25
Sentada en la silla más cercana a la ventanilla, la mirada de Nathalie viajó desde la plataforma donde el avión se encontraba estacionado al pasillo por el que se desplazaban los pasajeros que acababan de ingresar al avión y buscaban el puesto que les había sido asignado. A su lado se había acomodado la ganadora del concurso literario de la universidad, una muchacha que cursaba su último año de estudios, dueña de cabello rizado oscuro y largo, y quien no paraba de acomodarse sus gafas de lectura sin despegar los ojos de las páginas de un libro de Jane Austin. Nathalie había tratado de ser amigable, pero su vecina de puesto no había mostrado mayor interés en tratar de llevar una conversación, y con respuestas monosilábicas había dado a entender que las casi seis horas de vuelo entre Vancouver y Miami las pasaría dedicada a la lectura.
Sabiendo que podrían ser largas horas hasta aterrizar en Miami, y negándose a estar pegada a la pantalla de video ubicada en el respaldar del asiento delantero mirando películas insulsas, pensó que lo más práctico sería tratar de cambiarse al lado del puesto que ocuparía Michelle, la única persona que conocía en aquel grupo de diez muchachos. Aunque no se podría hablar de una amistad entre ella y la ganadora del concurso de belleza, tampoco la podía considerar como enemiga, a pesar de haberla catalogado como una posible rival en lo que a sus intereses con Steve se refería. Sin embargo, con el paso de los minutos, y cuando la mayoría de los pasajeros había ingresado al avión, la esbelta y llamativa figura de la muchacha de los ojos azules aun no aparecía por ningún lado. Se preguntó si aquella muchacha habría tenido más problemas con su padre o si sería otro el motivo de su tardanza.
–Perdona que te interrupta –decidió decirle a la literata–, ¿pero tú sabes qué pasó con Michelle?
La concentrada lectora despegó sus ojos de las páginas y miró a Nathalie, una mueca dibujada en su rostro.
–¿Y quién diablos es Michelle?
–La chica ganadora del concurso de belleza.
–¿Tú en verdad crees que yo estoy al tanto de una persona que ocupa su tiempo en esa clase de concursos?
Nathalie, desde antes de haber abierto la boca, sabía que le estaba preguntando a la persona equivocada, pero el resto de los ganadores de concursos que podrían estar familiarizados con Michelle se encontraban en sillas bastante alejadas de la suya
–Qué pena contigo, pensé que la reconocerías.
–¿Aunque analizando lo que vemos, ¿no deberías ser tú la ganadora de ese concurso?
Jamás hubiera Nathalie esperado esa clase de palabras por parte de una muchacha que se había mostrado tan distante.
–Gracias, pero no, yo gané la carrera de ciclo-montañismo.
–Eso ya me lo dijiste cuando nos subimos.
–¿Te dije que mi nombre es Nathalie?
–Mucho gusto, soy Antonella –dijo la lectora antes de estrechar la mano de Nathalie.
Después de todo, aquella muchacha parecía ser algo más amistosa de lo que Nathalie había pensado.
–Soy Nathalie, y qué pena por haber interrumpido tu lectura.
–No te afanes, es que cuando me hablaste hace un rato estaba en lo mejor de este libro y no quería parar, pero qué pena contigo.
–No te preocupes, fui yo la que te interrumpió.
–¿Y la que me dijiste, Michelle, es amiga tuya?
–Es solo una conocida, alguna vez estuvimos almorzando juntas, pero no la he visto subirse al avión –Nathalie volvió a mirar hacia el pasillo; ya no se veía a nadie abordando la aeronave, aunque la puerta que daba al túnel de acceso aun se encontraba abierta.
–Pues parece que la reina de belleza se va a quedar, ya todos estamos a bordo.
–Tranquila, en breve vamos a estar allá –le dijo Nicole a Michelle.
La ganadora del concurso de belleza hacía un esfuerzo por regular su respiración y su ritmo cardiaco, ambos acelerados, mientras sus ojos azules miraban la fila de carros esperando por el cambio a verde de la luz del semáforo.
–Hubiera sido mejor no coger Granville.
–La vuelta por Marine Drive era muy larga, estaríamos peor.
Michelle se arrepintió de haber tomado con demasiada calma los momentos que precedieron a la salida del apartamento de su amiga. Habían almorzado espaguetis preparados por Nicole, acompañado por un par de copas de vino tinto, lo que había llevado a envolverlas en una amena charla y que el tiempo pasara sin que ninguna de las dos muchachas fuera consciente.
–Los otros ganadores de concursos no van a permitir que el avión despegue si tú no estás –dijo Nicole, su mirada concentrada en las luces del semáforo.
Michelle recordó lo agradable que había sido dormir y descansar al lado de una de sus mejores amigas. Después de varias noches de zozobra, por fin había logrado sentirse segura, querida y apoyada, lo que la había hecho olvidar de que se encontraba compartiendo cama con una persona del mismo sexo. Nicole se había abstenido de intentar movimiento o actitud alguna que hubiese podido conducir hacia una noche de pasión. La había abrazado, le había consentido el cabello, pero de ahí no había pasado. Esto le había dado la confianza suficiente para relajarse, concluir que no estaba siendo llevada y mucho menos forzada a tener una relación lésbica. Su amiga era una muchacha comprensiva, alguien con quien podría contar, con quien podría pensar en tener algo diferente a una simple amistad. Sin embargo, aún estaba demasiado lejos de saber si en realidad un sentimiento de atracción hacia una mujer podría nacer en su interior. Era clara la diferencia en sentimientos que estaba experimentando hacia Nicole con los que había experimentado hacia Dave o hacia alguno de sus anteriores novios.
–No creo que nueve chicos puedan lograr que una aerolínea cambie sus itinerarios. Además, ninguno de ellos es amigo mío.
–¿Pero no me dijiste que habías pasado tiempo con una de las ganadoras de la carrera de ciclo-montañismo? –dijo Nicole cuando la espera en el semáforo terminó y pudo poner su auto en marcha.
–Fue solo un almuerzo. La chica tiene un sugar daddy, el que te conté que me ayudó a reclamar mi premio, pero ella cree que yo se lo voy a quitar, es súper prevenida.
Nicole la miró por un instante, una sutil sonrisa en sus labios.
–¿Y no se lo quitarías?
–Nunca voy a salir con alguien mayor, eso te lo puedo asegurar.
–Bueno, eso significa que tengo menos competencia.
Michelle, su corazón más tranquilo al notar que nuevamente se movían y que el auto ya transitaba sobre el puente curvo que desembocaba en la avenida del aeropuerto, reflexionó acerca de las palabras de su amiga.
–En eso tienes razón, para salir solo quiero a las personas entre los dieciocho y los veintidós.
–Me alegra solo tener diecinueve –dijo Nicole volviendo a sonreír.
No podría decirle nada, necesitaba alejarse unos días de Vancouver para que sus emociones se calmaran, para anestesiar los sentimientos por su padre, para saber si la manera como estaba viendo a Nicole realmente era algo nuevo en su naturaleza, o si solo se trataba de una consecuencia más gracias a estar sintiéndose tan sola.
Bueno, parece que hemos llegado, justo a tiempo –dijo Nicole, minutos después, al estacionar su auto junto al andén designado a los pasajeros destinados a tomar vuelos de la aerolínea que estaría llevando a Michelle a Miami.
–Te debo una, no, mentiras, te debo como mil –dijo Michelle mientras le daba a su amiga la que ella pensó era la mejor de sus sonrisas.
–No te preocupes, para eso estamos. Escríbeme cuando aterrices en Miami, solo para saber que llegaste bien –dijo Nicole mientras ponía su mano en el hombro de Michelle.
–Lo haré –Michelle se inclinó hacia adelante y le dio un pico en la mejilla.
–Cuídate mucho, y avísame tu hora de regreso para estar aquí esperándote.
–¿En serio vendrías a recogerme? –preguntó Michelle, una de sus piernas por fuera del auto.
–No estoy bromeando, pero no olvides tu morral –Nicole le guiño un ojo y le señaló el asiento de atrás.
Michelle salió del vehículo, abrió la puerta de atrás, tomó su morral y antes de partir se asomó por la ventanilla y dijo:
–Voy a pensar en todo lo que ha pasado y cuando regrese hablaremos.
–Tómalo con calma, no quiero que te apresures, si algo ha de pasar, que sea porque estás completamente segura.
Fue el turno de Michelle de guiñarle un ojo, luego sonrió y corrió hacia el interior de la terminal aérea. Tenía el tiempo justo para presentarse al despacho de la aerolínea y pasar por los controles de inmigración hacia los Estados Unidos, lo que la obligó a correr como no lo hacía desde sus clases de educación física en la escuela.
–Buenas tardes, voy para Miami –le dijo a le empleada de uniforme azul, su respiración entrecortada.
–Todavía estás a tiempo, ¿vas a chequear maleta?
–No, solo llevaré mi morral como equipaje de mano.
–Perfecto –dijo la encargada.
Minutos después, con su pasa bordo en la mano, Michelle corrió hacia la zona donde se encontraban los puestos de inmigración estadounidense, los cuales, a diferencia de como era en otros países, se encontraban en el puerto de salida y no el de llegada. La fila, para su fortuna, no superaba las ocho personas. Llevó su mirada de derecha a izquierda para constatar la existencia de seis puestos de control; no tardarían mucho en atenderla. Anticipándose a las peticiones del agente de inmigración, buscó su pasaporte en el bolsillo exterior de su morral. No tardó en encontrarlo y cuando lo tuvo en su mano sintió que alguien estaba a su lado. Levantó la vista para encontrarse con el rostro de su padre.
–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó ella, su corazón volviendo a tomar un ritmo acelerado.
–¿Entonces piensas irte para Miami sin pedirme permiso?
–No es de tu incumbencia, además, solo es por una semana, así que apártate que ya voy tarde.
–No tan rápido, señorita. Mejor te calmas y conversamos, no vas a querer que se arme un escándalo aquí y que los oficiales de inmigración decidan demorarte más de lo que te conviene…
–¿Qué quieres, papá? ¿Por qué no me dejas en paz? Además, ¿cómo supiste que me voy de viaje?
–Tienes que ser un poco menos descuidada con tu celular.
La sonrisa de su padre estaba a punto de hacerla vomitar. En ese instante la señora que venía detrás suyo en la fila le hizo una señal para que siguiera al puesto de control que había quedado libre.
–Siga usted –le dijo a la señora. Apenas esta pasó Michelle le dijo a su padre –: Estuve cuatro días encerrada en tu maldita mazmorra, tiempo más que suficiente para que alguno de tus hackers te ayudara a revisar mis conversaciones, pero en ese momento no se sabía ni siquiera qué vuelo tomaría…
–Tengo amigos en todas partes, hija. Ya sabes que soy un hombre poderoso, y en este caso solo se trataba de revisar las listas de pasajeros con destino a Miami.
–¿Qué quieres? ¿Qué te pida permiso de rodillas para que te quites de en medio y pueda abordar mi avión?
–¿Sabías que es la temporada de huracanes en el Caribe? ¿Vas a exponer tu vida navegando en un débil velero solo por demostrar que puedes hacer lo que te da la gana?
Michelle se vio obligada a dejar seguir a la siguiente persona en la fila, habiendo quedado libre uno de los puestos de control.
–Esto es organizado por la universidad y estoy muy segura de que no nos harían correr un riesgo tal si algún huracán se estuviera desarrollando en este momento.
Michelle miró su reloj de pulsera para enterarse de que solo faltaban diez minutos para que el avión partiera.
–Las tormentas se pueden crear de un momento a otro…
–No me importa, necesito hacer ese viaje y nada ni nadie me lo va a impedir –dijo Michelle y estuvo a punto de pasar por encima de su padre, aprovechando que uno de los puestos de control había quedado libre. No se volteó a mirar la reacción de su padre y, con zancadas aceleradas, en menos de cinco segundos estuvo en el puesto de control. Trató de poner su mejor sonrisa al pasarle el pasaporte al agente de inmigración.
–Señorita, ¿ese hombre la está molestando? −preguntó el agente, un hombre de no más de treinta años, de cabellos oscuros y ojos claros.
–No… la verdad es que es mi padre y está preocupado por los supuestos huracanes del Mar Caribe.
–Entiendo. ¿Va usted hacia esa zona?
–Me gané un concurso en la universidad, y el premio es un crucero por el Caribe, tengo tiquete para Miami.
–Que tenga un excelente viaje –dijo el agente, su mano izquierda colocando el sello de entrada en una de las hojas del pasaporte.
Michelle le agradeció, le sonrió, tomó el pasaporte y se apartó del puesto. Luego de haber dado un par de pasos se volteó a mirar para descubrir que su padre ya no se encontraba allí. Sin prestarle más importancia, volvió a mirar su reloj para descubrir que solo tenía seis minutos para llegar hasta la puerta de embarque y aun le faltaba pasar por el control de seguridad, el cual se encontraba al final de un largo corredor. Tengo que correr como si el mundo se fuera a acabar, pensó antes de despojarse de sus zapatos de tacón y empezar a esquivar y pasar gente como si del mejor futbolista se tratara.
Al llegar al punto, escogió la fila en que menos gente estaba formada, colocó su morral sobre la cinta, al igual que sus zapatos, pasó por debajo del arco de sensores, una mujer de uniforme azul le pasó un bastón alrededor del cuerpo y le indicó que podía continuar. Recogió su morral, continuó con los zapatos en las manos y supo que tendría tan solo dos minutos para llegar a la puerta de embarque. A pesar de correr a una velocidad que jamás había desarrollado, pensó que no lo lograría, dado que la puerta de embarque era la veintinueve y apenas se encontraba pasando por la tres. Fue cuando supo que, si el avión salía a tiempo, se perdería de disfrutar de su premio.