8

1858 Words
Michelle se despertó, miró hacia la ventana y supo que sería un día con mucho sol, a diferencia de los tres anteriores, cuando las espesas nubes y la lluvia habían dominado. Se sorprendió a sí misma al descubrir que había pasado una noche sin despertar tres o cuatro veces, tal y como había sucedido desde el inicio de su encierro. Se incorporó y quedó sentada sobre el borde del catre. No tenía manera de conocer la hora, pero al acercarse a la ventana, y luego de observar la posición del sol, calculó que podrían ser las ocho o nueve de la mañana. Se fijó en la puerta para descubrir que aun no le habían traído el desayuno. Se puso de pie y caminó hasta el baño, se miró al espejo y notó que los ojos rojos eran algo del pasado, ahora el azul de estos resplandecía y contrastaba con su largo cabello castaño. Bueno, al menos tengo la cara que necesito para ganar el concurso, pensó antes de despojarse de sus ropas y meterse bajo la ducha. Apenas tuvo el tiempo necesario para vestirse para el momento en que el empleado de su padre entró a la habitación portando la bandeja del desayuno. Como siempre lo había hecho, la depositó sobre el piso, miró a Michelle sin pronunciar palabra, y salió sin pronunciar palabra. Ella no quiso preguntarle nada, pues tuvo miedo de que, si abría la boca, su padre lo tomaría como una señal de haber roto el silencio que exigía para liberarla. Recogió la bandeja y se ocupó devorando los huevos revueltos, el jugo de naranja, las tostadas y el café. Al menos la alimentación seguía siendo la misma que siempre había disfrutado y no la tenían a dieta de pan duro con agua. Al terminar puso la bandeja junto a la puerta y se volvió a acercar a la ventana. Se fijó en el par de cuervos que se paseaban sobre el césped del jardín, y en la manera como picoteaban en busca de alimento. Así me toque buscar la comida como esos pájaros lo hacen, voy a largarme de este lugar para no volver, pensó antes de que su mirada se trasladara a la punta de los árboles. O así me toque subirme hasta la punta de un árbol para encontrar una fruta para cenar, mi papá no me va a volver a ver, fue la línea de pensamiento que la continuó acompañando por el resto de la mañana mientras continuaba mirando por la ventana, dando vueltas a la habitación, recostándose en el catre o entrando al baño. No fue antes de haberse vuelto a dormir, el calor del día empezando a invadir la habitación, cuando el empleado de su padre volvió a entrar con una nueva bandeja. Pero esta vez, después de haberse agachado para dejar la nueva bandeja y recoger la del desayuno, le dirigió la palabra a la castigada chica. –Almuerza rápido y cuando acabes, golpea la puerta un par de veces en señal de que estás lista para recibir a tu padre. Michelle sintió el aumento en su ritmo cardiaco, le sonrió al hombre y esperó a que este saliera y cerrara la puerta para ir a buscar su almuerzo. Se sentó al borde de la cama, puso la bandeja sobre sus rodillas y no tardó en devorar el pedazo de carne, el puré de papa y la ensalada que le había sido servida con un té frio como acompañante. Al terminar se puso de pie, caminó hasta la puerta, puso la bandeja en el piso y golpeó un par de veces. Creyendo que el empleado no tardaría en abrir, se quedó de pie junto a la puerta, pero pasaron varios minutos sin que nada sucediera. ¿Sería que ese imbécil no escuchó?, se preguntó. Pero no podía volver a golpear, su padre podría asumir que estaba haciendo demasiado ruido y podría cambiar de opinión acerca de su liberación. Dejó que el tiempo pasara antes de volver a sentarse en el catre. Transcurrían los minutos y ni el hombre ni su padre aparecían. Empezó a perder la esperanza, aunque sabía que aquel encierro, sin manera alguna para entretenerse, hacía que los segundos parecieran minutos y los minutos parecieran horas. Se levantó del catre, caminó hasta la ventana, alcanzó a soltar un par de lágrimas y la sorprendió el sonido de la puerta al abrirse. Su padre apareció, luciendo uno de sus acostumbrados trajes de paño oscuro, camisa blanca y corbata gris. Su expresión era dura, sin la más mínima señal de simpatía o afecto y miró a su hija de los pies a la cabeza antes de decir: –Michelle, espero que te esté sirviendo este régimen para que empieces a pensar como una mujer sensata. –Papá, por favor, déjame salir, te juro que jamás volveré a desobedecerte –dijo ella mientras daba un par de pasos, alejándose de la ventana. –No quiero promesas en este momento, solo quiero que me digas qué cosas pensaste durante estos cuatro días –dijo el hombre, cerrando la puerta tras de sí. Michelle se detuvo dos metros antes de su padre y dijo: –Que odio estar encerrada, que no he sabido apreciar todo lo que me has dado… Que estando aquí, sin nada que hacer, se empieza a valorar hasta las más pequeñas cosas que tenemos allá afuera. El hombre mostró una sutil sonrisa. –¿Y no pensaste en irte de esta casa y huir a vivir con tu madre y ese malnacido allá en California? –Para nada, papá, yo quiero seguir estudiando aquí, graduarme de mi universidad y trabajar en esta ciudad. –Michelle, ¿por qué carajos querías participar en ese maldito concurso? Michelle se mordió el labio, bajó la mirada, se quedó observando sus pies descalzos por unos segundos, volvió a mirar a su padre y dijo: –Quería ganarme los tres mil dólares y el crucero por el Caribe. –¿Acaso no lo tienes todo aquí? Tienes un auto último modelo, el mejor teléfono celular del mercado, la computadora más rápida, un televisor en tu alcoba de cincuenta y cinco pulgadas, la ropa y los zapatos que cualquier princesa europea envidiaría, hemos viajado por todo el mundo… –Yo lo sé, papá, pero es tu dinero, son los viajes que siempre se han hecho en familia… y pues solo quería pensar que puedo tener mi propio dinero, viajar con gente de mi edad. Michelle era consciente de mantener un tono de voz sumiso. –Michelle, hija, eres una niña preciosa, pero aun bastante joven, sin experiencia, y en este mundo de ahora, no falta quien se quiera aprovechar de ti y de el dinero que un día heredarás, sobre todo si te ven semidesnuda y tratando de llamar la atención participando en un concurso de esos. –Tienes razón, papá. –Cuando estés un poco mayor, con más recorrido, ya graduada como una brillante administradora de negocios, podrás trabajar en una de mis empresas, ganar tu propio dinero y viajar por el mundo con tus amistades. Hubiera querido contestarle como se lo merecía, recordarle que estaban en el siglo veintiuno y que lo que él estaba haciendo equivalía a un secuestro, pero bien sabía que si no se quedaba callada se exponía a otros cuatro días de encierro. –En estos días estuve pensando que te debo obedecer y seguir tus consejos, porque alguien que ha hecho tanta fortuna como tú, debe saber muy bien cuales son los caminos que se deben seguir en la vida. El hombre sonrió ampliamente antes de volver a hablar. –Así es, Michelle, yo vengo de abajo, de unas condiciones de vida en las que una habitación tan austera como esta hubiesen sido un lujo. Pero fui un joven responsable, obediente y trabajador, respetuoso de las buenas costumbres, y por eso pude llegar al sitio donde me encuentro hoy en día. –¿Te puedo preguntar algo? –Claro. –¿Por qué te fijaste en mamá si ella era, y sigue siendo, casi como una hippy? –Hace parte de las razones por las que te sometí a este castigo, Michelle. No quiero que en tu vida vayas a cometer los mismos errores que yo cometí. Pero para explicarte lo de tu madre, te cuento que hay momentos en los que los hombres no pensamos, sobre todo cuando estamos jóvenes, y creo que eso me pasó con ella. Su belleza y su simpatía me deslumbraron, su forma de vestir tan diferente, su estilo… Todo eso me llevó a enamorarme, aunque la suya no era una forma de vida que yo admirara, ya sabes, la bohemia, el entretenimiento… Pero supongo que sus cualidades estuvieron por encima de todo, y cuando me di cuenta de mi error, ya era demasiado tarde, ella estaba embarazada de ti, y yo, como hombre responsable, no podía dejarla tirada. Por eso nos casamos, pero desde el principio supe que esa unión estaba destinada al fracaso. –¿Se podría decir que yo soy la culpable? –No lo eres, para nada, pero sí eres el motivo por el que ella y yo juntamos nuestras vidas. –Solo puedo decir que te lo agradezco, hubieras podido dejarla tirada, como lo hacen muchos hombres. –Nunca esperes eso de mí. –Inclusive, ella podría haber abortado y yo no existiría. –Es posible, dentro de su manera de pensar se podría esperar cualquier cosa. Michelle recordó que tenía pensamientos encontrados en cuanto a ese punto: sabía que su mamá la adoraba y que había sido una buena madre, pero el hecho de que la hubiese abandonado, para irse con su amor de colegio para California, le había restado muchos puntos. –Papá, por favor no me vuelvas a hacer esto, te lo suplico. –Michelle, si obedeces mis órdenes, si te portas como debe ser, no volverás a estar aquí encerrada, pero si no lo haces, ya no serán cuatro días, sino muchos más, por lo menos quince. –Yo te prometo que voy a seguir tus órdenes –Michelle bajó la cabeza. –Muy bien, señorita, ahora sal de aquí, cámbiate de ropa y ponte al día en tus trabajos universitarios. Encontró su teléfono celular sobre el escritorio. Lo desbloqueó y encontró más de treinta llamadas perdidas, la mayoría de su novio, así como varios mensajes de texto. Los leyó en orden y se enteró que durante los dos primeros días de su desaparición todos pensaron que algo grave le había sucedido, pero poco después empezaron a aparecer los mensajes dando a entender que su padre había hablado con la universidad explicando el mal estado de salud de su hija, que estaba en reposo, sin alientos ni deseos de hablar con persona alguna, y que tan pronto se recuperara estaría regresando a sus clases. Bonita disculpa la de ese cerdo retrógrado, pensó ella antes de ponerse a chatear con sus amistades y explicarles el verdadero motivo de su desaparición. –Dave, estoy de regreso, tengo mucho que contarte, y necesito que me ayudes en un plan que tengo, no me puedes fallar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD