RAIZEL: Primera medida "Décadas"

1000 Words
Cuando Amira Saik se comunicó conmigo hablando de la situación de Shippo Toys Co., tuve la sensación que la deuda de vida y agradecimiento que mi familia tenía con ella iba a ser cobrada trayendo me un problema mayor. Las cosas con Omar y su amante estaban cada vez peor, los manejos de dineros a espaldas de la junta directiva ya se evidenciaban en los estados de cuenta, si no se hacía algo en ese instante, pronto se declarará en quiebra, así que no se me hizo extraño cuando Saik me anunció que una vez el hombre murió, su hermana vendió las acciones por mitad de precio a la mujer, que prácticamente llevaba dos años menos que ella compartiendo con el difunto Hashim. Drea Hashim Arqueta, única hija de matrimonio oficial de Omar Hashim y Jana Arqueta, se distinguía por ser una excelente estudiante desde joven, los primeros puestos en secundaria y preparatoria se mantenían en el primer año de universidad, destacaba en varias actividades extracurriculares y se desenvolvió como bien en los campos de la oratoria y la demagogia, esta información junto a los promedios y certificaciones los llevé a la facultad para pedir al decano un cupo, el señor Valencia se extrañó porque normalmente no hago esos favores, analizó lo enviado y dio la orden para aceptar a la estudiante tan pronto se hiciera presente, mi trabajo como mensajero ya lo había hecho, así que me desconecte del resto del proceso, hasta esa mañana —casi un mes después—, me disgustó que sabiendo lo corto que es el semestre, la jovencita todavía no hubiera empezado, lo que me pareció una muestra de soberbia, herencia muy propia de Omar Hashim. Por curiosidad, y como un favor para Amira, supervise a su sobrina. Desde que la encontré sentada en la recepción de la facultad, la reconocí como un Hashim, el cabello rubio platinado, liso, perfecto como si hubiese durado horas cepillandolo, que caía sobre su espalda y enmarcaba un rostro fino, con unos penetrantes ojos azul grisáceo. Alta, elegante a pesar de estar con una chaqueta demasiado grande para ella, mantenía una postura recta y arrogante, exudando una confianza que definitivamente no tenía. Desde ese instante, Drea se comportó como un observador silencioso de cada una de las actividades en una habitación ruidosa. Y aun así, algo en mí la clasificó como “importante” sin que yo entendiera por qué. Su tendencia a sentarse sola la identifiqué desde la primera semana. Llegaba al patio con su bandeja, la colocaba en la mesa más retirada, se sentaba con la espalda recta y la mirada perdida, como si estuviera presente en cuerpo pero no en ambiente. Era evidente que no buscaba compañía. Pero tampoco parecía disfrutar del aislamiento. Era más bien una especie de defensa silenciosa. Por más que quise ignorarla, la curiosidad propia de mi carácter, ganó. Y días después, me sentaba con ella a almorzar, en charlas forzadas y llenas de sarcasmo. He de admitir que lo que comenzamos a compartir me resultó… cómodo. Y eso es raro en mí. Con las semanas la relación pasó a ser una tutoría, las conversaciones de materias específicas, y una vez más el silencio, hasta hoy. Cansado de las discusiones con mi esposa, Sharith, salí al almuerzo, la vi sentada en su mesa habitual. Su postura, la manera en que sostenía el tenedor y la mirada que tenía perdida en la cancha me dijeron que estaba pensando demasiado. Incluso a la distancia pude leerlo. Había en ella una forma de subirse al mundo interno que yo había visto antes en personas que preferían la reflexión al ruido. La pregunta salió demasiado rápido, demasiado fuerte. —¿Por qué sigues comiendo sola? —¿Por qué sigue compartiendo el almuerzo conmigo? Me senté con ánimo de no seguir con la conversación, quería otra atmósfera, analizar mi vida en un ambiente que no estuviese lleno de decisiones trascendentales. —¿Y usted por qué no comparte con los demás docentes? El comentario era justo, certero, y me hizo mirar hacia la mesa de mis colegas. Lo que pensé de ellos se deslizó hacia mi boca con una claridad desagradable. —Porque sólo hablan estupideces —solté, sin filtro. Curiosamente, Drea dijo lo mismo, las voces mezcladas rompieron una barrera en ella, y en mí surgió la claridad de que era tiempo de elegir entre mi vida real y mi refugio. Mi mirada se desvió sin querer hacia su rostro. Ella tenía una forma particular de concentrarse, entrecerrando apenas los ojos y mordiendo muy suavemente la punta de su labio inferior. Lo hacía cuando intentaba descifrar a alguien o algo. Fue cuando noté que me observaba. Era la primera vez que lo hacía así. Una mirada larga, cuidadosa, casi analítica…mi cuerpo vibró, me sentí vivo por ser reconocido, algo que con la rutina de mi matrimonio se perdió. Tras unos minutos eternos, Drea humedeció sus labios, una acción tan sencilla, pero devastadora para quien a los treinta se percibe más como parte del inmobiliario o un espectador de su propia vida. El timbre sonó. —Es hora de volver a clase —dije, manteniendo la voz tan firme como pude—. ¿Lo intentará? —le pregunté. —¿Intentar qué? —murmuró. —Hablar con sus compañeros. Drea mostró descontento, no obstante, sabía que el Maestro tenía razón Sus ojos se movieron ligeramente, como si algo dentro de ella se debatiera entre la obligación y la resignación. —¿No quiere almorzar más conmigo? —preguntó. La pregunta, aunque formulada con tono ligero, llevaba una vulnerabilidad que reconocí al instante. Y quizás también una intención que no quise nombrar. —La universidad sin amigos o aliados es un camino hacia el fracaso —respondí. Me di la vuelta antes de que pudiera suavizarlo. La siguiente semana fue difícil compaginar el trabajo de mi empresa y la universidad, al regresar, la vi. Drea con sus compañeros de semestre, eso era lo correcto.
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