Nathalie se sintió flotando en un mar de confusiones, de indecisiones, de situaciones nuevas para las que no estaba preparada. Sí, había planeado conseguirse un Sugar Daddy, eso era bastante claro, pero jamás pensó que podría llegar a sentir lo que ahora estaba pasando por su corazón y su mente. El beso con Steve había sido inigualable; pero no solo el beso: la forma como él la había tratado durante la cena, la comprensión y entendimiento de sus problemas, su inmediato ofrecimiento para ayudarla, y el genuino interés que había mostrado no habrían podido dejarla indiferente. No sabía si la suma de todo esto la había llevado a cambiar su manera de pensar, su forma de sentir o si habría alguna influencia de las circunstancias de su presente: el sentirse sola y desprotegida, lo cual la hacía ver en Steve una figura paternal, que llegaba a reemplazar, no solamente a su padre, pero también a su madre.
Se preguntó si estaría sintiendo lo mismo si el hombre no fuese atractivo físicamente o si fuesa aun mayor de lo que ya era. Era algo hipotético, algo en lo que no podría ponerse a especular, a crear hipótesis. Ahora solo sabía que era su héroe, su salvavidas, la persona de quien viviría agradecida por el resto de su vida.
¿Pero mantendría Steve esa actitud para siempre o se cansaría de ella después de un par de semanas? Era un hombre demasiado atractivo, eso estaba claro, además de tener demasiado dinero, lo que se traducía en poder, factores que lo convertían en un hombre que toda mujer, en su sano juicio, desearía tener. Esto hacía que fuese bastante fácil que en pocos días la traicionara con una mujer más atractiva que ella. ¿Podría ilusionarse con tener algo serio con Steve? No estaba segura y pensó que nunca lo sabría, pues todo se convertía en una apuesta, en un riesgo, en algo que no estaba garantizado. Pero no tenía otra salida, por lo menos si quería continuar estudiando y no perder su vivienda, así que no le quedaba más que arriesgar, entregarse a este hombre que ahora parecía significarlo todo para ella, y esperar a que el idilio se prolongara hasta el final de sus días.
–Pequeña, ¿quieres que nos detengamos en un cajero automático? –preguntó Steve cuando puso el motor de su vehículo en marcha, y maniobrándolo para salir del estacionamiento del restaurante.
–Sí, creo que es lo más práctico –dijo ella, al sentir la mano de Steve sobre su rodilla izquierda.
Algunos minutos después, habiendo descendido de British Properties, se detuvieron en el estacionamiento de Park Royal, el centro comercial más próximo. El hombre le pidió que esperara en el auto mientras él iba a sacar el dinero. No transcurrieron más de cinco minutos para que se diera su regreso, una amplia sonrisa dibujada en su rostro.
–Me llena el alma de alegría el poderte ayudar, nena, es que te digo que te lo mereces todo…
–Me tratas como una especie de diosa –dijo Nathalie antes de soltar una corta risa.
–No estás lejos de serlo –dijo Steve y le entregó el dinero–. Aquí está la cuota de tu casa, y cuando quieras podemos ir a pagar lo de tu universidad y a hacer un buen mercado de todo lo que te vayas a comer en todo el mes.
–Gracias, Steve –dijo ella, recibió el dinero, lo guardó en su pequeña cartera y no dudó en besarlo en los labios.
–¡Qué beso tan rico, insuperable! –dijo Steve, cuando sus labios se separaron.
–¿Es en serio o solo me quieres halagar?
–Es lo más serio que he dicho en toda mi vida.
–Creo que puedo decir lo mismo –dijo ella antes de volverlo a besar.
Steve conducía lentamente, como tratando de alargar el tiempo en compañía de Nathalie. No paraba de hacerla reír, en un claro intento por hacerla olvidar de su tragedia. Pero era imposible evitar el momento de la despedida y segundos después de haber estacionado frente a la vivienda de ella, la acompañó hasta la puerta.
–Me siento como en una de esas películas románticas –dijo Nathalie, parada frente a la puerta de su casa.
–Me imagino, pero es que solo quería alargar esta, más que espectacular noche, un par de minutos más.
Lo podría hacer seguir y terminar la velada, al igual que en algunas de las películas, desnuda y en la cama con un hombre. Pero sería demasiado rápido, apenas se habían conocido unas horas antes, y no quería dar la impresión de ser una chica fácil, menos ahora que había recibido dinero por parte de él.
–Yo la pasé increíble, pero dime si en serio para ti ha sido espectacular –dijo Nathalie, las dudas rondando su cerebro.
–Pequeña, me creas o no, para mí esto ha sido amor a primera vista, y te juro que no estoy mintiendo.
–¿No te vas a cansar de mí?
–¿Por qué habría de cansarme de estar con la chica más linda del mundo?
–Entonces y no soy solo la más linda de todo el oeste canadiense, sino de todo el mundo…
–No lo dudes, y si seguimos hablando, serás la más bella de todo el universo.
–Empiezas a sonar cursi. Además, ¿qué conoces tú del resto del universo?
Nathalie mostró su sonrisa.
–Pequeña, no lo tengo que conocer para estar seguro de lo que digo –dijo Steve antes de besarla.
–¿Por qué eres tan especial? –preguntó ella cuando sus bocas se apartaron.
–Sería imposible no serlo contigo, es algo recíproco, no todos los días te encuentras con una mujer tan dulce y adorable como tú, yo solo estoy respondiendo a lo que mi corazón me dice.
Tres prolongados besos fueron la antesala de la despedida. Nathalie, ahora estaba segura, le hubiera gustado terminar la noche en la cama, pero los prejuicios conservadores, sumados a su total inexperiencia en esa clase de cosas le ganaron, llevando a que todo se aplazara.
Entró a la casa, se deshizo de sus zapatos y, sin prender las luces, se acercó a la ventana y observó a Steve subiéndose a su auto. Se quedó allí hasta que este se perdió de vista y se tiró en el sofá a imaginarse cómo hubiera podido ser una noche de pasión al lado de un hombre que parecía tenerlo todo.