Llevo varios días en la universidad, la rutina y lo que me sucedió en la otra institución, ha hecho que sea más cautelosa y me centré en mis estudios, aún no estoy fortalecida para vivir como la “princesa” que era.
Hoy no fue la excepción, sentada en la mesa que se convirtió en mi refugio a la hora del almuerzo, observé la grotesca escena de bullying que las populares de la facultad le hacían a una chica de primer año. Siempre era lo mismo, quizás yo también era así de cruel y ahora que veo lo terrible que es sentirse menospreciado, me doy cuenta que el karma si existe, solo que no necesariamente la vida te cobra lo que debes de igual manera.
Mientras comía, mis ojos se desviaron hacia la cancha donde algunos grupos jugaban un partido improvisado de fútbol. Y pensé —otra vez— que todas las instituciones educativas eran idénticas, no importaba el tamaño, la ciudad o el prestigio que tuvieran. Ese pensamiento se me repetía como un disco rayado porque ya había pasado por tres colegios y ahora una universidad, y en cada una había visto la misma distribución humana:
Los populares.
Los eternamente iluminados. Aquellos que parecían haber recibido todos los dones del universo: inteligencia, talento artístico, coordinación atlética, atractivo físico, facilidad para socializar. Caminaban con una seguridad que casi podía sentirse, como si fueran personajes principales y el resto simples figurantes. A veces bromeaba conmigo misma pensando que Dios debía haberse emocionado demasiado al crearlos y, al dárselos en exceso, dejó sin repertorio a los demás.
Los invisibles.
Y entre esos “demás” estaba yo. Había quienes parecían tener el potencial para brillar, pero por algún motivo nunca llegaban a completar el cuadro. Timidez excesiva, torpeza, una disciplina mal enfocada, un orden que rayaba en lo obsesivo, un cuerpo que no encajaba en los estándares… Era como si cada virtud viniera acompañada de un defecto tres veces más visible. Éramos mayoría, pero aun así pasábamos inadvertidos, incluso para…
Los profesores.
Ese grupo que a primera vista parecía externo, pero que influía más de lo que cualquiera quería admitir. Desde pequeña había observado a los docentes como figuras silenciosas que estaban en todos los momentos importantes sin necesariamente formar parte de ellos. Había profesores simpáticos, brillantes, permisivos, insoportables… pero todos eran, de alguna manera, parte del paisaje obligatorio de la vida académica.
Fue entonces cuando escuché una voz a mi lado.
—¿Por qué sigues comiendo sola?
Levanté la mirada. Raziel Duval estaba allí, sosteniendo su bandeja como si fuera lo más natural del mundo unirse a mí.
—¿Por qué sigue compartiendo el almuerzo conmigo? —respondí de inmediato, más a la defensiva de lo que pretendía.
Él arqueó una ceja.
—Deberías intentar compartir con tus compañeros de clase. ¿Por qué no lo haces?
Me crucé de brazos y lancé un dardo verbal:
—¿Y usted por qué no comparte con los demás docentes?
Mi tono fue lo suficientemente sarcástico como para que él desviara la mirada hacia la mesa donde estaba el cuerpo profesoral completo. Rodé los ojos justo cuando él, tal vez por pura casualidad, respondió mi insolencia con la misma frase que yo misma estaba pronunciando:
—¡Porque sólo hablan estupideces!
Yo terminé la frase al mismo tiempo que él. Cuando nuestras voces se mezclaron, una risa pequeña pero auténtica escapó de ambos. Era la primera vez que nos entendíamos en algo más que frases sueltas sobre tareas o trabajos de laboratorio.
El resto del almuerzo transcurrió como un intercambio de frases aisladas que parecían no formar una conversación real, pero que, de algún modo, sí lo eran. Comentarios cortos, respuestas secas, observaciones al aire. Una interacción rara, pero cómoda. Cuando la hora estaba por terminar, me descubrí analizando a mi docente con más detalle de lo que era prudente.
Y fue entonces cuando lo noté de verdad.
De cerca parecía auténtico, perfecto, brillante. Sus rasgos eran afilados, definidos, serenos. Y sus labios… sus labios eran tan bellos que me sorprendió no haberlos observado antes. Me pregunté cómo era posible que un hombre pudiera tener una boca así, delicada y al mismo tiempo firme.
Mi mirada bajó por la bata blanca que llevaba. Apenas dejaba ver su cuerpo, pero algo en su postura me decía que hacía ejercicio. Sus hombros eran anchos, sus antebrazos fuertes incluso bajo la manga. Me pregunté —muy en secreto y con cierto rubor interno— cómo se sentiría ser abrazada por esos brazos. ¿Serían cálidos? ¿Seguros? ¿Apretados?
Pero antes de que esa imagen terminara de formarse en mi mente, mis ojos regresaron a su boca. Y allí, completamente perdida en mis propios pensamientos, me descubrí imaginando —con un atrevimiento que no solía permitirme— cómo sería ser besada por él.
Sentí un cosquilleo eléctrico subirme por la nuca y, sin darme cuenta, humedecí mis labios.
Y en ese instante me encontré con su mirada fija en mí.
Raizel no dijo nada, pero la forma en que me observó me hizo sentir como si acabara de revelar un secreto enorme sin pronunciar palabra. Era una mirada intensa, de evaluación, de sorpresa… como si por un milisegundo se hubiera abierto un abismo entre nosotros.
Pero la alarma en mi celular sonó, cortando el momento en pedazos antes de que pudiera comprenderlo del todo.
—Es hora de volver a clase —dijo él, acomodando su bandeja.
Me puse de pie, todavía un poco desubicada.
—¿Lo intentará? —preguntó de pronto.
Parpadee—. ¿Intentar qué?
—Hablar con tus compañeros.
Me mordí el labio.
—¿No quiere almorzar más conmigo? —fue lo único que salió de mí. Una mezcla de broma, inseguridad y algo más.
Raizel sostuvo mi mirada con una firmeza que atravesó la piel.
—Me gusta hablar con usted, señorita Hashim, pero por más estupideces que hablen mis compañeros, debo también permanecer con ellos, además, a diferencia suya, no siempre estoy a esta hora en la universidad.
Y se alejó, dejándome con el corazón latiendo muy fuerte, como si hubiera corrido. No sabía exactamente qué significaba esa declaración, ni qué se estaba formando entre nosotros, ni por qué me hacía sentir tantas cosas con tan pocas palabras.
Así que, mientras caminaba hacia mi clase, lo que sí supe fue que aquel hombre —tan extraño, tan reservado, tan diferente a cualquiera que hubiera conocido— acababa de volverse alguien imposible de ignorar.