ADIÓS A MI VIDA

1415 Words
—Drea, tienes que entenderlo. Por favor, no lo hagas más difícil de lo que ya es... La voz de mi madre demostró la desesperación en la que se hallaba sumida. Y eso me hizo querer gritar. Según ella, la vida después del entierro de mi padre se había vuelto intolerable en la ciudad, y cada vez que hacía la pregunta de por qué, encontraba una expresión lastimera y silencio. —¿Difícil? ¿Para quién mamá? Para ti todo es fácil, eres la reina de la publicidad, pero ¿qué hay de mi? Esto es la destrucción total de mi universo. La miré con mi respiración acelerada por el drama, Jana mantenía su semblante serio, cada cabello cenizo en su sitio, el maquillaje perfecto, el vestido elegante incluso ahora que estábamos empacando las cosas para el traslado definitivo. Así que insistí ante su silencio. —¿Por qué, mamá? —y mi voz salió más dura de lo que pretendía, como si de un ataque se tratara—. Papá no nos dejó en la inopia. ¡Imposible que el funeral costara tanto! Esa era la justificación que construí en mi cabeza durante estas semanas: que todo era por los costos del funeral, por un "pequeño" bache financiero. Una excusa elegante, aunque ilógica, que me permitía seguir creyendo en el cuento de hadas. Ella optó por no responder, el silencio era más doloroso que cualquier grito. Cerró los ojos, suspiró, y al abrirlos el cariño desapareció para mostrar a la profesional y no a mí madre. —A las cuatro de la tarde, Drea. Todo lo que no esté empacado irá a la basura. Jana pronunció las palabras frías, cortantes y definitivas. El portazo me hizo temblar, me lancé a la cama y cogí la almohada para ponerla sobre mi cara y gritar hasta que me cansé. ¿Cómo cambió mi vida tanto en un mes? Un maldito mes desde la muerte de mi padre, Omar Hashim, y mi madre optó por destruir sus recuerdos, en vez de asumir la verdad de que “la familia perfecta” desde hacía mucho ya no existía. Abrí la puerta del vestidor, ese que mi padre adaptó para mi cumpleaños número diez, un paraíso de cuatro metros antes de llegar al baño, con tina y del color que me fascinaba. Recorrí con las manos las estanterías iluminadas para mis prendas de diseñador, para detenerme en el espejo de cuerpo entero empotrado en la pared. Me quedé observando la imagen que me devolvía, demasiado parecida a mi madre, quizás en unos años sería igual a ella, quizás el único rastro de Omar eran mis ojos, azules como los de él. Avancé hasta la cómoda donde estaban mis accesorios, abrí el cajón secreto que padre mandó a hacer en un gesto de complicidad a mis quince años. «Nada tan exclusivo como una caja fuerte, pero si preventivo si tú madre o yo queremos espiar», fueron sus palabras dejándome para que colocará el código de seguridad y la huella dactilar. Cogí una fotografía en la que aparecemos mis padres y yo. La habíamos tomado en el evento de gala benéfico justo el día antes del accidente. Sonreíamos los tres, era la imagen de la felicidad más empalagosa. Me senté en el banco que utilizaba para colocarme los zapatos, apreté los dientes, y volví a ver las sonrisas falsas que en ese instante me dieron escalofríos. Saqué la foto del portarretratos y la rompí en pedazos, era momento de enfrentar la realidad, de asumir responsablemente la verdad de que mi padre nos había engañado. Cerré los ojos y recordé como, hacía tres semanas, fuimos citadas al despacho del abogado de la empresa familiar, si hasta ese momento Jana seguía encerrada en la burbuja de tristeza por el fallecimiento de Omar, convencida del excelente marido y padre que era, las evidencias la rompieron dejándola caer con fuerza, para iniciar el periodo de negación y, por su parte, culpar a la mujer que tenía a su lado, por lo que ocurría, incluso cuando era consciente que la noticia nos tomó a las dos por sorpresa. Mi padre, el intachable Omar Hashim, el "empresario visionario" que todos admiraban, tenía una amante, la causante indirecta de su muerte. Lo cierto, es que en el testamento, la mujer tan pronto el abogado dio a conocer su existencia, se hizo presente con los papeles que demostraban que padre lo único que nos dejó fue la casa, y las acciones de Jana, que correspondían al 25% de la empresa. Madre me sacó de la oficina, media hora después salió informando que las cosas iban a cambiar, nunca pensé que tanto. Volví a levantarme, revisé el resto de pertenencias que consideraba tesoros, quería conservar algo de esa imagen de perfección del hombre que me había enseñado a montar en bicicleta, y que me prometió cumplir cada uno de mis sueños, de aquel que me trató como princesa, cuando los fines de semana los compartía con mi medio hermano, el príncipe que en ese momento era el único heredero. Una por una rompí todas esas fotos, pruebas de las mentiras de Omar, y mientras lo hacía, no dejaba de preguntar a su yo fallecido, si algún día me dijo la verdad, si lo que sentía por mí era real. En el fondo del cajón estaba otra de mis más preciadas posesiones, mi diario, un regalo también de mi padre, tapas negras con figuras del libro de los muertos y una llave que simulaba el usado en la primera película de La Momia. Las primeras páginas eran ridículas, recuerdos de mi niñez, las amigas de primaria, las de secundaria y por último, las de preparatoria. Vi mi evolución de niña a mujer, de amigos a conocidos y viceversa, hasta convertirme en lo que soy: la Princesa Hashim. Mis logros en BR College, me dieron para obtener ese título. Primer lugar en la clase, matrícula de honor por mis calificaciones en todas las materias. Líder del equipo de debate. Novia de Caleb Monsalve, el capitán del equipo de fútbol Universitario y el chico más popular de su círculo social. Pertenecía al Consejo Estudiantil, siendo la contralora y tesorera del grupo, para mis amigos era la chica que hacía que todo pasara. Si me marchaba ahora... ¿En dónde quedaba todo mi maldito esfuerzo? Mi vida no era esta casa, ni la tarjeta de crédito platino, ni las mentiras de Omar, mi vida era ese lugar en la pirámide social juvenil de mi universidad, uno que me costó años y medio consolidar con sonrisas falsas, notas perfectas y disciplina de hierro. ¿Y ahora? Pasar a ser una "don nadie" en un pueblo que ni siquiera sabía cómo se llamaba. El pensamiento me revolvió el estómago. Hice otra respiración profunda, está claro que hoy voy a acabar con el oxígeno del mundo si sigo así, por eso, evitando el remordimiento, tire el diario a la caneca y de ahí en adelante, todo fue un borrón de papel periódico, cajas de cartón, empaquetado al vacío y bolsas negras que irían al contenedor de residuos sólidos y bolsas azules con cosas para la caridad. A las 3:55 p.m., mi habitación era un esqueleto despojado. Mi madre entró con una malteada de macadamia de mi hamburguesería favorita, miró la habitación y tomando de la taza de café, habló más para convencerse que para darme ánimos. —Drea, te prometo que vamos a estar mucho mejor, tendremos nuevas oportunidades y el mundo se abrirá ante nosotras. Me mordí la lengua para no soltar la carcajada, ¿Empezar en un lugar donde nadie nos conoce y que era un punto minúsculo en un mapa? Al ver sus lágrimas resbalar sin proponérselo, suspiré una vez más y abracé a mi madre, en ese instante me prometí lograr lo que conseguí en este lugar, además, todo en esta vida tiene solución y si quería ver a mi novio y amigos, podría viajar. A las seis de la mañana del día siguiente, el aviso de “Vendida” adornaba las ventanas de la sala, las cajas estaban en el camión de mudanza y yo ocupaba el asiento del pasajero de la camioneta de mi madre. Me puse los audífonos, bloqueé el aplastante silencio con la playlist más feliz que tenía, y esperé que Jana arrancara. El motor rugió con una promesa de escape, avanzó por la calle, dejando atrás la casa Hashim. Adiós, vida perfecta. Adiós, Drea Hashim, la princesa.
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