El desafío de la sombra

1459 Words
Elara caminaba a través del bosque del Clan de la Sombra, un territorio salvaje y antiguo, donde los árboles se alzaban como gigantes milenarios y el suelo estaba cubierto de espesas capas de musgo y hojas caídas. El aire era húmedo y fresco, cargado del aroma terroso de la vegetación. La luz del sol apenas lograba filtrarse entre las ramas, sumiendo el bosque en una penumbra constante, como si el día y la noche nunca estuvieran del todo separados en este lugar. Ese rincón del mundo siempre había sido su hogar, y desde pequeña había sentido una conexión profunda con la naturaleza que la rodeaba. Cada rincón, cada sendero oculto, era parte de ella. Sabía que la tierra debajo de sus pies estaba impregnada con la historia de su clan, con las luchas y victorias de generaciones pasadas. Pero, a pesar de esa herencia, Elara sentía que su propia historia estaba siendo negada. A sus veintiséis años, había demostrado ser una guerrera feroz, una estratega astuta, y una líder nata. Sin embargo, a pesar de todo lo que había logrado, los Ancianos del clan aún se negaban a otorgarle lo que por derecho le correspondía: el título de Alfa. A veces pensaba que, si hubiera nacido hombre, no tendría que estar enfrentando tantas trabas. Pero sabía que no era solo su género lo que complicaba las cosas; había alguien más moviendo los hilos en las sombras, alguien que quería verla caer. Su tío, Varos. Elara apretó los puños mientras caminaba. Pensar en Varos le encendía la sangre. Él había tomado el poder tras la muerte de su padre en la última batalla contra el Clan de la Luna Roja, usando su influencia sobre los Ancianos y su carisma frío y calculador para hacerse con el control. Desde entonces, su tío había gobernado con mano de hierro, despreciando a quienes lo cuestionaban y eliminando a los que se le oponían. La única razón por la que no había acabado con Elara de inmediato era porque sabía que la lealtad hacia ella dentro del clan seguía siendo fuerte, sobre todo entre los guerreros que habían luchado a su lado. Pero eso no significaba que no estuviera buscando la oportunidad para deshacerse de ella, una vez y para siempre. Elara llegó a un claro en el bosque, un lugar donde solía entrenar sola. El suelo estaba lleno de las cicatrices de sus batallas, marcas dejadas por sus colmillos y garras durante incontables transformaciones. Se detuvo en el centro del claro y cerró los ojos, inhalando profundamente el aire fresco. El silencio del bosque la rodeaba, y en esa quietud, podía sentir su fuerza interior renovarse. Elara era alta, con una figura atlética y poderosa, forjada por años de entrenamiento y combate. Su cabello era largo y de un color castaño oscuro, casi n***o, que caía en ondas suaves hasta la mitad de su espalda. Pero lo más impresionante de su aspecto eran sus ojos: un ámbar intenso, como dos llamas que siempre brillaban con un fuego inextinguible. Había algo salvaje en ellos, algo que reflejaba tanto su naturaleza de loba como su determinación inquebrantable. Aunque su belleza era indiscutible, lo que más atraía de Elara era su aura de fuerza y autoridad, una energía que hacía que cualquiera que la mirara supiera que ella no era una simple loba: era una Alfa, aunque los Ancianos no lo reconocieran. Tomó un respiro profundo y dejó que sus pensamientos vagaran. No podía permitirse dudar, no ahora. Varos ya había intentado varias veces “accidentes” discretos: emboscadas en las misiones, veneno en su comida, hasta un intento de ataque durante una transformación. Sabía que su tío estaba desesperado por eliminarla antes de que el resto del clan comenzara a cuestionar su liderazgo. Sin embargo, Elara también sabía que no podía simplemente matarlo. El apoyo de los Ancianos lo protegía, y cualquier acción impulsiva contra él la haría parecer débil o desesperada. Necesitaba una estrategia, una forma de despojarlo del poder sin que nadie pudiera cuestionarla. Pero cada día que pasaba, sentía que el tiempo se le acababa. Un crujido detrás de ella la sacó de sus pensamientos. Giró bruscamente, con los sentidos alerta. Una figura emergió de entre los árboles, un hombre alto con el cabello gris y ojos oscuros. Era Neron, uno de los guerreros más leales de su padre, un hombre curtido por la batalla, y uno de los pocos en los que Elara confiaba. —¿Te interrumpo? —preguntó Neron, con su tono grave, mientras se acercaba. —No, en absoluto —respondió Elara, relajando su postura—. ¿Qué noticias traes? Neron caminó hasta ponerse a su lado, su rostro serio y preocupado. Elara sabía que si él la buscaba, debía ser por algo importante. —Los Ancianos se han reunido con Varos otra vez. Algo está tramando —dijo Neron, cruzando los brazos sobre su pecho—. Escuché rumores de que planea una emboscada en la próxima luna llena. Quieren que lideres una misión de caza en territorio enemigo, lejos de aquí. Elara apretó la mandíbula. No era la primera vez que Varos la enviaba en misiones peligrosas con la esperanza de que no regresara. Y la próxima luna llena sería la oportunidad perfecta para un ataque. En su forma de loba, sería vulnerable a un ataque sorpresa si estaba rodeada por los enemigos del Clan de la Luna Roja. —No me sorprende —respondió ella, con frialdad—. Pero no pienso caer en su trampa. Neron la miró, asintiendo lentamente. Aunque la situación era tensa, había un respeto tácito entre ellos. Neron había sido testigo de la valentía de Elara en el campo de batalla, y aunque no lo decía abiertamente, la consideraba la verdadera líder del clan, no Varos. —No puedes seguir así para siempre, Elara —dijo Neron, con un tono más suave—. Tarde o temprano, Varos encontrará una forma de eliminarte. Elara lo sabía. Lo había sabido desde el día en que su tío había tomado el poder. Pero no iba a rendirse sin luchar. Si Varos creía que podía deshacerse de ella tan fácilmente, estaba muy equivocado. —Voy a tomar el control del clan —dijo ella, su voz firme y decidida—. Y cuando lo haga, Varos pagará por todo lo que ha hecho. Pero no de la manera que él espera. Neron la miró por un momento antes de asentir. —Sabía que dirías eso —dijo, con una leve sonrisa—. Estoy contigo, como siempre. Elara le devolvió la sonrisa, aunque solo por un breve instante. Sabía que podía contar con Neron, pero también sabía que la lealtad no era suficiente. Necesitaba un plan, algo que la colocara en una posición inquebrantable frente a los Ancianos y el resto del clan. Algo que demostrara, de una vez por todas, que era digna de ser la Alfa. Mientras el día se desvanecía y el crepúsculo comenzaba a caer sobre el bosque, Elara y Neron se dirigieron de regreso al corazón del territorio del clan. La fortaleza, construida en lo profundo de una caverna rodeada por acantilados escarpados, se erigía como un refugio seguro para su gente. Desde allí, Varos había gobernado con crueldad durante los últimos años, y desde allí, Elara planeaba arrebatarle ese poder. Mientras avanzaban, una idea comenzó a formarse en la mente de Elara. Tal vez había una manera de acabar con Varos, no con la fuerza bruta, sino con la astucia. Sabía que no podía enfrentarlo directamente sin arriesgar su vida y su reputación, pero quizás podía exponerlo ante los Ancianos de una manera que no pudieran ignorar. Varos se había ganado su posición con engaños y mentiras, y si ella podía demostrarlo, el resto del clan podría volverse en su contra. —¿Qué estás pensando? —preguntó Neron, notando el brillo en sus ojos. Elara sonrió, una sonrisa afilada y llena de determinación. —Es hora de que Varos pruebe su propia medicina —respondió ella—. Si quiere jugar a este juego, yo también puedo hacerlo. Neron la observó por un momento, asintiendo lentamente. —¿Qué tienes en mente? Elara caminó con pasos decididos, mientras los primeros rayos de la luna se asomaban entre las copas de los árboles. —Si Varos quiere que vaya en una misión de caza, lo haré —dijo ella, con una mirada astuta—. Pero no iré sola. Y cuando regrese, no será solo como una cazadora. Regresaré como Alfa. Neron frunció el ceño, claramente intrigado, pero no dijo nada más. Sabía que cuando Elara tenía un plan, lo mejor era confiar en ella. Elara había soportado la arrogancia de su tío durante demasiado tiempo.
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