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19 Michelle estaba decidida: no se dejaría acobardar por la mirada severa del decano Schmidt, quien se encontraba sentado tras el enorme escritorio de su despacho. El cincuentón de escaso cabellos, gafas de marco redondo y corbata italiana no serían competencia para su determinación. –Toma asiento, señorita Fairchild –dijo el hombre, señalando una de las dos butacas ubicadas al otro lado del escritorio. –Gracias, decano. –Cuéntame, ¿qué te trae por aquí, fuera de no haber asistido a la fiesta de celebración en la que se te iba a entregar tu premio? –Señor, quería hablarle sobre eso… –Soy todo oídos –el decano mostró una pequeña sonrisa. –La verdad es que anoche tuve un enorme inconveniente… –Así tuvo que haber sido, desde que no llegaste a la fiesta en la que se te iba a homenajear, y a la que sí llegaron todas las demás muchachas que participaron en el concurso El decano Schmidt estiró los brazos hacia los costados. –Decano, voy a ser lo más sincera posible con usted… –Eso es lo que espero, no te recibí aquí para que me cuentes una sarta de mentiras. –Decano, ¿es verdad que están pensando en no darme el premio? El decano se movió de un lado al otro en su silla, miró el pequeño modelo de un avión que tenía sobre el costado izquierdo del escritorio, volvió a mirar a Michelle a la cara y dijo: –Antes de tomar esa decisión, me gustaría escucharte. –La verdad, decano Schmidt, es que anoche, cuando estaba con mi novio en la playa, fui arrestada… –¿Arrestada? ¿Pero por qué diablos? –el decano abrió los ojos a más no poder. –Cuando salí del concurso, supe que tenía una hora para relajarme antes de ir a la fiesta, y fue cuando decidimos con mi novio el bajar a la playa nudista y fue allí donde fuimos arrestados. –Pero ¿cuál fue el motivo? –el hombre arrugó la frente. –Bueno, me da vergüenza decirlo, pero es que… es que… estábamos desnudos. –Pero es una playa nudista, no te pueden arrestar por eso, inclusive no lo podrían hacer así fuese una playa normal. –Decano, lo que pasa es que estábamos a punto de hacer el amor –Michelle sintió cómo sus mejillas se coloreaban. El decano se pasó la mano por la frente, arrugo la boca, volvió a mirar el pequeño avión. –Entonces dijeron que eso era indecencia pública… o algo así… –continuó Michelle. –Mira, no tengo problema con eso, es tu vida privada, pero el que no asistieras a la fiesta, fuese por la razón que fuese, fue un enorme desplante para todos, incluido el rector de la universidad, los organizadores del concurso, las otras concursantes… Y la verdad es que tengo demasiada presión por parte de todos ellos, y creo que no me perdonarían si lo dejara pasar por alto y te entregara los premios del concurso. –Pero no es justo, decano. Yo gané el concurso, los jurados así lo decidieron, y lo que pasó en la playa es solo parte de mi vida privada, tal y como usted lo acaba de decir. –Mira, mañana me voy a reunir con ellos, debemos decidir sobre ese tema y otro problema que tenemos acerca de la competencia de ciclo-montañismo. El punto es que voy a exponer tu caso, pero te advierto que tendré que contarles toda la historia, pues no puedo llegar a inventarles cuentos de diferente naturaleza. –Lo entiendo, decano, pero no lo sé, sería muy vergonzoso que todos se enteren de lo que pasó… –dijo Michelle mientras miraba a su alrededor. –Es eso o perderte los tres mil dólares de premio y el crucero en velero por el Caribe… –el decano la miró directo a los ojos– aunque no te puedo prometer nada. No solo su reputación estaba en juego, también su prestigio. El crucero no le importaba mucho, aunque sí quería alejarse durante unos días de la ciudad, tratar de olvidar a su exnovio y hacer nuevos amigos. Pero en sus planes estaba, después de haber recibido aquella humillación, acompañada por una bofetada por parte de su padre y en frente de todos los policías de la estación, el jamás volver a casa. Buscaría un pequeño pero acogedor apartamento, trabajaría en su tiempo libre para pagar sus gastos, y bien sabía que los tres mil dólares eran esenciales, junto con los ocho mil que tenía en su cuenta bancaria, para poder lograr ese objetivo. –Decano, el crucero no me importa mucho, pero necesito ese dinero. Por favor, ayúdeme, pero no les diga que fui arrestada por ese motivo… –Michelle, es lo primero que preguntarán… y no les puedo inventar un cuento de hadas. Michelle sacudió la cabeza. –Pero es que mi dignidad y reputación quedarían por el piso. –Son las consecuencias de nuestros actos, siempre debemos asumirlas. –¿Qué plazo tengo para pensarlo? –Mañana temprano debo conocer tu decisión, antes de las diez de la mañana. El decano fue interrumpido por el timbre del intercomunicador. El hombre levantó el aparato, escuchó la voz de su secretaria y dijo: –Steve Ranniger… Es una sorpresa… Por favor dígale que en unos minutos lo atenderé, después de que termine de hablar con la señorita Fairchild y de que haga una llamada a mi esposa. Después de devolver el recibidor a su puesto el decano escuchó las palabras de Michelle. –Voy a pensarlo, decano Schmidt, y mañana antes de las diez le comunicaré mi decisión. Michelle se despidió, y al salir de la oficina iba demasiado absorta en sus pensamientos, lo cual provocó que no se fijara en la pequeña pero pesada mesa auxiliar que se encontraba junto a uno de los sofás de la sala de espera, y que tropezara con esta. El dolor provocado, pocos centímetros por debajo de su rodilla izquierda, logró que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas. No pasaron más de tres segundos para que un atractivo hombre de ojos azules, de alrededor de cuarenta años, quien se encontraba sentado en el sofá junto a una hermosa muchacha de cabello naranja, quien no podría tener más de dieciocho años, acudiera a socorrerla. No tardó en darse cuenta, gracias a como se dilataron las pupilas del hombre, que se trataba de alguien a quien le atraían las muchachas jóvenes; se hacía lógico sospechar que la chica del cabello naranja sería su novia, más no su hija, pues los dedos de su mano estaban entrelazados con los de la mano de él. A ella nunca le habían llamado la atención los hombres mayores, pensaba que, a sus dieciocho años, no saldría con alguien mayor a los veintidós. Pero sabía que muchas chicas de su edad se morían por los hombres mayores; se rendían a su experiencia, a su dinero, a su conocimiento o a veces solo iban detrás de ellos para obtener beneficios económicos, para convertirlos en sus sugar daddies, como algunas chicas los solían llamar. Sintió pesar por la hermosa muchacha del cabello naranja; le hubiera gustado separarla de aquel hombre, convertirla en su amiga y presentarle a alguno de los chicos de su grupo. Pero no era asunto suyo, si la chica estaba con él, era porque así lo deseaba, pues era evidente que tenía la belleza necesaria para conquistar a quien le viniera en gana. –¿Te hiciste daño? –preguntó el hombre al tiempo que ella se sobaba la pierna. –Espero que no, qué mesa tan pesada. –Los peores golpes siempre llegan de donde menos los esperamos –dijo el de los ojos azules. –Eso parece… –dijo ella, su frene arrugada. –Perdona, ¿tú no eres la que ganó el concurso de belleza? –Sí…, soy yo… ¿Y usted quién es? –dijo Michelle mientras retiraba la mano de su pierna. –Mi nombre es Steve Ranniger, y estoy aquí para hablar con el decano Schmidt y arreglar el problema del premio que le deben adjudicar a mi novia –el hombre señaló con un leve movimiento de cabeza a la muchacha de cabello naranja–, Nathalie ganó la carrera de ciclo-montañismo esta mañana, pero otra chica llegó al mismo tiempo que ella… –Pues buena suerte con eso, porque el decano no es nada fácil de convencer. –Creo que no tendré problema alguno, él es amigo mío desde hace tiempos –dijo Steve antes de mostrar una sonrisa que se extendió de oreja a oreja. –¿Amigos? –Tal y como lo oyes, estamos en el mismo equipo de softball, de una liga cervecera. –Señor Ranniger, ¿usted cree que podría interceder por mí? –Si me dices tu nombre, creo que no tendría ningún problema en hacerlo. –¿Cómo así? ¿Usted sabe que gané el concurso de belleza, pero no sabe mi nombre? Steve miró a su alrededor, por un instante fijó su mirada en la secretaria del decano y luego susurró al oído de Michelle: –Mira, la verdad es que me acabo de enterar de tu triunfo, la secretaria del decano me lo dijo. Pero claro que puedo interceder por ti. ¿Qué quieres que haga? Michelle arrugó los labios y en seguida dijo: –Pero no sé si pueda confiar en usted… –Lo entiendo, nos acabamos de conocer, pero te aseguro que si puedo interceder a favor de mi novia –Steve dirigió su mirada hacia la chica de cabello naranja, quien aún se encontraba sentada en el sofá, a un poco más de cinco metros de distancia−, puedo hacerlo también a favor tuyo. El presentimiento estaba confirmado: aquella linda muchacha era la novia de este hombre. Michelle no estaba segura de la confianza que podría tenerle a un hombre que salía con mujeres veinte o veinticinco años más jóvenes. Pero sería preferible confesarle sus pecados a un solo hombre a que un grupo de gente se enterara al día siguiente. –Está bien, venga y le cuento –Michelle se sentó en una poltrona ubicada en diagonal al sofá donde estaba sentada la chica de cabello naranja. Steve presentó a las dos muchachas y estas se limitaron a concederse mutuamente parcos saludos. Michelle tuvo la impresión de que, en caso de tener a esa chica como compañera de viaje en el velero, le sería difícil lograr su amistad. Era hermosa, pero parecía ser bastante celosa. Además, la forma como la miraba no dejaba que Michelle se sintiera cómoda; era como si aquella chica le envidiara la ropa que traía puesta, sus zapatos, sus pulseras, su reloj, su cartera. Pero no tenía tiempo que perder; sabía que apenas el decano Schmidt concluyera la llamada telefónica con su esposa, haría pasar a Steve y a su noviecita. –Te escucho… –dijo Steve antes de mostrar una enorme sonrisa. Michelle, después de mirar a su alrededor y constatar que eran los únicos en aquel lugar, aparte de la secretaria, inició su relato y no duró más de tres minutos explicando lo que le había sucedido la noche anterior. Sentía su respiración acelerada, así como la mirada comprensiva de Steve y la inquisidora de la muchacha cuyo nombre era Nathalie. –… y eso es lo que sucedió, y ahora el decano, para darme mis premios, dice que tiene que contarle esta historia al rector, a los organizadores del evento, a los jurados, a las otras concursantes, a su mamá, a su tía y a su gato. Steve volvió a sonreír, pero la chica del cabello naranja no se inmutó. –Entonces, por favor, yo le suplico que le diga a su amigo que me de mis premios sin necesidad de que el mundo entero se entere de mi vida privada, pues ya tengo suficiente con habérsela contado a dos personas que acabo de conocer. –Michelle, tienes razón… Todos cometemos pequeños errores, y no es nada justo lo que te quieren hacer –dijo Steve con un tono de voz que a Michelle le recordó el utilizado por un profesor de historia en la escuela, al cual recordaba con mucho aprecio. –¿Sí cree que puede lograr algo? Lo del crucero no me importa mucho, aunque sería rico conocer nueva gente y olvidarme de mi exnovio. –Dalo por hecho −dijo Steve–. No saldré de esa oficina hasta que haya conseguido que las dos reciban los premios que se merecen, y eso incluye el viaje en velero por el Caribe.
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