Michelle, acurrucada detrás de la lavadora, sujetó su maletín con una mano mientras la otra se encargó de agarrar sus zapatos. Estaba alerta y lista a salir corriendo si Indira la delataba, y también estaba dispuesta a golpearla o golpear a su padre si era necesario, no le importaba si esto la llevaba a perderlo o a ser denunciada ante las autoridades; preferiría mil veces que la encerrara en una cárcel, donde al menos tendría cientos de compañeras con quien hablar y compartir, a ser enclaustrada en aquella habitación en donde solo las paredes la escucharían.
–Señor Fairchild, deje que yo le sirva –dijo Indira cuando se escuchó el timbre del horno microondas, indicando que la comida de medianoche estaba lista.
Para Michelle fue un respiro observar a la empleada desplazarse del umbral de la puerta de sus habitaciones hacia el área de la cocina donde se encontraba su padre. Ahora tenía dos opciones: la primera era esperar a que Indira mantuviera la boca cerrada, aguardar a que su padre se llenara la barrigota y volviera a la cama, momento en el que le agradecería a Indira y partiría en busca de su auto. La segunda consistía en aprovechar que la ruta hacia la puerta que daba al exterior había quedado libre, salir corriendo, aprovechando los metros de ventaja que tenía sobre su padre y la empleada, si es que esta decidía colaborarle a su jefe en una posible persecución, y romper el récord mundial de velocidad hasta llegar al auto.
–Señor, si quiere vuelva a su habitación y yo le llevo la comida allá, estará más cómodo.
¿Me está ayudando Indira o estará tramando algo? Podría estar haciéndole señales de que yo estoy aquí escondida, pensó Michelle sin apartar la vista del lugar por el que la encargada de la cocina había desaparecido.
Pero la respuesta de su padre no llegaba, por lo que la suspicacia fue creciendo. Su ansiedad empezó a aumentar con el paso de los segundos. Si mi papá le da la vuelta a ese mueble estaré perdida, pensó Michelle, sabiendo que el mesón que separaba la cocina del área de la lavadora estaba a menos de cuatro metros. Tenía que decidirse lo más pronto posible o de lo contrario sería demasiado tarde.
Escuchó el abrir de la puerta del horno, lo que hubiera podido tranquilizarla, pero sus sospechas eran cada vez mayores. Ante la continuidad del silencio, decidió arriesgarse: respiró profundo un par de veces, y manteniendo bien sujetos su maletín y sus zapatos, gateó de forma veloz hasta la puerta, soltó los zapatos de su mano y agarró el pomo de la puerta, pero antes de abrirla volteó a mirar para ver a su padre, envuelto en su levantadora y llevando sus pantuflas, parado a un poco más de tres metros, sus pequeños ojos clavados en ella, sus delgados labios pegados como si hubiesen sido permanentemente sellados. Sin pronunciar palabra, abrió la puerta y se impulsó desde el piso como si de corredora de los cien metros planos se tratara, dejando sus zapatos atrás, pero con el maletín bien sujetado. Sus pies descalzos pisaron las frías lozas de los alrededores de la piscina, pero esto no fue impedimento para exigirse al máximo, pues sabía que sería su única oportunidad. Una vez redondeó la piscina volteó a mirar atrás para darse cuenta de que ni su padre ni la maldita Indira habían decidido perseguirla. El hombre se encontraba parado en el umbral de la puerta, Indira a su lado, y ni siquiera un llamado había sido pronunciado por alguno de ellos. Era muy extraño, pues su padre era un hombre de temperamento fuerte, y no hubiese sido de extrañar que ya estuviese levantando a todo el vecindario con sus poderosos gritos.
Rodeó la piscina y bastaron pocos segundos para que llegara hasta la verja que daba al área donde su auto se encontraba estacionado. De un par de saltos llegó hasta el limite del patio, sacó sus llaves del bolsillo, buscó la llave apropiada y trató de encajarla. Su sorpresa fue inmensa al notar que la lleva ya no casaba en el candado. Sus temblorosas manos intentaron con una llave más, pero el resultado fue el mismo. Ahora comprendía la razón por la que su padre no había gritado ni corrido detrás suyo: el maldito hombre sabía que no podría llegar más allá de la reja.
Pero estaba decidida, y ya nada la detendría. Miró a su alrededor y vio algo recostado contra la cabaña donde se ubicaba el centro de mantenimiento de la piscina. Se trataba del extenso palo con una malla a uno de sus costados, aquel con el que solían limpiar la piscina; pensó que podría usarlo como arma y amenazar con golpear a su padre y a Indira si no la dejaban salir. ¿Pero en realidad se atrevería a golpearlos si se interponían en su camino? Era eso o permanecer encerrada por seis meses.
Sus deliberaciones internas fueron interrumpidas por el trinar de un pájaro, algo extraño teniendo en cuenta que era casi media noche. El alado animal se acababa de posar en la parte más alta de la reja y parecía observarla. Fue cuando se le ocurrió que, aunque la reja tenía dos metros de alta, podría intentar saltarla. Sin pensarlo dos veces, impulsó su brazo derecho y lanzó el maletín por encima de la reja.
–Michelle, te ordeno que regreses ahora mismo –fue el grito que pegó su padre.
Sin ponerle atención, y agradeciendo que su padre solo había avanzado un metro, dejando a Indira atrás, puso su pie derecho en uno de los rombos de la reja metálica para luego poner el izquierdo en otro rombo, un metro más arriba. A medida que ascendía, escuchó los pasos de su padre sumados a sus llamados para que bajara de la reja.
–Me voy de esta cárcel y no me vas a volver a ver –dijo ella cuando estuvo en la parte superior de la reja, su pierna derecha habiendo ganado el costado exterior.
–Estás loca, Michelle. ¿A dónde vas a ir? ¿De qué piensas vivir?
Michelle no quiso escuchar más, tampoco iba a perder el tiempo respondiendo aquellas preguntas. Sin dar tiempo a que su padre se acercara más, dado que ya se encontraba rodeando la piscina, pasó su pierna izquierda por encima de la reja, puso sus pies descalzos en los rombos metálicos, sintiendo el dolor que el peso de su cuerpo producía sobre sus dedos, descendió algo más de un metro y saltó sobre el césped. Tomó su maletín y cinco segundos más tarde se encontró frente a su auto. Oprimió el botón para desbloquear el seguro, abrió la puerta, lanzó su maletín sobre la silla del pasajero, entró y se sentó, su corazón a punto de explotar, y encendió el motor. Puso la palanca en marcha, prendió las luces y arrancó como si de la salida de una competencia en Indianápolis se tratara. Cuando menos se dio cuenta, ya se había alejado dos cuadras de su casa.
Solo pensó en que lo había logrado. El júbilo dio paso a gritos de alegría mientras golpeaba el timón con sus puños. Sabía que no sería fácil enfrentarse a su nueva vida, que tendría que pasar por pruebas difíciles de superar, además de olvidarse de los privilegios y los lujos que había tenido desde pequeña, pero al fin era libre, y lo mejor de todo era que a su padre le había refregado sus ansias de libertad en la cara.
Minutos más tarde llegó al estacionamiento exterior del centro comercial en donde tenía cita con Dave. Debido a su retraso, su novio ya se encontraba esperándola, recostado contra el baúl de su vehículo. El muchacho sonrió al verla aparecer y cuando ella descendió del auto la miró de pies a cabeza y dijo:
–Supongo que saliste de afán…
–Si lo dices por los zapatos, espera a que te cuente cómo fue que me escapé –dijo Michelle antes de abrazarlo y juntar sus labios con los de él.