El amanecer se asomaba tímido sobre el horizonte, iluminando el cuarto con destellos anaranjados que se filtraban por las cortinas entreabiertas. La penumbra de la madrugada se disipaba lentamente, y el silencio envolvía el espacio. Kael se encontraba de pie, observando a Elara dormida entre las sábanas revueltas, con una mezcla de satisfacción y culpa que le ardía en el pecho. Ella dormía profundamente, y su expresión relajada casi parecía borrar el constante ceño de desafío que le había mostrado siempre. Pero, incluso en esa quietud, él no podía olvidar que ella era su enemiga, la mujer que había sellado el destino de su padre. No podía quedarse más tiempo. Elara, con su confianza enérgica y sus ojos que parecían arder con vida propia, lo había atrapado en una red que nunca imaginó cruz

