin pensarlo dos veces, y aunque Nate había sido mi refugio, no podía quedarme para siempre en su sofá, especialmente cuando ni siquiera podía recordar lo que sucedió hace algunas noches.
El sábado llegó rápidamente y, con él, la lectura del testamento de papá.
No estaba muy animada. ¿Quién, en su sano juicio, se siente feliz al saber que quedó en la calle definitivamente?
Me coloqué una falda entubada, de corte ajustado y elegante, que resaltaba mis curvas. La combiné con una camisa blanca de manga larga y tela ligera, algo fresca, ya que luego iría a pedir trabajo. Para completar el atuendo, elegí unos tacones negros. Eran un poco altos, pero cómodos; después de todo, ya estaba acostumbrada a usar este tipo de ropa.
Me recogí el cabello en una cola alta y me miré al espejo. A pesar de no estar en mi mejor momento, algo en mi reflejo me hacía sentir poderosa e imparable.
Llevaba alrededor de 15 minutos intentando pedir un taxi, pero al parecer la aplicación estaba teniendo una avería. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no noté cuando Nate se colocó frente a mí. El tintineo de sus llaves me devolvió a la realidad.
—Vamos —dijo, extendiendo su mano con un tono de autoridad evidente en su voz.
—Mm... —murmuré distraída, sin apartar la mirada de mi teléfono.
—No te lo estoy pidiendo, te estoy ordenando que subas al maldito auto —espetó, su voz firme rompiendo cualquier intento de objeción.
El transcurso hasta la oficina del notario fue silencioso. De vez en cuando sentía su mirada fija en mí, pero realmente no estaba en condiciones de hablar sobre eso. Él me conocía tan bien que no hizo falta que dijera una sola palabra; con solo mirarme, lo entendió perfectamente.
Llegué cinco minutos tarde. Cecilia me miró de arriba a abajo, y una sonrisa burlona se dibujó en sus labios. Su mirada cargada de desprecio era inconfundible. La secretaria, notando la tensión que flotaba en la recepción, rápidamente nos hizo pasar a la oficina del señor Montenegro, el notario encargado de la lectura del testamento.
Al entrar, nos encontramos con el señor Montenegro encendiendo la pantalla que se encontraba a sus espaldas. Sus movimientos eran precisos y pausados, como si cada gesto estuviera cuidadosamente calculado para transmitir profesionalismo y elegancia.
La secretaria cerró la puerta que se encontraba a mis espaldas. Cecilia y yo nos sentamos en las sillas frente al escritorio del notario, mientras mi hermano Thiago corría alrededor de la oficina. Dante, por otro lado, estaba sentado en el sofá que adornaba la inmensa pared de la oficina, completamente absorto en su tablet.
Estando todos los beneficiarios aquí presentes, iniciemos con la lectura —dijo el señor Montenegro mientras se colocaba sus lentes.
"Yo, Álvaro Valdés, en pleno uso de mis facultades mentales, dejo constancia de mis últimas voluntades:
A mi esposa, Cecilia Valdés, le legaré la residencia familiar, ubicada en Paseo de los Jardines, 1500, Residencial Santa Teresa, junto con los bienes y muebles contenidos en ella.
A mi única hija, Dafne Valdés, fruto de la pasión que desbordábamos su madre y yo, le dejo..."