Esperé pacientemente a que mi madre se marchara al trabajo, tan pronto escuché el motor del viejo Toyota de mi abuelo alejarse, me metí bajo las cobijas sin importar que arrugar lo que se supone era mi atuendo para la universidad.
Observé, por enésima vez, el techo de mi alcoba. Seguía siendo tan rústico como la última vez que lo vi la noche anterior, conté cada venta de los maderos y detalles las telarañas que se acumularon en algunas de las esquinas, tan solo para confirmar que mi vida era patética.
Me acomodé hundiendo la cara en la almohada,cerré los ojos con fuerza, tal vez si deseaba ser invisible con mucha fe, el deseo se cumpliría.
Dos semanas y el tiempo seguía su curso, al tercer día de estar en la casa de los abuelos, me sentí con el suficiente valor para meterme en las r************* y saber qué se decía de nosotros en el BR, debido no hacerlo. Mi novio, perdón, exnovio, ahora era pareja de la que se proclamaba mi mejor amiga, los comentarios sobre lo ocurrido con Omar y Shippo Toysm eran la comidilla social, según estos, la “basada” era yo, y mi pobre madre la rompehogares.
Por torturarme, continúe viendo cada publicación por el resto de la semana, diez días después parecía que nadie se acordaba de mi, y eso dolió más que cualquier cosa, porque me sentí perdida, porque me di cuenta que si era tan fácil de olvidar, tal vez por eso mi padre decidió buscar otra familia.
Hoy es lunes de la tercera semana, y aunque he decidido detener esta autocompasión, las discusiones con mi madre no ayudan, ella siguió adelante, yo aún no puedo despegarme del pasado.
Caí en un adormecimiento pesado, un espacio tranquilo donde podía encontrar paz, de repente la sacudida provocó que mi corazón pareciera quererse salir del pecho. Ahí, frente a mí, con los brazos cruzados y una expresión de decepción mezclada con mal humor, estaba Jana.
—¡Drea! ¿Hasta cuando, maldita sea? ¡Son las diez!
No pude contestar, mi madre cogió un pañito húmedo con los que me desmaquillaba y comenzó a limpiarme la cara, pasó la mano por encima de mi blusa, y lanzándome la chaqueta que llevaba, me arrastró hasta el carro.
No dijo nada, es decir, estaba furiosa. Pero fue mejor, ¿Qué podía decir? ¿Que me sentía como un espectro? ¿Que mi padre aniquiló mi vida social y mi identidad? Opté por el silencio, callar es más difícil que discutir.
Llegamos al edificio principal, una monstruosidad de ladrillo rojo que gritaba "disciplina y exámenes", y mi madre me acompañó hasta la oficina de la facultad.
Una chica con una sonrisa totalmente falsa nos atendió, asentía cuando debía y lanzaba exclamaciones de preocupación cuando mi madre explicaba la razón de no presentarse la semana pasada a las clases y a la inducción, que por lo que escuché, me la iba a hacer personalmente el decano.
Sin dejar de sonreír, la vi pararse y decirle a mi madre que la acompañara a gestionar el ingreso, casi pude escuchar la frase “así son los adolescentes” y “claro, cuanto lo siento”. Entorné los ojos y estaba a punto de convertirme en la mujer invisible, cuando una voz profunda y calmada rompió mi auto-conmiseración.
—Puede llegar a ser molesto ¿verdad?"
No entendí la frase al principio. Solo sentí la necesidad de voltear mi cabeza. El hombre que la había pronunciado me dejó boquiabierta. No era un compañero de clase. Era, bueno, era... diferente. Alto, fácilmente estaba entre el 1.85 m o un poco más, la ropa que parecía hecha a la medida permitía ver una esbelta y musculosa figura, su postura era recta y soberbia, su mirada penetrante y evaluadora.
Quizás porque dedujo perplejidad de mi expresión, el hombre hizo un gesto que decidí catalogar como una sonrisa. No era una sonrisa completa, sino una pequeña elevación en una esquina de su boca que, extrañamente, me hizo sentir menos miserable.
—Ser la nueva —aclaró, con una voz agradable con un toque de autoridad. Era como un trueno distante, agradable y autoritaria a la vez.
—Lo exasperante es que tu madre te traiga como si estuvieses en preescolar.
Algo que sonó como risa, me provocó un sonrojo, maldita falta de atención y sus reacciones cuando al fin tratas con la gente.
Antes de avergonzarme más, Jana apareció con varios documentos en una mano y el celular en el oído.
—Drea, tendrás que presentarte al salón con este papel —me dijo, extendiendo la orden de ingreso, una carpeta con horarios, lista de libros y más documentos que ni me interesé en mirar. Ya me había quedado claro que todo esto era un trámite que odiaría. —Estoy citada mañana para oficializar el trámite que pudiste hacer sola. Vamos, te dejo en tu clase.
Abrí los ojos con pavor, Dios, si mi mama me dejaba en el salón, la poca autoestima que me quedaba se iría a la mierda. Y de nuevo, la profunda voz del hombre a mi lado hizo que notáramos su presencia.
—No se preocupe, señora. Yo puedo acompañarla al salón. De hecho, voy en esa dirección.
Se ofreció, y me di cuenta de que el tipo, además de atractivo, era educado hasta el hartazgo.
Agradecí mentalmente que la prudencia detuvo a mi madre. A pesar de todo, le importaba la imagen. Con una amabilidad impostada, aceptó el ofrecimiento, despidiéndose con una venia extraña y luego abrazándome con una fuerza excesiva, únicamente para recordarme al oído que estaba castigada de por vida.
Una vez a solas, un incómodo silencio nos envolvió. Comenzamos a caminar por los pasillos llenos de taquillas grises, dirigiéndonos hacia el aula que sería mi cámara de tortura por el próximo semestre.
Mientras caminábamos, me fijé en mi acompañante. Definitivamente, no era un condiscípulo "normal". Se veía un poco mayor, quizás era un estudiante de postgrado y por esas casualidades de la vida, decidió ayudarme a no ser enterrada socialmente. No obstante, por su vestuario, sin duda era un snob hijo de rico que prefería estudiar antes que trabajar, ¿para qué hacerlo si los millones de papi lo sustentan? Sacudí la cabeza, definitivamente sigo resentida con el mundo por lo que he vivido.
Contrariada por mis propios pensamientos, fije mis ojos en el suelo de baldosas que imitan la piedra. No quería cruzar miradas. No quería hablar. Quería que esto terminara.
Sé que él no había perdido detalle de mis acciones, o al menos eso sentí. Su paso era tranquilo y constante, el de alguien que no tiene prisa y que conoce el camino a la perfección. Finalmente, se detuvo frente a una puerta de madera maciza, la número B-205. Este era el final del camino.
Sabía que la entrada al salón no iba a ser agradable. Ser "la nueva" a mitad del semestre es como llegar a una conversación y que todos se callen. Cuando pensé que ya había pasado demasiado tiempo frente a la puerta, mi acompañante la abrió sin siquiera llamar, fue cuando vi al grupo levantarse y saludar al unísono.
—Buenos días, doctor Duval.
Mi cerebro tardó un milisegundo en procesar la frase, el hijo del riquillo, el chico mayor, el amable desconocido... era mi profesor. Sentí un calor subir por mi cuello. ¡Qué vergüenza! Todo mi análisis ridículo sobre su ropa y su edad se sentía tan estúpido ahora.
El profesor Duval se giró, y esa media sonrisa que me había mostrado en la recepción del rector se amplió, esta vez con un toque de burla velada que no pude ignorar.
—Bienvenida a mi clase, señorita Hashim. Espero que la visita a la oficina del rector haya sido agradable—, dijo, enfatizando la última palabra.
Asentí, mentalmente agregue a la lista un defecto, arrogante y malicioso. El profesor hizo un gesto hacia un asiento vacío en la primera fila.
—Por favor siéntese, señorita Hashim. Hoy comenzaremos con la introducción a la literatura moderna, un tema que, espero, la mantenga despierta.
Por su tono supe que escuchó cada palabra que pronunció mi madre a la secretaria, deje caer los hombros y me ubiqué en mi puesto de nerd, saque mi celular y me dispuse a grabar la clase, nota al margen «agradecer a Jana por traerme sin maleta».
Bastaron unos minutos para interesarme en el contenido, el profesor Duval era un hombre de presencia, de esos que imponen respeto sin alzar la voz, tenía una manera fascinante de hablar. No leía un libro, sino que narraba, gesticulando con las manos, y haciendo que la literatura sonara como el chisme más jugoso del año. Era extraño cómo una sola persona podía cambiar la atmósfera de un lugar. De repente, la prisión de ladrillo rojo no se sentía tan asfixiante.
Fui la última en dejar el salón, quería disculparme, sin embargo, al notar mi intención alzó la mano deteniéndome.
—Señorita Hashim, escuché a su madre, y le digo que me importa un bledo lo que sienta —me dejó sin palabras, el arrogante frente a mi, despreció la tragedia que vivo y el dolor que siento—. El pasado quedó atrás, no lo puede cambiar, y si ante cada obstáculo se va a desmoronar, le recomiendo internarse en un convento o enterrarse con el señor Hashim.
No pude responder, si lo hacía mi boca no se conectaría de manera adecuada al cerebro, y las palabras que luchaban por salir equivalía a una sanción disciplinaria.
—Bien, ya que no tiene objeciones —continuó, entregándome un pequeño libro—, esta es mi copia personal de Metamorfosis. Léalo para mañana, no olvides resolver la guía en la plataforma. Aproveche el día y su siguiente clase.
Salí del aula, tratando de comprender lo que acababa de suceder, leí mi horario y vi que el salón quedaba al lado opuesto de donde me hallaba, debía correr porque ya iba tarde, y mientras lo hacía, sonreí mentalmente. El día seguía siendo malo, pero admito que desde la noche que supe de la muerte de mi padre, es la primera vez que vuelvo a sentirme bien.