El calor la tenía al borde del desespero. Nathalie llevaba tres horas al frente de la parrilla dándole la vuelta a las hamburguesas que la clientela había ordenado para cenar. Su puesto como cajera del lugar lo había perdido por esa noche, esto gracias a la presencia de una chica con mayor antigüedad en el negocio, y quien había preferido estar al frente de los cobros.
La chica del cabello naranja no podía esperar a salir de allí y deshacerse de todo lo que llevaba encima, meterse bajo la ducha y luego echarse en el sofá para continuar chateando con aquel apuesto hombre con el que había hecho contacto esa mañana o con cualquiera otro que pudiera aparecer.
Algunos minutos después de las nueve, agradeciendo la finalización del turno, se montó en su bicicleta y pedaleó los diez minutos que la separaban de su casa.
Nunca se había sentido mejor debajo de la ducha, pero a pesar de sentirse refrescada, supo que no podría aguantar si el supervisor del restaurante la volvía a poner en aquel puesto. Preferiría cambiar de trabajo, así le tocara trabajar en una mina de carbón.
–Hola, pequeña, ¿estás por ahí? –solo tenía una toalla cubriendo su cuerpo cuando escuchó el timbre de notificación del mensaje, no quiso esperar y se abalanzó a leerlo.
–Hola, sí, acabo de llegar del trabajo –respondió cuando se dio cuenta de que se trataba de Steve.
–¿Tienes tiempo para continuar con la charla que iniciamos esta mañana?
–Claro que sí, solo dame un minuto.
Se terminó de secar el cuerpo, se puso la piyama y llevó el computador portátil hasta el sofá.
–Ya, aquí estoy.
–¿Cómo te fue hoy?
Nathalie le hizo un pequeño resumen de lo que había sido su día, el cual contrastó con lo que Steve le contó acerca de sus reunionese en la mañana, su tarde jugando golf y la cena que había tenido con un cliente venido de Texas. Era claro que mientras ella se había ganado cuarenta dólares en cuatro horas volteando hamburguesas, el hombre había hecho negocios por cuatrocientos mil dólares.
–Pequeña, creo que no deberíamos perder más tiempo en estas conversaciones virtuales, ¿qué te parece si te invito a cenar mañana en la noche?
El sujeto no perdía tiempo, lo que puso a Nathalie a pensar: si me meto con este, en menos de dos días estaré en su cama.
–No lo sé, casi no nos conocemos.
–Tienes razón, pero por eso es por lo que te quiero llevar a cenar, para que nos podamos empezar a conocer.
Puerca vida la mía, pensó Nathalie, estoy al borde de convertirme en una vulgar prostituta. Es que, si al menos ya no fuera virgen, si lo hubiera hecho con el alcohólico ese que tuve por novio… Y varias veces me lo insistió, lo malo es que siempre andaba borracho cuando me lo pedía.
–Está bien, pero sería después de las nueve, cuando salga de trabajar –le respondió a Steve.
–Perfecto, solo dime en dónde te puedo recoger.
Desechando la opción de chatear con algún otro pretendiente, a pesar de que la habían saludado más de cinco hombres, Nathalie se fue a la cama pensando en lo que se estaba metiendo. ¿Pero qué otra salida tenía? Podrían existir muchas, pero no para alguien que quería conservar la pequeña casa de sus padres y estudiar una carrera universitaria. Recordó a algunos de sus compañeros de colegio, quienes habían decidido no ir a la universidad, se habían puesto a trabajar en empleos que solo pagaban el salario mínimo y compartían vivienda con dos o tres más de sus amigos que estaban en la misma situación.
No me quedaría toda la vida en ese plan, yo sé que puedo hacer mucho más, pero para eso tendré que acceder a todo lo que Steve quiera, de eso no me cabe la menor duda, pensó cuando estaba a punto de quedarse dormida.
Nathalie se levantó a las cinco de la mañana, desayunó un poco de cereal y salió a entrenar. Recorrió veinte kilómetros de caminos montañosos exigiéndose al máximo, sabiendo que faltaban pocos días para la competencia que podría entregarle los tres mil dólares. Se sintió conforme con su rendimiento, pero bien sabía que la fuerza que la llevaba a ser tan eficiente sobre la bicicleta estaba brotando gracias a la enorme necesidad que tenía, y no por haber podido entrenar como la exigente disciplina lo exigía.
Pasó el día atendiendo la caja registradora del restaurante, asistiendo a las cuatro clases que tenía y volviendo a hacer las funciones de parrillera en el turno de la noche, debido a la segunda aparición consecutiva de la empleada de mayor antigüedad.
Queriendo evitar que Steve la recogiera en su casa, le había dado la dirección del restaurante. Maldijo su suerte, pues el turno de parrillera la dejaría oliendo a grasas y carnes y con la necesidad de meterse bajo la ducha antes de vestir la ropa con que saldría a cenar. Pero no había nada que hacer, la suerte estaba echada y se tuvo que conformar cambiándose de atuendo en el baño para empleados, lavarse las manos y la cara, aplicarse un poco de perfume, todo esto antes de retocar su maquillaje, pues sin este luciría como una niña de dieciséis años.
Se le aceleró el pulso cuando se paró en las afueras del restaurante a esperar a su futuro Sugar Daddy. ¿Y qué pasa si este tipo es un asesino en serie o algo por el estilo?, se preguntó mientras observaba al sol sumergiéndose en las aguas del Pacífico. Recordó que solo había chateado un par de veces con el hombre, que en realidad no había manera de probar que todo lo que le había contado era verdad. Podría haber esperado a conocerlo un poco mejor, aunque fuese a través del chat, pues después de unas cuantas charlas hubiese tenido mayores indicios acerca de las intenciones de aquel hombre. Pero no había tiempo que perder, la cuota mensual de la casa debía cancelarse dentro de dos días, y lo poco que tenía ahorrado no alcanzaría ni para cubrir la tercera parte del monto.
Observó un Mercedes Benz de color n***o ingresando al estacionamiento y supuso que se trataba de Steve, dado que le había aclarado que la recogería en un vehículo de esa marca y de ese color. Su respiración se aceleró, se mordió el labio inferior y se acomodó el cabello por detrás de la oreja justo en el momento en que el auto se detuvo frente a ella.
La ventana se deslizó hacia abajo y detrás de esta apareció el rostro de un hombre, que, sin duda, pertenecía a Steve.
Este tipo supera lo que vi en las fotografías, ¡está divino!, pensó Nathalie, sus pupilas dilatándose.
−Hola, pequeña, disculpa por la tardanza, pero me tuve que detener a echar gasolina –dijo el hombre antes de mostrar una enorme sonrisa que dejó ver una impecable dentadura, la cual le causó risa a Nathalie, pues le hizo recordar a un sonriente gato de una de sus caricaturas preferidas cuando era pequeña.
–Veo que estás de buen humor esta noche…
–¿Quieres que me suba o vamos a cenar aquí? –preguntó Nathalie, mostrando con un leve movimiento de cabeza el sitio de comidas rápidas donde trabajaba.
Fue el turno de Steve para reír.
–Vamos, pequeña, hice reservaciones en el mejor lugar de West Vancouver, una espléndida cena nos espera.
Nunca se había subido a un auto de alta gama, ni se había sentado tan cerca de un hombre tan bien plantado. Pero, a pesar de que Steve se mostraba amable y parecía inspirar confianza, el corazón de Nathalie seguía latiendo a ritmo acelerado. Sabía que no era por el momento que vivía, pues las sospechas acerca del supuesto asesino en serie habían pasado, era por lo que pudiese venir más adelante, porque sabía que en menos de tres días tendría que perder su virginidad a manos de este hombre. No tendría inconveniente alguno en besarlo, pero el entregarse a él eran palabras mayores.
Cruzaron el pequeño puente que divide a North Vancouver de West Vancouver y minutos después se encontraron escalando hacia el sector de British Properties, uno de los sectores más elegantes de la ciudad. Nathalie asumió que Steve tendría su vivienda en aquel sector, pero no se atrevió a preguntarle; prefirió distraerse observando el panorama de la ciudad, el cual se extendía allá abajo presentando a esa hora un panorama inundado por millones de luces.
–Espero que este sitio sea de tu agrado –dijo Steve buscando un espacio para estacionar.
–Se ve muy lindo –dijo ella mientras observaba la construcción caracterizada por enormes ventanales.
Instantes después fueron conducidos a una mesa para dos personas ubicada en el borde del restaurante, justo contra uno de los ventanales. Desde allí, la vista de la ciudad, de Stanley Park, del puente Lion’s Gate y del Océano Pacífico no hubiese podido ser mejor. El lugar tenía la mayoría de las mesas ocupadas y los comensales eran en su mayoría gente que superaba los treinta años. Su elegancia era indiscutible y la calidad de su iluminación le daban un aspecto cálido y acogedor.
–Escogiste uno de los mejores platos que sirven aquí, aparte de la comida de mar –dijo Steve cuando el mesero puso el filet mignon en el puesto de Nathalie.
–No me gusta la comida de mar, aparte de ser cara es fea –dijo ella, sus labios arrugados.
Steve sonrió y puso la mirada en el arroz con langostinos al ajillo que acababa el mesero de colocarle en su lugar.
–Pequeña, mientras estés conmigo no te preocupes por los precios de nada, quiero que lo recuerdes.
Brindaron con las copas de vino que les habían sido servidas, la de ella tinto y la de él blanco, y les dieron el primer bocado a sus respectivos platos.
–Este está mejor que el que me comí el día de mi grado –dijo Nathalie, sus ojos más abiertos que nunca.
–Me alegra que te guste, esa es la idea.
Con el paso de los minutos, a Nathalie no le quedó duda de que estaba tratando con un hombre que lo tenía todo: aparte de ser extremadamente atractivo, era muy simpático, amable y divertido. Y esta suma de cualidades le hicieron llegar una duda a su cerebro:
–Steve, siendo como eres… y teniendo todo lo que tienes, ¿Por qué te interesas en alguien como yo, veinticuatro años menor y que no tengo nada?
–Tienes la belleza que no tiene nadie más en todo el oeste del Canadá.
A Nathalie se le subió la sangre a las mejillas.
–No exageres, solo en mi universidad hay miles mejores que yo.
–Pequeña, no seas tan modesta, tú sabes lo que tienes y si no lo sabías, ya te lo estoy contando.
¿Por qué no podría ser veinte años más joven este hombre?, se preguntó ella, antes de pensar en que tratar de mantener una relación seria con alguien tan mayor, por más atractivo que fuera, sería algo imposible.
–Y aparte de mi supuesta belleza, ¿qué más ves en mí?
–Apenas nos estamos conociendo, pero hasta el momento puedo decir que eres simpática, graciosa, educada, inteligente…
–¿Y por qué alguien con todas esas cualidades puede estar tan mal? –preguntó Nathalie.
–¿Mal? Cuéntame por qué estas mal –dijo Steve, revelando una sutil sonrisa en su rostro.
–Steve, mis padres murieron en un accidente aéreo hace un poco más de tres semanas, soy hija única, no tengo a nadie en el mundo, excepto a un tío que vive en Miami y al que nunca veo, y fuera de eso no tengo dinero para continuar en la universidad, pagar las cuotas de la casa o hacer mercado…
–Pequeña, ¿tú me estás hablando en serio? –preguntó Steve, enarcando las cejas.
Nathalie arrugo la boca y dijo:
–¿Crees que te inventaría una historia tan dramática solo por llamar la atención?
–No, perdona, para nada… pero me dejas…
–Es el mundo real, Steve, el de las personas que no tenemos el dinero para arreglarlo todo.
–Pequeña, ni todo el dinero del mundo puede salvar a alguien de morir en un accidente aéreo.
–Si mis papás hubieran tenido, por ejemplo, todo el dinero que tú tienes, habrían viajado en un jet privado y no en esa maldita aerolínea.
–Aunque tengas un avión privado, eso no lo hace exento de estrellarse contra una montaña…
–Puede ser, pero al menos hubieran dejado el dinero para pagar por mi universidad, y la casa ya estaría pagada en su totalidad.
–Eso es verdad, y lo siento muchísimo, pequeña, en serio…
Nathalie supo a través de la mirada de Steve que sus palabras eran sinceras. Ahora se sentía más tranquila, le había contado acerca de su tragedia, de sus necesidades y el hombre parecía haber entendido su situación.
–Steve, ya que conoces mi historia, me imagino que ya sabes por qué me metí a esa página de internet…
–Así es, pero creo que no me la hubieras tenido que contar para saber por qué estabas ahí…
–Pues sí… Pero me imagino que has conocido a muchas chicas de mi edad en ese sitio.
–Algunas, pero nadie como tú, y te juro que no estoy mintiendo.
Nathalie miró a su alrededor mientras pensaba qué podría decir.
–Bueno, eso es verdad, todos somos diferentes –dijo ella antes de sonreír.
–Claro, pero ya sabes lo que quiero decir, tú… con ese cabello naranja, esa nariz respingada, esos ojos verdes, esos labios que solo invitan a ser besados, no te puedes comparar con nadie.
A Nathalie se le volvieron a subir los colores a las mejillas. Las cosas sucedían más rápido de lo pensado y sería muy ingenuo pensar que no estaría besando a este hombre antes de que la velada terminara.
–Pero tú, que podrías tener a cualquiera que quisieras, ¿por qué quieres a una mujer tan joven como yo?
–Es cuestión de gustos, me encantan las chicas jóvenes, siempre ha sido así.
–Ya veo…
–Cuéntame algo, ¿tú nunca habías salido con alguien de mi edad?
–No, es la primera vez, y tampoco había utilizado ninguna página de internet para conocer gente.
–Entiendo… Mira, Nathalie, yo te voy a ayudar, te lo digo así, con solo algunos minutos de haberte conocido, pero es que inspiras en mí todo lo que una mujer tierna y divina puede inspirar.
Steve puso su mano sobre la de ella.
–Gracias, pero… ¿Qué tendría que hacer para obtener todas las ayudas que necesito?
–Aparte de pagar la cuota de tu casa, tus estudios universitarios y tu mercado, ¿qué más necesitas?
–Solo eso –dijo Nathalie y Steve enarcó las cejas–, sí, ya sé que es mucho, pero quiero seguir estudiando, no quiero quedarme toda la vida haciendo hamburguesas o cuidando niños.
–Me gusta que tengas proyectos que te hagan crecer, y cuenta conmigo para lo que sea −la mano del hombre continuaba sobre la de ella.
–Pero te vuelvo a preguntar: ¿qué tengo que hacer para obtener esa ayuda?
–Me gusta que seas directa, me hace sentir que estoy con una muchacha joven pero muy segura de sí misma.
–Cuando quedas sola en el mundo, si no te vuelves segura de ti misma te mueres –dijo Nathalie, sus labios arrugados.
–Te entiendo, creo que yo también tuve que hacerlo a temprana edad, pero eso te lo contaré otro día, ahora mejor hablemos de lo nuestro.
–Estoy esperando –Nathalie lo miró directo a los ojos.
–Mira, solo quiero que… que me trates como a un novio, como alguien con quien estás saliendo –dijo Steve y le apretó la mano al tiempo que mostró una amplia sonrisa.
–¿Cómo novio? ¿Y a partir de cuándo?
–No quiero afanarte tanto. Creo que podría ser a partir de nuestra próxima cita.
–¿Y eso cuándo sería?
–Mañana estaré muy ocupado, pero podría ser pasado mañana, si quieres… –Steve bebió un sorbo de su copa de vino.
–Cuando sea, pero lo malo es que, si no pago la cuota de la casa, y pronto, me la va a quitar el banco.
–¿Y de cuánto es esa cuota?
–Ochocientos dólares.
Steve sonrió sutilmente y dijo:
–No hay problema, cuenta con eso. Si quieres, podemos pasar por un cajero automático y sacar ese dinero apenas salgamos de aquí.
Nathalie abrió los ojos como nunca, mostró una leve sonrisa y luego dijo:
–¿Me vas a dar todo eso sin que ni siquiera te haya dado un beso?
Steve le soltó la mano y arrugó la frente.
–Pequeña, por favor, no quiero que esto luzca como si fuera una transacción de negocios en la que las dos partes obtienen algo. Tú eres una nena divina que ha quedado sola en este mundo y que requiere la ayuda desinteresada de alguien con la capacidad de ayudarte, y en este momento ese soy yo.
–¿Significa eso que ni siquiera tenemos que besarnos?
–No te voy a decir que no me muero de ganas por hacerlo, pero no me puedo aprovechar de las circunstancias. Solo bésame cuando te nazca hacerlo, cuando creas que te vas a sentir a gusto haciéndolo
Nathalie no lo podía creer: se había encontrado a un hombre que, sin tener en cuenta la diferencia de edad, era la perfección convertida en realidad. No dudó en ponerse de pie, darle la vuelta a la mesa, poner sus manos alrededor de la nuca del hombre y juntar sus labios con los de él.