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1241 Words
Ya no aguantaba más, aquel encierro la estaba volviendo loca. Llevaba cuatro días sin hablar con nadie, sin diversión alguna para su cerebro; era lo más cruel que se le podría hacer a alguien. ¿De qué le había servido tener una vida de privilegios si ahora estaba condenada a vivir como si fuera el Conde de Montecristo? –Papá, por favor, déjame salir, te juro que no vuelvo a desobedecerte, por favor… –fueron los gritos que, junto a los golpes con las palmas de sus manos contra la puerta, se empezaron a escuchar. Su desespero, acompañado por el llanto y las largas horas de reflexión la llevaron a creer que lo mejor sería el mostrarse dócil y resignada ante su padre si quería salir algún día de aquella habitación. Una vez afuera, y sin precipitarse, empezaría a mirar la forma de abandonar aquella mansión y buscar la manera de sostenerse por sí misma. Su idea no era la de renunciar al concurso, pues sabía que los tres mil dólares serían de gran ayuda para sus propósitos, pero tendría que idear la manera de que su papá no llegara a tener ni la más mínima sospecha acerca de su participación. Pasaron dos horas antes de que la puerta se abriera y se presentara el empleado que hasta el momento le había llevado las comidas y la ropa interior limpia. El hombre la miró de pies a cabeza, dejó la nueva bandeja de comida en el piso y dijo: –Tu padre dice que, si logras guardar silencio hasta mañana, vendrá después de las tres de la tarde a negociar tu salida, pero insistió en que no quiere escuchar más gritos ni golpes en la puerta. –Por favor, dígale que me perdone, que no me vuelvo a portar mal, que siempre le voy a obedecer –dijo Michelle entres sollozos–, que ya no aguanto más estar aquí. El hombre fijó su mirada en los ojos azules de ella, hizo una pequeña mueca con los labios y dijo: –Se lo diré, pero te aconsejo que no lo vuelvas a hacer enfadar, el señor Fairchild puede ser un hombre muy cruel y te aseguro que esto no es nada comparado a lo que podría hacerte. Sin dar tiempo para que ella dijera algo más, el hombre despareció cerrando la puerta tras de sí. Michelle sintió cómo su ritmo cardiaco se aceleró. ¿Qué más podría hacerle su padre? ¿Acaso no era suficientemente cruel aquel castigo al que estaba siendo sometida? Las palabras del empelado parecían indicar que no. Calculó que podrían ser las ocho o nueve, pues el sol empezaba a bajar en el horizonte. Solo tendría que cenar, irse a la cama y al día siguiente, luego de un par de comidas, su padre la estaría liberando. Cenó lentamente, mientras pensaba en su estrategia para lograr sus objetivos, pero por más que pensaba no lograba idear el plan perfecto. Ya no podría inventar que estaría estudiando donde una compañera; tampoco podría decir que estaba en clase, dado que el concurso se iba a realizar a partir de las siete de la noche y a esa hora nunca había tenido clases. Pero bueno, ya algo se me ocurrirá cuando haya salido de este agujero y pueda pensar con más claridad, fue lo que pensó luego de haber puesto la bandeja junto a la puerta de salida. Fue hasta el baño, se cepilló los dientes y se miró al espejo. Sus ojos aun estaban rojos debido al llanto, pero la alentó lo que vio en el resto de su rostro: no tenía gota de maquillaje y, aun así, lo que veía como reflejo era el rostro de una mujer hermosa, joven y vital. Recordó el rostro de su madre, quien a sus treinta y ocho años lucía como si tuviese veinticinco. Era una mujer de una belleza inigualable y todo parecía indicar que ella había heredado aquellos genes. ¿Pero cómo habría hecho para enamorarse de su padre, si el hombre era de lo menos atractivo que existía sobre el planeta tierra? ¿Habría sido el dinero o habría algo más? No estaba segura, pues su madre nunca había demostrado mayor atracción por las cosas materiales, y la más fehaciente prueba era que se había ido a vivir con su amor del colegio, un apuesto hombre que no tenía ni en dónde caerse muerto. Agradeció no haber heredado nada de su padre, ni en su apariencia física ni en su forma de ser, y le vino a la mente algo que nunca se había atravesado en sus pensamientos: ¿sería aquel hombre rígido y anacrónico su verdadero padre? No se parecían en nada y si ella no fuese su hija, sería una buena razón por la cual la trataba de esa manera tan cruel Se pasó las manos por el pelo tratando de peinárselo y continuó jugando con diferentes estilos, pensando cuál podría ser una buena opción para la noche del concurso. Pasó un poco más de quince minutos en esa actividad hasta que sintió algo de molestia en los brazos y decidió regresar al catre. Se acostó boca abajo dejando caer un brazo hasta el piso, sus rodillas dobladas hasta el punto de que lograban sus talones tocar las nalgas. ¿Y si cuando me saquen de este hueco simplemente me escapo en mi primera ida a la universidad? No podría llevar mucha ropa, solo lo que quepa en mi morral de libros, pero no importa, después puedo conseguir más ropa. ¿Pero a dónde iría?, se preguntó. Sería solo por tres o cuatro días, en caso de ganar el concurso, dado que estaría partiendo hacia el sur del estado de la Florida para embarcarse en el velero con rumbo a las islas del Caribe. Tenía la opción de refugiarse en casa de su novio, pero este compartía la vivienda con dos de sus compañeros a los que no soportaba. Su segunda opción sería pedirle posada a Sherry, su mejor amiga, pero ella vivía con sus padres y nunca le había agradado la manera como el padre de esta la miraba, similar a como miraría a una bailarina exótica en un bar de hombres. La tercera opción estaba en el apartamento de Nicole, su otra amiga de confianza; pero tampoco sería la mejor opción, dado que la atractiva chica vivía en un muy pequeño sitio en el que estarían estrechas, además de que desde hacía un año se había declarado bisexual. No tenía nada en contra de aquellos gustos, pero sería diferente si se veía obligada a compartir tan de cerca con alguien que podría desear más que una amistad. No tenía una opción clara, pero tendría que decidirse antes de dieciséis horas, momento para el cual estaría rogándole a su padre para que la dejara salir, eso si quería alcanzar a presentarse en la velada del concurso. ¿Pero qué pasaría si no ganase o en caso de ganarlo, qué haría al regreso de su viaje? No tenía ni idea, pero no tardó en llegar a su mente una posible solución: ¿y si se me quedo a vivir en la Florida o en una de esas islas? No suena tan mal, además que cualquier cosa sería mejor que seguir en este maldito sitio. No tardó en quedarse dormida, estando segura de que estaba viviendo sus últimas horas como la hija de un poderoso y déspota millonario.
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