Las palabras de Nadun

1634 Words
El aire estaba cargado de risas y música cuando Varos cruzó el límite del territorio, con un semblante tan imponente como sombrío. Al acercarse al centro de la celebración, varios lobos de su clan le hicieron una reverencia rápida, aunque algunos lo miraban de reojo con un respeto a medias, sabiendo de su carácter voluble. Pero esta tarde, mientras el clan de la Sombra bailaba, Varos tenía en mente algo mucho más trascendente que las tradiciones dominicales. Cada domingo, tras la comida grupal, los lobos de la Sombra se reunían para un baile de celebración. En ese momento, Elara se encontraba observando el baile desde una pequeña loma junto a Nadun. El anciano, con su cabello blanco al viento, se veía grave, todavía asimilando la profecía que había compartido con ella. —Lo siento Elara— dijo Nadun con el rostro sombrío— no era lo que tenía en mente cuando acudí a contarte lo que las visiones me decían. Elara sentía que el mundo giraba a su alrededor. La idea de aliarse con el clan de la Luna Roja la desgarraba por dentro, pero también sabía que Nadun no era dado a las exageraciones; si él decía que existía una amenaza inminente, debía ser verdad. Aun así, su orgullo le impedía aceptar la solución. Los de la Luna Roja eran el enemigo, los responsables de los momentos más oscuros de su clan. Antes de que pudiera procesar más sus pensamientos, una voz grave y conocida resonó en el aire, llenando el claro con autoridad. —¡Gente del clan de la Sombra! —La voz de Varos sobresalía por encima de la música, obligando a los presentes a detener sus pasos y girarse hacia él. Varos se encontraba en el centro del círculo, con los brazos extendidos, luciendo una sonrisa que a Elara le pareció inquietante. Ella observó cómo Varos tomaba el control de la multitud en cuestión de segundos, atrayendo todas las miradas. Su tío siempre había sido un maestro en captar la atención y manipular a su antojo, y esta ocasión no era diferente. —Me han llegado noticias inquietantes, —comenzó Varos, caminando lentamente alrededor del círculo de lobos—. Nuestros sabios nos han advertido sobre una amenaza inminente. Algo oscuro se avecina, algo que podría acabar con todos nosotros. Elara sintió un nudo en el estómago. Las palabras de Nadun estaban siendo usadas por Varos, pero el tono con el que hablaba era extraño, como si su preocupación no fuera auténtica, sino teatral, como si hubiera preparado cuidadosamente sus palabras. —Hemos estado combatiendo y sobreviviendo en las sombras, solos, durante demasiado tiempo. Y sé que la idea de una alianza con otro clan puede parecer impensable, incluso dolorosa —dijo Varos, haciendo una pausa para estudiar las expresiones de la multitud—, pero si no queremos perecer, debemos ser astutos, debemos buscar aliados. La multitud comenzó a susurrar. Los lobos más jóvenes, en particular, intercambiaban miradas preocupadas. Nadie en el clan de la Sombra había oído jamás hablar de alianzas con otros clanes, y mucho menos con aquellos que habían sido sus enemigos desde hacía generaciones. —Nadun, nuestro anciano sabio —continuó Varos, alzando la voz y señalando al aire como si quisiera invocarlo a pesar de que Nadun se encontraba junto a Elara, —ha tenido una visión, una advertencia de los espíritus. Y esa advertencia es clara: si no sellamos una alianza con el clan de la Luna Roja, nuestro destino será la destrucción. Elara sintió cómo su corazón comenzaba a latir rápidamente. Sabía que Varos estaba utilizando las palabras de Nadun a su favor, pero lo que le preocupaba era la dirección que estaba tomando su discurso. Había algo en la manera en que Varos enfatizaba ciertas palabras que le daba un tono teatral, como si se tratara de una obra que había ensayado meticulosamente. —Y, ¿qué mejor forma de sellar una alianza —continuó Varos, con una sonrisa torcida— que a través de una unión matrimonial? Elara corrió en dirección al epicentro de la acción, si Varos quería manipular su destino, ella quería estar presente, no podía dejar que su vida volviera a quedar en las manos de Varos sin ella hacer nada. Cuando Elara llegó la vida de domingo del clan se había paralizado, nadie reía, ni bailaba, todos observaban a Varos con los ojos muy abiertos y las caras descompuestas. El clan de la Luna Roja era poco querido, no hacía ni dos semanas de su última batalla, y el espíritu de todos ellos aún seguía herido por las pérdidas que habían sufrido. El silencio se hizo absoluto. Los ojos de Elara se abrieron de par en par, y su respiración se aceleró mientras las implicaciones de esas palabras la golpeaban con fuerza. No podía creer lo que estaba escuchando. —Mi querida sobrina Elara —dijo Varos, dirigiéndose hacia ella con un tono que casi parecía afectuoso—, ha demostrado ser una guerrera incansable y digna de respeto, y ¿qué mejor representante de nuestro clan para unir nuestras fuerzas con las de la Luna Roja? Elara sintió el pánico recorriéndole el cuerpo. Sus pensamientos eran un torbellino de emociones encontradas: la rabia, la traición, la desesperación. Su tío no solo estaba intentando sacarla de su camino, sino que planeaba entregarla como un trofeo a sus enemigos. —Esto... esto es una locura —murmuró Elara, mirando alrededor, buscando alguna cara amiga entre los miembros del clan. Pero lo que vio fue algo que la desconcertó aún más: asentimientos y miradas de aprobación hacia Varos. Algunos incluso sonreían, como si el plan les resultara lógico e inevitable. Varos, al ver la reacción favorable de la mayoría, continuó con su discurso. Elara había creído que la balanza se movería a su favor esta vez, Luna Roja era una manada enemiga, muchos miembros habían caído a manos de sus garras y sus aceros; pero no, Varos, como siempre parecía hipnotizar a la gente. —Imaginen el poder que podríamos tener si unimos fuerzas con el clan de la Luna Roja. Imaginen a nuestros hijos y nietos creciendo en un tiempo de paz, sin la constante amenaza de guerra. Esta es una oportunidad que no podemos dejar pasar, por mucho que nos cueste —dijo, con una voz que denotaba una falsa tristeza—. Estoy seguro de que Elara, como guerrera que es, entenderá la importancia de este sacrificio. Elara sintió que su ira crecía como un fuego dentro de ella. No solo estaba siendo traicionada por su propio tío, sino que él la estaba usando como moneda de cambio, jugando con su vida y su destino como si ella no fuera más que una pieza en su juego de poder. —No, esto es injusto —dijo, alzando la voz, rompiendo el silencio de la multitud—. Este matrimonio no es una alianza; es una forma de entregarnos al enemigo, de rendirnos ante ellos. ¿Qué clase de líder cede a su gente de esta forma? Pero antes de que pudiera continuar, Varos se giró hacia ella con una expresión de fingida paciencia. —Elara, nadie cuestiona tu valentía ni tu espíritu. Pero debes entender que el liderazgo no siempre es lo que deseamos; a veces, implica sacrificios que van más allá de nuestros deseos personales. Esto no es un acto de rendición, sino de visión, de estrategia. Y si verdaderamente deseas el bien de nuestro clan, aceptarás este destino con el mismo valor que has demostrado en el campo de batalla. Elara sintió que las palabras de Varos iban calando en los miembros del clan, envolviéndolos en una ilusión de sacrificio y nobleza. A pesar de todo, muchos de ellos miraban a Varos con respeto y aprobación, como si lo que él proponía realmente fuera la única solución posible. Sin darse cuenta, Elara retrocedió unos pasos, sintiendo que el suelo bajo sus pies se desmoronaba. No había esperado que el clan aceptara tan fácilmente una propuesta tan extrema, y menos viniendo de Varos. Los ancianos asintieron, y algunos de los más jóvenes parecían casi entusiasmados con la perspectiva de un futuro de paz, ignorando el sacrificio que ella tendría que hacer. Elara observó, horrorizada, cómo su tío se volvía hacia la multitud, con los brazos abiertos, como si fuera un líder magnánimo dispuesto a hacer cualquier sacrificio por su gente. —Entonces, ¿estamos de acuerdo en que la unión con el clan de la Luna Roja es la mejor opción? —preguntó Varos, alzando la voz para asegurarse de que todos lo escucharan. Un rugido de aprobación resonó en el aire. Los lobos del clan de la Sombra gritaban y vitoreaban, algunos golpeaban el suelo con los puños, y otros levantaban sus cabezas hacia el cielo, aullando en señal de aceptación. Elara sentía que el peso de la traición y la desesperanza se cernía sobre ella. Su clan, la gente por la que había luchado y a quienes siempre había protegido, estaba dispuesta a entregarla al enemigo sin dudarlo. Nadie parecía cuestionar las verdaderas intenciones de Varos, nadie veía que, bajo esa fachada de sacrificio y nobleza, su tío solo buscaba librarse de ella para consolidar su poder como Alfa definitivo. Mientras el rugido de aprobación continuaba, Elara clavó la mirada en Varos, quien la observaba con una sonrisa satisfecha en su rostro. Ella entendió, en ese momento, que su lucha acababa de volverse mucho más difícil. No solo debía enfrentarse a su tío, sino también a la ciega obediencia de su propio clan, que veía en esa alianza una promesa de paz, sin entender el verdadero precio que estaban dispuestos a pagar. Y mientras los vítores y los aullidos de aprobación la envolvían, Elara supo que estaba sola en su resistencia.
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