Regresé a casa esperando descansar, las cosas se colocaban cada vez más difíciles en la empresa, tendría que esperar hasta el final del semestre para renunciar.
Entre a la habitación para seguir directo al baño, el agua tibia me ayudó a relajarme, y a pensar en algo más que en los problemas que enfrentaba, el ruido de los tacones de Sharith acercándose a la puerta me tensionaron, no quería ninguna interacción con ella, no cuando estaba pendiente de los resultados de la investigación.
Cuando salí, Sharith ya estaba cambiada y me esperaba en la cama. La sentí observando en silencio, cogí un libro y lo ojeé como quien busca un dato en particular, no es extraño si tu clase es de literatura y necesitas una frase impactante para que amen un texto.
No obstante, Sharith me conoce, y desde hacía varios días la noté con ganas de preguntar por mi actitud notaba taciturna, distante y evasiva.
Durante un momento consideré que lo tomara como una táctica más de las que empleaba para hacerla sentir culpable por nuestra última discusión… una de tantas. Aquellas peleas que comenzaban por detalles insignificantes y terminaban con acusaciones, silencios hirientes y lágrimas disimuladas. Sin embargo, también era consciente de que se acercaba el Festival de Invierno. Cada año esa celebración marcaba el inicio de la evaluación de directores y docentes; con Sharith, la posibilidad latente de ser removido del cargo, de recibir un traslado lejos de la ciudad o, peor aún, de quedarme sin empleo, parecía una amenaza de muerte.
Cerré el libro con suavidad y lo dejé sobre la mesa de noche. Luego me recosté en la cabecera de la cama y me froté el entrecejo, como si un dolor persistente me persiguiera. Mis ojos permanecieron cerrados, mi respiración fue volviéndose lenta,me estaba quedando dormido. Olvide que en momentos así, cuando no le dedicaba atención, me volvía irresistible para ella.
La percibí deslizarse desde su lado de la cama hacia el mío, ignorando la incomodidad del silencio que nos rodeaba. Sharith sabía que podía ser frío, distante, incluso cruel cuando lo deseaba… pero ella también conocía mi otra faceta. La que surgía en la intimidad, donde era apasionado, dominante, completamente distinto a ese hombre de hielo que mostraba a los demás.
Y esa era la razón por la que siempre volvía, incluso cuando nuestro matrimonio estaba plagado de secretos, engaños y heridas abiertas, Sharith no era capaz de desprenderse completamente.
Abrí los ojos al sentir su presencia. Los orbes marrones de Sharith me miraban con una mezcla de deseo y resolución. Sí, era hermosa. Irrefutablemente hermosa. Su piel clara contrastaba con el cabello n***o como tinta. Sus labios brillaban bajo la tenue luz del dormitorio. Era una mujer que muchos deseaban poseer, y yo lo sabía.
Pero en ese instante, aquella belleza me pareció… lejana. Casi vacía.
Tal vez estaba cansado. Cansado de ser el objeto de burlas veladas por seguir con ella pese a las múltiples infidelidades. Cansado de fingir que nada me afectaba. Cansado de sostener un matrimonio que hacía tiempo había dejado de ser un refugio para convertirse en un campo de batalla.
Había momentos —escasos, pero reales— en los que me preguntaba por qué seguía a su lado. Al principio, fue por la idea de mantener una familia, de no repetir los errores de mis padres. Luego lo justifique con la esperanza de tener hijos, por no enfrentar la soledad, por evitar el fracaso. Pero ahora, si alguien me preguntaba por qué no la dejaba, no tenía una respuesta clara, quizás sea cobardía o costumbre.
Sharith parece que interpretó mi silencio como una invitación. Se acomodó sobre mi, dejando que su cuerpo se deslizara lentamente sobre el mio. Sus manos comenzaron a recorrer mi abdomen con suavidad, como tantas otras veces. Seguían una ruta conocida que terminaba en el pecho, donde sus dedos comenzaron a desabotonar la camisa. La observé. Esa mirada intensa, profunda, que la hacía sentir vulnerable y poderosa a la vez. Era esa misma mirada la que la obligaba a mantener la compostura. Porque si bajaba la guardia, si dejaba que ella me absorbiera completamente, perdería. Y aunque la amaba… también le temía.
Cuando sus manos quedaron sobre mi pecho desnudo, Sharith admiro el fruto de años de entrenamiento. Cada fibra, cada línea de musculatura, era una expresión silenciosa de disciplina y fuerza. Ella amagó a quitarse la parte superior del baby doll y ofrecerse como tantas veces antes.
Pero detuve sus manos. Se quedó inmóvil, confundida.
Asumió que aquello era parte del juego, parte de la seducción. Sonrió para sí misma, dejando caer el encaje del baby doll para exhibir parte de su piel. Tomó mis manos y las llevó hacia su cuerpo, esperando sentir esa posesión que tanto la encendía. Sin embargo, cerré los dedos en un puño antes de tocarla.
La respiración de Sharith se entrecortó.
Aquello no era parte del juego.
Retiré las manos con suavidad, pero con firmeza. Tomé su rostro entre las manos… y la besé. Pero no como ella esperaba.
Un beso en la frente. Tierno. Distante. Definitivo. Luego la separe.
—Mañana tienes que madrugar —dije con una voz tranquila, casi paternal—. No es bueno trasnocharse.
Sharith parpadeó, incrédula.
—Solo un poco… —susurró, intentando sonar sensual. Intentando recuperar el terreno perdido. Mordió su labio inferior, inclinó la cabeza, arqueó ligeramente la espalda. Todo cuanto sabía que me seducía.
Negué con suavidad.
—No soportaría privar al mundo de tu belleza —respondió, acomodándola a mi lado—. Así que descansa.
La arropé con una delicadeza que, en otra circunstancia, habría sido reconfortante. Mis dedos recorrieron el cabello de Sharith, enredándose un instante en los mechones sedosos antes de retirarse.
Ella permaneció en silencio. No entendía.
No podía entender.
En todos los años juntos, con todas nuestras peleas, sus traiciones, las reconciliaciones intensas… yo jamás la había rechazado. Nunca. Ni siquiera en los peores momentos, cuando ambos estaban heridos y agotados.
Siempre habíamos encontrado refugio en la cama. Era nuestra manera de reconciliarnos, de olvidar, de conectarnos aun en medio del caos.
Y ahora…la expresión de Sharith lo dijo todo, vio cómo su piel se erizó, no era solo sorpresa. Tenía miedo, un miedo real a las preguntas que no quería responder, porque era consciente de que algo cambió.
—Raizel… —susurró con una voz que no supo ocultar su vulnerabilidad—. ¿Pasa algo?
Cerré los ojos por un segundo, y repuse con lo que sé ella descubrió como una mentira a medias.
—Nada —respondió—. Solo estoy cansado.
Sharith apretó las sábanas bajo sus dedos, sintiendo cómo un pensamiento oscuro comenzaba a germinar en su mente. La miré y supe que mi actitud sembró una alternativa que jamás contempló, y la pregunta no dicha me hizo sonreír.
Por la forma como movió la cabeza, entendí que descarto el pensamiento de inmediato, yo, Raizel Duval nunca la cambiaría por otra persona, el la amaba, ¡No! La idolatraba como la diosa que era dentro y fuera del escenario, y sin embargo, ahora que me veía acomodarme entre las sábanas y desearle las buenas noches, Sharith comprendió una verdad devastadora: Ella podía ser reemplazada, que las personas se cansan y el amor se agota.