Agilidad
La ebriedad de Che Kowalski desapareció súbitamente, su aliento también lo hizo rápidamente unas cuantas veces. Cuando no tosía expulsando las turbias aguas, trataba de gritar “¡Auxilio!”, cada vez que su cabeza emergía de la fuerte corriente. Era obvio que sus pies no estaban acostumbrados a no tocar tierra firme, por eso sus brazos y piernas estaban ya cansados tratando de mantener a flote el inmenso cuerpo. La mayoría de los adultos estaban paralizados y solo unos cuantos trataban de correr por la ladera de Medusa, la forma en que el río era llamado por la gente local. Los adultos le gritaban tratando de que Che Kowalski escuchara, entendiera y nadara con la corriente hacia la otra orilla, que era más baja que los bancos elevados, donde la fiesta se había celebrado. Él ni podía entender ni oírlos; un sudor graso, mezclado con el agua zarca, cubría su cara. Abría sus ojos saltones con una expresión que denotaba incapacidad para continuar brincando para llenar de aire sus pulmones y, mucho menos mantenerse a flote; cansándose más aun tratando de nadar hacia el lado erróneo del río, en dirección semilateral.
Nadie se atrevía a rescatarlo. Todos conocían la fuerza de las corrientes subacuáticas en ese lugar, y el voluminoso y pesado Che Kowalski garantizaba una muerte segura siendo arrastrado a lo profundo. Se aproximaba ya al área del fondo donde había piedras sueltas, que podrían quebrarle el tobillo si trataba de brincar allí, o peor, atraparlo. Algunas madres llamaban ya a los niños, otras les cubrían sus pequeños ojos para evitar que vieran, en cualquier momento, la última sumergida y desaparición del cuerpo; otras madres y hermanas mayores gritaban: “No veas eso, ven, ¡no veas!”, y otras frases semejantes.
—¡No! Tronó la voz de papá. —Jaime, ¡no!
La de mamá siguió: —¡Ay! ¡No! —Estaba aterrorizada, al borde del desmayo. —¡Para! ¡Por favor, para! ¡Que alguien lo detenga, por favor!
Fuertes inhalaciones, murmullos y frases de sorpresa fueron escuchadas y opacadas por el sonido de pasos rápidos, junto con el de un zapato cayendo a tierra. Todos voltearon a ver a Jaime corriendo hacia los bancos altos, el otro zapato aun girando en el aire y cayendo. El rápido y preciso tomar de una piedra del tamaño de un puño de adulto en su camino hacia el lugar más alto desde donde echar el clavado. Se lanzó en la dirección en donde el bulto hundido estaría, todas esas acciones simultáneas y además gritando a sus amigos: —¡otro lado! ¡Crucen el puente, ayúdenme del otro la-! (splash). —Algunos de los chicos ya corrían detrás de Jaime y hacia el puente. El compacto grupo parecía al de los corredores olímpicos al punto de media carrera de un kilómetro, sin embargo, sus ojos estaban puestos en los cuerpos que estaban en el río, sus mentes recalculando rápidamente el punto de intercepción y el lugar al que debían llegar a tiempo para poder ayudar a Jaime, si es que lo hacía antes de la sección más honda y fuerte del arroyo. La situación lucía más fea que un caucásico bailando salsa.
Jaime buceó y nadó tan rápido como las circunstancias demandaban, desapareciendo unos cuantos metros antes de pasar al pesado cuerpo, y reapareciendo justo enfrente de Che Kowalski, exactamente al mismo tiempo que Che lo hacía, notando la presencia de Jaime. En una fracción de segundo, antes de que Che lanzara sus brazos sobre Jaime, el puño con la piedra apareció volando al nivel del agua en un uppercut lateral, golpeando la quijada de Che tan fuerte que lo hizo desvanecerse y hundirse; sus grandes manos cayendo sobre la cabeza y hombro derecho de Jaime, mientras una inhalación rápida y poderosa fue todo lo que Jaime pudo hacer antes de hundirse simultáneamente con y por Che Kowalski. Los trece segundos más largos en la vida de mamá pasaron sin sonido alguno de los testigos; excepto por los cantos de pájaros, la fuerte corriente del río y los muchos pasos y la respiración agitada de los corredores. Un crescendo de pasos, madera chirriando, sordos chillidos de metal y cables, provenientes del viejo puente, enfatizaron la situación a la perfección, solo dos cuerpos cabían lado a lado para cruzarlo, así que cuando el sudado grupo estaba sobre él, la mayoría pensó que no aguantaría y se rompería; sin embargo, a los muchachos no les importó, dadas las circunstancias. Cuando el murmullo en el puente acabó, los padres suspiraron con alivio, el sudor nervioso se mezcló con aquel producido por lo caluroso del día.
Todas las miradas se concentraron en la superficie del agua tratando de ver, por lo menos, burbujas emergiendo en cualquier zona. “¡Sí!s” “¡Órale!s” y más suspiros de alivio se escucharon. La cabeza de Jaime apareció cerca del otro lado, su mano derecha y dos piernas braceando y pataleando tan eficientemente como solo él podía hacerlo. Tomó otra bocanada de aire y se sumergió de nuevo. Cuando reapareció por segunda vez se veía exhausto, pero su “garra” en el cuello de la camisa de Che aún estaba fuerte. Los sudorosos chicos habían calculado muy bien: cual dirigidos por un líder invisible y como si conociesen sus fuerzas a la perfección. Cuando llegaron, formaron una cadena humana que consistía en uno chico con piernas fuertes seguido de uno de fuertes brazos, piernas, brazos, y así. Entonces, la segunda mitad se plantó delante de la primera cadena, solo que esta vez alguien de brazos fuertes primero, luego de piernas, y así. Una doble cadena paralela a forma de tejido de cruz capaz de detener un bote si fuese necesario. Ya estaban pisando firme y tan profundamente como podían, estirándose y apoyándose unos con otros alcanzando la mano derecha de Jaime en cuanto reapareció. Una vez hecho el contacto fue cuestión de segundos jalarle a él y al cuerpo inerte de Che, acostándole boca arriba y bombeando sus pulmones con fuerza, dos chicos al mismo tiempo. Jaime estaba aún en cuatro patas, tomando aire y expulsando el agua tragada, cuando los fuertes tosidos de Che anunciaron que estaba vivo. Una mirada de reojo y naciente sonrisa se percibieron en la boca abierta de Jaime, cuya cabeza volteó con ojos agradecidos al resto de los chicos por correr tan rápido, determinar con precisión, y prestar tantas manos fuertes. Como respuesta, los lentos movimientos diagonales de las cabezas con amplias sonrisas y con miradas de admiración y emoción, le reconocían una labor hecha en forma extraordinaria.
Muchos pasos, gritos y chillidos siguieron: algunos de los padres ya llegaban buscando a sus hijos, queriendo dar la mano y felicitar a Jaime; y ganosos de hablar con Che Kowalski acerca de su estupidez y otras cosas. Principalmente hacerle ver el acto heroico que todos habían presenciado.
Papá fue uno de los primeros adultos en llegar, bastante cansado y agitado; su principal motivo era ver a Jaime, quien ya estaba de pie saludando y recibiendo toda una sarta de superlativos, malas palabras que sonaban a halagos, adjetivos de tonos positivos, y palmadas en la espalda y los hombros. Papá se plantó frente a Jaime sin saber si abrazarle o abofetearle. Che Kowalski aun tosía y se palpaba la quijada, pero estaba consciente de la situación; haciendo muecas y movimientos con la mano indicando no estar listo para regaños todavía, y señalando a papá, con otra sacudida de dedos, no reprender a Jaime en forma alguna. Mario apareció con un largo y fuerte grito de: “¡Añe!” trayendo consigo los zapatos de Jaime. Luego mamá, aun temblando, pero agradecida, con una cara de sonriente ángel que mostraba el miedo, orgullo, paciencia, desesperación, preocupación, perdón y amor que solo una madre puede mostrar. Todo al mismo tiempo. —No vuelvas a hacerme esto nunca. Dijo.
En perfecta sincronía, sus palabras se empalmaron con las de papá, quien susurraba al oído de Jaime, abrazándole fuerte: —no vuelvas a desobedecerme nunca.
Jaime se encogió de hombros y su respuesta fue firme: —no pude evitarlo.
Papá estaba enojado, pero se contuvo frente a todos. —¿Qué no entiendes? ¿No te das cuenta de lo que pudo haber pasado? ¡Podrías haberte ahogado ahí! Es mejor perder una vida que dos.
Un par de profundos segundos hizo recordar a Jaime algo que papá le había dicho hacía unos años: la gente siempre temerá ese tipo de cosas, pero hacer nada les dejaría con las mismas emociones negativas. Entonces la mano izquierda de Jaime se posó sobre el hombro derecho de papá: —Pa’ soy tu hijo. Llevo tu sangre. Bien sabes que me ahogaría un poquito cada noche por el resto de mi vida si no hubiera hecho algo hoy.
Sonrisas.
Jaime era alto mas no exageradamente. En cuestiones de guapura no era un Adonis o algo semejante, sin embargo, era bastante atractivo para cualquiera de las chicas del área. Sus encantos y características principales eran su agilidad física y mental; aspectos que cualquier madre consideraría en algún aspirante a la mano de su hija. Su piel era clara, aunque un poco más obscura que la de Linda, pero mucho más clara que la de Brody. No se parecía mucho a papá, la mayor parte de sus rasgos faciales venían de mamá, y algunas personas se aventuraban a decir que no era hijo de él; sin embargo, su inteligencia era algo que definitivamente heredó de papá. Jaime nunca se preocupó por sus ropas, por ejemplo; nunca se interesó en usar lo que la moda local o global dictaba. Siempre prefirió ropa y calzado casual y cómodo: una simple playera sin estampado o una camisa de manga corta si la situación era informal eran su preferencia. La camisa de un solo color o a rayas, siempre que éstas fueran verticales, pero nunca a cuadros o multicolor o con flores o figuras. Jeans o kakis cubrían sus piernas, y se le veía muy incómodo cuando vestía ropa más formal en fiestas, reuniones, bodas o funerales.
Su cabello ondulado de color café, tan obscuro que a veces parecía n***o, no necesitaba ser cepillado. Su nariz casi griega, pero puntiaguda y pequeña como para ser de un hombre, era de algún modo masculina y atractiva; con amplios poros capaces de oxigenar un gran cuerpo fuera en calma o agitado, y sin esfuerzo aparente. Una boca promedio con dientes perfectamente alineados, los dos incisivos superiores un poco más grandes que los demás, mostraba siempre impecable higiene cuando ofrecía una sonrisa. Sus pobladas cejas demarcaban una frente amplia y prominente que daba la impresión de que su cerebro era más grande de lo normal y, por consiguiente, el aparente compartimiento extra al frente. Sus ojos, de color miel de abeja parecían cambiar a verduzcos en días muy soleados. Su manía más peculiar era, en realidad, su movilidad; incluso desde lejos podría uno distinguirlo de los demás por la forma en que se movía. Los movimientos de sus manos eran rápidos y precisos, siempre coordinando las palabras al movimiento de las mismas y así comunicando mejor sus ideas, planes e incluso bromas. Su voz rayaba en los tonos graves más que cualquiera otro de los muchachos, como si tuviese la garganta irritada, aunque clara y fuerte. Chiflaba más fuerte que los demás, y lo hacía cada vez que pedía atención o para llamar a alguien que estuviera lo suficientemente lejos como para no escuchar un grito. Se le veía en perfecta sincronía en las actividades que ejercía a cualquier momento, si jugaba futbol o shanghai, o simplemente corría detrás de alguien en un juego de “La Traes”, parecía que un ser felino se había apoderado de su cuerpo, raramente se le veía en el piso por causa de un desbalance o por no reaccionar rápido a los golpes o movimientos de los otros y a giros repentinos. Era un espectáculo verlo jugar, tanto que algunas de las chicas iban a ver a los chicos y sus juegos solo para observar a Jaime moverse: una elegante pantera usando el cuerpo de una persona. Sin necesidad de decirlo, sus gritos también estaban en sincronía con sus movimientos. Algo musculoso, su cuerpo era agradable no solo de ver, sino también de oler: esto es, no expelía un aroma fuerte, no sudaba mucho y no tenía rastros de jabón de olor o perfumes; por lo cual su piel producía, si acaso, un aroma a algodón combinado con musgo. Su piel era resistente, mas suave al toque, para ser de un adolescente macho. Otra característica eran sus manos: grandes y fuertes, cualquiera se daba cuenta desde el primer apretón.