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1256 Words
Michelle esperó hasta las once de la noche. A esa hora se paró, se vistió con un jean, una camiseta y un buzo, alistó su maletín de viaje con suficiente ropa para cuatro días, metió su computador portátil, se aseguró de tener su cartera con la tarjeta del banco y licencia de conducción, y llevando sus zapatos tenis en la mano para evitar producir ruido alguno, caminó descalza por el pasillo del segundo piso de la mansión hasta llegar al tope de las escaleras. Volteó a mirar hacia la puerta de la habitación de su padre, la cual se encontraba cerrada, colándose por debajo de esta una raya de luz. Todavía está despierto, pero no puedo esperar más, pensó mientras respiraba profundamente, antes de bajar las escaleras. Al llegar al primer piso se vio rodeada por las sombras de la noche, lo que favorecía su propósito. Se dirigió a la puerta de la cocina, a sabiendas de que la puerta trasera sería la mejor opción para escabullirse. Más me vale que Indira no esté por ahí rondando, pensó antes de mirar a través de la ventanilla de la puerta rotativa que del comedor conducía a la cocina. Para su suerte, las luces estaban apagadas y no se percibía movimiento alguno. La empujó con extrema suavidad y segundos después se encontró en la mita de la enorme cocina. Solo le faltaba recorrer diez metros para llegar hasta la puerta que daba al patio exterior; una vez allí saldría y rodearía la piscina hasta encontrar la puerta metálica que daba paso al exterior, y de la cual siempre había tenido una llave. Pero lo que temía que pudiese suceder se dio cuando se encontraba a escasos dos metros de alcanzar la puerta que conducía al patio. Sin previo aviso o advertencia alguna, escuchó el vaivén de la puerta rotativa, pero para su fortuna, sus reflejos fueron similares a los de un felino, y en fracción de segundo logró esconderse tras la secadora de ropa, justo en el momento en que alguien prendió las luces. Debe ser mi papá en busca de un snack de última hora, pensó, su corazón latiendo a altas velocidades, sabiendo que, de ser descubierta, pasaría los próximos quince días de su existencia encerrada en aquella habitación convertida en celda. No pasaron más de diez segundos antes de que escuchara el abrir y cerrar de gabinetes, de la nevera e incluso del refrigerador. Los segundos empezaron a transcurrir como si fuesen minutos, aún más cuando escuchó el andar del horno microondas. No lo podía creer: ¿por qué diablos tenía que haber bajado en ese momento a hacer crecer su barrigota? En posición de cuclillas, empezó a sentir el cansancio y la molestia en sus piernas. Pero estuvo a punto de entrar en pánico cuando la puerta que daba a las habitaciones ocupadas por Indira, la encargada de la cocina, se abrió y tras de ella apareció la joven empleada venida de la India, vestida con su piyama, su cabello suelto, bastante revuelto, y una expresión soñolienta en su rostro. Michelle supo que había sido descubierta cuando la mirada de Indira se posó en ella, con su entrecejo arrugado. Se encontraba en una posición desde la cual no podía ser vista desde donde su padre se encontraba, pero no era así con la ubicación de la empleada. Solo se le ocurrió sonreírle, guiñarle un ojo y colocar su dedo índice en sus labios. –Indira, no te hubieras molestado, solo estoy calentando un poco de lo que quedo de la cena, ya sabes que cuando uno se duerme tarde le da más hambre. Era lo voz de su padre, y por lo dicho, parecía no haber notado la expresión hecha por la empleada dos segundos antes. –No es molestia, señor Fairchild, para eso estoy aquí. Indira volvió a poner su mirada en Michelle y torció la boca. –Vuelve a tu cama, ya eso se está calentando, yo mismo me lo serviré. –Señor, no debería comer tan tarde, eso no es bueno para el organismo. –Lo sé, Indira, lo sé. ¿Pero qué puedo hacer si no logro dormirme antes de la media noche? –¿Está estresado por algo, señor? –Indira, ¿tú crees que fui muy duro… muy estricto con mi hija? –Para nada señor, si no se les enseña a obedecer desde jóvenes, cuando maduren pueden convertirse en delincuentes. –Tienes razón, si no los ajustas temprano, no van a servir para nada en el futuro. –Pero también debe tener cuidado de no llegar a aburrir a su hija, piense que se podría escapar de la casa, muchas adolescentes lo hacen. –Eso sería el colmo. Ella tiene aquí todo lo que desea, todo lo que nunca encontrará por fuera. Si se atreviera a eso, la obligaría a regresar y la encerraría en esa habitación por seis meses o más, hasta que reflexionara. El corazón de Michelle cada vez palpitaba más rápido. El pensar verse encerrada en aquel horrible cuarto, sin más que hacer sino mirar por la ventana, y durante seis meses, sería para enloquecer a cualquiera. –Sería un castigo justo –dijo Indira–. Es que los jóvenes de estos países del primer mundo no saben apreciar lo que tienen. No podría soportar un discurso moralista, pensó Michelle. ¿Acaso Indira no se había dado cuanta de la manera cruel como su padre la había castigado, saliéndose de cualquier proporción? Pero aquella empleada nunca había simpatizado con ella, ni el día, hace siete meses, cuando por primera vez se vieron. A Michelle siempre le pareció una cuestión de celos, de envidia por parte de la empleada, y no había servido de nada que la hubiese tratado bien y con todas las consideraciones desde el primer día. Ahora su suerte estaba en manos de ella y daría lo que fuera por no ser delatada. –Así es, sobre todo los que han nacido y crecido en hogares pudientes. –Señor Fairchild, ¿y si yo le dijera que… espero que no vaya a pasar, pero que su hija estuviese planeando irse de la casa? –Indira, ¿sabes algo que yo no sé? La joven empleada miró a su alrededor y terminó con sus ojos puestos en el maletín de Michelle. Michelle sintió las lágrimas rodar por sus mejillas. No soportaría aquel encierro, preferiría botarse desde el edificio más alto de la ciudad. Estaba decidida: si aquella chica abría la boca para delatarla, no dudaría en empezar a correr hasta llegar a su auto, y estaba segura de que su padre no la alcanzaría, aunque sería diferente si Indira decidiera apoyarlo en su cacería. –No acostumbro a hablar con su hija, creo que es de aquellas chicas que se sienten superiores gracias a su belleza… y a su dinero, y que están necesitando una buena lección para que aprendan que todos en este mundo somos iguales, con excepción, claro está, de hombres como usted que han hecho mucho por el crecimiento y desarrollo de esta ciudad. Michelle no podía soportarla. ¿Cómo podría decir eso? Jamás había menospreciado a nadie; sabía que era hermosa, que venía de una familia adinerada, pero sus valores, gracias a las enseñanzas de su madre, siempre habían estado por encima de lo material, de lo superficial. –Gracias por lo que dices, pero te agradecería inmensamente, y te recompensaría generosamente, si me tienes al tanto de cualquier movimiento extraño o sospechoso que llegue a hacer mi hija.
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